Capítulo 1
C atherine rehusó asistir al baile de los Spencer.
Y no le hizo falta pensar demasiado en ello.
Antes de que su anciano padre abandonara aquella noche la mansión acompañado de sus escandalosas hijas menores, Catherine solicitó al anciano que la excusara ante los anfitriones alegando cualquier suerte de indisposición leve.
Una que, por supuesto, no la convirtiera en asunto de preocupación para el vecindario en los días venideros.
En esa ocasión alegó una molesta migraña.
Estas resultaban un descargo muy socorrido entre el sexo femenino; todo el mundo parecía aceptarlas sin preocuparse más de lo debido y justificaban de inmediato cualquier necesidad de absentismo.
El anciano Russell accedió con notable tristeza a dejar a su primogénita atrás, mientras que Penny, Fanny y Mia le dedicaron a su hermana un generoso despliegue de miradas lastimeras que, no obstante, tenían muy poco de compasivas, como demostraron a continuación las muecas y guiños que le regalaron antes de traspasar el umbral.
Penny, incluso, dio en la flor de asomarle la lengua en un claro gesto de desprecio.
Catherine asimiló el gesto revoleando los ojos y suspirando su resignación ante comportamientos tan pueriles como ineficaces.
No era la primera vez que la primogénita de los Russell se ayudaba del práctico ardid de la migraña para no asistir a alguna velada, y en realidad sin ningún tipo de consecuencia posterior, pues, ciertamente, casi nadie la echaba en falta.
Ningún caballero joven acostumbraba a invitarla a bailar, salvo que obedeciera el gesto a algún tipo de deferencia amable hacia su padre, conocido y respetado terrateniente de Southampton.
Catherine asumía y entendía que prefirieran invitar a debutantes o a señoritas dicharacheras en edad de desposar, de cuyo tratamiento inicial pudieran obtener algún provecho posterior —entiéndase por esto la finalidad esperada en toda relación surgida entre ambos sexos: el matrimonio— antes que proponérselo a una señorita que, aunque de buena familia y generosas arcas, ya había dejado atrás sus mejores años.
Los únicos que solían acercarse a solicitar un baile a Catherine Russell eran los coetáneos del señor Russell —debía reconocer que siempre amables con la primogénita—, y algún viudo o solterón del lugar, que no albergaba finalidad alguna más que la de divertirse y pasar un rato entretenido.
Y aunque ella agradecía la deferencia, resultaba imperativo admitir que no encontraba en absoluto excitante el hecho de que cualquiera de los anteriormente mentados mostrara dicha gentileza, pues bailar sin vigor alguno, moviéndose por el salón con la lentitud requerida para que su compañero no sufriera ningún síncope o fuera capaz de lidiar con su artrosis, no resultaba apetecible ni emocionante para una mujer que en el pasado había disfrutado vivamente con la práctica del baile.
En otro orden de cosas, muy pocas damas añorarían su conversación, aparte de la buena y amable señora Turlington, pues Catherine jamás había sentido inclinación por los habituales chismorreos que surgían en los corrillos.
En realidad, solía posicionarse como una sombra casi invisible y siempre silente.
Desde la ventana de la sala principal observó el carruaje alejarse, y una vez que las antorchas en movimiento dejaron de titilar en medio de la bruma nocturna, decidió apartarse de los vidrios empañados de vaho.
La perspectiva de entregarse a una prolongada sesión de lectura frente a la chimenea, siendo el chasquido de los leños al ser devorados por las lenguas de fuego el único sonido capaz de perturbar la serenidad nocturna, resultaba más apetecible que soportar los chillidos de tres muchachas disparatadas brincando por el salón de baile en procura de un pretendiente adecuado.
O, siquiera, de uno que les hiciera caso.
Quizá pudiera sentarse frente al piano y tocar cualquier pieza sin ser estorbada, o tildada de melancólica y anticuada en sus gustos musicales.
Como fuere, el simple hecho de dejarse abrazar por los claroscuros, cerrar los ojos y disfrutar del silencio que habitualmente escaseaba en la mansión Russell resultaba más agradable que la perspectiva de un bullicioso baile.
Se paseó por la biblioteca, acariciando con la mirada aquellos tomos clásicos que ya había leído en más de una ocasión, pero sin detenerse ante ningún estante en particular.
Se sabía de memoria la historia de Tristán e Isolda, la tormentosa existencia de Eloísa o los amores prohibidos de Ginebra y Lancelot.
Se dirigió entonces al butacón de su padre, situado frente al fuego en un rincón iluminado por la tenue luz de una palmatoria que los lacayos no se habían acordado de apagar, y detuvo su mirada y su atención en el periódico que el señor Russell había dejado abandonado, aunque perfectamente doblado, sobre el brazo que se adornaba con un tapete de encaje.
Acompañada de una sonrisa afectuosa dedicada al padre, ocupó el sillón del querido anciano, arrellanándose en el hueco que su cuerpo había formado en el asiento con el paso del tiempo, y desplegó las enormes páginas de la gaceta ante sus ojos, dispuesta a entregarse a una lectura distinta.
Hojeó el boletín con sincero disfrute para detenerse finalmente en la sección de anuncios por palabras.
Aquellas páginas no carecían de cierto atractivo pues con llamativas ilustraciones, florituras elegantes y eslóganes atrapantes conseguían captar la atención de los lectores. En aquel particular se dirigían abiertamente al público femenino, ocupando dos carillas completas.
«Lociones para el cutis», «Alcoholato para el cabello», «Jabones y polvos para la piel»...
Sonrió con condescendencia.
Si Penny, Fanny o Mia se molestaran en leer la prensa —o siquiera en leer cualquier cosa— encontrarían muy de su agrado aquella sección.
