Capítulo 2 #2
Noah anota la hora en el reverso de una tarjeta sencilla y me la entrega antes de salir.
—Buscaremos una segunda puerta —dice—. Por si el concurso no abre la primera.
Cuando se marcha, Clara guarda su tarjeta en el bolsillo delantero de la camisa en lugar de dejarla sobre la barra.
—Ni una palabra —advierte.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—Debe de ser la misma que tú pones cuando crees haber descubierto un secreto.
Clara levanta su vaso de café hacia mí, acepta el golpe y vuelve a la tableta de Medialab.
* * *
Durante el servicio del almuerzo, no logro apartar los ojos del teléfono móvil.
No hay mensajes de Liam. Eso debería darme tranquilidad. En cambio, cada vibración sobre el mostrador me hace levantar la vista con el cuchillo suspendido en el aire, solo para descubrir que es una notificación de entrega de hortalizas o una consulta por una reserva para el fin de semana.
La Alacena no se llena como los viernes por la noche, pero entran ocho mesas.
Una pareja de ancianos pide el ají de gallina de la casa.
Tres oficinistas de Brickell comparten una causa y un tiradito antes de volver a sus torres de cristal.
Un comerciante del barrio pregunta si todo va bien tras haber visto al mensajero legal anoche en la acera.
Los conozco a casi todos por su nombre, por la mesa que eligen, por cómo mojan el pan en la salsa.
Cierro el pase a las cuatro de la tarde con las piernas agarrotadas y una calculadora mental que no para de restar días al calendario.
Clara me alcanza una carpeta de cartón justo antes de marcharse.
—No se la he enviado a nadie. Es solo el borrador.
En la portada se lee: PROPUESTA DE DUPLA - CASTING MEDIALAB MIAMI. Debajo, con tipografía formal, figuran nuestros datos: Sofía Carranza, chef ejecutiva de La Alacena. Liam Bennett, chef propietario de Éter.
—Has sacado su foto de Instagram —observo.
—Era la única donde no salía con cara de estar redactando una demanda judicial contra el fotógrafo.
Hojeo las hojas. Hay un resumen de ambos locales, la reseña de la orden de desalojo de Halcón, una descripción sobre «dos visiones culinarias enfrentadas en el corazón de la Calle Ocho» y, al final, una pregunta que Clara ha dejado deliberadamente sin rellenar: ¿Por qué cocinar juntos ahora?
—Porque nos quedamos en la calle —murmuro.
—Eso es la cruda realidad. No es televisión.
—Porque no tenemos medio millón de dólares para frenar a Halcón.
—Cierto, pero tampoco vende una narrativa.
Miro a Clara. El agotamiento le ha marcado ojeras tenues bajo los ojos, aunque mantiene la espalda recta con esa tenacidad que la define.
—¿Qué pretendes que responda?
Clara tarda unos segundos antes de contestar.
—Que tal vez el error de estos dos años fue creer que el talento del otro era una amenaza en lugar de un complemento.
Suelto una risa seca, sin una pizca de humor.
—Eso es exactamente lo que jamás diría.
—Entonces inventaremos algo mejor. Para eso existe la ficción.
Me guardo la carpeta bajo el brazo. No la tiro a la basura. Y ese es el primer síntoma de debilidad del día.
* * *
El cierre nocturno llega en calma, pero sin descanso.
A las once y veinte de la noche, la cocina vuelve a ser un territorio solitario: las ollas de cobre limpias y colgadas en su riel, los cuchillos secos en la barra imantada, el suelo recién fregado despidiendo un olor tibio a jabón y agua limpia.
Clara se ha marchado hace una hora, después de dejar la carpeta de Medialab cuidadosamente encajada dentro de mi libreta de recetas.
Estoy repasando el filo de mi cuchillo de nogal con la chaira cuando alguien golpea con dos toques secos la puerta trasera que da al callejón.
No es un repartidor. Nadie reparte a estas horas.
Dejo el cuchillo sobre la tabla, me seco las manos en el delantal y avanzo por el pasillo.
El zumbido ronco de la nevera llena el silencio.
Antes de abrir, miro por la mirilla de metal: el cristal sucio me devuelve la silueta alta de Liam, la chaquetilla negra sin abrochar sobre una camiseta lisa y una gota de sudor resbalándole por la nuca bajo la humedad pegajosa de la noche.
Abro solo unos centímetros, lo suficiente para interponer mi cuerpo en el hueco.
—Si vienes a discutir por el camión de descarga, hoy no me queda paciencia.
—Una lástima. Había preparado una conferencia brillante sobre obstrucción de vías públicas.
Su voz suena más baja y rasposa de lo habitual. Lleva una carpeta de cuero oscuro bajo el brazo. No intenta mirar hacia dentro; clava los ojos en la forma en que mis dedos sujetan el marco de madera.
—¿Qué quieres, Liam?
—Hablar cinco minutos.
—Eso no es una respuesta.
—No. Pero es lo más cerca que voy a estar de pedir una tregua.
Me aparto de la puerta. No porque quiera escuchar lo que trae, me convenzo a mí misma. Sino porque el bochorno del callejón es asfixiante y no tengo ganas de armar un número delante de los vecinos.
Liam entra despacio, cuidando de no rozar mi hombro al cruzar el umbral. Cierra la puerta tras de sí con un clic suave. La luz cálida de los fogones le ilumina el rostro cansado; no lleva sus pinzas de titanio en el bolsillo ni el reloj perfectamente centrado sobre la muñeca.
—Tu camión ya no está en medio —comento por romper el silencio.
—El camión cumple su ruta. Solo me abastece de lo necesario para no cerrar mañana.
—Qué revelador.
—No he venido a darte explicaciones de mi negocio, Carranza.
—Menos mal. Ya me estaba asustando.
Deja la carpeta de cuero sobre la mesa central de acero. La abre con un movimiento fluido y desliza hacia mí una hoja con membrete oficial de televisión. Reconozco el logotipo antes de leer la cabecera.
Duelo a fuego lento. Medialab Miami.
—Veo que Clara ha estado muy ocupada haciendo contactos —digo, cruzándome de brazos.
—Tu jefa de sala me escribió a media mañana. Usó nueve signos de exclamación y dos amenazas veladas. Me pareció un despliegue de diplomacia fascinante.
—La conozco bien.
—Eso explica por qué este restaurante sigue en pie.
La hoja sobre la mesa es una citación formal para una videollamada de casting con los productores ejecutivos del certamen.
Mañana, doce del mediodía. En el margen superior hay una nota escrita a mano con tinta roja: «Pareja gastronómica con narrativa de rivalidad y pasión en Calle Ocho. Prueba de química indispensable».
—¿Ya les has dicho que sí? —pregunto, mirándolo fijamente.
—He solicitado la entrevista. Yo no firmo ningún acuerdo a ciegas.
—Qué prudente por tu parte.
—Hay una versión razonable de esta conversación donde admites que necesitamos este dinero tanto como el aire.
—Debe de ser una versión donde tú no eres insoportable.
Liam apoya las dos manos sobre el borde de la mesa de acero. Sus dedos son largos, precisos, con las uñas impecables y una quemadura diminuta en el nudillo del dedo medio. Me obligo a no fijarme en el detalle.
—No podemos presentarnos como dos vecinos que se detestan cordialmente —dice, bajando el tono—. La cadena no busca eso. Quieren una historia de deseo contenido, una pareja que se enfrenta a los fogones pero comparte la cama.
—La televisión puede pedir lo que le dé la gana.