La lista de Clara #6
La frase le gustó porque no pretendía ser más segura de lo que era. Marcos no convirtió su incomodidad en una exigencia. Pasearon por el barrio, visitaron una librería antigua y terminaron cenando en un restaurante pequeño donde el camarero reconoció a Clara.
—¿Vienes mucho? —preguntó Marcos.
—A veces.
—¿Con quién?
—Con nadie.
—No estaba preguntando eso.
—Sí lo estabas.
Marcos levantó las manos.
—Estoy practicando no inventarme respuestas.
Clara le dio una patada suave por debajo de la mesa.
—Vas despacio.
—Es lo que me has pedido.
Después de cenar, regresaron al piso de Clara. Marcos miró la habitación que ella había decorado con plantas y fotografías. Había una pequeña mesa junto a la ventana.
—¿Escribes aquí?
—Cuando puedo.
—¿Sobre qué?
—Sobre una mujer que no sabe si quedarse.
—¿Y encuentra la respuesta?
—Todavía no.
Marcos se quitó el abrigo.
—Entonces no le pongas prisa.
Clara se volvió hacia él.
—¿Y si llega tarde?
—Las respuestas importantes suelen llegar tarde.
El contrato de la cooperativa
El proyecto de la cooperativa exigía una firma. Clara revisó cada página dos veces. Marcos la observó desde el otro lado de la mesa, sin tocar los documentos.
—No necesitas mi permiso para firmar.
—No lo estoy buscando.
—Lo parece.
—Estoy intentando asegurarme de que no hay una cláusula que te permita vender el local sin consultar.
—No la hay.
—Eso dijiste del contrato anterior.
Marcos aceptó la acusación. Había aprendido que disculparse no borraba el hecho de haber fallado.
—Puedo enseñarte todo lo que quieras.
—No quiero vigilarte.
—Entonces no me obligues a elegir entre darte información y perderte.
Clara levantó la vista.
—No te obligo.
—A veces siento que si no lo hago todo perfecto, te marcharás.
—Y yo siento que si confío, encontraré una razón para haber sido estúpida.
El contrato quedó sobre la mesa, abierto entre ellos.
—Podemos firmarlo con un abogado independiente —dijo Marcos.
—¿Lo pagarás tú?
—Lo pagaremos entre todos.
—¿Aunque sea más lento?
—Aunque sea más lento.
Clara respiró hondo. La propuesta no arreglaba el pasado, pero demostraba que Marcos estaba dispuesto a perder velocidad para ganar confianza.
Firmaron al día siguiente, delante de Amalia, Lucía, Daniel y otros miembros de la cooperativa. Cuando Clara estampó su firma, no sintió euforia. Sintió responsabilidad. El local no era suyo. Era de todos.
Al salir, Marcos le preguntó:
—¿Te arrepientes?
—No.
—¿Seguro?
—Tengo miedo.
—Eso no es lo mismo.
—No. Pero se parece bastante.
El silencio de tres días
La primera crisis a distancia empezó con una llamada perdida.
Clara estaba en una reunión cuando Marcos telefoneó.
Cuando pudo devolverle la llamada, él estaba en una cena con proveedores.
Al día siguiente, ella tenía una presentación y él una inspección de obra.
El segundo día, los dos estaban demasiado cansados para hablar.
El tercer día, Clara escribió: «¿Estamos bien?».
Marcos respondió dos horas después: «Sí».
La palabra le pareció insuficiente. Ella escribió: «No parece».
Él contestó: «No sé qué quieres que diga».
Clara dejó el teléfono sobre la mesa. Una parte de ella quería que él supiera exactamente qué necesitaba sin tener que decirlo. Otra parte sabía que esa expectativa era la misma trampa de siempre.
Le llamó.
—No quiero que respondas que estamos bien si solo quieres evitar una discusión.
—No quería evitarla.
—Entonces, ¿por qué dijiste eso?
—Porque no sé cómo medir una relación en una semana en la que apenas hemos hablado.
—Podrías decir que me echas de menos.
—Te echo de menos.
—Podrías decir que estás preocupado.
—Estoy preocupado.
—¿Por qué?
—Porque estás aprendiendo a vivir en una ciudad que te ofrece cosas que yo no puedo ofrecerte.
Clara cerró los ojos.
—No tienes que competir con Barcelona.
—Lo sé.
—No lo sabes.
—Tienes razón. No lo sé todavía.
La conversación duró hasta pasada la medianoche. No resolvieron el cansancio, ni la distancia, ni el miedo. Pero al final, Marcos preguntó:
—¿Puedes contarme algo bueno de hoy?
Clara le habló de una autora que había aceptado publicar con ella. Él le contó que un niño había dibujado una casa en el nuevo taller de la librería.
Se despidieron después de compartir dos cosas pequeñas. A veces, eso era todo lo que podían sostener.
El viaje de Daniel
Daniel apareció en Barcelona sin avisar. Clara lo encontró en la cafetería de la editorial, con una mochila y cara de no haber dormido.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar con Marcos y no me coge el teléfono.
—Podrías haberle escrito.
—Le he escrito. Me ha contestado con un dibujo de una silla.
—Eso significa que estaba en una reunión.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo conozco.
Daniel la miró.
—¿Lo conoces?
Clara no respondió.
—La empresa familiar está peor de lo que os hemos contado —dijo él—. Papá ha vendido una parte del estudio. Si no pagamos la deuda, perderemos el edificio y varios proyectos.
—¿Incluida la librería?
—Incluido todo.
—¿Y qué puede hacer Marcos?
