Capítulo 5
C atherine inclinó la cabeza y se miró las manos, reunidas en el regazo como dos palomas blancas anidadas sobre un manto verde oliva.
En esa pose cerró los ojos y se dejo envolver por la suave melodía que reptaba en la atmósfera con notable cadencia.
Resultaba sencillo y gratificante evadirse a otros mundos, a otras épocas, bajo los acordes dulces del piano.
Pero toda evasión, por más estimulante o agradecida que resultase, toca en algún momento a su fin, y de ese modo la melodía cesó para que su intérprete realizara un merecido receso.
Abrió Catherine los ojos y alzó la cabeza para regresar al presente, a aquella sala donde su anfitriona, la señora Hamilton, había reunido a unos cuantos personajes notables de la sociedad de Southampton, en la que por supuesto se encontraban los Russell, para agasajarlos con una tranquila velada musical.
A su lado, la querida señora Turlington observaba su expresión con callado gesto de satisfacción.
—Beethoven posee la capacidad de hacernos soñar despiertas, ¿verdad, querida?
Catherine sonrió.
—Especialmente si hablamos de Para Elisa y ese adagio sostenuto inicial —concedió con un suspiro—. Creo que es mi melodía favorita de entre todo su repertorio.
—Es cierto, es cierto, y usted la interpreta tan bien como nuestra querida señora Hamilton.
Catherine movió la cabeza en negación, acusando una sincera modestia.
—En absoluto, señora Turlington, nuestra anfitriona es sin duda mucho más diestra que yo al piano.
La señora Turlington alzó una mano y negó con la cabeza, dando a entender con su gesto que no admitía réplica alguna a su consideración.
Observó entonces por encima del hombro de la señorita Russell hacia algún lugar al fondo de la sala y el gesto amable mostrado segundos antes trocó por uno de disgusto.
Catherine siguió la dirección de su mirada para descubrir, no sin contrariedad, a sus hermanas sentadas al fondo, conversando en voz alta —demasiado alta teniendo en cuenta el lugar y la condición sosegada de la velada— con el primo del pastor, el tan aclamado señor Redford.
Todo el grupo parecía mantener una conversación de lo más animada, a juzgar por las risas mal disimuladas de las jovencitas, por los notables rubores que escarchaban sus mejillas y por las continuas ocultaciones de sus comentarios tras las manos enguantadas.
El caballero, por cierto, tampoco permanecía exento de culpa y delito, pues en ningún momento pareció dispuesto a dejar de participar o mantenerse al margen de los chascarrillos de las muchachas.
De hecho les seguía la chanza con absoluto deleite, entre risas festivas y miradas traviesas.
—Sus hermanas parecen realmente satisfechas con la velada —apuntó la señora Turlington muy seria y sin perder de vista al grupo. La mirada censora era notoria en su gesto—, jamás imaginé que apreciaran tanto la música como para disfrutarla de ese modo.
Catherine suspiró con resignación.
—Y no lo hacen —concedió. Su confianza con la señora y la amistad que ambas se profesaban le permitieron hablar con franqueza para expresarse como lo hizo a continuación—, en realidad se sienten más satisfechas con el caballero que las acompaña, me temo.
La anciana cabeceó su asentimiento.
—Ya veo; un recién llegado a Southampton, joven y con tres mil libras como respaldo, no podría pasar inadvertido en modo alguno a tres jovencitas en edad de desposar.
Catherine esbozó una sonrisa traviesa. ¿También la señora Turlington estaba al tanto de las tres mil libras de Redford?
—Creo que no sabe dónde se ha metido al seguirles el juego a esas tres liantas. Fanny parece muy dispuesta a enamorarse perdidamente de él.
—Sin duda, pobre señor Redford —concedió la anciana—, pocas cosas hay en el mundo más peligrosas que una muchachita empeñada en enamorarse, especialmente cuando ya ha elegido el objeto de su deseo. No tendrá, me temo, demasiada escapatoria el joven Redford.
Desvió entonces la mirada hacia el costado opuesto de la sala y la sonrisa que asomó a su semblante reveló esta vez un sincero deleite, en lugar de la reprobación recientemente mostrada.
