A la atención de una dama Capítulo 3
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Capítulo 3

D urante los días siguientes, tal vez a consecuencia del hastío o de una impresión estampada en su alma de la que se negaba a ser consciente —y a la que jamás consideró conceder importancia—, Catherine pensó en cierto anuncio del periódico más de lo que hubiera imaginado o esperado.

Y, por lo tanto, también en su autor.

Sabía que algunos hombres utilizaban reclamos en prensa para entablar relaciones amistosas o encontrar personas con gustos afines y, en algunos casos, estos acercamientos derivaban en relaciones que desembocaban con el tiempo en matrimonio.

Sin embargo aquel anuncio le semejó tan frío, tan carente de gusto y sensibilidad, que consiguió abochornarla y adueñarse de su pensamiento por más tiempo del deseado.

No obstante, si algo podía salvarse en todo aquel despropósito eran la practicidad y sinceridad que el caballero mostraba al revelar sus intenciones.

No buscaba ni ofrecía amor y sus intereses se alejaban por completo de las inclinaciones románticas.

No engañaba a nadie con eso, al menos.

Al parecer se trataba de un hombre de existencia acomodada, no de un granjero ni un individuo de bajo estatus, sino de alguien en procura de una esposa que le proporcionara un heredero y aportara bienes al matrimonio.

¿Pero por qué un caballero que se preciaba de serlo precisaba recurrir a un anuncio para su búsqueda de esposa?

Si era de buena posición, terrateniente o con blasones, no le resultaría tan difícil encontrar a una candidata entre las muchas debutantes que surgían cada temporada, deseosas de elevar su situación al amparo de un buen matrimonio.

Salvo que se tratara de un hombre de avanzada edad y tan poco agraciado que ninguna mujer osara acercarse a él. Algo así como un sapo con cravat y frac de terciopelo.

Semejante pensamiento consiguió arrancarle una risa baja y maliciosa.

De ser así, de ser más viejo que los caminos y tan feo como ese sapo antes mentado, tenía gracia que aspirara precisamente a una esposa con la que aderezar sus visitas conjuntas. Hermosa, por supuesto.

¿Esperaría una respuesta masiva a su anuncio, con una gran hilera de candidatas entre las que seleccionar a la favorita?

Tan abstraída se encontraba con tales suposiciones mientras paseaba por el atrio de la mansión, deleitándose con los colores lánguidos del atardecer y el canto vibrante y postrero que los pajarillos lanzaban al viento antes de recogerse a sus refugios entre el follaje, que no se percató de la negra sombra que surgió de pronto desde alguna parte —silenciosa y siniestra como tan solo saben hacerlo aquellas que anuncian tormenta—, para alcanzarla y caminar a su lado con el paso brioso y desmesurado que concede una juventud descontrolada.

Catherine recibió su llegada como solía hacerlo siempre: con serena precaución. Y notable recelo.

—¡Ay, Catherine, ¿puede saberse qué haces paseando sola por el atrio a estas horas?

! ¡Pareces talmente un fantasma deambulando por los alrededores!

—Penny se expresaba con evidente disgusto, como si en lugar de a su hermana mayor se dirigiera a un niño fastidioso que la incomodara constantemente con su sola presencia.

Llevaba capa y bonete, y aparecía encarnada en base al ejercicio reciente, por lo que era obvio que regresaba de alguna parte fuera de la propiedad.

—Podría decirte lo mismo, Penny —argumentó Catherine, deteniendo su paseo y, con ello, obligando de algún modo a su hermana a hacer lo propio—, ¿qué haces aquí fuera, tan tarde... e increíblemente sola? ¿Dónde has dejado a tu cuadrilla?

La pequeña la miró con altivez y, de hecho, se cuadró frente a ella, elevando la barbilla con descarada arrogancia, gesto del todo ridículo e ineficaz, pues al fin y al cabo ni siquiera igualaba a Catherine en estatura.

—Aunque no te debo ninguna explicación, regreso de visitar a Fiona Stabbles —siseó entre dientes—, porque yo sí tengo amigas.

.., o al menos amigas de mi edad a las que visitar.

—Alzó una ceja con presunción—. Seguro que tu buena amiga, la señora Turlington, ya solicitó la cena en la cama hará su buena media hora.

Catherine replegó los labios al interior de la boca.

De ese modo, con admirable templanza y ni una sola partícula de flaqueza o amargura en sus procederes, se aprestó para encarar la desafiante mirada de su hermana pequeña.

