A la atención de una dama Capítulo 6
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Capítulo 6

H abía sido un gran acierto alquilar aquel buzón en la oficina postal, pues de ese modo podía recibir las novelas que adquiría, amén de las revistas de música y arte a las que se había suscrito, en perfecta privacidad, sin tener que soportar las miradas incrédulas ni las constantes burlas de sus hermanas a causa de sus inclinaciones; y lo cierto era que tampoco consideraba Catherine que a aquellas les interesara lo más mínimo saber en qué gastaba ella su asignación.

Si las más jóvenes la dedicaban por entero a lazos, cintas y bagatelas, ella consideraba que el dinero iba mucho mejor invertido destinándolo a libros y revistas.

De ese modo, contando con su propio buzón, recogía una vez a la semana, o cada quincena, según tratado, lo que hubiera solicitado con antelación, y regresaba a casa para leer en la intimidad de su alcoba, o en los rincones predilectos de la propiedad, a veces incluso a lo largo del trayecto de vuelta, aquellas joyas que ella consideraba sus pequeños lujos literarios.

Lo que no esperó fue encontrarse, en aquella ocasión, con algo muy distinto a las revistas o novelas habituales.

Esta vez, en el pequeño buzón, la esperaba un pequeño sobre cuadrado cuyo frontal rezaba: «A LA ATENCIÓN DE UNA DAMA».

Primero sintió cómo el aire poco a poco abandonaba sus pulmones en un jadeo continuo para dejar el pecho aplastado y vacío como la bolsa de una gaita.

Después notó el bullebulle en sus entrañas que hizo sonar las tripas y las retorció hasta hacerle sentir punzadas de dolor.

Por último, y si cabe fue este el trazo más delator, fue consciente del calor que ascendió por su pecho, reptante y agobiante, para instalarse en su escote, en su cuello y en su rostro hasta hacerla sentir en brasa viva.

La coloración en todas estas parcelas de piel debía de ser por entonces importante.

Y extremadamente delatora.

Como el furtivo que se sabe en posesión de una pertenencia cuestionable, se apresuró a esconder el sobre en la pequeña bolsa atada a su cintura, oculta bajo la falda, para mantenerlo lejos de la mirada de cualquiera que se encontrara entonces en la oficina de correos.

Su intuición no le fallaba, estaba segura de qué era aquello.

¿De qué otra cosa podía tratarse, si no?

¿Y se sorprendía?

¿Acaso no había, de algún modo, esperado una respuesta?

¿Por qué otro motivo, si no, habría escrito su propio apartado postal?

Nunca antes realizó el camino a casa con tanta premura como lo hizo aquel día. Nunca antes sus pies volaron con semejante presteza ni su corazón aleteó con una vivacidad tan inquietante.

No se detuvo a conversar con ningún vecino y tampoco se entretuvo admirando los brotes prematuros que empezaban a despuntar en las lindes del camino, ansiosos de la primavera que se asentaría en apenas un mes.

Llegó a la residencia Russell con la buena fortuna de no toparse con ninguna de sus hermanas, de otro modo, sin dudar aquellas tres pérfidas hubieran apreciado algo diferente en el habitualmente calmoso proceder de su hermana mayor.

Casi seguro los colores que encendían el rostro de Catherine, amén de sus modos apurados y su aliento ligero, la hubieran delatado.

Se encerró en su alcoba y allí, abrigada por las cuatro paredes que durante años habían sido mudas testigos de sus desvelos, frustraciones, sueños e inquietudes, sentada en el borde del lecho, recuperó el sobre para rasgarlo con prontitud.

Desplegó las tres dobleces del papel para toparse con una caligrafía claramente masculina: notable curvatura, letra grande y redonda, ancha y carente de florituras. Perfectamente legible.

A la atención de una dama:

Debo admitir que su carta consiguió desconcertarme y sorprenderme de un modo que no esperaba: absolutamente abrumador.

