Capítulo 2
L a jornada posterior a un baile, la planta principal de la mansión Russell acostumbraba a permanecer en perfecto silencio hasta bien rebasado el meridiano del día.
Era este un hábito que acontecía cada vez que Penny, Fanny o Mia trasnochaban: las tres se levantaban tarde... y de pésimo humor.
El magnánimo patriarca no se había molestado jamás en inculcarles ningún tipo de disciplina al respecto, por lo que las tres muchachas se comportaban con absoluta displicencia y desprecio hacia las normas con las que habitualmente debiera regirse una casa de la consideración de la de los Russell.
Dormir hasta el mediodía y haraganear durante el resto de la jornada se había convertido, por tanto, en una censurable costumbre para las más jóvenes de las muchachas Russell.
De ese modo, cuando se reunieron todos alrededor de la mesa era ya la hora de comer, y los rostros ojerosos y pálidos imperaban a ambos lados del mantel.
También algún que otro bostezo ocasional.
Y, por supuesto, conversaciones sotto voce , sonrisas traviesas y miradas cómplices.
Fue el señor Russell quien, en deferencia a su primogénita —presente en la mesa y apartada de la complicidad imperante entre sus otras hijas—, decidió de algún modo integrarla en la reunión familiar y procurar siquiera cierta interacción.
—La señora Turlington preguntó anoche por ti, querida Catherine —informó, con su sempiterna sonrisa mansa en los labios—, lo cierto es que se inquietó mucho por tu salud una vez que la hube informado del motivo de tu ausencia. Mencionó unas tisanas que te irían bien para el dolor de cabeza.
Catherine cabeceó con gratitud ante los desvelos de la buena mujer. Sin duda siempre había sido muy amable y generosa.
—¡Oh, que entrañable! —interrumpió Penny, deseosa por despreciar cualquier suerte de deferencia hacia su hermana mayor—, ¡la mejor amiga de Catherine se preocupa por sus dolores de cabeza!
¿Se había visto antes algo tan tierno? —El resoplido que emitió contrastó con sus, aparentemente, buenas palabras—.
¡Qué atenta de su parte, y qué noble, por el amor de Dios, teniendo en cuenta que ella misma se encuentra ya con un pie en la tumba!
Fue tan notable el tono de burla en su voz que resultó impensable que el señor Russell guardara silencio.
Pero así lo hizo.
Como solía acontecer.
—Deberías mostrar un poco más de consideración hacia una mujer tan respetada como la señora Turlington —increpó la mayor, consciente de que debería haber sido su padre quien contuviera la lengua de su hija pequeña.
—Seguro que te ha echado mucho en falta, Catherine —insistió Penny, ignorando la reprimenda de esta.
Ahuecó los labios en un mohín y compuso un tono falsamente dócil—, ¿cómo podría no hacerlo cuando sin duda perdió a una incuestionable interlocutora con la que hablar toda la noche acerca de.
.. qué cosa? —Miró a su hermana con el ceño fruncido, y su tono se agravó de pronto en base al desprecio—.
¿Labores y confituras, tal vez? ¿Pantallas de chimenea y flores secas?
¿O gasas y volantes con los que confeccionar cofias?
—Elevó la voz aposta para reclamar la atención de sus secuaces—.
¡Oh Catherine, si te veo tocar la cabeza con una de esas cofias me partiré de la risa, te lo aseguro!
Mia y Fanny ocultaron sus sonrisitas maliciosas tras sus respectivas servilletas, aunque de ningún modo pudieron ocultar tras ellas el descarado sonido de la ofensa y el desprecio, capaz de traspasar la tela bordada y reverberar por todo el comedor.
El señor Russell intervino por fin.
—Penny, no deberías referirte de ese modo a la señora Turlington, pues sin duda es más joven que yo. —Su albo ceño fruncido trataba de enfatizar sus palabras, aunque el tono bajo con el que fueron emitidas le restaba, como siempre, credibilidad.
Ante la ausencia de temperamento del padre, Catherine se vio en la necesidad de poner los ojos en blanco y suspirar bajito.
Penny desvió la mirada hacia el anciano y ladeó la cabeza, parpadeando mucho y muy seguido para componer una pose de acusada zalamería.
—Pero usted posee una salud admirable, padre, no puede compararse con ella —repuso, sonrisa cameladora en ristre—; la señora Turlington en cambio no para de toser y esputar, y sus ojos permanecen casi tan ciegos como los de un topo.
—¿Cómo se te ocurre referirte a ella con tan poco respeto, Penny Russell? —increpó Catherine, sinceramente indignada.
—De todos modos, no me parece justo —cortó el anciano, halagado sin duda por la mención a su buena salud y a su lozanía, a juzgar por la sonrisa complacida que estiró sus labios por un momento, pero molesto por los apuntes ciertamente malévolos de Penny hacia la amable señora—.
Además, independientemente de su estado de salud o de la diferencia de edad existente entre Catherine y ella, estoy convencido de que vuestra hermana agradece la compañía de una dama tan respetada y generosa.
