Capítulo 2 #3
—Halcón también. Y ellos tienen un equipo de abogados listos para desalojarnos en veintinueve días.
El cuchillo de mi padre descansa sobre la madera, a mi derecha. Siento su peso invisible.
—¿Qué estás proponiendo exactamente, Bennett?
Liam no esquiva la mirada. Por primera vez en dos años, no hay ironía en sus ojos color avellana, solo un cálculo frío y urgente.
—Que les demos el espectáculo que están pagando.
Una farsa absoluta. Fingir que somos pareja desde la primera videollamada hasta la última gala del concurso.
Si ganamos el premio, cobramos los quinientos mil dólares, liquidamos a Halcón al cincuenta por ciento y cada uno vuelve a su acera sin mirarse jamás.
Me apoyo contra el fregadero, sintiendo el frío del metal en la espalda.
—¿Quieres que finjamos ser novios delante de millones de personas?
—No lo digas como si te estuviera proponiendo cometer un delito federal.
—Me estás proponiendo algo bastante más humillante.
—La humillación real será ver cómo una grúa derriba la cocina de tu padre mientras tú miras desde la acera con los brazos cruzados.
La frase me golpea de lleno en el pecho. Liam lo sabe; un ligero cambio en la tensión de su mandíbula delata que ha medido el impacto. Odio con toda mi alma que tenga razón.
—¿Y por qué conmigo? —inquiero, dando un paso hacia la mesa—. Tu restaurante tiene clientes de lujo, inversionistas de Brickell, reseñas impecables. Podrías llamar a cualquier chef de tu escuela para armar este circo.
Liam baja la vista hacia sus manos sobre la encimera. Gira la corona de su reloj con un movimiento lento. Cuando vuelve a hablar, toda la soberbia ha desaparecido.
—Porque Halcón también es dueño de mi solar. Y porque no tengo medio millón de dólares en el banco para frenarlos.
El silencio cae sobre la cocina con el peso de una losa.
—No necesito que me mires con lástima —añade con voz seca—. Pero necesito que entiendas que no he cruzado ese callejón para hacerte un favor.
En la penumbra, el motor de la nevera se detiene por fin. La repentina ausencia del zumbido hace que el sonido de la lluvia nocturna sobre el tejado resuene como un tambor lejano.
—¿Cuánto debes? —pregunto en voz baja.
Sus ojos se clavan en los míos.
—Lo suficiente como para que este concurso sea mi única salida.
No añade una sola palabra más. Tampoco yo insistiría si los papeles estuvieran invertidos. Reconozco ese orgullo herido porque es el mismo que me quema la garganta cada vez que miro las facturas vencidas de La Alacena.
Liam extrae otra hoja doblada de su carpeta.
—No te pido que firmes nada esta noche. Solo que te sientes conmigo mañana a las doce frente a la cámara.
Rachel Morgan y Derek Collins van a evaluar si nuestra química es vendible.
Si no los convencemos, esto se acaba aquí.
Si les gustamos, nos sentaremos a redactar un contrato privado con reglas inquebrantables antes de tocar un solo contrato de televisión.
—¿Qué clase de reglas?
—Contacto físico estrictamente coreografiado para plató. Nada de declaraciones espontáneas fuera de guion. Cuentas claras al cincuenta por ciento. Y una cláusula de rescisión inmediata si alguno de los dos comete una estupidez que ponga en ridículo al otro.
—Esa última cláusula la redactaré yo con tu nombre en letras mayúsculas.
Una comisura de sus labios se curva hacia arriba en una sonrisa diminuta y peligrosa. Dura apenas un instante, pero altera la atmósfera de la cocina con una intensidad que me descoloca por completo.
—La redactaremos juntos, Carranza.
Recoge su carpeta de cuero y da dos pasos hacia la salida trasera.
Al pasar a mi lado, el borde de su chaquetilla roza la tela de mi delantal.
Es un contacto mínimo, apenas un roce de telas, pero el aire entre los dos se vuelve denso y caliente como el vapor de una reducción.
Huele a jabón limpio, a lluvia tibia y a ese rastro sutil de madera ahumada que siempre lleva consigo.
—Mañana a las doce —dice con la mano en el pestillo.
No es una pregunta.
—Todavía no he dicho que sí.
—No. Pero no has roto la citación. En tu idioma, eso equivale a una confirmación.
—Bennett.
Se detiene con la puerta entornada y se gira para mirarme sobre el hombro.
—Si hacemos esto, ten muy claro dónde termina el juego. No somos nada ni vamos a ser nada.
Su mirada se posa despacio en mis labios antes de subir de nuevo a mis ojos, con una calma que me acelera el pulso sin permiso.
—Carranza, ese ha sido siempre el único punto en el que hemos estado de acuerdo.
La puerta se cierra con un chasquido suave. Me quedo inmóvil en mitad de la cocina vacía, con la citación de Medialab sobre la mesa de acero y el eco de sus pasos perdiéndose en el callejón de la Calle Ocho.
Abro la libreta de recetas de mi padre. Dentro, la ficha que redactó Clara sigue esperando una respuesta a esa pregunta final que parecía imposible.
¿Por qué cocinar juntos ahora?
Tomo el bolígrafo. Escribo tres palabras con trazo firme y cierro la libreta sin volver a mirarlas.
Porque no queda otra.