Capítulo 7
E l cielo cerraba plomizo, pertrechado de gruesas nubes, en apariencia tangibles, que replegaban apretadas unas contra otras hasta formar voluminosos racimos.
Catherine, aprovechando las horas lánguidas y tranquilas del atardecer, había salido a pasear y a pensar en soledad acerca de todo cuanto había sucedido en los últimos tiempos.
La naturaleza, por lo general, solía ejercer de grata confidente a sus preocupaciones y desvelos.
Y así debía reconocer que resultaba sumamente liberador lanzar las penas, los miedos y la angustia al viento y permitir que este arrastrara todo ello muy lejos de sí misma, tal vez campiña adentro, tal vez allén del gran canal.
Resultaba confortante escuchar el murmullo del viento o el arrullo adormecedor del curso de algún regato que, durante su trayectoria, agitara los cantos rodados del fondo componiendo así una melodía de lo más reparadora a la desazón del alma.
Y de ese modo, a través del serpenteante sendero, robles a un costado, alisos al otro, y un sinfín de flores silvestres y arbustos a ambos lindes del camino, recorría Catherine la campiña.
De cuando en cuando alzaba la mirada a la lanosa bóveda celestial, infinito manto cuyo tono agrisado se apreciaba a través de las ramas desnudas de los árboles, alargadas hacia el cielo como si pretendieran arañarlo, y cavilaba en aquellos pensamientos que ocupaban su cabeza.
Había respondido a un anuncio del periódico en el que un caballero desconocido decía pretender esposa.
Su respuesta no fue, sin embargo, la que el caballero hubiera esperado.
Ella no buscaba agradar ¡ni mucho menos!
Tan solo pretendía reprochar las absurdas y necias exigencias de aquel caballero reveladas a través de un burdo anuncio.
No deseaba ser vista ni reconocida..., sino tan solo escuchada.
Se limitó a plasmar sobre el papel lo que pensaba acerca de eso, lo arrogante y egoísta que le había parecido dicha solicitud y lo arcaico y vil de tamaña pretensión.
Se limitó a desahogarse —muy seguramente, siendo sincera consigo misma, incentivada por las palabras de Penny, sin duda la mecha que hubo de prender su voluntad— y a poner al caballero en su sitio.
¡Y qué bien sentaba poder decirle a un hombre, por naturaleza arrogantes y de consideración inigualable, todo lo que pensaba realmente de sus procederes, aunque nada más fuera de forma cobarde y escudándose tras el anonimato!
Nada que no hubiera hecho el propio caballero, al fin y al cabo.
No esperó respuesta a su propia carta —¿o sí?
¿Por qué si no se había molestado en incluir su propio apartado postal?
—, pero recibió una, y en ella dicho caballero no solo explicaba que el anuncio en cuestión no había sido cosa suya, que él ni siquiera había sido informado de su contenido.
.., sino que además le sugería si podían firmar una tregua y ser amigos.
«¿Amigos?».
Risas bulliciosas solaparon los pensamientos de Catherine, amén del alegre cántico de los pajarillos y el suave murmullo de la brisa entre el follaje.
Se trataba de escandalosas risas femeninas —de cuya procedencia no albergó Catherine la menor duda— y de una carcajada masculina a la que enseguida atribuyó también pertenencia.
Sus suposiciones se confirmaron cuando vio al colorido grupo aparecer tras una curva del camino, entre las altas zarzas y las retamas.
Penny, Mia y Fanny caminaban entre alegres saltitos que tres mirlos tomarían por suyos, mientras el señor Redford avanzaba con ellas, perfectamente satisfecho con la compañía y la conversación.
Cuando distinguieron la presencia de Catherine obstaculizando su camino, tanto el paseo como la conversación cesaron de forma abrupta, del mismo modo que las expresiones de deleite y divertimento que los rostros de las jóvenes mostraban segundos antes trocaron por otras de rancio desprecio.
El señor Redford, no obstante, se cuadró para ofrecer un saludo de cortesía a la mayor de las Russell, que esta correspondió como era menester.
—¡Oh, Catherine, qué sorpresa encontrarte aquí! —exclamó Penny con claro gesto de fastidio—. Te creíamos encerrada en la biblioteca, con la nariz en algún viejo libro y a ti medio agazapada entre las sombras.
—Señorita Penny, ¿cómo se le ocurre? Gozamos de una tarde estupenda para caminar. ¿Quién en su sano juicio querría permanecer encerrado en casa leyendo? —apuntó Redford en suave tono de reprimenda.
—¡Pues Catherine! —exclamaron las tres hermanas al unísono.
La mencionada se limitó a suspirar con resignación mientras el joven caballero le dedicaba una sonrisa condescendiente.
—¡Ay, Catherine, acabamos de rebasar a la altura del viejo roble al carapalo de Cypress Court!
—anunció Penny bajo mirada pérfida y sonrisa similar—.
Tal vez te apetezca encontrarte con él y ofrecerle conversación un rato, pues parecía tan aburrido como lo semejas tú.
