A la atención de una dama Epílogo
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Epílogo

A la atención del caballero del anuncio:

Señor, permítame expresarle hoy a través de estas letras y con la sinceridad que me caracteriza que, tras los recientes acontecimientos, considero que lo mejor para ambos será suspender de forma definitiva nuestra correspondencia.

Como le comenté en cierta ocasión en una de mis cartas, y por si no lo recordara usted —aunque me atrevo a esperar que en realidad recuerde todas y cada una de mis letras—, me reafirmo en que siento un gran y firme concepto de la lealtad y, en especial, de la esperada dentro de un vínculo que considero tan profundo y sincero como debe serlo el matrimonio.

Jamás sería capaz de traicionar, ni en cuerpo ni en mente, a aquel a quien decidiera emparejar mi existencia. Por supuesto espero una lealtad recíproca.

En estos momentos, señor, mis sentimientos se encuentran en otra parte, e intensamente enraizados.

¿Recuerda usted aquel baile al que asistí porque una amistad reciente —y masculina, para más señas, para reproche de usted en aquel instante— insistió en ello? ¿Recuerda mi interés en seguir conociendo a dicho caballero un poco más, en continuar conversando y bailar con él?

Pues me temo, señor del anuncio, que ese caballero ha conseguido hacer florecer en mi alma un sentimiento que creía que jamás podría contemplar en su máximo esplendor, tan fuerte, profundo e intenso como solo pueden serlo los sentimientos verdaderos.

Y es por eso que no considero apropiado continuar intercambiando letras con usted cuando me encuentro a las puertas de realizar un feliz matrimonio.

Espero sepa disculparme, aunque confío en que se sienta feliz por mí; al fin y al cabo eso es lo que hacen los amigos.

Siempre suya.

***

A la atención de una dama:

Una vez más, señorita, me lleva usted tremenda ventaja, pues con sus letras se ha adelantado a revelar una intención que yo mismo tomaría como propia.

Sin duda me alegra profundamente que su corazón haya encontrado el asilo perfecto en el que procurar refugio y ser correspondido; por mi parte también he encontrado a la mejor y más exquisita de las criaturas a las que pudiera entregar mi propio corazón.

Por supuesto, siguiendo su consejo de asistir a cuantos eventos me hubieran invitado en ese bello instante en el que la primavera se sentía pronta a estallar en nuestras ventanas y balcones.

Y en nuestras almas, señorita. Y en nuestras almas.

También yo me encuentro a las puertas de realizar una feliz boda, por lo que comprendo y acepto su razonamiento de no continuar con nuestra correspondencia.

Espero que sea usted increíblemente feliz en su matrimonio, sin duda su esposo será el más afortunado de los mortales en caminar bajo las estrellas al lado de una mujer inigualable.

Le deseo, a ambos, la más eterna de las dichas.

P. D.: Creo que finalmente era muy acertado su criterio en lo que a la amistad entre un hombre y una mujer se refiere.

Alguno de los dos, o los dos, acaba inclinando más pronto que tarde la balanza a la orilla del cortejo.

Suyo eternamente.