Capítulo 4
—No mires a las gradas —dice Liam a mi lado.
—No las estoy mirando.
—Las llevas mirando desde que entramos.
—Estoy calculando cuántas personas van a verme hacer el ridículo.
—Trescientas dieciocho. Más las cámaras.
Giro hacia él.
—¿Las has contado?
—No. Lo dijo la regidora.
Su chaquetilla negra lleva bordado el logo del programa sobre el pecho.
La mía, blanca, tiene mi nombre y el de La Alacena debajo.
Verlos juntos en las pantallas laterales, separadas solo por una barra dorada, me produce una incomodidad tonta.
Como si el lugar hubiera decidido algo sobre nosotros antes de que nosotros pudiéramos decidirlo.
Una asistente nos coloca los micrófonos en la espalda. Sus manos tiran del cable por el cuello de mi chaquetilla. Liam observa el gesto con la frente apenas fruncida.
—¿Te molesta? —pregunta.
—No.
—Estás sujetando el borde de la mesa.
Miro mi mano. La retiro.
—Gracias por el diagnóstico.
—De nada.
Rachel aparece entre dos cámaras móviles con una carpeta contra el pecho.
—En cuarenta segundos entramos. La prueba se llama «Raíces y revolución». Tienen sesenta minutos para presentar un plato que una un ingrediente de sus respectivas cocinas. Hay despensa abierta, pero no tendrán ayuda. Derek insistirá con su historia. No le den una grieta donde meter el cuchillo.
—Tranquila —digo—. Mi compañero y yo somos especialistas en no darnos nada.
Liam me mira de lado.
—Eso explica muchas cosas.
Rachel señala nuestras manos.
—Cuando Derek los presente, se toman de la mano. No una mano de pésame. Una mano de pareja. Y sonrían cuando él pregunte por qué se aman.
—No va a preguntar eso —digo.
—Derek siempre pregunta eso.
Se aleja antes de que pueda protestar. El público aplaude cuando una cortina de luces se abre al fondo del estudio. La música tiene golpes de percusión que me suben por las plantas de los pies.
Derek aparece en el centro, iluminado desde arriba. En las pantallas gigantes, su rostro ocupa tres metros y su sonrisa parece una amenaza bien peinada.
—Bienvenidos a Duelo a fuego lento —anuncia—. Doce duplas, una cocina y medio millón de dólares para quienes consigan convencer a nuestro jurado de que el talento también puede sobrevivir al espectáculo.
Las parejas entran una a una. Hay una pareja de reposteras de Nueva York que no suelta las manos; dos hombres mayores que se presentan como exmaridos y se ríen de todo; una chef de Tampa con su novia, ambas tan perfectas frente a la cámara que me dan desconfianza.
Cuando pronuncian nuestros nombres, el foco nos encuentra antes de que mis piernas decidan moverse.
—Desde el corazón de la Calle Ocho, la mujer que cocina recuerdos y el hombre que los somete a una centrifugadora: Sofía Carranza y Liam Bennett.
El público ríe. Liam me ofrece la mano sin mirarme. La tomo.
Su palma está húmeda. La mía también. Sus dedos se acomodan entre los míos con una seguridad que no siento en ninguna parte del cuerpo. Caminamos hasta nuestra isla. Las cámaras nos siguen; una se inclina desde una grúa y nos encierra en su lente negro.
—Cuéntenos —dice Derek, acercándose—. ¿Cómo pasa una chef que llama «agua con pretensiones» a la cocina de su vecino a enamorarse de él?
Me quedo sin voz por un segundo. Liam aprieta mi mano. No mucho. Lo suficiente.
—Nunca dije agua con pretensiones —respondo—. Dije que una esfera de agua con flores era una forma cara de evitar hacer una sopa.
Las gradas celebran la respuesta. Derek se vuelve hacia Liam.
—¿Y qué le vio usted a la señora Carranza?
Liam me mira. Ya no es el gesto ensayado de la videollamada. Esta vez tarda una fracción más de la cuenta.
—Que no finge saber cuándo algo está listo —dice—. Lo sabe. Y no pide permiso para hacerlo a su manera.
El aire se me queda atrapado en la garganta. A mi alrededor, los técnicos se mueven, el público ríe bajo, una cámara cambia de posición. Pero él sigue mirándome como si acabara de decir algo que no estaba en el guion.
