A fuego lento Capítulo 3
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Capítulo 3

La llamada de Medialab está programada para el mediodía, una hora en la que La Alacena debería oler a pan caliente y a cebolla dorándose. En cambio, la sala está cerrada, las sillas subidas sobre las mesas y Clara ha puesto su portátil en la barra como si fuera un altar de sacrificio.

—No mires a la cámara como si fueras a interrogarla —me dice mientras ajusta el encuadre.

—No sé qué expresión tiene una persona que está a punto de fingir una relación con su peor vecino.

—La de alguien que necesita ganar medio millón de dólares.

—Esa la tengo.

Mi moño no coopera. La horquilla de madera se empeña en soltarse y me pincha el cuero cabelludo cuando intento fijarla por tercera vez. Clara me aparta las manos, recoge el cabello con dos vueltas rápidas y me deja un mechón junto a la sien.

—Ahí. Pareces humana.

—Qué alivio.

—Y no digas «farsa», «contrato» ni «dinero» hasta que yo te lo señale por escrito.

—¿También has preparado tarjetas?

Clara levanta una cartulina desde debajo de la barra. «MÍRALO COMO SI TE DEBIERA UN BESO».

—Me arrepiento de haberte dado llaves del local.

La puerta principal se abre antes de que ella pueda contestar.

Liam entra sin chaquetilla, con una camisa blanca arremangada hasta los antebrazos y el reloj negro en la muñeca izquierda.

Lleva una funda rígida bajo el brazo, seguramente su tableta con fórmulas y gráficos, como si fuera a defender una tesis y no una mentira.

Se detiene a unos pasos de la barra. Sus ojos recorren las mesas vacías, el portátil, a Clara. Cuando llegan a mí, bajan apenas un instante hacia el mechón que ella dejó suelto.

—¿Llegué tarde?

—Llegaste vestido como para declarar ante un comité —digo.

—Y tú como para despachar a alguien que ha cometido una falta grave.

—Las dos cosas son compatibles.

Clara carraspea con impaciencia y nos señala las dos sillas altas frente a la pantalla.

—Siéntense juntos. No juntos de «socios de una funeraria». Juntos de «hemos discutido qué pedir para cenar y seguimos casados».

Liam ocupa la silla de mi derecha. Su rodilla roza la mía al acomodarse; se aparta enseguida. El gesto debería tranquilizarme. Me irrita que no lo haga.

En la pantalla aparece Rachel Morgan. Tiene el cabello corto, una camiseta negra y unos auriculares enormes alrededor del cuello.

Detrás de ella, alguien pasa cargando una caja de cables.

A su lado se conecta Derek Collins, impecable en una camisa azul que parece demasiado cara para una videollamada.

Su sonrisa tiene la temperatura de una vitrina.

—Por fin —dice Derek—. Los famosos vecinos de Calle Ocho.

—Famosos es generoso —responde Liam.

—La generosidad es una virtud televisiva. La audiencia decide después si la merece.

Rachel no sonríe. Lee algo en una tableta.

—Sofía Carranza, Liam Bennett. Sus restaurantes están en la misma parcela afectada por Halcón Real Estate. Sus estilos no podrían ser más distintos. La pregunta obvia es: ¿por qué están juntos?

El silencio se instala en la barra. Clara alza la primera tarjeta: «RESPIRA».

Liam entrelaza los dedos sobre la madera. No mira a Clara ni a la pantalla. Me mira a mí.

—Porque llevamos demasiado tiempo cocinando de espaldas —dice.

No esperaba eso. Ni la frase ni la forma en que la dice, sin una capa de burla que la proteja.

—Éter abre al lado de La Alacena desde hace dos años —continúa—. He visto a Sofía sacar adelante un servicio con una cocina que se cae a pedazos y clientes que la conocen por su nombre. Ella ha visto lo que hago y ha decidido odiarlo con disciplina admirable.

—No todo lo que haces —digo antes de poder evitarlo.

Derek se inclina hacia su cámara.

—Ah. ¿Qué parte no odia?

El pulgar de Liam se mueve una vez contra su propia palma. Si esto le incomoda, no lo muestra en la voz.

—Tu pan de masa madre —digo.

Él gira la cabeza hacia mí, sorprendido de verdad.

—No sabía que lo habías probado.

—Tu repartidor deja bolsas demasiado cerca de mi puerta.

—Eso no responde a la pregunta —interviene Rachel—. ¿Cuándo dejaron de ser rivales?

La tarjeta de Clara cambia: «CUENTA UNA HISTORIA».

