A la atención de una dama Capítulo 4
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Capítulo 4

R obert Hemstorm permanecía erguido frente al amplio ventanal de la sala principal, ubicada por encima de la línea que formaba la escalinata exterior que recibía a los visitantes de Cypress Court.

Desde tan magnífica atalaya, el caballero disponía de una vista privilegiada del vasto parque de la propiedad; un terreno inmenso cuya hierba perfectamente cuidada, enverdecida y densa, ofrecía la apariencia de un auténtico e infinito tapiz de terciopelo verde.

En el centro mismo del terreno, una fuente conformada por tres hermosas náyades de cuyas ánforas brotaba el agua proporcionaba movimiento y elegancia al conjunto.

Un amplio sendero de grava hería el verdor inagotable para conducir a los visitantes desde el inicio mismo de la propiedad hasta la escalinata de piedra, siendo escoltados en todo momento por los trabajados arbustos de boj que delimitaban la vereda a ambos lados y a media altura.

Ante tan espléndida vista, que sin duda alimentaría la vanidad de cualquier caballero en disposición de semejante posesión, Robert Hemstorm tan solo se permitía observar con una mirada vacía y por completo desangelada.

Una mirada que, de forma errada, procuraba encontrar un atisbo de paz en los vastos dominios que ya le pertenecían, ante la imposibilidad de hallarla dentro del ámbito personal y espiritual.

Había adquirido la propiedad con el único fin de iniciar una nueva vida lejos de todo su mundo anteriormente conocido.

Y aunque la cantidad a desembolsar había resultado desorbitada incluso para alguien de economía acomodada como lo era él, y cualquier otro —menos necio en ese aspecto y mucho más razonable— hubiera desestimado la propiedad para optar por otra opción más sensata, el hecho de que se encontrara lejos de su Derbyshire natal propició que no se lo pensara dos veces.

Cuanto más lejos, mejor.

Southampton le había parecido bien.

Una ciudad portuaria, abrazada por un paisaje bucólico y en disposición de fronda y verdor necesarios para disfrutar de una existencia tranquila, lejos del mundanal ruido y de murmuraciones indeseadas, era lo que necesitaba su alma herida.

Allí, sin duda, estaría a salvo de maledicencias, también de encuentros y relaciones rechazables.

Al fin y al cabo y según las últimas noticias que, en contra de su voluntad, le habían ofrecido algunas fuentes cercanas, Charlotte residía con su reciente esposo en el condado de Norfolk.

La mención, aunque nada más fuera en su cabeza, de Charlotte provocó que la mandíbula se tensara hasta provocar un dolor lacerante en el pómulo y hasta la sien.

De forma inconsciente, o demasiado consciente tal vez, las manos enlazadas a la espalda, ocultas bajo los faldares de la chaqueta, se aferraron para formar un apretado puño.

Las uñas se clavaron en las palmas.

La herida todavía se sentía presente, y aunque ya no sangraba, no resultaba apetecible hurgar en ella.

Un sonido a su espalda, en realidad un leve carraspeo seguido de un entrechocar de talones, consiguió apartarlo de golpe de sus cavilaciones, lo cual, pese a lo inesperado de la interrupción, resultó muy de agradecer.

No debía descender sus barreras y permitir en modo alguno que Charlotte se colara en sus pensamientos, fuere del modo que fuere.

Al fin y al cabo, y por decisión de la propia Charlotte, ella misma se había arrancado de su vida con idéntica rotundidad a la empleada para adentrarse en ella, solo que al salir había causado grandes estragos y un dolor que resultó impensable en el momento de su entrada.

Se volvió despacio para descubrir, en efecto, al mayordomo parado bajo el umbral.

—Señor —habló el servil—, ha regresado el señor Goddart.

Robert cabeceó en asentimiento.

Frank Goddart y Robert se conocían de su etapa universitaria, allá en Eton tiempo ha, y desde entonces se habían convertido en inseparables. Casi como dos hermanos, siendo Robert claramente el hermano mayor y sensato, a pesar de contar ambos la misma edad.

Desde el fallecimiento del padre de Robert, y habiendo perdido Frank a los suyos casi en la misma época, Hemstorm decidió ofrecerle un empleo y acogerlo bajo su techo, de ese modo Frank se convirtió en su administrador y representante legal, amén de un leal consejero y el mejor amigo que cualquier caballero pudiera desear.

Después de los últimos devenires que conformaron la existencia de Robert hasta el punto de convertirla casi en una tragicomedia, Frank había demostrado que se podía contar con él.