Derek abre la boca, encantado con la reacción que ha logrado, y en ese instante suena la campana.
—Cocineros, sus sesenta minutos empiezan ahora.
La despensa se llena de cuerpos. Voy por ají amarillo, limas y un lomo de corvina; Liam toma un manojo de cítricos, maíz tierno y una caja de agar. Cuando regresamos a la isla, él coloca el agar junto a mi tabla.
—No —digo.
—Ni siquiera sabes para qué lo quiero.
—Te conozco demasiado bien.
—Quiero estabilizar una emulsión de lima.
—En un plato de corvina. No vamos a servir pegamento con pescado.
—No es pegamento.
—Ese es el problema. Lo dices como si fuera una virtud.
Una cámara se acerca. Liam sonríe, tranquilo, y baja la voz.
—Cariño, podemos discutir después de que ganemos.
El apodo se clava donde no debería. El público lanza una exclamación colectiva. Yo le devuelvo una sonrisa que me duele en las mejillas.
—Claro, amor. Mientras tanto, deja el agar donde no pueda encontrarlo.
Él lo guarda en el bolsillo de la chaquetilla. La cámara se aleja. La sonrisa se borra de mi cara antes de que pueda impedirlo.
—No vuelvas a llamarme así sin avisar.
—Rachel dijo que debíamos sonar creíbles.
—Podías llamarme Sofía.
—Eso habría sonado menos creíble.
El comentario me enfurece porque quizá tenga razón.
Me concentro en filetear la corvina. El cuchillo de mi padre canta contra la tabla de madera; fuera de aquí, ese sonido me ordenaría las ideas.
Bajo los focos, la hoja resbala apenas al retirar una espina.
Liam pone la mano sobre el borde de la tabla para estabilizarla sin invadir mi espacio.
—Hay demasiada humedad —murmura.
—Hay demasiadas cámaras.
—Mírame.
—No.
—Sofía.
Lo hago. Tiene el reloj cubierto por una funda negra de producción, pero sus manos están quietas. No calcula nada. Solo espera.
—Corta a lo largo de la línea roja —dice—. Yo hago la emulsión. Tú haces que valga la pena comerla.
No es una orden. Es una división limpia del trabajo. Asiento.
La primera media hora se reduce a ruido, fuego y decisiones.
La corvina se marina con leche de tigre de ají amarillo y lima.
Liam asa maíz hasta que los granos revientan y perfuman la isla con un dulzor ahumado.
Yo preparo un fondo rápido con espinas tostadas, cebolla y cilantro; él lo cuela dos veces, lo emulsiona con aceite de maíz y me deja probarlo.
—Le falta sal —digo.
—No.
—Le falta sal.
—Tiene sal.
—Tiene miedo a la sal.
Él prueba. Su boca se tensa apenas. Añade una pizca.
—No lo conviertas en un evento histórico —murmura.
—Ya lo estoy anotando en el calendario.
Quedan doce minutos cuando el monitor de nuestra isla parpadea. La batidora de inmersión se apaga con un golpe seco. La emulsión, que Liam sostiene en una jarra alta, empieza a separarse delante de nosotros.
—No —dice él, y por primera vez la palabra no trae sarcasmo.
Llama a un técnico. Nadie llega. Las otras islas siguen trabajando; el programa no detiene el reloj por una avería.
—Podemos servir el fondo sin emulsionar —propongo.
—No tiene la textura.
—Tiene sabor.
—Sofía, el plato necesita...
La frase se rompe. Veo cómo sus ojos van de la jarra al cronómetro. Ocho minutos. El Liam que conocí habría intentado controlar la máquina con pura voluntad hasta perderlos todos.
Le quito la jarra de las manos.
—Necesita una muñeca y una cuchara.
—No va a montar así.
—Entonces ayúdame a demostrarlo.
Le doy el batidor manual. Al principio no lo toma.
Luego entiende. Sostengo la jarra inclinada entre mis antebrazos, él bate rápido y corto.
La emulsión se abre, amarilla y brillante.
Agrego el aceite en un hilo fino. Liam cambia el ritmo cuando se lo indico.
No discutimos. El reloj baja a seis minutos.
Dos cucharadas más, una vuelta de muñeca, y la salsa deja de cortarse.
