Capítulo 10
A la atención de una dama:
Me pide usted que responda a las cuestiones que me refirió en su primera carta. Y no, en ningún momento he tratado de evitarlas.
¿Por qué habría de hacerlo?
De hecho supondrá un enorme placer para mí satisfacer su intriga y su curiosidad si con ello, además, consigo enmendar mis mal atribuidas faltas pasadas y, en particular, retratarme a sus ojos como un poco menos necio arrogante de lo que me supuso al principio.
Veamos. Desea saber usted si soy buen conversador.
Debo admitir que me gustan los discursos de tono agradable y erudito; me gusta conversar cuando la oratoria de mi interlocutor va más allá de los temas trillados que, por desgracia, se escuchan últimamente en los corrillos.
No me gusta participar y procuro no hacerlo cuando la temática es vana y superficial o se basa en formalidades socorridas, como el estado de los caminos o el clima.
Hablemos de cultura, de arte, de literatura, incluso de historia y filosofía si lo prefiere, pero no espere mucho de mí si desea hablar acerca de modas o fruslerías, porque no soy nada entendido.
¿Si me gusta pasear? ¡Adoro hacerlo al aire libre!
Por fortuna resido en el campo y, a estas alturas de la estación, cuando no hace ya demasiado frío y los colores de la primavera, en forma de mil capullos prontos a desperezarse, empiezan a asomar en las riberas y lindes del camino concediéndonos la promesa de un adorable bouquet floral, resulta un auténtico placer y un gran deleite recorrer y respirar los aromas de la foresta.
Desea también saber si me gusta la música.
Mucho, aunque por desgracia no toco ningún instrumento.
No obstante, poseo un pianoforte y, por fortuna, cuento con la bendición de disponer de al menos dos intérpretes maravillosas entre mis vecinas.
En las últimas semanas he podido asistir a dos recitales impecables en los que el repertorio de Beethoven consiguió maravillarme gracias a la destreza de estas damas, si bien fue el último de ellos el que de verdad me erizó el vello de forma particular.
No me importa retratarme a sus ojos como un sentimental, pues al fin y al cabo nuestro mutuo anonimato me facilita el no sentirme cohibido al expresarme sin tapujos; así que, amparado tras la tinta que perfila mis pensamientos, reconozco que, si el intérprete es bueno, la música puede fácilmente transportarnos en el plano y en el tiempo, ¿no lo cree así?
En otro orden de cosas, no he bailado mucho últimamente porque, además, hace poco que me he mudado y no me ha dado demasiado tiempo a socializar.
Puede que esto último en realidad sea una simple excusa puesto que debo reconocer que, en el fondo y en la superficie, tampoco soy demasiado afecto a asistir a eventos sociales. No me considere un huraño, se lo ruego, pero lo cierto es que prefiero mantener un perfil bajo.
Por supuesto siempre estaré encantado de danzar con cualquier señorita que no disponga de pareja y desee bailar, la caballerosidad debe primar por encima de todo. Y, ciertamente, sentiría como un sueño hacerlo con la mujer que me haga sentir dentro de ese sueño.
Por desgracia para mí, no soy ya un mozalbete por el que suspiren todas las muchachas en edad de desposar, tampoco me considero un anciano, pero lo cierto es que hoy en día existen demasiados jovencitos de aireado tupé y prominente cravat con los que no pretendo ya competir.
En cuanto a leer... me agrada, mucho, tanto o más que la música.
Felizmente, cuento con una amplia biblioteca en mi nuevo hogar.
Reconozco que no he leído todos los volúmenes que en ella se encuentran —pero sí más de la media docena que usted, tan irónicamente, refería—, pues, por fortuna para mí, el anterior propietario contaba con un nutrido contenido literario, al que desde luego he añadido mis propios ejemplares, así que dispongo de un amplio surtido para poder deleitarme durante mucho tiempo.
Espero haber satisfecho su curiosidad y poder mostrarme por fin a sus ojos libre de faltas y, tal como decía en su última carta, como creo además haber respondido de forma satisfactoria a sus cuestiones, conseguir que me vea —y cito textual— como un caballero sumamente aventajado a sus ojos y entendimiento.
Ahora, si me permite, también me gustaría saber más sobre usted. Siéntase, tal como yo lo hago ya, amparada por el anonimato, libre de referirme cuanto desee compartir pues, espero, sea capaz de aceptar la amistad que de nuevo le reitero con sinceridad.
Y bien, ¿me permite una pregunta? En el futuro me gustaría saber si debo referirme a usted como señorita o señora. No malinterprete mi curiosidad, pues no trato en modo alguno de cuestionarla, tan solo me gustaría saber si es usted soltera, casada o viuda.
***
Mientras esperaba en las proximidades de la residencia a que la señorita Russell saliera a dar su paseo diario para acompañarla, tal y como habían acordado la noche anterior, Robert se concedió unos minutos para pensar en la última carta que había escrito a cierta dama desconocida.
En aquellas cuartillas de vitela se había revelado tal y como él era, sin tapujos, dobleces o vueltas de tuerca.
Tan sincero como pocas veces lo había sido antes frente a una integrante del sexo bello.
Despojado de identidad, podía permitirse ser verdadero sin temor a ser juzgado por ello.
Al fin y al cabo, la única vez que se había permitido ser franco y abrir su alma como una ventana que lo hace al amanecer fue hacía ya bastante tiempo y ante Charlotte, quien no mostró después ningún tipo de remordimiento a la hora de jugar con sus sentimientos y con su sinceridad, estrujando ambos y arrojándolos al suelo como quien arroja un gurruño de papel.