—Firmar una garantía. O encontrar una financiación alternativa.
Clara sintió que la antigua herida volvía a abrirse. Marcos estaba intentando salvar la librería mientras cargaba con un problema que no había elegido.
—¿Por qué no me lo ha contado?
—Porque cree que si sabes cuánto depende todo de él, le pedirás que se marche.
—No quiero que se marche. Quiero que deje de decidir solo.
Daniel asintió.
—Eso es exactamente lo que intento decirle.
Marcos llamó dos horas después. Daniel le contó que su hermano estaba en Barcelona. Hubo una discusión telefónica tan intensa que la recepcionista de la editorial tuvo que cerrar la puerta.
Al final, Marcos aceptó volver a Madrid para revisar las cuentas con un asesor independiente.
—No voy a firmar una garantía —dijo—. Pero tampoco voy a dejar que papá se hunda solo.
Clara le acompañó a la estación.
—No puedo resolver esto por ti.
—Lo sé.
—Pero puedo ayudarte a encontrar a alguien que sepa hacerlo.
—Eso es suficiente.
La noche en blanco
Clara pasó la noche en la editorial revisando manuscritos. A las tres de la madrugada, salió a la calle con un café y caminó hasta la playa. Barcelona estaba casi vacía. El mar no tenía la misma luz que el de Madrid, pero parecía decirle algo parecido: no puedes sujetarlo todo al mismo tiempo.
Marcos la llamó.
—¿Estás despierta?
—Sí.
—Yo también.
—¿Qué ha pasado?
—Nada nuevo. He mirado las cuentas y he descubierto que llevamos años maquillando el problema.
—¿Y qué vas a hacer?
—Decir la verdad.
—A tu padre no le gustará.
—A mí tampoco me gusta. Pero no puedo seguir construyendo sobre algo que se cae.
Clara miró el agua.
—A veces pienso que nos parecemos demasiado.
—¿Por qué?
—Los dos intentamos salvar cosas que quizá necesitan cambiar.
—La librería necesita cambiar.
—Y tú también.
—Estoy en ello.
—Yo también.
Marcos se quedó callado.
—¿Qué ves? —preguntó.
—El mar.
—Descríbemelo.
Clara le describió las farolas, el paseo vacío y una pareja que caminaba con un perro. Marcos le habló de la librería a oscuras, del ruido de los radiadores y de una ventana que no cerraba bien.
Durante casi una hora, estuvieron en dos ciudades distintas mirando cosas diferentes y compartiéndolas como si estuvieran juntos.
El regreso
Cuando Clara volvió a Madrid, la librería estaba cerrada. Encontró una nota en la puerta: «He ido a hablar con el banco. Vuelvo a las cinco».
Entró con la llave. El local estaba más vacío que de costumbre. La sala infantil tenía las paredes pintadas, pero faltaban muebles. Sobre el mostrador había un sobre dirigido a ella.
Dentro estaba la propuesta definitiva de la cooperativa y una carta breve.
«No sé si puedo prometerte que todo saldrá bien. Sí puedo prometerte que no volveré a ocultarte lo que está pasando. Si decides irte, tendrás derecho a hacerlo. Si decides quedarte, tendrás que hacerlo por ti. Yo intentaré estar a la altura de cualquiera de las dos decisiones.»
Clara leyó la carta tres veces.
Cuando Marcos volvió, la encontró sentada en el suelo de la sala infantil.
—¿Has venido a despedirte? —preguntó.
—No.
Él dejó las llaves.
—¿Has venido a quedarte?
—Tampoco.
Marcos asintió.
—Me parece justo.
—He venido a decirte que no quiero que tomes decisiones por miedo a perderme.
—Lo intentaré.
—Y yo no quiero tomar decisiones por miedo a necesitarte.
—Eso también puedes intentarlo.
Clara se levantó. No lo abrazó inmediatamente. Se quedó frente a él, dejando que el espacio entre ambos fuera una elección y no una defensa.
—¿Puedo besarte? —preguntó Marcos.
—Sí.
Esta vez el beso no borró el conflicto. Lo atravesó. Cuando se separaron, seguían teniendo problemas, pero ya no estaban solos dentro de ellos.
La campaña
La cooperativa necesitaba recaudar dinero en menos de ocho semanas. Clara propuso una campaña de micromecenazgo. Marcos diseñó las imágenes. Lucía escribió el texto de presentación y Daniel se ofreció a grabar un vídeo que salió demasiado serio.
—Pareces anunciar una catástrofe nacional —dijo Clara.
—La librería está en peligro.
—No hace falta que parezca que vamos a evacuar el barrio.
—¿Puedes hacerlo tú?
—Puedo intentarlo.
Clara se sentó frente a la cámara. Contó la historia de la librería, habló de los vecinos y explicó por qué un local cultural no era un lujo, sino un lugar de encuentro. No mencionó a Marcos, pero él aparecía al fondo colocando una estantería.
Grabaron seis versiones. En la séptima, Clara se olvidó del texto y habló con sus propias palabras.
—Si alguna vez has entrado en una librería solo para refugiarte de la lluvia, si has encontrado un libro que te acompañó cuando no sabías qué decir, si has querido que un barrio conserve algo que no puede medirse en metros cuadrados, quizá entiendas por qué estamos intentando salvar este lugar.
Cuando terminó, nadie dijo nada durante unos segundos.
—Esa —dijo Lucía.
El vídeo se publicó un martes por la noche. Al principio apenas tuvo visitas. Luego una lectora lo compartió. Después lo compartió una autora. Al día siguiente, una profesora de instituto lo envió a sus alumnos.