—Dígale que me reuniré con él en mi despacho.

El mayordomo no se movió de su posición.

—Me temo que no es posible, señor, puesto que ya se ha marchado.

Aquel apunte sin duda extrañó a Robert.

—¿Acaba de regresar y ya se ha marchado? —inquirió.

Frank jamás desperdiciaba la oportunidad de saborear un buen brandy en compañía de su amigo. Y mucho menos de pasarse a saludarlo después de haber permanecido ausente por unos días.

—Así es, señor —respondió el mayordomo—, dijo que tenía prisa, que lo esperaban en el pueblo y que tan solo se había acercado a traerle correspondencia. Se la ha dejado a usted en el despacho, señor, y agregó, por cierto, que debería usted leerla con premura.

Robert cabeceó. ¿Tanta urgencia? ¡A saber en qué asuntos andaba metido el picaflor de Frank para no dedicar siquiera diez minutos a su amigo!

Muy seguramente en alguna cuestión de faldas, pues Frank era el típico colibrí que continuamente saltaba de jardín en jardín, degustando los suaves pétalos aquí y allá, pero sin dejarse atrapar por ninguna bella flor.

Estaba convencido de que alguna señorita de Southampton contaba ya con su completa atención y su sincera devoción... al menos hasta que cualquier otra cruzara ante sus ojos.

Por desgracia para el sexo bello, la devoción de Frank resultaba tan voluble como el tiempo y tan efímera como el perfume en una tarde ventosa.

Una sonrisa torcida elevó los labios de Robert al pensar en ello.

No le había desagradado mucho al bueno de Frank trasladarse a Southampton para acompañarlo en su propósito de iniciar una nueva vida, no.

Tan lejos del bullicio de la ciudad y de la sociedad que habían frecuentado durante los últimos años, tan lejos de la existencia que conocían.

.., y a pesar de ello, Frank no había manifestado ni una sola queja al respecto y sí un absoluto y rápido convencimiento en aceptar la partida y adaptarse a Cypress Court.

Al fin y al cabo le había venido bien dejar su pasado atrás, tal como sucedía con Robert; aunque en el caso de Frank se trataba en realidad de dejar atrás a un esposo enfurecido y dispuesto a retarlo a duelo tras haber este sorprendido al abogado revoloteando alrededor de su joven esposa.

—Está bien, tendré que conformarme con leer esa correspondencia.

Robert cruzó la estancia con paso firme hasta rebasar al mayordomo, quien le cedió el paso con un gesto de reverencia, recorrió el pasillo y franqueó la puerta de su despacho, situado al final de corredor.

En efecto, distinguió en un extremo del escritorio una bandeja plateada de la que emergía un pequeño montículo de pliegos sellados.

Revisó uno por uno, la mayoría de ellos sin llegar a abrirlos, pues su experiencia le decía, en base a la caligrafía, el estilo y a las casas de las que procedían, que la mayor parte incluiría invitaciones a futuros eventos en Southampton a los que no deseaba asistir.

Semejante comprensión dibujó en su rostro un mal disimulado gesto de hastío.

Otros contendrían lamentos y regaños de vecinos y viejos conocidos de Derbyshire, quienes además aprovecharían la ocasión para reprocharle, sin tapujos ni miramientos, el que se hubiera mudado de forma tan repentina, sin concederles la oportunidad de despedirlo con una fiesta.

No los incomodaba, y estaba Robert bastante seguro de esto, el perder a un notable activo de la sociedad, sino el hecho de verse privados, con su partida, de la oportunidad de continuar llenando sus buches a costa de la casa Hemstorm.

También esta certeza le arrancó un suspiro de resignación y tristeza.

Le llamó la atención el último de aquellos sobres, puesto que la dirección era un simple apartado postal y no revelaba ningún domicilio físico.

Un jadeo ahogado huyó de su garganta.

«¿Sería posible que...? ¿Se habría atrevido a llevar a término semejante locura? ¡No, no podía ser cierto! ¡Era una auténtica estupidez!».

Robert siempre creyó que estaba bromeando...

Desgarró el sobre sin ninguna contención, asombrado sinceramente de que aquel desvarío —que había sido por completo ocurrencia de Frank y del que en verdad creyó que el muy cretino jamás se atrevería a llevarlo a cabo— hubiera recibido alguna respuesta.

Ciertamente aquella era la primera y única respuesta obtenida, pero debía reconocer que le sorprendía que siquiera hubiera habido una.

