Capítulo 8
A la atención del caballero del anuncio:
Señor, en su última carta me solicita usted la concesión de una tregua y, teniendo en cuenta las circunstancias que me refiere, esta que suscribe se siente, por lo presente, incapaz de negársela.
No puedo regañarlo ni mostrarme demasiado enojada con usted si, tal como dice, no ha tenido nada que ver en la redacción y posterior publicación de anuncio tan desafortunado.
No obstante, siempre he sido una mujer sincera, pues por fortuna me han educado en la libertad de expresión y pensamiento, así que permítame decirle, señor, con absoluta y plena sinceridad, que sabiendo lo sabido, es usted a mi juicio tan digno de lástima —si no más— como podría serlo si cada letra hubiera brotado directamente de su sesera, pues la compañía y trato de un amigo tan negligente como el suyo, tan afecto a favorecer a los integrantes de su propio sexo y tan arrogante y engreído de pensamiento, y en especial tan poco amable con nuestro género, no ha de beneficiarlo a usted en modo alguno.
Espero que el mal de entendederas que padece él no resulte contagioso, como lo son determinadas fiebres, o, de lo contario, le vaticino a usted una clara inclinación a semejante dolencia, con la consabida perdición de carácter.
Si me permite un humilde consejo: cuídese de amigos así, señor.
Por otra parte solicita usted que seamos amigos.
Le confieso, señor, que no poseo amistades entre el género masculino, y no por ninguna suerte de feminismo estrambótico por mi parte, sino porque no he sido hasta el momento capaz de encontrar ningún tema común que pueda interesar a cualquiera de las partes.
Los caballeros que conozco solo saben hablar de sus perros de caza, de los caballos de sus establos o de los carruajes de sus cocheras.
Además, si le soy sincera, no me siento muy convencida de la posibilidad de hacer valer una amistad entre un hombre y una mujer sin que alguno de los dos, más pronto que tarde, incline la balanza a la orilla del cortejo.
En otro orden de cosas... permítame recordarle que no ha respondido usted a las preguntas que le referí en mi primera carta.
No crea que lo olvido, aunque quizá sea precisamente su intención distraerme para no verse en la necesidad de responderlas.
¿Es usted buen conversador? ¿Le gusta pasear? Desconozco si reside usted en el campo o en la ciudad, pero el ejercicio diario que supone una agradable caminata resulta sumamente vigorizante para cuerpo y espíritu.
¿Le gusta la música? ¿Le gusta bailar? ¿Y leer? ¿Ha leído cuando menos siquiera media docena de volúmenes de su biblioteca? Esto, contando con que disponga de una biblioteca en su residencia.
Le adelanto, caballero, que una respuesta positiva a la mayoría de estas preguntas, si no a todas ellas, lo mostraría a mis ojos y entendimiento como un caballero sumamente aventajado y no como el necio arrogante que consideré al principio.
—¡Vaya, amigo mío, parece que tu anuncio ha cosechado un gran éxito!
—La voz de Frank, irrumpiendo de forma sorpresiva en el despacho, sin haberse anunciado previamente ni tocado a la puerta, consiguió arrancarlo abruptamente de la lectura.
Por fortuna, ya había terminado con ella, así que Robert se apresuró a doblar la carta y resguardarla en su sobre—.
Ya es la segunda carta que recojo de la oficina de correos en apenas unas pocas semanas.
—¡Benditos los ojos! —se burló Robert, por toda respuesta—. Vivimos bajo el mismo techo y apenas coincidimos ni medio minuto, ¿se puede saber dónde te metes, Frank Goddart?
El hombre cruzó la estancia para acercarse a la mesita auxiliar de caoba y, con absoluta familiaridad, en base a la confianza y amistad que mantenía con el propietario, servirse un dedo de brandy en uno de los vasos de cristal de Bohemia dispuestos sobre ella.
Antes de responder, todavía se permitió el lujo de saborear ampliamente la bebida.
—Digamos que Southampton me ha ofrecido más alicientes de los que esperaba —explicó de forma misteriosa, sonrisa lobuna en los labios.
—¿Tienen nombre esos alicientes? —increpó Robert, que sabía perfectamente de qué pie cojeaba su buen amigo.
Cualquier falda, con su consiguiente enagua de lazos y encajes, contaba con mayor peso para Frank que la amistad más arraigada.
¿Y la dama con la que se carteaba Robert lo acusaba de un exceso de tradicionalismo y escasa amabilidad hacia el sexo bello? ¡Si ella supiera cuán inclinado a mostrarse amable con el sexo bello se sentía Frank!
Pensar en esto llevó a Robert a recordar el contenido completo de aquellas cartas, amén del asunto que las había originado, por eso se tornó serio de golpe, procurando sonar amonestador.
—Por cierto —señaló—, no se trata de mi anuncio, sino de tu anuncio. En ningún momento me mostraste lo que pretendías publicar o, en caso contrario, jamás te lo hubiera permitido.
Frank vació su vaso de un trago y se sirvió otro dedo de líquido ambarino.
—¡Oh, vamos! ¿Y eso por qué?
—¿Por qué? ¡Es algo del todo ridículo, absurdo e innecesario! —exclamó Robert—. Lo tomé como una simple ocurrencia de las tuyas, Frank, jamás pensé que hablaras en serio.
