A fuego lento Capítulo 2
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Capítulo 2

No duermo.

La tormenta deja de golpear los ventanales de la Calle Ocho a alguna hora de la madrugada, pero la nevera industrial sigue con su resuello asmático y cada vez que cambia el ciclo del motor me devuelve el mismo párrafo del documento legal. Treinta días. Quinientos mil dólares. Desalojo inmediato.

Estoy sentada en el suelo, apoyada contra el armario de los granos secos, con el sobre gris de Halcón sobre las rodillas.

He leído las cuatro páginas hasta saberme de memoria cada término insensible.

Parcela catastral. Ejecución de compraventa.

Plazo perentorio. Para ese fondo de inversión, todo cabe dentro de un lote comercial trazado sobre el mapa de Miami.

También las ollas de barro que mi padre trajo de Lima, la mesa de pino donde me enseñó a limpiar ajíes sin frotarme los ojos y la quemadura que llevo grabada en el antebrazo.

Abro la libreta de recetas que tengo a mi lado.

La página del seco de res y de rabo de toro está manchada de manteca vieja y lleva una anotación de mi padre en tinta azul gastada: «No tengas prisa con el aderezo; el ají pide paciencia para soltar el alma».

Sonrío con tristeza. Mi padre podía convertir cualquier espera en una lección de vida.

Me pregunto qué diría si viera el saldo de nuestra cuenta bancaria en este instante.

El teléfono vibra sobre la encimera de acero. Un mensaje de Clara.

CLARA

¿Sigues ahí?

Respondo antes de pensarlo dos veces.

SOFÍA

Sí.

La contestación entra de inmediato.

CLARA

No firmes nada. No hables con ningún abogado de Halcón. A las ocho y media estoy ahí.

Miro la pantalla apagada. Clara siempre escribe como si estuviera coordinando la evacuación de un edificio en llamas. Por eso consigue que la gente la obedezca. Yo llevo cuatro horas mirando un papel membretado como si fuera a encontrar un resquicio legal escondido entre las cláusulas.

Guardo la notificación en el cajón donde antes guardábamos las facturas pagadas a los proveedores. Echo la llave. El gesto no protege absolutamente nada, pero me obliga a ponerme de pie.

* * *

A las ocho y media pasadas, la persiana metálica sube con un chirrido seco. El cielo de Miami tiene ese tono plomizo y espeso que precede al calor sofocante del mediodía. He dormido apenas una hora en el sillón de la oficina y me duele la espalda con una punzada persistente.

Clara entra por la puerta principal cargando dos vasos térmicos de café, el pelo recogido en una coleta impecable y el móvil sujeto entre el hombro y la mejilla. Viste una camisa de lino amarillo brillante que parece una declaración de guerra contra la mañana.

—Antes de que abras la boca para decir que no, escucha —dice, plantando uno de los vasos sobre el mostrador.

—Buenos días a ti también.

—No son buenos. Por eso traigo cafeína de verdad y una salida de emergencia.

Saca una tableta de su bolso de cuero y la desliza sobre la barra de madera. En la pantalla resalta el gráfico promocional de un concurso con llamaradas digitales, cuchillos cruzados en tres dimensiones y una cifra destacada en oro: medio millón de dólares.

Duelo a fuego lento. Convocatoria extraordinaria en Medialab Miami.

—No —digo de inmediato.

—Ni siquiera has leído las bases.

—No necesito leerlas.

—Perfecto. Te lo resumo en veinte segundos: edición especial para cadenas de televisión hispanas grabada aquí mismo en los estudios de Miami.

Buscan duplas de chefs con trayectoria real, estilos reconocibles y disponibilidad para empezar a rodar en setenta y dos horas.

El plazo de inscripción cierra hoy a mediodía.

Aparto el café. El olor a tueste oscuro me revuelve el estómago vacío.

—Ese programa vive de triturar cocineros en clips de quince segundos para redes sociales. Buscan que a alguien se le corte una emulsión para meterle música de funeral y repetir la escena tres veces por semana.

—También entregan quinientos mil dólares en efectivo al equipo ganador.

—A un solo equipo entre decenas de aspirantes de todo el país.

—Doce parejas, Sofía. Doce. La productora ejecutiva está haciendo una selección cerrada porque la cadena adelantó el estreno. Quieren perfiles con peso propio en la ciudad, gente que ya tenga un conflicto que contar.

—Yo tengo un restaurante al que le quedan veintinueve días de vida. Menudo espectáculo para la sobremesa.

Clara no se inmuta. Da un sorbo largo a su café y desliza una pestaña con notas que ha redactado durante la noche.

—Tengo una amiga en el equipo de producción de Medialab.

Me confirmó lo que de verdad busca el casting: no quieren dos colegas educados pasándose sartenes con una sonrisa plástica.

Quieren tensión. Parejas reales, exparejas con rencores pendientes o amores imposibles.

Gente que tenga una razón para besarse delante de una cámara y diez razones para no hablarse cuando se apague el piloto rojo.

Levanto la cabeza despacio.

—¿Parejas?