De nuevo resiguió Catherine la dirección de la mirada de su amiga para encontrarse con la mirada de un caballero de mediana edad, sentado unas cuantas sillas más allá.
El caballero las observaba a ambas y enseguida correspondió a la sonrisa que le dirigía la anciana con un cabeceo cortés y una sonrisa igual de amable.
—¡Ah, otro recién llegado, por cierto! —informó la señora en tono de confidencia y sin apartar su mirada del caballero en cuestión—. Si hubiera asistido usted al baile de los Spencer lo hubiera conocido entonces; lástima que su horrible migraña se lo impidiera.
Catherine respondió con una sonrisa condescendiente.
No obstante, su mirada continuaba pendiente del caballero, aunque procuró, por cortesía, que su curiosidad no resultara demasiado manifiesta.
¿Qué podría decir de él?
Aunque permanecía sentado, era evidente que se trataba de un caballero alto y atlético.
Lucía una abundante cabellera dorada, lacia y ligeramente larga, pues descendía cayendo en suave ondulación sobre las orejas.
Generosas patillas recorrían su rostro, el cual, aunque alargado y maduro, revelaba calma y amabilidad.
—El nuevo propietario de Cypress Court —informó la señora, y antes de que Catherine se diera cuenta, la vio haciendo un gesto con la mano al caballero, reclamando así su presencia—, un hombre especialmente agradable en el trato, doy fe de ello y, aunque no es joven, está soltero y estoy convencida de que no tiene nada que envidiar a ese señor Redford ni a sus tres mil libras.
Catherine lo observó acercarse con andares pausados y elegantes.
¿Así que aquel era el señor Hemstorm, el viejo del que tanta mofa hiciera en su momento Penny, amén del resto de sus hermanas?
En realidad era obvio que no se trataba de un jovencito, como podía serlo el señor Redford, seguramente andaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, pero consideró Catherine que no había nada de viejo, arcaico o decrépito ni en su porte ni en su atavío.
De hecho vestía con notable gusto; buena muestra de ello era aquel frac de color verde oscuro con amplia solapa de terciopelo y botones forrados en tela del mismo tono, perfecta caída sobre los hombros y largo adecuado en los faldones.
Un chaleco recto, negro y listado en blanco, completamente abotonado hasta permitir asomar el cravat entre sus solapas alzadas, evidenciaba que su propietario poseía un abdomen adecuadamente plano.
El caballero llegó a la altura de las dos mujeres y cabeceó en reverencia, alternando la mirada de una a otra.
Un suave aroma a sándalo, madera y cedro alcanzó a Catherine debido al movimiento realizado por el recién llegado. Una fragancia profunda, intensamente viril, que consiguió traspasarla y erizar el vello de su nuca.
Ambas mujeres correspondieron a la cortesía levantándose de su asiento para realizar asimismo la consabida venia.
—¡Ah, señor Hemstorm! —habló la anciana, sonrisa radiante en los labios—, ¡qué satisfacción encontrarlo también hoy aquí!
—El gusto es mío, señora Turlington —respondió el caballero. Y Catherine se sorprendió ante el tono grave de su voz, encantadoramente varonil—, en modo alguno podía perderme la velada musical que nos prometió la señora Hamilton en la residencia Spencer.
—¡Ah, sí, recuerdo que mencionó usted entonces ser un gran aficionado a la música! —Al decir esto no pudo disimular la mirada que le dedicó a su amiga, aunque esta, por fortuna, no se percató de su intencionalidad.
El caballero cabeceó en asentimiento.
Observó entonces a la dama que acompañaba a la anciana y esta sí se percató de la mirada de desconocimiento que halló en él.
—¡Qué descuido el mío! —exclamó, presta a enmendar su falta—. Permítame presentarle a una de nuestras vecinas más queridas y, a título personal, una amiga muy afecta para mí: la señorita Russell.
Catherine inclinó la cabeza para reafirmar su venia al tiempo que Robert Hemstorm hacía lo propio.