—Tan solo pretendía hacerte un favor, Robert —el aludido arqueó una ceja con gran escepticismo—, nos mudamos desde Derbyshire a este confín del reino, donde no conocemos a nadie...
—Tal vez de eso se trate en realidad, ¿no lo has pensado? —manifestó Robert.
Frank lo miró largamente antes de enviar otro trago a su garganta.
—Lo hice por ti, amigo —insistió.
—¡Oh, lo hiciste por mí! Bendito seas, entonces.
—Así es, lo hice por ti —repitió Frank, rebosando razón por cada poro de su piel—, yo me habitúo rápido a los nuevos entornos y a las circunstancias que me son impuestas.
¿Y por qué? Porque mi corazón consiente en permanecer solo y triste apenas unas pocas semanas.
No se adapta a la soledad, por más que he intentado permanecer célibe, esta víscera palpitante mía enseguida busca compañía, ¿qué le vamos a hacer?
—Elevó los hombros con gracia para enfatizar sus palabras—.
Se trata de mera supervivencia emocional.
—¿Estás seguro de que hablamos de tu corazón?
Una risa pérfida estiró los labios de Frank una vez más.
—Llámalo como quieras —sentenció, sin dejar de sonreír—. No obstante, sé que el tuyo no ha sido creado para permanecer solo y rodeado de brumas. Desde que...
Robert alzó rápidamente la mano para silenciar a Frank, impidiéndole así mencionar aquel nombre que Robert no deseaba escuchar ni pensar jamás.
—Desde que nos trasladamos aquí, veo que no socializas demasiado, ni siquiera te esfuerzas en ello —continuó Frank, corrigiéndose—, no puedes condenarte a la soltería y, por consiguiente, a la soledad, amigo.
Necesitas una mujer que te alegre la vida.
.. o dos. —Robert revoleó los ojos—. Así que, sí, lo hice por ti.
—Y en pos de favorecerme, concluiste que la mejor solución era redactar un anuncio para encontrarme esposa. —Robert espurreó una risotada—. ¡Santo Dios, creí que bromeabas cuando lo mencionaste!
—Deberías saber que, en lo concerniente a las mujeres, no suelo bromear.
Robert exhaló con largueza, dando la batalla por perdida.
Decidió tomar otro rumbo para reconducir la conversación o, de lo contrario, perdería el tiempo tratando de hacer razonar a Frank.
—Y tú deberías saber que tu anuncio fue redactado con muy poco acierto. ¿Se puede saber qué has mandado a publicar?
Frank arrugó el ceño, sinceramente ofendido por este apunte.
—¿Poco acierto? ¿Qué quieres decir?
—Pues que por tu causa, abnegado amigo, me han tildado de necio arrogante, presuntuoso y poco amable con las mujeres. Todo de una sola vez.
Frank jadeó, divertido.
—¿A ti? ¡Pero si tú eres el perfecto ejemplo de caballero andante!
Robert hizo oídos sordos.
—Aparte, por supuesto, de considerarme un tipo desesperado, amargado y más solo que... —compuso una expresión cavilosa—, ¿cómo eran las palabras textuales? ¡Ah, más solo que una tumba vacía!
Frank dejó escapar un silbido de asombro.
—¡Vaya! —exclamó risueño—. ¿Puede saberse quién atribuyó tales gracias a tu persona? Porque doy fe de que no te conoce en absoluto.
Robert suspiró con largura.
A pesar del tono de supuesta amonestación asignado a la conversación, en sus labios bailoteaba una sonrisa. Porque pensar en la mujer que había atribuido tales gracias a su persona arrancaba de forma inevitable una sonrisa a su alma.
—La única mujer que se ha dignado a responder a tu ocurrencia —concluyó.
—¿La única? —De nuevo se extrañó Frank, ofendido en lo personal de que su redacción no resultara tan gloriosa como él había estimado—.
¿Y acaso no ha entendido la intencionalidad del anuncio?
¡Se trataba de buscar esposa, no de concederle a cualquier mujer aburrida de su existencia la posibilidad de desahogar sus malos humores a través de cuatro líneas!
La mandarías al cuerno directamente —dijo, vaciando nuevamente su vaso.
Robert compuso una expresión pensativa al tiempo que una sonrisa in crescendo estiraba sus labios.
—Al contrario —dijo—, la he felicitado por su elocuencia, por su agilidad mental y en especial por su abierta sinceridad, aplaudí su respuesta y...
—¿Y?
—Le sugerí que podríamos ser amigos.
Frank lo observó con incredulidad durante algunos segundos para concluir meneando la cabeza en negación.
—Estás loco... —continuó meneando la cabeza—.
Una mujer que deja entrever semejante carácter y se muestra tan deslenguada como para no callarse sus irrespetuosos pensamientos ¿por qué querría hacerse amiga del tipo al que acaba, precisamente, de reprobar con dureza?
¿Y tú por qué querrías ser amigo de ella?
¡Una revolucionaria amargada es lo que debe ser esa criatura con sayas!
Robert amplió su sonrisa.
—¿Por qué querría ser amigo de ella? Pues porque sin duda parece ser una de las mujeres más sinceras e interesantes que he conocido hasta el momento. Y sabes que, dadas las circunstancias, la sinceridad es una cualidad que aprecio vivamente en una mujer.
—Lo dicho: estás loco... —reiteró.
Y acto seguido, dejó el vaso vacío sobre la mesa auxiliar para abandonar la estancia hacia donde quiera que se encontrara su destino.