Capítulo 9 #2
No había nada en aquel encantador escenario que pasara desapercibido a Catherine, ni aspecto reprobable en Robert Hemstorm, pues hasta la conversación resultó fluida en todo momento y sumamente agradable.
Aunque ella actuó de mera oyente, al decantarse por la observación en lugar de por la participación directa.
Hasta ella llegaban retazos de la animada charla que su amiga y el caballero mantenían, y fueron muchos y muy diversos los palos a tocar.
Desde los más triviales, que versaban acerca del clima y el estado de los caminos, hasta otros de carácter más personal, como eran las aficiones y los gustos de cada cual.
De este modo averiguó Catherine que, aparte de ser un eficiente paseante y disfrutar con la música —aspectos de los que ya había sido informada—, Robert Hemstorm era un ávido lector y un afecto al arte en general, y al paisajismo y la pintura en particular.
En un momento dado, Robert pausó su conversación con la señora Turlington para dirigirse directamente a Catherine, arrancándola por vez primera de su mutismo.
—Señorita Russell, antes de que la visita toque a su fin, me gustaría pedirle algo.
Catherine lo miró con suma curiosidad.
—Si está en mi mano...
—Seguramente lo esté, y ojalá tenga a bien acceder a mi petición. —Una sonrisa enigmática estiró los labios masculinos—. ¿Haría el honor de sentarse al frente de mi viejo pianoforte e interpretarnos alguna pieza? Nadie lo ha tocado desde mi llegada y me gustaría conocer su tono.
Catherine no pudo evitar el rubor de desconcierto.
—Si le complace... —atinó a decir.
—Nada lo haría más, se lo aseguro. —Los ojos del color del abismo se fijaron en ella, inamovibles e insondables.
Catherine le sostuvo la mirada. El corazón golpeaba ligero.
—Será un honor.
El caballero se levantó del asiento para ofrecerle su mano y ayudarla a incorporarse.
De nuevo notó Catherine la presión de los dedos masculinos ciñendo los suyos, pues aunque apenas la sostuvo por la punta de los dedos enguantados, lo hizo con tal firmeza que la joven no pudo reprimir un escalofrío.
Así, tomándola de la mano con sumo respeto, la acompañó a través de la sala hasta el piano; una vez allí permitió que se acomodara al frente.
—Si me dispensa, señorita —habló a media voz, una vez que ella se hubo situado frente al instrumento y tras acomodar la falda bajo el peso de su cuerpo.
—Es propio, señor Hemstorm.
Regresó entonces el caballero junto a la señora Turlington, pues resultaría un tanto descortés dejarla sola en el sillón para quedarse, tal como él hubiera deseado, de pie al lado de la señorita Russell y dedicarse a observarla desde una perspectiva privilegiada, incluso pasarle las páginas de la partitura.
Tuvo que contentarse, pues, con la compañía de la amable anciana, y esta vez se sentó a su lado para contemplar ambos la figura esbelta de la joven, sentada y presta a la interpretación.
Catherine miró fijamente la partitura dispuesta frente a ella.
Mientras deslizaba entre los labios un suspiro hondo y prolongado se frotó los dedos, dispuesta a arrancar de aquella armazón de madera y sonrisa marfileña el sentimiento implícito en cualquier melodía del maestro Beethoven.
¿Sería posible tocar de forma eficiente con tal temblor en los dedos y semejante agitación en el pecho?
***
—Es un auténtico primor, ¿no lo cree así?
—susurró la anciana Turlington en un momento de la emotiva interpretación musical.
Por el rabillo del ojo, sonrisa en ristre, observó a su acompañante para, con gran regocijo, descubrir la más pura fascinación en el rostro masculino—.
A muy pocas intérpretes conocerá usted que hagan sonar el piano con semejante sentimiento.
Robert Hemstorm observaba a la señorita Russell sin parpadear, e incluso, en su embeleso, se le había olvidado cerrar la boca.
Los labios entreabiertos, el aliento escaso y la ausencia de parpadeo demostraron a la anciana justo lo que ella esperaba encontrar.