—Ahí —digo.
Él deja de batir. Mira la jarra, luego a mí.
—Ahí.
El emplatado llega como una carrera en la que conocemos el camino.
Corvina en el centro. Maíz ahumado. Láminas de mango verde.
Emulsión de lima y fondo de cilantro alrededor.
Liam coloca una teja de maíz sobre cada plato; yo corrijo con los dedos la posición de una hoja de shiso.
Cuando la campana final suena, seguimos inclinados sobre la misma mesa, casi hombro con hombro.
Derek regresa con el jurado. La primera jueza, una cocinera francesa de gesto severo, prueba la corvina. El segundo, un crítico local, rompe la teja de maíz y cierra los ojos. Derek se lleva una cucharada a la boca y mastica despacio, disfrutando demasiado de hacernos esperar.
—Carranza —dice al fin—, hay una mano muy cálida aquí. Bennett, hay técnica, aunque menos de la que usted suele esconder detrás de sus platos. Juntos, han hecho algo que no esperaba: han dejado espacio al otro.
El público aplaude. El crítico levanta la vista.
—La emulsión tiene cuerpo sin perder el ácido. ¿Quién tuvo la idea?
Liam podría decir su nombre. Podría convertir el rescate en una lección de laboratorio. En lugar de eso, se vuelve hacia mí.
—Sofía la salvó.
No hay cámara cerca de su perfil, no una que pueda ver. Aun así lo dice.
Derek mira nuestras manos, que se han encontrado otra vez sobre el borde de la mesa sin que yo recuerde haberlas movido.
—Parece que el amor también sabe batir una salsa —sentencia.
Me río porque el alivio necesita salir por algún lado. Liam también. Su pulgar roza el mío, una vez, como si comprobara que sigo ahí.
El veredicto llega al final de la noche: pasamos a la siguiente gala. Las pantallas se llenan de nuestro nombre y de una foto tomada durante la prueba, los dos inclinados sobre la jarra, concentrados en el mismo punto.
Un fotógrafo de producción nos corta el paso antes de que podamos bajar de la plataforma.
—Una más para redes. Más cerca, por favor.
—Ya tienen suficientes —digo.
—No tantas como para que el algoritmo se dé por satisfecho —responde sin levantar la vista de la cámara.
Liam se coloca a mi espalda. No llega a abrazarme; deja una mano abierta en mi cintura y espera. Entiendo la pregunta escondida en el gesto. Asiento una vez.
El contacto es ligero, casi respetuoso. Aun así, noto cada uno de sus dedos a través de la chaquetilla. El fotógrafo pide que lo mire. Lo hago. Liam baja la cabeza hacia mí, no lo bastante como para besarme, pero sí para que desde fuera parezca que está a punto de hacerlo.
—Eso es —dice el fotógrafo—. Quédense así.
Pienso en la tercera cláusula doblada dentro de mi libreta. Pienso en el contrato, en los plazos, en las grúas que todavía no han llegado a Calle Ocho. Debería ser sencillo: una pose por salvar el restaurante.
Entonces Liam murmura, sin mover los labios apenas:
—Puedes apartarte cuando quieras.
No lo hago.
El disparo de la cámara se repite tres veces. Cuando por fin nos separamos, mi cintura conserva una presión absurda, como si el cuerpo no hubiera recibido la orden de seguir adelante.
En el pasillo de salida, ya sin focos encima, retiro la mano de la suya.
—Lo hiciste bien —digo.
—Tú también.
—No me refiero al plato.
Liam guarda silencio. Después se lleva los dedos al cuello, donde el cable del micrófono dejó una marca roja.
—El plato fue lo fácil.
No sé qué contestar. Afuera, Miami ha empezado a llover. El agua golpea el techo metálico del estudio y borra por un momento el rumor del equipo desmontando el escenario.
Rachel nos alcanza con una tableta en la mano.
—La etiqueta de ustedes ya está subiendo —dice—. «Los chefs de Calle Ocho». Hay clips por todas partes. La gente cree que se odian y que se quieren. Es perfecto.
Liam y yo intercambiamos una mirada.
—Es trabajo —digo.
—Por supuesto —responde él.
Pero cuando salimos bajo el mismo paraguas de producción, ninguno de los dos parece tener mucha prisa por devolverlo.