—Al final te has salido con la tuya, Frank, incorregible tunante...

Tan pronto como desplegó las tres dobleces de la vitela, el contenido quedó expuesto ante sus ojos, revelando una elegante y apretada caligrafía femenina, amén de un suave y dulce olor a lavanda.

Principió a leer, francamente intrigado, y conforme avanzaba en la lectura, las cejas se elevaron hasta alcanzar el nacimiento de su dorado cabello, formando con el gesto además un marcado frunce de sorpresa sobre la frente.

A la atención del caballero del anuncio,

Señor, le escribo estas letras, pero no se equivoque usted: en modo alguno obedecen a una respuesta a su solicitud, la cual sinceramente espero permanezca sin contestación.

¿De verdad pretende encontrar a una mujer dispuesta a ofrecerse como una pieza más con la que engrosar el ajuar de su casa?

¿Será tan necio usted de suponer que cualquier dama respetable acceda por propia voluntad a semejante trámite, no siendo obligada por sus circunstancias personales o por la potestad que otros ejerzan sobre ella?

¿Qué alma consentiría ser menospreciada de ese modo?

Nos consideran el sexo débil entre sus semejantes, señor, pero le garantizo que, de no verse obligada por las circunstancias, por padres, hermanos o tutores legales que la instiguen a un matrimonio forzado, ninguna mujer se doblegaría a una solicitud como la suya.

No, señor, permítame decirle que no nos encontramos en el Medievo, para su completa desgracia, y aunque en la actualidad todavía existen ciertos acuerdos entre familias, el hecho de que usted reclame sus derechos de forma pública y sin vergüenza alguna lo retrata fielmente como un auténtico cavernario.

Robert apartó un instante la mirada del papel para prenderla en el vacío, tal vez en algún invisible átomo flotante que consiguiera distraer sus pensamientos.

Un jadeo sonoro huyó nuevamente de su garganta, entremezclándose esta vez con la sonrisa que bailó en sus labios.

Continuó leyendo, sin duda con mayor avidez que antes.

Ha explicado usted muy explícitamente lo que espera encontrar en su futura esposa, pero en ningún momento ha especificado qué es lo que puede aportar usted al matrimonio, si acaso es capaz de hacerlo, aparte de estabilidad económica.

Espero que no considere que por ser usted hombre y caballero queda exento de necesitar presentar méritos, más allá de las agradecidas monedas de sus arcas.

¿Es usted buen conversador? ¿Le agrada pasear? ¿Le gusta la música o es otro de tantos caballeros que no saben distinguir una polka mazurca de una cuadrilla o de un cotillón? ¿Acostumbra a leer? ¿Acaso tiene volúmenes en su biblioteca? ¿Cuenta al menos con biblioteca, señor?

Permítame decirle que si el único mérito que lo representa a usted es el ser rico, resulta muy poco deseable para esta que suscribe, y espero que también para cualquier otra mujer con dos dedos de sesera.

Sus palabras, en cambio, y el desafecto de su solicitud lo retratan como un hombre desesperado y en realidad, es probable, tan solo como una tumba vacía. Buena suerte en su búsqueda de esposa... aunque, sinceramente, espero que no disponga de ninguna fortuna en este particular.

Un nuevo jadeo reverberó en la estancia, plasmando de forma sonora el asombro y, ¿a qué negarlo?, también la admiración que aquellas letras tan bellamente garabateadas sobre vitela habían despertado en su alma.

La sonrisa que segundos antes había bailoteado en sus labios tomó forma hasta ensancharse en amplia sonrisa.

Lejos de sentirse ofendido por aquellas severas palabras dirigidas a su persona, debía reconocer sentirse complacido de haber obtenido reacción y respuesta por parte de una mujer, la cual, lejos de contestar con sumisión al absurdo reclamo ideado por Frank, se atrevía a plantarle cara, colmando su carta con líneas plagadas de censura, crítica y determinación.

Le agradaba toparse con una mente liberal, abierta al debate, una sesera inteligente, ágil, vivaz e independiente, alejada por completo de semejarse a las cabecitas vacías que tantas veces había encontrado coronando los bellos escaparates andantes que se paseaban de salón en salón a la espera de ser admirados.

Observó bajo la última línea de la vitela.

Ni una firma, ni una seña..., pero sí un apartado postal.

Sin dudarlo ni un solo segundo, pues sería de necios desaprovechar semejante oportunidad, rodeó el escritorio, carta todavía en mano, para sentarse tras él y tomar con resolución su material de escribanía.