A dos pasos del amor La lista de Clara #9
76%

La lista de Clara #9

—Eso es lo que diría alguien que puede dormirse en cualquier sitio.

—Eso es lo que diría alguien que te quiere.

Marcos se quedó inmóvil. Clara se había acostumbrado a decirlo, pero él seguía reaccionando como si cada vez fuera la primera.

—Entonces debería escucharte —dijo.

—Deberías.

No se acostó. Pero cerró el portátil.

El permiso

El ayuntamiento rechazó el permiso para cortar la calle. La notificación llegó un lunes por la mañana, con una explicación sobre seguridad y tráfico. Clara leyó el correo tres veces.

—Podemos hacerlo dentro —dijo Marcos.

—La sala no tiene capacidad.

—Podemos reducir el programa.

—Eso perjudica a los autores pequeños.

—Podemos aplazarlo.

Clara se levantó de golpe.

—No quiero aplazarlo.

—No he dicho que debamos hacerlo.

—Lo estás pensando.

—Estoy pensando en las opciones.

—Siempre estás pensando en las opciones. A veces hay que elegir una.

Marcos dejó el teléfono.

—Estoy intentando encontrar una alternativa.

—No necesito una alternativa. Necesito que me digas que vamos a hacerlo.

—No puedo prometer que el ayuntamiento cambie de opinión.

—No te estoy pidiendo eso. Te estoy pidiendo que no te rindas antes de tiempo.

La discusión terminó cuando Clara salió a hablar con Amalia. Marcos se quedó en la sala vacía, rodeado de sillas apiladas.

Por la tarde, un vecino sugirió utilizar el patio interior del edificio. Era amplio, estaba protegido de la lluvia y tenía una salida independiente. Solo necesitaban el permiso de todos los propietarios.

Marcos se encargó de los planos de seguridad. Clara habló con los vecinos. El permiso municipal no cambió, pero encontraron un lugar mejor: un patio que había permanecido olvidado durante años.

—¿Ves? —dijo Clara.

—¿Qué?

—Que no todas las soluciones aparecen en el primer plano.

—Lo tendré en cuenta.

El rumor

El rumor empezó en una reunión de proveedores. Alguien dijo que Marcos había vendido el edificio a una empresa de inversión. La noticia llegó a la librería antes que él.

Una voluntaria preguntó a Clara si debía seguir trabajando. Un autor pidió garantías. Dos vecinos retiraron sus aportaciones hasta aclarar la situación.

Clara llamó a Marcos. No contestó.

Lo llamó otra vez. Nada.

La ansiedad le subió por el pecho. No quería imaginar razones. No quería volver a buscar cláusulas ocultas. Pero el rumor coincidía con todo lo que había temido.

Marcos apareció a última hora, con la camisa manchada de pintura.

—¿Dónde estabas?

—En el banco.

—¿Has vendido el edificio?

Él se quedó quieto.

—¿Qué?

—Eso es lo que dicen.

—No.

—¿Has firmado algo?

—No.

—¿Has negociado con alguien?

—He negociado una línea de crédito para la cooperativa.

—¿Con quién?

—Con una empresa de inversión social.

Clara sintió que la sangre abandonaba sus manos.

—¿Y por qué no me lo contaste?

—Porque todavía no había una propuesta formal.

—No podías esperar a que existiera una propuesta para decirme que estabas negociando.

—No quería preocupar a todo el mundo por una posibilidad.

—Ya estamos preocupados.

Marcos sacó una carpeta.

—La empresa no compra el edificio. Ofrece un préstamo con condiciones. No hay control sobre la programación ni sobre el local.

—¿Y qué ocurre si no podemos devolverlo?

—Hay un periodo de carencia.

—Eso no es una respuesta.

—No lo sé todavía.

Clara cerró la carpeta sin leerla.

—Eso es lo que me asusta. Que siempre descubra las cosas cuando ya están encima de nosotros.

—Estoy intentando proteger el proyecto.

—No puedes protegerlo excluyéndome.

Marcos miró la puerta, como si estuviera considerando marcharse.

—No voy a firmar nada sin la cooperativa.

—Pero estabas dispuesto a negociarlo.

—Estaba buscando una solución.

—¿Y si la solución te convierte otra vez en el dueño de todo?

—No lo permitiré.

—No lo sabes.

El silencio que siguió fue peor que una discusión. Marcos dejó la carpeta sobre la mesa.

—Pediré una reunión mañana. Con todos.

—Hazlo.

—Clara.

—No puedo hablar ahora.

—¿Te vas?

—Necesito pensar.

La frase, que tantas veces había sido una forma de cuidarse, sonó entre ellos como una amenaza.

La reunión de la madrugada

La cooperativa se reunió a las siete de la mañana. Amalia llevó café. Daniel llevó a un asesor. Marcos presentó la propuesta completa, incluidos los riesgos. No intentó suavizar ninguna cifra.

—Este préstamo nos daría liquidez durante dos años —explicó—. A cambio, habría que cumplir unos objetivos de actividad. Si no los alcanzamos, podrían revisar las condiciones.

—¿Y tú tendrías que responder personalmente? —preguntó Clara.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Has leído todo?

—Con un abogado.

—¿Y por qué no lo dijiste?

Marcos la miró delante de todos.

—Porque tenía miedo de que me dijeras que no.

La sinceridad dejó la sala en silencio.

—Podrías haber aceptado el no —dijo Clara.

—Lo sé.

—Entonces no vuelvas a decidir qué información podemos soportar.

—No lo haré.