Por tanto, consideró que no debía desaprovechar la oportunidad que se le brindaba y para cuya consecución había maquinado en su cabeza el consiguiente propósito, casi desde el mismo instante en el que conoció al nuevo propietario de Cypress Court.
—Es una joven sumamente encantadora nuestra querida señorita Russell —continuó, sabedora de que, de algún modo, el caballero la escuchaba en medio de su fascinación—, tan amable, tan interesante siempre, en absoluto egoísta o vanidosa, como bien pudieran serlo otras muchachas de su condición.
Robert continuaba sin decir nada.
Tampoco parpadeaba.
Si había notado el evidente cambio de tercio, poco que ver con la interpretación musical, el caballero nada dijo. Animada ante esto, la señora Turlington reanudó su monólogo:
—Resulta incomprensible que una muchacha de su calidad humana permanezca soltera.
—En este punto apreció, por fin, un atisbo de vida en el rostro impertérrito del hombre a través de la liviana palpitación de un músculo de su mejilla—.
En fin, los tiempos han cambiado y las cosas ya no son lo que eran, señor Hemstorm.
Hoy en día, una joven de mente despierta, inteligente y voluntariosa, en disposición de buena fortuna además y que se sabe perfectamente a salvo de necesitar la protección y el respaldo económico de un esposo, ¿por qué habría de pensar en casarse y dejar toda su vida conocida atrás?
Ella es libre y feliz con su existencia, no tiene necesidad de someterse a la voluntad de nadie más.
Robert se humedeció los labios esta vez y por fin se permitió un apurado parpadeo.
No obstante, su mirada permanecía firme e inamovible en la silueta de la joven, que mecía su cuerpo dulcemente al son de la sentida Sonata para piano número 14 .
—Es una gran muchacha, se lo aseguro —insistió la buena mujer, esta vez esbozando una sonrisa de maternal satisfacción—, magnífica, podría decirse, teniendo en cuenta, y el Señor me perdone por esto, la mediocridad de sus hermanas más jóvenes, la antítesis absoluta de la señorita Russell.
Satisfecha con todo cuanto acababa de deslizar en los oídos receptivos del señor Hemstorm, la señora Turlington se sintió conforme por esta vez.
Comprendió que no servía de nada azuzar la simiente una vez que esta era depositada sobre terreno fértil, pues de ese modo tan solo conseguiría ahogarla.
Debía ser paciente, y constante..., y continuar regando y abonando en la medida de lo posible y cada vez que surgiera la ocasión.
De ese modo, estaba convencida de esto, lograría recoger los mejores frutos; y esperaba poder hacerlo más pronto que tarde.
Una vez que la visita tocó a su fin aquella tarde-noche, en el momento de acompañar a ambas damas hasta el carruaje que las llevaría de vuelta a sus respectivos hogares, Robert procuró un breve instante de intimidad para dirigirse a Catherine mientras la señora Turlington subía la escalerilla lateral del coche, ayudada por un lacayo.
—¿Saldrá usted mañana a pasear, señorita Russell?
Catherine quedó parada al pie del carruaje.
Tragó seco y, obligándose a reaccionar, esbozó una sonrisa trémula al tiempo que parpadeaba con rapidez.
—Seguramente, si el tiempo lo permite.
Robert alzó la mirada al cielo, ya oscurecido por las luces crepusculares. Desde hacía un rato, mientras ellos permanecían en el interior de la residencia, el sirimiri había finalizado.
—Estoy convencido de que mañana gozaremos de un clima más benévolo que el de hoy.
Catherine cabeceo en asentimiento.
—Entonces saldré a caminar.
—¿Me permitirá acompañarla?
La pregunta sorprendió a Catherine mucho más de lo que ya lo hiciera la anterior.
Balbuceó unos segundos sin atinar a emitir sonido alguno, en realidad imitando la apariencia de un pez apartado de su estanque.
Al final, por fortuna, fue capaz de encontrar la consciencia necesaria para expresarse sin parecer necia.
—Claro, será un placer, señor.
Con un cabeceo firme y una sonrisa, Robert agradeció su concesión y se despidió. El fragante aroma de la lavanda lo acompañó en su retirada.