Capítulo 2 #2
Cypress Court era una propiedad magnífica emplazada a las afueras de Southampton. Una finca que, de forma injusta, había permanecido cerrada desde el fallecimiento de sus propietarios, demasiado tiempo atrás.
Se alegraba de que alguien la hubiera comprado al fin.
—Dicho caballero —continuó Mia—, amén del primo del pastor Edwards, fueron, me temo, los únicos rostros novedosos de la noche. El primo del pastor, el señor Patrick Redford, por cierto, ha venido a Southampton a pasar una temporada.
—¡Con el señor Redford pude bailar una vez!
—exclamó Fanny, encarnada de emoción—. Muy buen bailarín, y muy elegantemente vestido.
.. —No pudo refrenar las amapolas que escarcharon de pronto en sus mejillas ni el suspiro prendado con que remató sus palabras, demasiado reveladoras para sus hermanas.
.. y para cualquiera que resultara buen entendedor.
—Y muy apuesto, ¿verdad, Fanny? —intervino Penny, dedicando a la mentada un guiño intencionado.
Esta, en respuesta, cabeceó con rapidez, todavía más encarnada.
—¿Pudisteis apreciar la frondosidad de sus patillas? ¿Pudisteis notar qué abundante mata de pelo? —apuntó tras un prolongado suspiro, continuando con el claro muestrario de emociones que parecía embargarla.
—He oído mencionar en un corrillo que el señor Redford posee tres mil libras... —añadió Mia, mucho más práctica sin duda que las otras dos.
El señor Russell suspiró entre risas.
—¡Habéis coincidido ayer por primera vez con el caballero y ya sabéis todo eso de su persona! Si me decís además que conocéis el número aproximado de cravats de su guardarropa, posiblemente hasta me lo crea.
Las tres jovencitas rieron por lo bajo, intercambiando miradas de complicidad y sonrisas traviesas.
—¡Pobre joven, sin duda ignora dónde se ha metido al venir a Southampton con sus tres mil libras! —El pensamiento huyó sin permiso entre los labios de Catherine mientras se llevaba la copa de vino de naranja a los labios.
Sus hermanas, aunque la escucharon, ni se molestaron en responder. Se contentaron con fulminarla con la mirada, especialmente Fanny, quien parecía dejar en claro que el primo del pastor resultaba ya una persona grata y perfectamente intocable para ella.
—¿Alguna de vosotras bailó con el propietario de Cypress Court? —preguntó el señor Russell, tratando de alejarse, siempre de puntillas, de cualquier suerte de refriega.
Penny chasqueó la lengua.
—¿Quién querría bailar con ese viejo ? —protestó. Ante la cara de circunstancias del señor Russell y tratando de enmendarse, se apresuró a añadir—: El único caballero de más de cuatro décadas con el que yo encontraría digno bailar sería con el apuesto y generoso señor Russell, por supuesto.
El anciano cabeceó con gratitud las palabras de la menor de sus niñas.
—No creo siquiera que alcance los cuarenta, Penny —replicó el anciano con mansedumbre—, posee una abundante cabellera dorada libre de hebras plateadas, por lo que tengo que decirte, mi pequeña, que creo que exageras.
Penny meneó la cabeza en negación.
—¡Ah, no, de eso nada, padre, no se equivoque!
La arruga marcada de su ceño, los pliegues de su frente, las líneas desde la nariz a la comisura de la boca y esos labios fruncidos a severidad no hablan precisamente de juventud, no, no —jadeó su desagrado mientras sus hermanas sonreían por lo bajo—.
Independientemente de los años que tenga, y seguro no han de ser pocos, le prometo, padre, que nunca antes había visto un caballero tan adusto como escasamente atractivo.
—Ha de tratarse de un solterón o de un pobre viudo que pretende esconderse en Southampton para lamerse las heridas en soledad —apostilló Fanny con tan poca consideración como ingentes ganas de divertirse, en este caso, a cuenta del desconocido propietario de Cypress Court.
Catherine, hastiada de semejante despliegue de hipocresía y continuas faltas de respeto lanzadas en alta voz y sin atisbo alguno de censura por parte de su padre, abandonó con brusquedad la servilleta sobre la mesa, arrastró la silla hacia atrás, provocando con ello un sonido agudo que a todos alertó, y se levantó con un único movimiento.
No era capaz de seguir tolerando la conducta de aquellas tres liantas, y mucho menos ser testigo de cómo su querido padre se dejaba envolver, una vez más, por las bobadas y frivolidades de sus hijas más jóvenes.
¿Acaso no veía que se comportaban como necias? ¿Cómo podía ser tan benévolo o consentidor con ellas?
Su padre sin duda era muy bueno, muy bueno, pero en demasiadas ocasiones —¡siempre!— esa bondad podía confundirse con impasibilidad e incluso ausencia de carácter.
Cierto que con los años, quizá, había perdido fuerza y empeño, y bien entrado en la senectud no se encontrara ya con ánimo ni talante para lidiar con tres muchachitas que demasiado a menudo semejaban potrillas por domar.
Sin duda se trataba de ardua labor para un septuagenario.
Al comprobar que todas las miradas se posaban en su figura erguida a un costado de la mesa, Catherine se limitó a decir:
—Con permiso. Tengo cosas que hacer en la biblioteca; hay algunos tomos que todavía faltan clasificar por género y fecha de edición.
—¿Pero para qué diantres pierdes el tiempo con algo así? —Jadeó Penny.
Las tres hermanas rieron y resoplaron con sonoridad ante semejante encomienda, para ellas la más absurda e inútil del mundo.
El señor Russell, sin embargo, le dedicó a Catherine un cabeceo de concesión.
—Es propio, hija.
Con un cabeceo general, escueto y firme, Catherine abandonó el comedor.