Las jóvenes Russell intercambiaron miradas con intención, y de ningún modo podría esta considerarse buena.
—Así es, padre —concedió Catherine con absoluta sinceridad, ceño fruncido en dirección a Penny—, la señora Turlington es una amiga muy amable y una dama absolutamente encomiable.
En modo alguno resulta merecedora de convertirse en destinataria de ofensas de semejante naturaleza; ni de ninguna otra, en realidad.
El señor Russell cabeceó en asentimiento, visiblemente nervioso ante la posibilidad de un choque dialéctico entre sus hijas.
—Y mucho menos de boca de alguien sin el menor conocimiento de su persona, siendo en todo caso la ignorancia y la inmadurez las que ponen en labios apreciaciones tan por completo erradas —añadió Catherine, fulminando a su hermana con la mirada.
Penny sostuvo aquella mirada y, altiva como solía mostrarse, implacable y jamás temerosa, devolvió el aire desafiante de esta.
No había comprendido la mayor parte de las palabras que Catherine había empleado, pero sí había apreciado el enojo y la censura en los ojos de su hermana mayor, pues ambas condiciones resultaban omnipresentes en ella.
El silencio que se desplomó sobre el comedor cayó sobre el ánimo de los presentes como un pesado velo que desciende de pronto de la atmósfera para crear un ambiente tenso, palpable y tan difícil de cortarse como la manteca en los meses de invierno.
El anciano caballero Russell, incómodo con la situación, pero, una vez más, incapaz de controlarla o de imponer cierta paz, decidió al menos aligerar la tensión del momento dirigiendo la atención a sus hijas menores.
—¿Y qué me decís de vosotras? —preguntó bajo una risa nerviosa que bailaba en los labios trémulos—. Me atrevería a decir que no dejasteis de bailar en toda la noche...
Por un momento, apenas unos segundos, continuaron el silencio y las miradas sostenidas, también las mandíbulas encajadas, los cuellos rígidos como cuerdas de arpa y las manos cerradas en puños, así que temió el anciano, y con razón, que su intento de distracción hubiera fracasado.
Pero dirigirse a sus hijas menores para implicarlas en asuntos de naturaleza vana y festiva resultaba siempre una apuesta segura, por lo que, apenas segundos después de su intervención, el ambiente cambió de forma radical.
—¡Es verdad, padre! —Fue Penny, por supuesto, quien habló en nombre de todas. Acto seguido, la chiquilla miró a Catherine con claro ánimo de incomodarla otra vez—. Creo que no nos perdimos ni una sola pieza —achicó los ojos y siseó hacia ella—, ¡ni-u-na-so-la!
Catherine revoleó los ojos y negó muy despacio con la cabeza, gesto con el que pretendía reflejar su malestar hacia los despliegues pérfidos, y la vanidad, de aquella criatura.
—De hecho yo me temo que destrocé las suelas de mis zapatos de raso —se quejó Fanny, componiendo un mohín exageradamente pueril.
—¡No te angusties, padre te comprará unos nuevos!
—exclamó Penny, sonrisa muy presente—. ¿Verdad que sí, padre?
Y tal vez podría aprovechar la ocasión para comprarnos pares nuevos a las tres, puesto que todas bailamos sin parar durante toda la noche —volvió a mirar a Catherine con intención—, ¡toda la noche!
Y en las fiestas venideras me temo que seguirá sucediendo lo mismo, pues todo el mundo quiere bailar con nosotras.
Catherine inclinó la cabeza y se concentró en degustar el asado de su plato, aunque no podía de ningún modo evitar que las majaderías de su hermana llegaran a sus oídos como alevillas revoloteando en torno a una luz.
No obstante decidió firmemente ignorar todo ello con tal de realizar una comida tranquila.
—¡Qué maravilloso y satisfactorio resulta acudir por fin a una fiesta y no ver a una sola Russell sentada! —continuó Penny, especialmente seria, sin apartar ni por un instante su mirada afilada de la estoica Catherine.
Consciente de que la pulla iba dirigida a su primogénita, e incómodo con ello —aunque poco dispuesto una vez más a entrar en debate y revelar ningún tipo de autoridad—, el anciano Russell se prestó a continuar guiando a sus hijas jóvenes por una senda adecuada a sus mentalidades carentes de formalidad.
—He podido ver algunos rostros nuevos en el salón de los Spencer —dijo— lo cual resulta de agradecer a estas alturas de la estación, cuando todo el mundo parece haberse mudado a la ciudad.
—Es cierto—concedió Fanny—, yo vi a un caballero vestido de oscuro que permaneció casi todo el tiempo solo, apoyado en la repisa de la chimenea con una copa en la mano.
—También vi a ese caballero que mencionas, así es —afirmó el señor Russell, satisfecho de aligerar por fin la conversación—, supe desde el comienzo de la velada que se trataba de un foráneo, puesto que su cara no me resultaba familiar.
Después me enteré, gracias a los informes del señor Sullivan, de que se trata del nuevo propietario de Cypress Court.
Catherine enarcó ambas cejas, sorprendida por vez primera, y en esta ocasión para bien.