A la atención de una dama Capítulo 9
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Capítulo 9

U n incesante sirimiri descendía sobre Southampton desde hacía algo más de veinticuatro horas.

El paisaje imitaba la apariencia de una acuarela humedecida y ligeramente velada por una liviana gasa ciega, mientras el verde del entorno lucía mucho más verde y vigoroso, y el cielo simulaba un lienzo gris uniforme e infinito.

Los cristales del carruaje que transportaba a Catherine y a la señora Turlington hasta Cypress Court permanecían por completo opacados por la condensación, impidiendo a las dos pasajeras disfrutar del paisaje exterior.

Habían valorado suspender la visita debido a la fealdad del clima, aunque —y resultaba imperativo reconocer esto— en su fuero interno Catherine hubiera sentido profundamente perderse el visiteo.

¿A qué negarlo?

Desde que el señor Hemstorm extendiera su invitación, ella había esperado el momento con una emoción tan solo atribuible a cualquiera de sus hermanas.

¿Le causaba gran alegría regresar a Cypress Court?

¡Por supuesto!

Pero también debía reconocer que la ilusión y la alegría serían muy diferentes si el propietario fuera otro distinto a Robert Hemstorm.

Y tal certeza, a esas alturas de su vida, le ocasionaba un profundo desasosiego.

Finalmente, tras algunas vacilaciones por parte de la señora Turlington —que mencionó su reuma y su predisposición a la ciática si le entraba el frío— y unas cuantas tarjetas intercambiadas entre las tres casas, fue el propio Robert quien insistió en validar la invitación a su hogar.

Aseguró a la señora Turlington que la temperatura en el interior de la sala principal resultaría tan agradable que ni siquiera recordaría la humedad del exterior, que los numerosos cojines que la acogerían en el sillón serían tan mullidos y amorosos que su ciática se sentiría más que complacida, y que encontrarían tan apetecibles y deliciosos los dulces que la cocinera se disponía a preparar en honor a las invitadas que cualquier alegato posterior no tendría razón de ser.

No lamentarían, aseguró, el inconveniente de tener que abandonar la calidez y comodidad de sus propias casas para salir a visitar a su vecino.

Con semejantes alicientes por consigna, la señora Turlington aceptó mantener la reunión en la fecha acordada, para regocijo privado de Catherine.

Y en ese estado de satisfacción disimulada se encontraba la joven en aquel instante, sin duda mucho más ansiosa de lo que le hubiera gustado y más nerviosa de lo que deseaba admitir.

—¡Oh, sin duda qué agradable el señor Hemstorm! —apuntó la señora Turlington de pronto—. Tomarse tantas molestias por dos de sus vecinas, garantizando buena temperatura y deliciosos tentempiés con los que amenizar la velada.

Catherine sonrió con condescendencia ante una anotación tan trivial.

—Eso es lo que se esperaría de un buen anfitrión, señora Turlington.

—Así es, así es, querida. Pero debes reconocer que el señor Hemstorm es, además, un caballero con todas las de la ley.

Ligeramente ruborizada, Catherine tuvo que concederle razón con un cabeceo.

—Tan moderado, tan sensato, tan apuesto...

Rogó la señorita Russell porque la conversación de la señora Turlington tomara otro rumbo o, de lo contrario, los sonrojos la pondrían en un claro compromiso.

—El otro día, mi comadre, la señora Fairfax, me informó que había averiguado la procedencia del señor Hemstorm —aunque iban solas en el carruaje, por alguna razón la señora Turlington concedió a sus siguientes palabras un innecesario tono de confidencia—; viene del norte, de Derbyshire, y por lo visto se deshizo de sus propiedades en ese condado para comprar Cypress Court, por lo que su traslado ha de ser definitivo.

Catherine asimiló la información tranquilamente, aunque el agitado aleteo del corazón insinuara lo contrario.

—¡Se moría de la envidia la señora Fairfax en cuanto le conté que nos había invitado a pasar la tarde!

—Una sonrisa traviesa arrugó el rostro de la anciana—.

Se ve que el buen caballero no ha socializado mucho desde su llegada así que, según palabras de la propia Fairfax, nosotras dos somos unas auténticas privilegiadas —se encogió sobre sí misma para regocijarse en tal certeza—; puede que a estas alturas seamos sus vecinas predilectas y que incluso nos considere sus amigas.

Catherine abrió mucho los ojos, sinceramente sorprendida por este último apunte. Cuando se expresó a continuación, una sonrisa timorata bailaba en sus labios.

—Creo que resulta un poco precipitado hablar de amistad, señora Turlington...

—¡Oh!, ¿por qué? Nada habría de malo en ello —le dedicó a su compañera una mirada intencionada—, a estas alturas de nuestras vidas somos tres personas lo suficientemente sensatas —revoloteó los ojos para añadir a continuación con cierto fastidio— y veteranas como para que nuestras conductas resulten reprobables a ojos de los demás, ¿no te parece?

A nadie le importa lo que hagamos, querida, ni con quién nos relacionemos. Carecemos de interés.