—Algún día aprenderás a mostrarte más respetuosa con quienes te aventajan en edad, Penny —sentenció perfectamente seria—, tan solo espero, por tu bien, que eso suceda más pronto que tarde, o de lo contrario te acabarán tratando como lo que en verdad demuestras ser: una auténtica necia.

Manos cerradas en puños a los costados, Penny enfatizó su barbilla alzada con altivez.

—¿Acaso te atreves a llamarme «necia» a la cara?—Jadeó indignada, y encarnada, a causa de la rabia contenida.

Catherine sostuvo la mirada retadora de la pequeña desde la cabeza que le sacaba de altura.

¡Penny era una niña, por el amor de Dios!

Y una niña malcriada, por más señas.

¡De ningún modo iba a desmoronarse frente a ella!

Pero tampoco podía permitirse sucumbir a los berrinches de esta y participar de ellos.

—Déjalo estar, Penny, no tengo ganas de enzarzarme en una conversación absurda. —Y tal cual dijo esto, apretó el paso para dejar a la menor atrás.

Por más que Penny la retara una y otra vez, por más que en las pupilas de la más joven brillara constantemente el innegable fulgor del duelo y la provocación, Catherine se encontraba muy lejos de doblegarse ante ella.

No obstante, Penny, en lugar de asociar el silencio de Catherine a la prudencia y a la templanza, como en verdad sucedía siempre, lo tomó como un claro desafío, por lo que no dudó en apurar también el paso para alcanzar a su hermana y lanzarle a aquella solterona apocada una buena dosis de veneno que le demostrara lo poco que tenía que hacer a su lado.

—¡No, no lo dejo estar! —bramó—. ¡Yo seré una necia, pero una necia que al menos disfruta de la vida!

Mientras que tú... —resopló en voz alta—.

¡Tú solo aspiras a pasear sola entre luces por los alrededores de la mansión, como un alma condenada a la soledad eterna!

¿Crees que eso te concede un aire romántico, Catherine, o siquiera místico?

Lo único que hace es que parezcas patética, ¡una solterona patética!

— Tomó aire, solo para continuar derramando su ponzoña—.

¿Cuál es tu aspiración en la vida? ¿Reunirte con tus viejas amigas para jugar al bridge o comer tartaletas de hojaldre a media tarde?

¡A media tarde, porque a la caída del ocaso ya se habrán recogido todas a sus alcobas con un brasero bajo los pies!

—Era tal ferocidad aplicada a sus palabras que pequeñas gotitas de saliva escapaban de entre sus dientes apretados—.

¡Menuda perspectiva de vida, querida Catherine, desde luego para ti levantarte cada mañana debe suponer una auténtica fiesta! Dime, ¿quién es más necia de las dos?

Catherine se detuvo en seco.

No sucumbir a las provocaciones de Penny no implicaba necesariamente consentir en ser insultada.

—No tienes ni la menor idea de lo que hablas, Penny —se defendió, muy seria—. Pretendes herirme con tus palabras, pero te aseguro que disfruto de una paz de espíritu de la que estoy convencida que tú careces por completo. Sin duda, tú eres la necia.

Penny espurreó una risotada tan grotesca como fuera de lugar.

—¿Paz de espíritu? —exclamó, tratando de mitigar la carcajada—.

¿Ahora se le llama así al destierro social?

¿A permanecer sola mientras ves los años correr y te haces vieja?

—Meneó la cabeza en negación, sin abandonar la sonrisa burlona—.

¡Pobre, pobre Catherine! ¡Todas nosotras nos casaremos mientras tú te quedarás sola con padre en este viejo caserón!

¿Agradecerás entonces tu paz de espíritu?

Catherine compuso una mueca de incredulidad.

De angustia.

De rabia contenida.

Mal contenida.

—¡Eres una cobarde, Catherine! —remató Penny, que parecía haberse alzado más de lo debido en base a la mudez de su hermana—, ¡una cobarde, una apocada y una solterona amargada!

Y sin mediar otra palabra —ninguna más sería necesaria para derribar las defensas de Catherine—, la altiva muchacha echó a correr para dejar atrás a su hermana mayor y dirigirse a la mansión, donde sus secuaces la esperarían para continuar con sus despropósitos.

Catherine resiguió con la mirada y bajo ceño el recorrido apurado de la joven, y mientras eso hacía, con las manos cerradas en puños y la mandíbula prensada, fue muy consciente de la indignación y la impotencia que borboteaban en su interior y que crecían y amenazaban con reverberar de forma definitiva.

Las lágrimas bailaban en el arco de sus pestañas, vidriando una mirada que siempre había procurado destilar placidez y que en esos momentos auguraba tormenta.