Estoy convencida de que encontraréis algún punto en común sobre el que parlotear.
—Se llevó el índice enguantado a la barbilla y compuso una expresión pensativa—. ¿De momias egipcias, por ejemplo?
Las otras dos Russell ocultaron sus sonrisas igualmente malévolas tras las manos enguantadas mientras Redford observaba a las cuatro jóvenes sin acabar de comprender el chiste.
Si bien había sido puesto al corriente, gracias a la amable aportación de las tres hermanas, acerca de lo rancio y viejo que parecía ser el nuevo propietario de Cypress Court, jamás había tenido ocasión de conversar con él para comprobar lo acertado, o no, del apunte.
También había sido informado acerca de lo aburrida que era la mayor de las Russell, eterna solterona.
Siempre leyendo, siempre tocando el piano o rodeada de ancianas matronas. Eternamente amargada y dispuesta a censurar y reprobar de forma constante a sus jóvenes hermanas.
Pero no era en absoluto ni tan fea ni tan vieja como la habían retratado estas. Muy al contrario, consideró Redford que la señorita Catherine era una mujer todavía en la flor de la vida y la belleza.
—Sigamos paseando, señor Redford —animó Penny, a quien la carcomía continuar allí parada en presencia de la censora moral que suponía para ella su hermana mayor—, todavía nos queda un buen tramo.
—Tal vez la señorita Russell desee que la acompañemos...
—¡En absoluto! —cortó la jovencita—. A Catherine le encanta pasear sola.
Dicho esto dirigió una mirada insinuante a Fanny, quien comprendió enseguida la intención y, muy gustosamente, se dispuso a llevarla a cabo.
—¡Qué tarde tan preciosa, señor! —Aportada la distracción, enlazó su brazo al del caballero, mostrándose tan envanecida como lo estaría una reina del brazo de su rey—. ¡Adoro pasear cuando el cielo luce estos tonos grises y violetas! ¿A usted no? ¡Es tan sumamente romántico!
Mia enlazó su brazo al de Penny, y todos juntos prosiguieron su camino en dirección contraria.
Catherine esperó a haberlos perdido de vista antes de dejar escapar un nuevo suspiro.
¡Menudas eran aquellas tres!
Del señor Redford no supo qué pensar.
O era demasiado bueno e ingenuo como para percibir la perfidia de sus nuevas habituales —en ese particular Catherine se compadecía de su persona, pues acabarían manipulándolo a su antojo hasta conseguir lo que quisieran obtener de él— o, en el peor de los casos, era tan necio como ellas.
De otro modo resultaba incomprensible que tolerara sus disparates y puerilidades.
Continuó caminando hasta que, un poco antes del viejo roble, tal como sus hermanas habían mencionado, se encontró con la figura elegante del señor Hemstorm quien, ataviado con redingote de paño oscuro, sombrero de ala ancha, guantes de cuero, botas de caña alta y vara de fresno con la que golpear los hierbajos del camino, avanzaba con paso distraído frente a Catherine.
Se concedió unos segundos para observarlo a placer, antes de que él se percatara de su presencia, y en tales circunstancias la sorprendió descubrir la sonrisa que de repente estiró sus labios o el ligero aleteo de su corazón, comportándose a sus veintinueve primaveras como una alevilla en pos de una flama.
Cuando Robert Hemstorm se percató finalmente de la presencia de la joven, mostró un claro gesto de sorpresa.
De feliz sorpresa, se atrevería a apuntar Catherine después.
Ambos se saludaron con las reverencias de cortesía.
El conocido aroma a sándalo, madera y cedro que ya había aprendido a asociar con el señor Hemstorm se desplazó en lenta oleada por la atmósfera hasta traspasar sus fosas nasales.
Y, de nuevo, erizarle el diminuto vello de la nuca.
—Señorita Russell, ¡qué placer encontrarla paseando por este encantador entorno!
Catherine le dedicó una sonrisa sincera.
Por lo que había podido comprobar en el recital de la señora Hamilton, el señor Hemstorm era un hombre amable y educado, de modales impecables e intachable conducta.
Por añadidura, y para sorpresa de la propia implicada, debía reconocer que, en lo concerniente al señor Hemstorm, parecía decidida a pensar lo mejor de él.
En verdad no entendía cómo sus hermanas podían ser tan crueles con un hombre tan correcto.
O en realidad sí que lo entendía: el hecho de que se tratara de un caballero correcto y formal era algo que ellas atribuían directamente a una personalidad aburrida y demodé.
—Me encanta pasear, y lo hago siempre que puedo y el tiempo lo permite —añadió Catherine—. ¿Y usted? ¿Disfruta del entorno?
—Mucho —una sonrisa amplia ensanchó su rostro—, caminar al aire libre es un ejercicio vigorizante que trato de practicar cada vez que me es posible, y para eso Southampton resulta fascinante, el paisaje aquí es increíble —añadió.
—Lo es, creo que no me vería viviendo en ninguna otra parte.
