A FUEGO LENTO Y A TRES ESTRELLAS Epílogo
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Epílogo

La acera del amor,

El olor a asfalto mojado por una tormenta de verano y el aroma a ajo tostado con romero eran las señas de identidad de nuestra calle peatonal.

Pero tres meses después de regresar de Kioto, las cosas habían cambiado drásticamente.

A ambos lados de la calzada, las fachadas de L'Étoile y del local de Isaac lucían con orgullo una flamante placa de bronce brillante que nos acreditaba como los ganadores del Premio Nacional de Gastronomía.

Ya no éramos los rivales locales; éramos el orgullo culinario del municipio.

Y, por supuesto, nuestras madres no iban a dejar pasar la oportunidad de recordárselo a todo el planeta.

Esa noche, la calle Mayor estaba cortada al tráfico.

Habían colocado hileras de mesas largas con manteles blancos que unían ambos restaurantes, fusionando las terrazas en una sola gran fiesta comunitaria.

Los vecinos reían, brindaban con vino de la tierra y devoraban los aperitivos en un ambiente de verbena de lujo.

En el centro de la calle, presidiendo la mesa principal, estaban ellas.

Mi madre, impecable con su blusa de seda y su postura de aristócrata, y la madre de Isaac, con sus pulseras ruidosas y su risa expansiva.

Sostenían copas de champán y se dedicaban a detener a cada comensal para colgarse la medalla.

—Si es que se veía venir desde el instituto —decía la madre de Isaac, guiñando un ojo—. Esa forma de mirarse... ¡Tanta chispa solo podía terminar en un buen guiso!

—Bueno, querida, pero fuimos nosotras las que tuvimos la visión comercial y el empuje para unirlos en el momento exacto —añadía mi madre con una sonrisa de suficiencia, alzando su copa—. El destino es de quien lo cocina, no de quien lo espera.

Desde el piso de arriba, apoyada en el marco de la gran ventana del primer piso de mi restaurante —el mismo rincón exacto desde el que tres meses atrás miraba la acera de enfrente con ganas de lanzar un cuchillo de cocina—, no pude evitar soltar una carcajada.

Sentí unos brazos fuertes y tatuados rodear mi cintura desde la espalda. El calor del pecho de Isaac me envolvió de inmediato, y su barbilla se apoyó cómodamente en mi hombro. Olía a madera, a su perfume de siempre y a esa libertad que me había enamorado por completo.

—Escúchalas —susurró Isaac cerca de mi oído, con su clásica voz ronca y divertida—. Se están atribuyendo el mérito de habernos llevado a Japón. Si se enteran de lo de la tormenta de nieve y el ryokan, exigen comisiones por derechos de autor.

—Déjalas que disfruten de su momento de gloria —sonreí, reclinando la cabeza hacia atrás para mirarlo—. Al fin y al cabo, aunque sus métodos fueran cuestionables... el resultado no ha estado nada mal.

Isaac me tendió una copa de vino tinto y chocó la suya delicadamente contra la mía. El sonido del cristal tintineó en la calidez de la noche veraniega.

—Aún me cuesta creer que hayamos conseguido que la clientela de vanguardia y la de la cocina tradicional se sienten en la misma mesa sin tirarse los platos a la cabeza —comentó, mirando hacia abajo, donde los vecinos compartían alegremente una bandeja de mis croquetas esferificadas y sus brochetas ahumadas.

—Bueno, Taylor, resulta que el fuego y el cristal se llevan bastante bien si se manejan a la temperatura adecuada —respondí, girándome entre sus brazos para quedar frente a él.

La luz de las farolas de la calle entraba por la ventana, dibujando reflejos dorados en sus ojos oscuros—.

Aunque eso no significa que vaya a dejarte ganar el próximo menú de temporada.

Mi listón sigue estando más alto que el tuyo.

Isaac soltó una de esas sonrisas ladeadas que solían sacarme de quicio y que ahora solo me daban ganas de besarlo durante horas.

—Eso es lo que tú te crees, Ortiz. Mañana mismo voy a probar una técnica de fermentación que va a dejar tus técnicas francesas a la altura del betún. La competencia en esta acera sigue estando muy viva.

—Me parece perfecto —dije, acortando los últimos centímetros de distancia entre nuestras bocas, rozando sus labios con los míos en una provocación deliberada—. Sigue compitiendo todo lo que quieras por ver quién cocina el mejor plato del día... siempre y cuando recuerdes el nuevo contrato.

—¿Qué contrato, princesa? —murmuró, atrapando mi labio inferior con suavidad.

—Que a partir de hoy, la rivalidad se queda estrictamente en la cocina —sonreí contra su boca—. Porque por las noches, dormimos en la misma cama.

—Trato hecho —respondió él.

Y me besó. Un beso lento, profundo, con sabor a victoria, a hogar y a un futuro que ya no necesitábamos planificar al milímetro.

Abajo, el bullicio de la fiesta de nuestras madres continuaba llenando la calle peatonal, pero arriba, en nuestra ventana, la cocina había cerrado por el día y el menú estaba, por fin, perfectamente completo.