El asesor explicó que la alternativa era posible, pero no imprescindible. La cooperativa podía seguir con donaciones y actividades, aunque con mayor lentitud. Los vecinos votaron. La mayoría decidió no aceptar el préstamo todavía.

Marcos asintió. No parecía decepcionado. Parecía aliviado.

—¿Estás bien? —preguntó Clara después.

—Sí.

—¿No querías que aceptáramos?

—Quería que eligiéramos juntos.

Clara lo miró durante unos segundos.

—Eso era lo que tenías que decir desde el principio.

—Estoy aprendiendo.

—Muy despacio.

—Pero sigo aprendiendo.

El patio

El patio interior se convirtió en el centro del festival. Los vecinos limpiaron las paredes, colgaron guirnaldas y colocaron mesas. Marcos diseñó una tarima desmontable. Clara organizó los horarios.

El lugar tenía una belleza imperfecta. Había grietas en la piedra y una hiedra que crecía sin permiso. Desde algunos balcones, los vecinos podían ver los libros y las sillas.

—Parece que el edificio ha estado esperando —dijo Clara.

—Los lugares no esperan.

—¿No?

—Esperamos las personas.

Durante un ensayo, empezó a llover. Todos corrieron a cubrir los equipos. Clara resbaló y Marcos la sujetó antes de que cayera.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Te has hecho daño.

—Solo en el orgullo.

—El orgullo se cura.

—¿Y la confianza?

Marcos no respondió inmediatamente.

—Se construye más despacio.

Clara se apoyó en él mientras el agua golpeaba las guirnaldas.

—No quiero pasarme la vida comprobando si has cambiado.

—No quiero que tengas que hacerlo.

—Entonces demuéstralo sin pedirme que mire.

Marcos le tomó la mano.

—De acuerdo.

El autor que se marchó

Una semana antes del festival, uno de los autores principales canceló. Había recibido una oferta de otra ciudad y no podía asistir. Clara se quedó mirando el correo con una mezcla de rabia y decepción.

—Podemos sustituirlo —dijo Marcos.

—No es tan sencillo.

—Siempre dices eso antes de resolverlo.

—Esta vez es cierto.

La autora había atraído a muchos asistentes. Sin ella, el programa quedaba desequilibrado. Clara llamó a varios escritores. Todos estaban ocupados.

Al final, Amalia propuso algo diferente: una mesa de lectores del barrio. Cada persona podía llevar un libro y explicar por qué había sido importante.

—No es lo mismo —dijo Clara.

—No tiene que serlo —respondió Amalia—. El festival no existe para imitar a otro.

Clara aceptó.

La noticia se difundió y la mesa de lectores se convirtió en la actividad con más reservas.

Una mujer quería hablar del libro que había leído después de divorciarse.

Un adolescente quería explicar por qué una novela le había ayudado a entender a su hermano.

Un hombre mayor llevaría un ejemplar que había comprado en la librería cuarenta años atrás.

Clara comprendió que había estado intentando demostrar que el festival era importante invitando nombres conocidos. Los vecinos no necesitaban que nadie validara su historia.

La víspera

La noche anterior, Clara y Marcos revisaron las sillas una por una. El patio estaba iluminado con pequeñas bombillas. Desde el piso de arriba llegaba el sonido de una radio.

—Mañana puede salir mal —dijo Clara.

—Sí.

—Puedes decir algo más optimista.

—Mañana puede salir mal y aun así haber valido la pena.

—Eso es peor.

Marcos se sentó en la tarima.

—¿Qué te da miedo?

—Que no venga nadie.

—Vienen trescientas personas.

—Eso dicen las reservas.

—¿Y si no vienen?

—Entonces habremos preparado sillas para fantasmas.

—Los fantasmas también necesitan sentarse.

Clara sonrió. Luego se quedó seria.

—Me da miedo que todo esto se termine.

—El festival termina.

—No hablo del festival.

Marcos bajó la mirada.

—Yo también tengo miedo.

—¿De qué?

—De que mañana salga bien y sigamos sin saber qué hacer después.

Clara se sentó junto a él.

—Podemos saberlo después.

—¿Y si no?

—Entonces volveremos a hablar.

—¿Aunque sea difícil?

—Especialmente si es difícil.

Marcos le besó la mano.

—¿Puedo pedirte algo?

—Depende.

—Mañana, cuando todo empiece, no te escapes a resolverlo todo.

—No prometo nada.

—Inténtalo.

—Lo intentaré.

—Eso me basta.

Apagaron las luces del patio. Por un momento, solo se veía el cielo entre los tejados.

—Clara.

—¿Sí?

—Gracias por volver.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

—Todavía no he decidido si me quedo.

—Lo sé.

—Pero estoy aquí.

—Lo sé.

Y esa noche, por primera vez, los dos entendieron que a veces estar presente era una forma de elegir.

El festival

El patio se llenó antes de las diez. Las primeras personas llegaron con paraguas, bolsas de tela y libros bajo el brazo.

Clara había preparado una mesa de registro, pero pronto dejó de intentar controlar el flujo.

Los vecinos colocaban sillas, los niños corrían entre las guirnaldas y Lucía distribuía vasos de limonada.

Marcos apareció con una caja de programas.

—Faltan dos mesas.

—¿Dónde las has dejado?

—En la entrada.

—La entrada está llena.

—Por eso las he dejado allí.

Clara lo miró.

—¿Quieres que te recuerde la regla de no improvisar en los días importantes?

—No la recuerdo.

—Porque no existe.

—Entonces estamos a salvo.