—Duplas con carga emocional. Su frase textual fue: «La técnica la ponen los cocineros, el morbo lo pone la audiencia». Es repugnante, sí. Pero también es el único cheque de medio millón de dólares que está a nuestro alcance antes de que las excavadoras de Halcón entren por la puerta.

—No voy a entrar en un plató fingiendo que estoy enamorada de nadie por dinero.

—No te he pedido que lo hagas.

—Lo estás pensando con cada fibra de tu cuerpo.

Clara apoya los codos en la barra, sin negar la evidencia.

—Estoy pensando en que tenemos que dejar de tratar cada salvavidas como si fuera una deshonra familiar.

Halcón no tiene escrúpulos. Anoche te mandaron una notificación para recordarte que pueden demoler el trabajo de toda la vida de tu padre con una sola firma.

Si un formato televisivo nos ofrece una rendija para defendernos, nos asomamos.

No encuentro cómo rebatirle. Es la peor clase de verdad: la que llega despojada de adornos.

Al otro lado de la calle, la fachada de Éter permanece cerrada.

El cristal ahumado devuelve el reflejo gris de nuestro rótulo de madera.

Me viene a la mente la imagen de Liam anoche en el callejón, con el sobre arrugándose en su chaquetilla negra bajo la llovizna, y aparto el recuerdo con tanta fuerza que me queda un sabor amargo en la boca.

—Ni se te ocurra sugerirlo —advierto.

—No he pronunciado una sola letra de su nombre.

—No te hace falta.

—Sofía, dos restaurantes vecinos en Calle Ocho amenazados por el mismo fondo buitre.

Dos chefs jóvenes que llevan dos años declarándose la guerra en cada esquina.

El alma del sofrito ancestral contra la frialdad de la cocina molecular.

Si eso no es oro puro para un productor de televisión, deberían cerrar la cadena entera.

—Liam Bennett preferiría servirse nitrógeno líquido en los ojos antes que compartir una isla de cocina conmigo.

—Y tú preferirías quemarte la lengua con manteca hirviendo antes que admitir que el hombre te parece insultantemente atractivo.

—No me parece atractivo en lo más mínimo.

Clara inclina la cabeza con una ceja alzada.

—Por supuesto que no.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa de quien cree haber descubierto un secreto que nadie más ve.

—No es ningún secreto, Sofía. Y no me siento satisfecha; me siento aterrada pensando en cómo vamos a pagar la renta y a los proveedores dentro de tres semanas. Son cosas bastante distintas.

Me quedo sin argumentos que no suenen a mero capricho de orgullo.

Giro los mandos de los fogones para encender el fuego y poner a hervir el agua del aderezo.

El chasquido del encendido me devuelve un mínimo control sobre la realidad.

Cortar cebollas, limpiar ajíes, alimentar a la gente que cruce nuestra puerta. Eso es lo único que tiene sentido.

Clara espera a que el vapor comience a subir de la olla.

—La ayudante de casting puede colarnos en una videollamada de evaluación a las doce si mandamos una ficha previa antes de las once.

—No vamos a mandar nada.

—Entendido. Pero vas a hablar con él antes de descartarlo por completo.

—No.

—Perfecto. Entonces cruzaré yo al dieciséis y le diré a Liam que eres demasiado orgullosa para pelear por tu propio local.

La miro fijamente sobre la tabla de cortar. Su sonrisa es pequeña, afilada y absolutamente seria.

—No te atreverías.

—Pruébame.

* * *

Golpean tres veces antes de que pueda decidir si Clara habla en serio.

Clara abre. El hombre de la acera carga un tubo de planos y una cámara pequeña. Tiene los zapatos salpicados por la lluvia. Mira la fachada y después el reloj.

—Ocho minutos —dice Clara.

—El puente de Brickell no respondió a tus amenazas.

—Mis amenazas eran muy claras, Noah.

—Noah Walker. Arquitecto de preservación —se presenta cuando Clara me señala—. Tu amiga me llamó a las seis y doce de la mañana.

—A las seis y diez —corrige ella—. Y contestaste.

—Ese fue mi primer error.

Clara sonríe. Noah desenrolla sobre la barra el plano catastral. Una línea roja rodea La Alacena y Éter como una sola pieza.

—La protección histórico-cultural no es rápida ni está garantizada —explica—. Necesito documentar la antigüedad, las modificaciones y cualquier elemento original.

—Quedan veintinueve días —digo.

—Entonces no perderemos el primero prometiendo milagros.

Noah apunta con un lápiz hacia la pared compartida. Clara se lo quita para corregir una anotación.

—Necesito inspeccionar los dos locales, fotografiar las fachadas y revisar permisos antiguos. Sin el vecino, el expediente nace incompleto.

—El vecino coopera cuando cree que la idea fue suya —respondo.

—Eso también lo anoté —dice Clara.

Noah la mira por encima del plano.

—¿Tienes una lista sobre mí?

—Todavía no. Dame una hora.

Noah guarda el plano y fotografía las baldosas, el rótulo y la unión de ladrillo junto a la puerta.

—Volveré el lunes cuando cierren. Quiero ver la pared trasera sin interrumpir el servicio.

—A las cinco —dice Clara.

—A las cinco y cuarto.

—A las cinco.

—Trae café y lo pensaré.

—Yo te llamé. El café lo traes tú.