Sus palabras, aunque duras, fueron tan firmes y acertadas como la flecha que es lanzada a la diana y no yerra.

Usted no erró con sus apreciaciones, de hecho concuerdo perfectamente con todas ellas. Y no, no me alegraría regresar al Medievo, como usted supone, y verme involucrado en sus costumbres, por más que estas favorezcan a los de mi condición. Jamás pretendí nada de ello.

¿Me creería usted si le digo que no he tenido nada que ver en todo este asunto del anuncio? ¿Resultaría inconcebible para usted aceptar que todo ha sido cosa de un amigo quien, por cierto, escogió él mismo palabra por palabra lo que deseaba transmitir?

Cuando me compartió su disparatada idea lo tomé como una broma, le aseguro que no esperé que fuera a llevarla a término.

En este caso está claro que adolecí de un exceso de confianza y sé que peco de negligente por no implicarme más en este asunto y comprobar que él no se atreviera a mandar nada a publicar.

Siendo sincero, confieso que tampoco esperé que ninguna dama respondiera al reclamo. Por lo que ahora sé, mi amigo pagó para que el anuncio permaneciera vigente durante solo una semana.

Una auténtica estupidez por mi parte, a la vista de la repercusión ahora lo comprendo: jamás debí mantenerme al margen ni consentir que algo así viera la luz. Me alegro al menos de que tal despropósito solo hiriera dignidades durante siete largos días.

Pero, teniendo en cuenta que mi única falta —a la que, créame, no trato de restarle consideración con mis palabras— fue la dejadez, ¿cree usted que podría perdonarme?

¿Cree que podríamos firmar una tregua en este mismo instante? ¿Cree que podríamos ser amigos?

Catherine se descubrió con el aliento más apresurado de lo estimado natural y necesario, y con los braseros que ya se habían instalado en sus mejillas minutos antes en plena combustión.

No obstante, lo peor de todo fue asumir el feroz aleteo de su corazón o el gesto involuntario de su propio cuerpo, llevándose la vitela a la nariz y cerrando los ojos en el proceso para tratar de apreciar el aroma de su emisor.

Efectivamente, una suave esencia a sándalo, madera y cedro invadió sus fosas nasales.

Un aroma que le resultó conocido, pues le recordaba vivamente a la persona de Robert Hemstorm, aunque semejante coincidencia resultaba demasiado vana e innecesaria para ser tenida en cuenta.

La desestimó de inmediato.

Asombrada ante su necedad de olisquear el papel y relacionar la fragancia con el señor Hemstorm, abrió los ojos de golpe y apartó con rapidez la vitela para dejarla a un lado, sobre el lecho, y limitarse a observarla de reojo.

Temerosa, inquieta, escéptica...

¿Debía conceder fiabilidad a aquellas letras? ¿En verdad el caballero que le escribía no tenía nada que ver con el anuncio publicado en el periódico? ¿Había sido víctima de la torpeza de un amigo, tal como aseguraba, o se trataba tan solo de una excusa para intentar justificar su majadería?

Teniendo en cuenta que ni Catherine ni ninguna otra persona conocían la identidad del caballero anunciante —así razonaba ella en su cabeza—, no tenía sentido alguno tratar de justificar algo que se había hecho a sabiendas de ello.

Solo quien en verdad era inocente de semejante actuación, y se describía como sincero desconocedor de esta, se tomaría la molestia de tratar de limpiar su nombre, cuando este no permanecía a la luz.

Con el ceño fruncido a severidad —¿en qué momento había tomado aquella forma adusta?—, Catherine recuperó el papel para contemplar de nuevo la elegante caligrafía masculina y observarla, esta vez, a través de una mirada de condescendencia.

Se humedeció los labios y, acto seguido, tragó en seco.

Y aunque ella no se movió de su posición en el borde del lecho, sus ojos volaron raudos al bureau para deslizarse sobre el material de escribanía.