Miento mejor cuando parto cebollas. Ahí nadie espera que convierta las cosas en otra cosa. Frente a la cámara, siento que cada palabra puede quemarme la lengua.

—La noche de la notificación —digo—. Estábamos en el callejón, discutiendo por un camión, claro. Llegó el mensajero y nos entregó el mismo sobre. Dos locales distintos, el mismo plazo. Creo que fue la primera vez que lo vi sin ganas de ganar una discusión.

Liam no me contradice. Bajo la mesa, su mano encuentra la mía.

No hay advertencia. Solo el calor seco de su palma cerrándose alrededor de mis dedos.

Me quedo quieta porque Rachel está observando y porque Clara hace un gesto invisible de victoria detrás de la pantalla.

Pero el contacto no se parece a un gesto planeado.

Liam tiene una quemadura pequeña junto al nudillo y la yema del pulgar áspera.

Su pulgar no se mueve. Eso lo vuelve peor.

—No fue una decisión romántica —dice él—. Fue una decisión necesaria. Luego resultó que hablar con ella era menos desagradable de lo que esperaba.

—Qué declaración tan generosa.

—Estoy aprendiendo a ser televisivo.

Derek sonríe con satisfacción.

—Necesito una prueba. Cocinen algo para nosotros. Diez minutos. Un ingrediente cada uno. Sin discutir como profesionales, por favor; eso ya lo hemos visto mil veces.

Rachel manda a un asistente fuera de campo. Un minuto después, una bolsa de reparto aparece en la puerta. Clara la recoge y la deja sobre la barra. Dentro hay una lata de berberechos al natural, dos mangos verdes, un limón y una bolsita de maíz cancha.

—¿Eso es una broma? —pregunto.

—Es televisión —dice Derek—. La broma siempre viene incluida.

Liam abre la lata, huele el líquido y busca con los ojos la cocina. Yo le señalo la puerta batiente. Entramos sin soltar las manos hasta que Clara queda fuera del encuadre. Entonces él me libera.

—Yo hago una espuma de limón con el líquido de conserva —dice.

—No necesitas convertirlo en espuma.

—No necesito, pero puedo.

—Y yo puedo hacer una leche de tigre rápida con mango verde. No la voy a hacer porque tengo ocho minutos.

—Siete y cuarenta.

—Gracias por demostrar mi punto.

El fogón se enciende. Aplasto el maíz con el mango de mi cuchillo; Liam ralla la piel del limón con una precisión casi ofensiva.

Nos movemos alrededor de la mesa estrecha sin chocarnos.

Cuando voy a abrir el cajón de las cucharas, él ya ha dado un paso atrás.

Cuando busca un colador, se lo alcanzo sin preguntar.

Detesto que el cuerpo entienda antes que yo.

La leche de tigre queda ácida, verde, con el golpe seco del jengibre que encuentro en la nevera.

Liam monta el líquido de los berberechos con limón y un poco de aceite, y por una vez su espuma no parece un truco.

Tiene sabor a mar. Montamos el plato sobre una tostada fina de maíz: berberechos, la leche de tigre, el crujido dorado y una nube salada arriba.

—Prueba —dice, acercándome una cucharita.

—Puedo probar sola.

—Lo sé. Hazme el favor de que parezca que me toleras.

Abro la boca. La cucharita toca mis labios. El ácido despierta el salado de los berberechos; el maíz aparece al final, terco y cálido. Miro a Liam. Él espera una sentencia, no una caricia.

—No está mal.

—Eso, en tu idioma, equivale a una propuesta de matrimonio.

Cuando volvemos a la barra, Derek aplaude despacio. Rachel mira la pantalla en silencio y luego asiente.

—Tenemos una pareja —dice—. La gala piloto es el domingo. Si llegan, se comprometen a las reglas de producción y sostienen esta historia fuera del plató, entran en el cuadro principal.

—Llegaremos —responde Liam.

Miro nuestras manos. Ya no están unidas. Aun así, noto la marca de la suya en la mía.

—Llegaremos —repito.

* * *

Éter de noche parece otro lugar. Sin comensales detrás del cristal, la sala antracita pierde parte de su arrogancia. Solo queda el zumbido bajo de las cámaras frigoríficas, el reflejo de los neones de Calle Ocho en el acero y una lámpara encendida sobre la mesa central.

Liam ha dejado dos copias de un documento junto a una pluma negra. Arriba, en letras sobrias, se lee: ACUERDO PRIVADO DE COLABORACIÓN.