A ella, sin embargo, todo aquello le semejaba tan banal como frívolo.
No obstante, y justo cuando se disponía a abandonar la lectura y devolver el periódico a su sitio, llamó su atención un recuadro que ocupaba el centro de la página y cuyo encabezado, enmarcado con doble filamento, rezaba con una caligrafía de mayor tamaño:
«A LA ATENCIÓN DE UNA DAMA».
Atraída por semejante llamamiento, continuó leyendo con una avidez casi morbosa las líneas que se apretaban bajo el epígrafe.
En dichas líneas, un caballero de identidad anónima solicitaba conocer a una dama de buena familia con la única y clara finalidad de contraer matrimonio.
Hasta ahí todo correcto.
Sabía que muchos caballeros recurrían a los anuncios en prensa para encontrar una compañera de vida y, por tanto, no era algo que pudiera escandalizar a nadie. Pero conforme continuó leyendo, no pudo evitar que sus labios se ahuecaran en un mohín de sorpresa.
Mencionaba el caballero las virtudes que dicha dama debía poseer para satisfacer sus expectativas, entre las que destacaban especialmente la prudencia, la paciencia, la absoluta sumisión al esposo y el saber estar, tanto en el hogar como en sociedad.
Por supuesto, recalcaba la necesidad de que la dama en cuestión perteneciera a una buena familia en disposición de recursos con los que incrementar los propios, pues dicho caballero aludía a que su posición era acomodada y notable y que no aceptaría a una mujer de condición inferior a la suya.
Un jadeo indignado huyó de entre los labios ahuecados.
—¿Es esto en serio? ¡No, ha de tratarse de una broma, por fuerza ha de ser así!
¿Una mujer sumisa al esposo que se limitara a permanecer muda y un paso por detrás de él?
¿Una mujer de buena familia con recursos que sumar a los propios?
¿Un bonito y silencioso escaparate para lucir ante sus amigos?
¿Tal vez debería poseer también notable pedigrí, como un welsh corgi al que acariciar el pelaje de vez en cuando y de cuando en vez?
Resopló enojada.
—¿Quién se cree que es para exigir públicamente algo así, señor mío? —murmuró molesta.
Tras soltar un nuevo bufido que reflejaba apenas el enfado e incredulidad que pulsaba en sus entrañas, continuó con las líneas finales, las cuales sin duda consiguieron crisparla del todo.
Porque en estas el caballero mencionaba con absoluta sinceridad —e impasibilidad— el sentido práctico del pretendido matrimonio, que él veía como un simple trámite.
No existía ninguna intención romántica tras aquellas letras, recalcaba, pues lo único que pretendía era desposar a una mujer que le proporcionara un heredero e incrementara sus bienes.
Nada más.
—¡Y nada menos, caballero!
Cerró la gaceta con brusquedad para abandonarla en el lugar donde la encontró, escoltando su gesto con un bufido tras otro mientras los colores de la indignación escarchaban sus mejillas.
—¿Pero cómo es posible...?
Se levantó del sillón impulsada por el resorte invisible, aunque eficaz, de la indignación, y se paseó por la estancia recorriendo de forma autómata la misma proporción de alfombra trenzada, una y otra vez, mientras repasaba en su cabeza las condiciones de aquel anuncio, sin duda humillante se mirara por donde se mirara.
El caballero quería casarse, pero no pretendía ni ofrecía amor o romanticismo alguno a la posible candidata, tan solo un trato casi comercial con el que engordar el patrimonio propio, y de paso su vanidad masculina, resentida sin duda en base a la soltería.
No era algo nuevo, los matrimonios de conveniencia existían desde tiempos pretéritos..., ¡pero este hombre lo anunciaba a viva voz y en un periódico de tirada nacional, a la vista de todos!
Al cabo de algunos minutos dejando fermentar su enojo, la curiosidad se impuso y, mientras observaba de forma sesgada el boletín, como si ante la imposibilidad de volcar su desprecio en el caballero emisor tuviera que contentarse con hacerlo sobre las cuartillas en las que este había plasmado su necedad, lo recuperó de nuevo con la intención de regresar a la sección de anuncios.
Necesitaba corroborar que no había imaginado ni una sola de aquellas letras.
Necesitaba corroborar que en verdad existía un individuo tan necio como arrogante.
Fue directa a la sección y el título del encabezado atrapó una vez más su mirada.
«A LA ATENCIÓN DE UNA DAMA».
Releyó las líneas más despacio esta vez, tratando de encontrar algo que salvaguardar en semejante despropósito.
¡Nada, imposible! ¡Todo resultaba calamitoso!
Conforme leía tan solo conseguía indignarse más profundamente.
Comprobó si el caballero habría dejado alguna referencia que pudiera identificarlo y que se le hubiera pasado por alto en la primera lectura —pecaba de ingenuidad, lo sabía, pues ese tipo de anuncios por lo general solían ser anónimos, máxime cuando su contenido resultaba tan. .. comprometido y personal—.
En efecto, al parecer, dicho caballero se había cuidado de mantener su intimidad intacta, ya que tan solo mencionaba que aquellas damas realmente interesadas se pusieran en contacto con él a través de un apartado postal.
—¡Iluso! ¡Ojalá no obtenga ni una sola respuesta...! —susurró entre dientes.
Cerró el boletín con una determinación definitiva y lo devolvió al reposabrazos; acto seguido se levantó con un brío inesperado y se dispuso a abandonar la estancia, como si el simple hecho de compartir un mismo espacio con el autor del anuncio, aunque nada más fuera que a través de las líneas que había pagado por publicar, resultara insoportable para ella.