A dos pasos del amor La lista de Clara #10
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La lista de Clara #10

El primer acto comenzó con diez minutos de retraso. La autora invitada habló de su nueva novela y de los lugares que había perdido. El público escuchó en silencio. Cuando terminó, una mujer mayor levantó la mano y contó que había encontrado un libro suyo en la librería hacía veinte años.

Clara observó a la autora emocionarse. El festival empezaba a ser algo más que una manera de recaudar dinero. Era una colección de encuentros que nadie había planeado.

En la segunda mesa, los lectores hablaron de los libros que les habían acompañado. El hombre de la fotografía llevó el ejemplar comprado cuarenta años antes. Tenía las páginas amarillentas y una dedicatoria que ya casi no podía leerse.

—Lo compré el día que decidí no marcharme del barrio —dijo.

—¿Y por qué quería marcharse? —preguntó una niña.

El hombre sonrió.

—Porque pensaba que vivir en otro lugar solucionaría lo que no sabía solucionar aquí.

Clara miró a Marcos. Él la estaba mirando a ella.

La interrupción

La interrupción llegó a mediodía. Un funcionario apareció en la entrada con dos agentes. El permiso para utilizar el patio permitía actividades culturales, pero no la venta de comida ni la instalación de un escenario sin una autorización adicional.

—Tenemos que detener la actividad —dijo el funcionario.

Lucía dejó caer una bandeja.

—¿Ahora?

—Ahora.

Clara sintió que el cuerpo se le quedaba frío. La gente comenzó a hablar. Algunos recogieron sus cosas. Los niños dejaron de correr.

Marcos se acercó al funcionario.

—El escenario es desmontable y cumple las medidas de seguridad. La comida se está ofreciendo de manera gratuita.

—Eso no cambia la autorización.

—¿Qué necesitamos hacer para continuar?

El funcionario señaló la entrada.

—Retirar el escenario y la mesa de comida. El resto puede seguir si no hay actividad comercial.

Marcos se volvió hacia Clara.

—Podemos hacerlo.

—¿Y perder la mitad del programa?

—No necesariamente.

Clara subió a la tarima.

—Un momento, por favor.

El murmullo se apagó lentamente.

—Nos han pedido que retiremos el escenario y la comida. Podemos cancelar, o podemos cambiar la forma del festival. Si alguien quiere marcharse, lo entenderemos. Si alguien quiere quedarse, trasladaremos las lecturas a la librería, al portal y a los balcones.

Una mujer levantó la mano.

—Yo puedo leer desde mi balcón.

—Yo tengo un altavoz —dijo un vecino.

—Yo puedo llevar las sillas al portal —añadió alguien.

La actividad no terminó. Se deshizo y volvió a armarse en diez minutos. Las lecturas se repartieron por los espacios del edificio. Los asistentes se movían de una puerta a otra como si recorrieran un mapa secreto.

El funcionario observó la transformación con desconcierto. Al final, solo pidió que retiraran la tarima.

Marcos desmontó la estructura con ayuda de los vecinos. Clara le vio trabajar sin quejarse, aceptando que su plan ya no existía y que eso no significaba que el día hubiera fracasado.

El balcón de Amalia

Amalia leyó desde el segundo piso. Su balcón era pequeño y estaba lleno de geranios. La gente se reunió en el patio para escucharla.

—Esta historia no la he escrito yo —dijo—. La escribieron muchas personas que vinieron a comprar un libro, a pedir consejo o a esconderse de la lluvia.

Sacó una hoja.

—Habla de un edificio que estuvo a punto de ser vendido. También habla de dos personas que tardaron demasiado en entender que no se puede salvar un lugar sin dejar que cambie.

Clara sintió que Amalia estaba hablando de ellos.

—No os voy a contar si esas dos personas terminan juntas. Eso sería robaros la parte más importante. Solo diré que aprendieron a preguntar antes de marcharse.

Marcos levantó la vista hacia el balcón. Amalia sonrió.

La lectura terminó entre aplausos. Después, durante unos minutos, nadie se movió. El patio estaba lleno de una emoción silenciosa que no tenía que ver con la publicidad, ni con las cifras, ni con la cantidad reunida.

Clara buscó la mano de Marcos.

El dinero

Al final del día, la recaudación superó el objetivo. No por una cantidad enorme, pero sí suficiente para cubrir la primera fase de las obras. Daniel contó los billetes en una mesa. Lucía registró las aportaciones. Marcos revisó la transferencia del último patrocinador.

—¿Cuánto falta? —preguntó Clara.

—Para terminar todo, mucho.

—No he preguntado eso.

—Para la siguiente fase, menos de lo que temíamos.

Clara se sentó en una silla plegable. Tenía la voz ronca de todo el día y los pies doloridos.

—Ha funcionado.

—Ha funcionado a nuestra manera.

—Eso suena a que casi no funcionó.

—Suena a que no necesitó parecer perfecto.

Ella lo miró.

—¿Estás orgulloso?

—De ti.

—No era la pregunta.

—También del proyecto.

—¿Y de ti?

Marcos tardó un instante.

—Un poco.

Clara tomó su cara entre las manos y lo besó. No le importó que hubiera gente recogiendo mesas. No le importó que Lucía aplaudiera. Por una vez, no quiso esconder nada.

La pregunta de Clara

Cuando el patio quedó vacío, Clara y Marcos se quedaron solos entre vasos de plástico y guirnaldas apagadas. El cielo estaba oscuro. Una ventana del tercer piso seguía iluminada.

—¿Qué quieres que pase ahora? —preguntó Clara.

—Que terminemos las obras.

—Eso es el proyecto.

—Que nos mudemos al piso nuevo.

—Eso es la casa.

—Que sigamos juntos.

—Eso es lo obvio.

Marcos no respondió.

—No quiero lo obvio —dijo Clara—. Quiero saber qué imaginas.

Él se sentó en el borde del escenario desmontado.

—Imagino que dentro de un año la librería tendrá talleres todas las semanas.

Imagino que tendrás una colección publicada y que seguirás diciendo que no sabes si tus decisiones son correctas.

Imagino que yo tendré menos trabajo porque aprenderé a decir que no.

Imagino que discutiremos por la casa y que, a veces, nos iremos a dormir enfadados.

—Qué romántico.

—Todavía no he terminado.

—Continúa.