Catherine nada respondió.

A la señora Turlington no le faltaba razón, una vez más.

A nadie interesaba lo que pudieran hacer una anciana septuagenaria y una solterona que se acercaba peligrosamente a la treintena. Su adultez, la de ambas, las mantenía perfectamente a salvo de la censura moral que regía la sociedad.

—¿O acaso no crees en la amistad entre hombres y mujeres?

De forma inconsciente, la mente de Catherine voló a la última carta que había escrito a cierto caballero en la que, precisamente, mencionaba esto: «.

.. si le soy sincera, no me siento muy convencida de la posibilidad de hacer valer una amistad entre un hombre y una mujer sin que alguno de los dos, más pronto que tarde, incline la balanza a la orilla del cortejo».

—¡Oh, creo que ya hemos llegado! —exclamó la señora de pronto, apartándola de sus cavilaciones y evitándole responder—, ¡noto que el carruaje ha perdido velocidad!

Catherine deslizó la mano por la superficie empañada del cristal, dejando la marca impresa de un trazo en la condensación. A consecuencia de esto, humedeció los guantes.

En efecto, la magnífica fachada porticada de Cypress Court se encontraba frente a ellas y ya las ruedas del coche habían dejado atrás el campo y la tierra del camino para deslizarse sobre rumorosa grava.

—¡Cypress Court! —vitoreó, feliz, la anciana—. ¡Y ahí, al pie de la escalinata, presto a recibirnos bajo la lluvia, se encuentra el gran hombre!

Ni bien terminó de hablar la señora, el carruaje se detuvo sin que Catherine tuviera tiempo de asimilar que por fin habían llegado a su destino y, de esa forma, tampoco de aprestarse como sentía que debía hacerlo.

Un lacayo, apremiado por la vileza del clima, corrió a abrir la puerta y extender la escalerilla lateral para ayudarlas a descender del vehículo.

Primero bajó la señora Turlington, ayudándose del apoyo ofrecido por dicho criado, quien de inmediato se dispuso a resguardarla de la lluvia bajo un gran paraguas.

No fue hasta que notó la presión en sus dedos enguantados que fue consciente Catherine de que Robert Hemstorm en persona —no uno de los lacayos— la tomaba de la mano para asistirla y ayudarla a descender del carruaje.

Acto seguido, una vez que la joven puso pie en tierra, Robert la resguardó bajo el paraguas que él mismo portaba y la escoltó personalmente a través del atrio y hasta la escalinata principal, para ponerse todos a cubierto en el interior de la residencia.

Su intensa fragancia masculina la traspasó, en base a la forzada cercanía.

***

¿No resulta acaso sumamente cruel reconocer que, justo cuando más se disfruta de una ocasión determinada, más veloces parecen correr los minutos? ¿No existe una perfidia inexplicable en la velocidad que parecen tomar las agujas del reloj —¡de cualquier reloj!— para acortar el tiempo de disfrute?

Así al menos lo sentía Catherine, quien procuró paladear a conciencia cada instante y atesorarlo en la memoria para evocarlo después, en la privacidad de su alcoba, a sabiendas de que el tiempo corría cruelmente y la visita pronto tocaría a su fin.

De ese modo intentó memorizar cada rincón de aquella bella residencia, reconociendo aspectos decorativos que recordaba del pasado y admirando otros que procedían directamente del gusto —acertado— del nuevo propietario.

El papel pintado de las paredes, los candelabros de bronce, los artesones del techo, las gruesas alfombras trenzadas... todo eso era nuevo, y casaba a la perfección con la belleza solemne de la casa.

Memorizó con gran deleite cada gesto de su anfitrión; el modo en el que se sentó en el borde del sillón enfrentado al que ocupaban ellas dos, para ofrecer mayor cercanía y sensación de intimidad, o la elegancia con la que mantenía la espalda erguida en pose sedente.

Se fijó en su sonrisa, siempre presente y amable cada vez que se dirigía a la señora Turlington, y en las entrañables arruguitas que se formaban en el contorno de los ojos cada vez que reía.

Pero también percibió una conducta extraña que hubo de desasosegarla, pues sucedió que a veces esa sonrisa desaparecía cuando la mirada viraba hacia ella, tornándose esta intensa y los iris más oscuros de lo habitual, consiguiendo desconcertarla.

¿Por qué se tornaba serio al mirarla? ¿Acaso se sentía disgustado por algún motivo? ¿Acaso había algo en ella que le desagradaba?

Para descanso de Catherine, la sonrisa franca asomaba de nuevo a los labios masculinos en cuestión de segundos para perdurar al fin, calentando otra vez su atribulado corazón.

Asimiló cada detalle de su vestuario, siempre impecable y sobrio, por demás elegante y varonil.

El modo en el que su pelo lacio, dorado como el trigo maduro, se mecía al son de los movimientos que el caballero hiciera con la cabeza, también el tono grave y viril de su voz o la cadencia de sus manos al explicarse. Unas manos grandes, blancas y finas, de dedos largos y majestuosos.