¡Pero para su absoluta sorpresa descubrió que resultaba sumamente sencillo mostrarse sincero ante una completa desconocida, amparándose tal vez tras el anonimato de ambos!
Tan sencillo era, ¡tanto!, que en ese instante incluso se sentía un poco bobo por haberse expuesto, posiblemente, en demasía.
Para tratar de sosegar su ánimo razonó consigo mismo que no existía peligro alguno, pues ninguno de los dos conocía al otro.
No había nombres, ni direcciones ni ninguna pista que pudiera identificarlos. ¿Qué daño podría infligirle ella, por tanto, tras conocer sus gustos y flaquezas?
Reírse de él, a lo sumo, provista de esa franqueza y esa resolución que la caracterizaban y que a él, en definitiva, le habían llamado la atención desde el primer momento.
Su única arma disponible contra él sería su pluma, humedecida por la mordacidad de quien la portaba; y a Robert incluso esta probabilidad le hacía cierta gracia.
¿A qué negarlo?
Sentía mucha curiosidad por aquella dama y sería un auténtico necio si no lo admitía así.
Tal y como le había dicho a Frank, no le importaría cultivar una amistad con ella.
Era sincera y llamaba a cada cosa por su nombre...
... y a él lo había amonestado de todas las formas posibles, recordó con una sonrisa en los labios.
Era probable que su determinación y resolución viniera motivada por la condición, agradecida, de escudarse tras un papel, cierto era esto. Probablemente en persona y cara a cara no lo fuera tanto.
La sociedad, los prejuicios y las normas morales se lo impedirían.
No obstante, todavía albergaba ciertos recelos.
¿Y si se trataba de una dama casada?
Sabía de buena tinta, debido a las andanzas del propio Frank, que algunas mujeres desposadas, aburridas sin duda de sus maridos o del concepto de vida conyugal, solían buscar diversión fuera del matrimonio.
De hecho, la última conquista de Frank adolecía precisamente de esta circunstancia, siendo el propio esposo de la implicada quien forzara al desvergonzado conquistador a poner pies en polvorosa, y a buena velocidad, por cierto.
Por fortuna para Frank Goddart, la mudanza a Southampton acompañando a su amigo lo había salvado de verse implicado en un duelo que, tal vez, hiciera algo más que despeinarlo.
Pero Robert no compartía pensamientos ni preferencias con su amigo.
Él jamás se implicaría con una mujer casada o, siquiera, prometida.
Tenía demasiado arraigado el sentido de la caballerosidad, y en muy buen concepto la lealtad, la fidelidad y el compromiso como para rebajarse a tal cosa.
Tras haber saboreado las mieles de la mentira, la traición y la deslealtad de mano de Charlotte, jamás osaría infligir a otros el mismo daño que experimentó él en propias carnes.
La figura de la señorita Russell abandonando ya el parque de la propiedad para dirigirse a su encuentro, ataviada con un bonito y sencillo vestido color crema y el cabello oscuro recogido en un rodete bajo, lo apartó de sus cavilaciones.
La visualización de su silueta en movimiento lo obligó a parpadear para regresarse a la realidad.
Y era una realidad aquella, debía reconocerlo, muy bonita.
Mientras la observaba cruzar el campo, grácil y ligera como una ninfa, una sonrisa instintiva a modo de bienvenida estiró sus labios.
El corazón aleteó alegre y vigoroso bajo la carcasa de su pecho, como el gorrión atrapado en una jaula que aletea feliz ante el primer rayo de sol que se desliza entre los barrotes.
Ser consciente de este repentino cúmulo de emociones y sensaciones lo hizo sentirse en el acto como un completo idiota y, sin duda, como un alma miserable, tan desleal y mezquina como la de aquellos de los que siempre renegó parecerse y a los que, tan solo segundos antes, había evocado en sus pensamientos.
—¿Qué estás haciendo, Robert? —farfulló entre dientes.
La señorita Russell levantó la mano en la distancia para saludarlo, sonrisa en ristre, y él, como un bobo, se limitó a responder el saludo agitando también su mano en el aire.
La sonrisa no fue necesario acercarla, pues no se había apartado de sus labios desde que la descubrió saliendo de la propiedad.
—Es un auténtico ángel...
¿Cómo diablos se le ocurría pensar en la mujer desconocida con la que mantenía correspondencia —aun siendo esta por completo inocente y en absoluto comprometida— mientras esperaba por alguien como Catherine Russell para dar un paseo por el campo?
¿Acaso no era la señorita Russell una mujer lo suficientemente inteligente, capaz, discreta, hermosa y en disposición de cien mil cualidades como para merecer una atención completa?
¿O la existencia incorpórea de una desconocida era capaz de desplazar a la persona real que tenía delante?
—Buenas tardes, señor Hemstorm, es usted muy puntual —saludó Catherine con una reverencia una vez que se situó frente a él.
Robert, con un nudo en la garganta consecuencia de la culpabilidad, pero con la sonrisa en los labios y el brillo en las pupilas consecuencia del embeleso, cabeceó a modo de venia.
—Soy un hombre que cumple lo acordado, señorita Russell, y jamás haría esperar a una dama.
Ella asintió, agradecida.
—Todo un caballero.
Robert se limitó a tragar seco.
—Y usted un ángel...
Catherine frunció el ceño, pues no había comprendido el murmullo demasiado bajo de Robert.
—¿Cómo dice?
Por toda respuesta, el caballero alargó el brazo frente a los dos, señalando el sendero abierto ante ellos.
—¿Paseamos?
Catherine lo miró un instante sin dejar atrás la sonrisa.
Su cabeceo ligero fue la mejor respuesta.