—El nombre es aburrido —digo.

—El contenido es peor.

—Bien. Así sabré que es tuyo.

Se apoya en el borde de la encimera, con las mangas de la camisa aún remangadas.

—Primera cláusula: unidad pública. Delante de cámaras, prensa y jurado, somos una pareja.

—Añade «cómplice». Si parecemos demasiado correctos, Derek nos despedaza.

Él escribe sin discutir.

—Segunda: contacto físico gradual y acordado. Manos, cintura, besos si producción lo exige. Fuera de escena, no se toca a nadie sin pedirlo.

—Eso incluye tus demostraciones improvisadas con cucharitas.

—La cucharita era una necesidad táctica.

—Claro.

La tercera cláusula nos deja callados unos segundos. Liam la redacta primero: Ninguna de las partes interpretará el contacto escénico como una invitación real.

—Demasiado legal —digo.

—¿Quieres que escriba «prohibido enamorarse»?

—Es exactamente lo que quiero que escribas.

Levanta la vista. La luz le endurece el perfil.

—De acuerdo.

La tinta avanza sobre el papel. Prohibido enamorarse. Parece una frase de mal gusto puesta entre números y condiciones, pero no consigo mirarla sin que algo dentro de mí se ponga en guardia.

Negociamos el reparto del premio. Cincuenta por ciento para cada uno.

Tres vetos de técnica y tres de ingredientes por semana.

Clara queda incluida en la confidencialidad porque, según Liam, «si no la incluimos, redactará su propia versión del acuerdo y será más peligrosa».

En la séptima cláusula, la de rescisión, peleamos quince minutos por la palabra «cesión».

—Si uno destruye la credibilidad de la pareja o sabotea al otro, entrega su local —digo.

—Eso es desproporcionado.

—La traición suele serlo.

El comentario cae entre los dos. Liam deja de girar su reloj.

—No voy a traicionarte, Sofía.

Mi nombre, sin Carranza de por medio, me desarma más de lo debido. Bajo la mirada al contrato.

—Entonces no tendrás nada que temer.

Firma primero. Su rúbrica es angulosa y breve. Me entrega la pluma. La tomo, pero antes de que pueda inclinarme, él abre un cajón y saca un soplete pequeño de repostería.

—Tenemos otra cosa que practicar.

—¿Ahora?

—El domingo nos harán cocinar bajo focos y con una cámara sobre el hombro. Si te pones rígida cada vez que me acerco, se notará.

—No me pongo rígida.

—Sofía.

—Solo porque no confío en que no prendas fuego a algo innecesario.

Enciende el soplete. Una llama azul, corta y firme, aparece al extremo. Sobre la mesa hay una bandeja con láminas de piña y azúcar mascabado. Liam se coloca detrás de mí, sin llegar a tocarme.

—Sujeta la bandeja con la izquierda —indica—. El soplete con la derecha. No apuntes al centro; vas bordeando el azúcar.

—Sé usar fuego.

—Sé que sí. Quiero que lo hagas con esto.

Me pasa el mango. Sus dedos rozan los míos y se apartan. El soplete pesa menos de lo que esperaba. Inclino la muñeca; la llama lame el azúcar y lo vuelve ámbar. Liam se acerca para corregir el ángulo. Su pecho no toca mi espalda, pero siento el calor a través de la tela.

—Más despacio —dice junto a mi oído—. Si te quedas quieta, amarga.

—No me gusta que me des órdenes.

—Eso ya lo sé.

El azúcar burbujea. La llama se extingue. Cuando giro la cabeza para responderle, su rostro está demasiado cerca. Tiene una mancha de harina en la base del pulgar; la descubro sin querer. Él mira mi boca, vuelve a mis ojos y da un paso atrás.

—Ya está —dice.

No sé cuál de los dos se ha apartado primero de algo que no debía existir.

Firmo el documento con una letra más firme de lo que me siento. Liam guarda una copia en la carpeta y me entrega la otra.

—Domingo, seis de la mañana. Medialab.

—No llegues tarde.

—Jamás llego tarde.

—Entonces intenta no llegar con esa cara de entierro. Vamos a vender romance.

La sonrisa que le arranco es breve y verdadera. Luego abre la puerta que da al callejón y el calor húmedo entra en la cocina de acero.

Me quedo sola con el contrato bajo la mano. La tercera cláusula ocupa una línea limpia en mitad de la página.

Prohibido enamorarse.

La doblo una vez antes de guardarla dentro de la libreta de recetas de mi padre.