Puede que Penny simplemente fuera la gota que colmó la copa después de todo el batiburrillo de pensamientos a los que había dado cabida en su cabeza aquella tarde.

De hecho, Penny siempre solía ser la última gota, aquella que saturaba por completo y hacía derramar voluptuosamente el contenido.

Puede que ella simplemente hubiera lanzado el dardo definitivo tras muchos intentos fallidos.

Siempre estaba dispuesta a meter cizaña, siempre presta a introducir su dedo en la llaga, retorciendo y haciendo daño, siempre a la espera de una ocasión para atacar la debilidad ajena y regodearse en ella...

Esa vez le había funcionado.

—¿Cobarde? —gruñó por lo bajo, consciente del picor intenso tras los párpados—. ¿Cobarde, apocada y amargada? ¡Dios bendito!

Prensó la mandíbula, tragó seco y parpadeó con rapidez para aplastar el nacimiento y seguro descenso de todas las lágrimas que se arremolinaban en las pestañas. Culminó con un chillido furioso y una patada al suelo con el tacón de su botina.

—¡Estoy harta de callarme todo cuando deseo gritar al mundo, Penny, óyelo bien! —exclamó, a pesar de que no había nadie cerca que pudiera escuchar. Mucho menos la aludida, que ya se encontraba dentro de la mansión.

Agarró las faldas a puñados, paso firme y decidido y en la mente pulsando una firme determinación, recorrió el mismo camino que minutos antes había caminado su hermana pequeña.

Era aquella una reacción un tanto pueril y a la que no estaba acostumbrada a sucumbir, pero en tales momentos se encontraba tan sinceramente harta de las ofensas de su hermana, ¡de las de sus tres hermanas en realidad!

, que se sintió como la tetera silbante que, con su chillido agudo, anuncia de forma sonora su incapacidad para seguir soportando tantísima apretura ni un solo segundo más.

Y de un modo similar, con un chillido y el feroz empuje que conlleva el hartazgo, la delicada y sumisa tetera de porcelana estalló.

***

Había gastado, si el reloj bajo cúpula que adornaba uno de los estantes de la alcoba funcionaba como se estimaba debía hacerlo, los últimos veinte minutos paseándose por la estancia, resiguiendo siempre el mismo camino trazado de forma invisible sobre el suelo tableado, sin ser capaz de detenerse o de variar el rumbo, tampoco de levantar la mirada de la puntera de sus botinas o de silenciar el murmullo bajo que emitían sus labios.

Pero de pronto la autómata caminante detuvo su deambular, quizá en el momento preciso en el que consideró que los engranajes de su cabeza habían encajado al fin para sentarse frente al bureau, con la espalda perfectamente erguida y la mirada prendida en la pared.

De ese modo tomó la pluma del tintero, pero todavía faltaban unos segundos para que la locuacidad se impusiera a las brumas mentales, por lo que acarició sus labios a pequeños toquecitos con el suave estandarte mientras componía una expresión pensativa.

La mano izquierda cerraba en apretado puño sobre el regazo.

El titilante haz de luz de la palmatoria que reposaba sobre la mesa, a su diestra, descendía de forma oblicua sobre las cuartillas perfectamente colocadas ante ella, derramando sombras danzantes, casi juguetonas, sobre el papel aún despoblado.

«¿Cobarde? ¿Cobarde y apocada?».

¿Eso le había dicho?

Tras el encuentro con Penny aquella tarde, resolvió que debía dejar de silenciar cuanto sentía y, de ese modo, liberarse de la frustración que, en demasiadas ocasiones, empañaba su alma.

Y el primer paso para volcar sus sentimientos, en este caso una fuerte indignación, era responder a cierto anuncio del periódico.

Ya que aquel individuo había empleado el anonimato para expresarse con libertad, y por cierto que también con absoluta majadería, de igual modo ella podría escudarse en la misma clandestinidad para responderle como se merecía.

Necesitaba hacerlo.

Obvio que no hablaría en su nombre, pues su acomodada posición la liberaba de la necesidad —ominosa— de salvaguardar su futuro en base a un matrimonio, pero quería hablar en nombre de todas aquellas mujeres que no disponían de semejante libertad y sí precisaban sucumbir a un matrimonio para resolver su porvenir.

Un suspiro se deslizó en la atmósfera suave de la estancia.

Y con ese suspiro, nació la determinación.

Humedeció la pluma en el tintero y, parpadeando de forma reiterada, garabateó las primeras letras decisivas:

«A la atención del caballero del anuncio...».