A dos pasos del amor La lista de Clara #11
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La lista de Clara #11

—Imagino que al día siguiente uno de los dos hará café. Imagino que volveremos a hablar. Imagino que si tú quieres una vida en Barcelona, encontraremos una manera de estar allí también. Imagino que si yo recibo un proyecto lejos, no lo aceptaré sin contártelo.

Clara se sentó a su lado.

—¿Y matrimonio?

Marcos la miró sorprendido.

—Eso no estaba en el plano.

—Te estoy preguntando.

—Sí, algún día.

—¿Por qué?

—Porque quiero elegirte delante de la gente y también cuando nadie esté mirando.

Clara sintió que el miedo cambiaba de forma. No desaparecía. Pero ya no parecía una señal de peligro. Era el coste de querer algo.

—Yo también quiero eso.

Marcos le tomó la mano.

—No tienes que responder hoy.

—Ya he respondido.

La grieta

La crisis no terminó con el festival. Tres días después, el banco rechazó la reestructuración de la empresa familiar. El padre de Marcos anunció que vendería el edificio completo a un grupo de inversión. La cooperativa tenía derecho de uso, pero no suficiente protección para impedir una venta.

Marcos recibió la noticia durante una reunión. No llamó a Clara. Se encerró en el estudio y empezó a revisar los contratos.

Cuando ella llegó a casa, lo encontró rodeado de documentos.

—¿Qué ha pasado?

—Nada que no pueda arreglar.

—No vuelvas a decir eso.

Marcos levantó la mirada. Estaba pálido.

—Mi padre va a vender el edificio.

Clara sintió que el suelo volvía a inclinarse.

—¿Cuándo?

—La oferta se firma en dos semanas.

—¿Y la cooperativa?

—Tiene el derecho de uso durante diez años, pero el comprador puede intentar rescindirlo si encuentra una irregularidad.

—¿Hay una irregularidad?

—No lo sé.

—¿Has hablado con un abogado?

—Estoy revisando los documentos.

—Marcos.

—No quiero que esto vuelva a caer sobre ti.

—Ya está sobre mí.

Él se levantó.

—Puedo resolverlo.

—No solo.

—No necesito que me vigiles.

—No te estoy vigilando. Estoy intentando estar contigo.

—No sabes lo que implica.

—Entonces dímelo.

—Implica que quizá tengamos que vender la casa. Implica que quizá no pueda pagar mi parte de la reforma. Implica que quizá pierda el estudio y tenga que aceptar cualquier proyecto. Implica que no sé si podré seguir siendo la persona que crees que soy.

Clara se quedó en silencio.

—No eres la persona que creo que eres —dijo.

Marcos la miró.

—¿No?

—Eres la persona que me estás enseñando que eres. No necesito que seas invulnerable.

—Yo sí.

—Entonces ese es el problema.

Marcos apartó la vista.

—No puedo perderlo todo.

—No lo estás perdiendo todo. Me tienes a mí.

—Eso no paga la deuda.

—No. Pero evita que la pagues solo.

Él golpeó la mesa con la palma. Los documentos saltaron.

—No quiero que me salves.

—No quiero salvarte. Quiero que dejes de pensar que aceptar ayuda te hace menos valioso.

Marcos no respondió. Clara recogió su abrigo.

—Voy a dormir en la librería.

—¿Te vas?

—Necesito espacio.

—¿Es una amenaza?

—No. Es una decisión.

Salió antes de que ambos dijeran algo que no pudieran retirar.

El abogado de Amalia

Amalia conocía a un abogado especializado en cooperativas. Se llamaba Sergio y tenía una oficina llena de archivadores. Escuchó el caso, revisó el contrato y pidió una copia de la oferta de venta.

—La cooperativa está protegida, pero no tanto como debería —dijo—. El derecho de uso está registrado, aunque falta una cláusula sobre las mejoras.

—¿Qué significa eso? —preguntó Clara.

—Que el comprador podría intentar reclamar parte del valor de la reforma.

—¿Y cómo se evita?

—Negociando antes de la venta o demostrando que las obras fueron financiadas por la cooperativa.

Clara sacó las facturas.

—Tenemos todos los recibos.

—Necesitamos también los testimonios y las aportaciones.

—Los conseguiremos.

Sergio miró a Amalia.

—¿Y Marcos?

—No ha venido —dijo Clara.

—Debe estar en la negociación.

—No sé si quiere que le ayudemos.

Amalia se inclinó hacia ella.

—Entonces no le preguntes si quiere. Dile que esto no es un problema suyo.

Clara entendió la diferencia. La librería ya no dependía de Marcos. Ni de ella. Si el proyecto era realmente de la cooperativa, todos tenían derecho a defenderlo.

Organizaron una carpeta con facturas, fotografías y declaraciones. La profesora del colegio escribió sobre los talleres. La autora cancelada envió una carta desde otra ciudad. Los vecinos firmaron una petición.

Cuando Marcos llegó esa noche, encontró a Clara en la trastienda con veinte documentos ordenados.

—¿Qué estás haciendo?

—Trabajando.

—Te dije que no quería que te ocuparas.

—No me lo dijiste. Lo decidiste por mí.

Marcos cerró los ojos.

—Tienes razón.

—Ya lo sé.

—¿Puedo ver lo que habéis preparado?

Clara apartó una silla.

—Si vienes a colaborar.

—Vengo a colaborar.

Se sentaron juntos. Esta vez, Marcos no abrió una carpeta propia. Miró la que habían preparado Clara, Amalia y los vecinos.

—Es mejor que cualquier cosa que yo pudiera hacer.

—Porque no es solo tuya.

—Lo estoy entendiendo.

—Más te vale.

Marcos sonrió con cansancio.

—¿Podemos hacer una pausa?

—Cinco minutos.

—Diez.

—Siete.

—Trato hecho.

Durante siete minutos, apoyaron las cabezas sobre la mesa y respiraron juntos.