—Un placer, señorita Russell.
—Lo mismo digo, señor Hemstorm. —Y, por primera vez en mucho tiempo, fue consciente de que sus palabras no se ceñían a una mera fórmula de cortesía—. Me ha alegrado mucho saber que ha comprado Cypress Court, sin duda es una propiedad preciosa.
Robert la miró con curiosidad.
—¿Conoce usted Cypress Court?
—He tenido ocasión de visitarla un par de veces cuando pertenecía a los antiguos propietarios, y aunque no guardo un recuerdo fidedigno en mi memoria, creo poder afirmar que la decoración era exquisita. Supongo que usted realizará algunos cambios.
—Alguno se ha realizado, sí —respondió escueto; no obstante, una sonrisa franca secundó sus palabras para restarle sobriedad a su tono.
Y, como si de pronto ya no le perteneciera, el cuerpo de Catherine reaccionó actuando por propia disposición para responder a la sonrisa afable del caballero con una sonrisa espontánea, la cual, sin duda por lo inesperado, sorprendió a su propietaria.
Consideró Catherine que el señor Hemstorm no solo no era un viejo adusto o escasamente atractivo, tal como recordaba habérselo oído mencionar a Penny; si debía regirse por un criterio objetivo —y, por lo general, con objetividad y sensatez solía conducirse Catherine— debía reconocer que se trataba exactamente de todo lo contrario.
Puede que no fuera un Lancelot y quizá en esa estación de su vida se acercara más a la figura de Arturo que a la del laureado héroe, pero no era en absoluto feo o desgarbado y, de hecho, las arrugas que achicaban sus ojos al sonreír, amén del propio aspecto franco de su sonrisa, le conferían un atractivo maduro y sobrio.
No, no semejaba adusto o amargado, tampoco severo en su gesto.
Simplemente era un hombre ponderado, y así lo consideró Catherine.
—¿Le agrada Southampton, señor? —continuó Catherine dando alas a la conversación, poco dispuesta a condenarla al mutismo mientras la concertina permaneciera en descanso.
—Sí, es un lugar cómodo y agradable para vivir; me gusta mucho, sí.
—Parecía que fuera a silenciarse, pero acto seguido continuó con tono animado—: He podido salir a dar largos paseos desde mi llegada y me ha complacido encontrar lugares tan dignos de admiración como lo son sus bosques y campos, además del bullicioso puerto.
—Pues esperamos poder encontrarlo algún día de estos, señor, puesto que la señorita Russell y yo solemos salir a caminar también de vez en cuando.
Catherine volvió rauda la cabeza para observar a su amiga fijamente, aunque se cuidó de disimular su sorpresa.
Ella sí solía salir a caminar de forma habitual, aunque la señora Turlington rara vez ponía un pie en la tierra para recorrer los alrededores, no siendo en su tílburi personal.
—¡Qué maravilloso sería que pudiera usted acompañarnos durante uno de nuestros paseos! —insistió, traviesa, la señora Turlington.
La ocasión se presentaba propicia para continuar con una conversación que a Catherine se le antojaba de lo más agradable, y en ningún caso insuficiente, pero de nuevo la anfitriona ocupó su asiento frente al piano para reanudar su concertina.
Robert Hemstorm regresó entonces a su asiento y ambas mujeres ocuparon los suyos para disfrutar de la destreza musical y el magnífico oído de la señora Hamilton.
No obstante, Catherine dispuso esta vez de un nuevo punto de interés durante lo que restó de velada, viéndose obligada a alternar su atención del pequeño altillo desde el que la dama arrancaba magníficas notas a su instrumento a la posición ocupada por aquel nuevo conocido sentado unas cuantas sillas más allá.
—¡Qué hombre tan amable e interesante! —susurró la señora Turlington, cuya mirada permanecía firme e inamovible, en apariencia, en la figura de la señora Hamilton.
No obstante, por el rabillo del ojo observaba la anciana las reacciones de su acompañante, encontrando por demás muy interesante la curiosidad naciente que acababa de apreciar en ella respecto al señor Hemstorm.