—Empiezo a pensar que yo tampoco, señorita Russell, y eso que llevo poco tiempo aquí. —Adelantó un brazo para señalar el camino ante ellos—. ¿Me permite escoltarla?
—En realidad caminaba sin rumbo —explicó Catherine—, pero acompáñeme, claro, una compañía como la suya resulta siempre estimada.
Reconoció Robert el cumplido con un cabeceo y una sonrisa.
—Aunque me temo —añadió Catherine, no sin apuro— que acompañarme lo obligará a usted a regresar sobre sus pasos.
Robert continuó afable y sonriente.
—No importa, también caminaba sin rumbo —ladeó el rostro para ofrecerle la intensidad de su mirada oscura—; además, la compañía bien lo merece.
Continuaron en silencio un rato más, sin duda disfrutando cada cual del entorno que los rodeaba, del paisaje verdoso que poco a poco se desperezaba del letargo invernal para prepararse a recibir la primavera que pronto llegaría para asentarse.
Todavía las temperaturas eran frescas, lo cual no resultaba desagradable a la hora de caminar.
—Creí entender que la señora Turlington solía acompañarla...
Catherine replegó los labios al interior de la boca y disimuló una sonrisa.
Eso le había dado a entender la querida señora durante el recital, pero lo cierto era que jamás había mostrado interés alguno en salir a caminar.
En realidad los ataques de reuma que solía padecer durante la estación fría no resultaban propicios para realizar ningún tipo de ejercicio físico. No obstante, se abstuvo Catherine de poner en compromiso a su querida amiga.
—Así es, en alguna ocasión. —Y no añadió nada más, pues tampoco se encontraba en su naturaleza mentir a sabiendas. Decidió cambiar de tema para evitar comprometerse o comprometer a la señora Turlington—. Tengo entendido que es usted aficionado a la música...
—¡Oh, la señora Turlington es muy amable, me temo! —apuntó risueño—. La disfruto, es cierto, aunque en modo alguno poseo destreza a la hora de ejecutarla. —Volvió el rostro en su dirección—. Pero usted sí que es una gran intérprete, ¿me equivoco?
Catherine jadeó, entremezclando su gesto con una sonrisa alegre.
Al parecer la señora Turlington había tenido tiempo de mantener una conversación de lo más fructífera con su nuevo vecino.
—Concuerdo con usted: la señora Turlington es muy amable.
Ambos sonrieron, complacidos con la conversación y la compañía.
—Como fuere, resultaría un enorme placer para mí invitarlas a visitar Cypress Court —apuntó Robert—, dispongo de un viejo pianoforte que lleva demasiado tiempo ocioso.
Además —buscó la mirada de Catherine, hallándola contenta—, me atrevo a pensar que a usted le agradaría regresar a la propiedad, de ese modo podrá comprobar si los pequeños cambios que he realizado en ella han sido o no un acierto.
Por supuesto, aceptaré sugerencias al respecto.
Catherine cabeceó complacida.
No solía realizar demasiadas visitas, de hecho procuraba evitarlas en la medida de lo posible, y para ello contaba con la fortuna de que sus hermanas eran especialmente afectas a pasearse de casa en casa en representación de los Russell.
Pero en aquel concreto debía reconocer que no le desagrada en absoluto aceptar la invitación.
Cypress Court era una propiedad preciosa, el pianoforte que recordaba presidir el salón principal siempre había sido magnífico y estaba bien afinado..., y el señor Hemstorm era un hombre de grata conversación, buen carácter y mejor apariencia.
—Si usted se fía de las sugerencias de una humilde servidora...
—¡Pero por supuesto! Una visión femenina me vendría muy bien, de lo contrario es probable que la hermosa residencia que encontré en su día, tras mis reformas, acabe convertida en la cueva de un hombre solo.
Catherine contuvo la carcajada tras la mano enguantada.
—Hace mucho que los hombres no viven en cuevas, señor Hemstorm.
—No ha visto usted las residencias de alguno de mis antiguos conocidos, señorita Russell.
Esta vez nada impidió que la carcajada brotara libre entre los labios femeninos, sonando a oídos de Robert como el cascabeleo alegre de un arroyuelo en primavera.
El movimiento propició que una fragante oleada a lavanda fresca, procedente de la figura femenina a su lado, alcanzara a Robert al tiempo que lo hacía el melodioso cascabeleo de su risa.
—Se lo comentaré a la señora Turlington —respondió Catherine al fin, la sonrisa todavía bailando en los labios—. Por lo que a mí respecta, y creo que hablo en nombre de las dos, será un placer, señor, acompañarlo cualquier tarde de estas.
—Será un honor recibirlas —concluyó él, todavía embriagado por el aroma de lavanda y la musicalidad de la risa.
Y continuaron caminando en grata compañía, comentando de cuando en cuando la presencia de alguna avecilla o roedor que asomaba entre los arbustos a su paso, acerca de la variedad vegetal que los rodeaba y, especialmente, sobre las bondades y cordialidad de aquella buena amiga en común, la bienquerida señora Turlington.