A dos pasos del amor La lista de Clara #7
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La lista de Clara #7

Las pequeñas aportaciones empezaron a llegar: diez euros, veinte, cincuenta. Una mujer escribió que había comprado allí su primer libro cuando se mudó a Madrid. Un hombre envió una fotografía de su hijo leyendo en la sala infantil.

Clara miraba la pantalla con incredulidad.

—No sabía que tanta gente lo recordara.

—Los lugares importantes casi siempre son más grandes de lo que parecen —dijo Marcos.

—¿Lo dices por la librería?

—Por la librería.

Ella supo que también hablaba de ellos.

La reunión con el banco

Marcos acudió a la reunión con el banco acompañado de Daniel y de un asesor independiente. Su padre ya estaba allí. Había llevado los planos de la operación inmobiliaria y una carpeta llena de cifras.

—Todavía puedes firmar la garantía —dijo—. Resolvería el problema en una semana.

—También pondría en riesgo mi patrimonio.

—La familia se ayuda.

—La familia informa antes de pedir.

Su padre apretó los labios.

—Te has vuelto igual que esa chica.

—No. Me he vuelto alguien capaz de pensar antes de obedecer.

Daniel observó a su hermano con una mezcla de orgullo y miedo. El banco hizo preguntas. Marcos respondió con los datos reales, incluso los que perjudicaban la posición de su padre. No aceptó maquillar las deudas ni presentar la librería como un activo libre de problemas.

Al terminar, el director del banco pidió tiempo para estudiar una reestructuración. No era una victoria. Al menos no era una derrota inmediata.

Su padre lo esperaba en la acera.

—Has puesto en peligro todo lo que he construido.

—No. He dejado de fingir que no estaba en peligro.

—¿Y qué vas a hacer si la empresa quiebra?

Marcos miró el edificio de enfrente. Durante años había pensado que su valor dependía de la cantidad de dinero que podía producir.

—Trabajar.

—¿Para quién?

—Para mí.

Su padre se marchó sin despedirse. Daniel se quedó junto a él.

—¿Te das cuenta de que quizá acabas de perderlo?

—Quizá.

—¿Y qué sientes?

Marcos respiró hondo.

—Tristeza. Y alivio.

La llamada de Barcelona

Clara recibió la llamada de la editorial mientras estaba en la cola de una farmacia. Le ofrecían un contrato más amplio y un despacho propio. Si aceptaba, tendría que pasar tres días a la semana en Barcelona durante al menos un año.

—Necesito pensarlo —dijo.

—Por supuesto. Pero necesitamos respuesta el viernes.

Clara salió a la calle. Madrid estaba gris y el tráfico avanzaba con lentitud. Llamó a Marcos.

—Me han ofrecido ampliar el contrato.

—Eso es estupendo.

—Significa más tiempo fuera.

—Lo sé.

—No me digas que no importa.

—No lo diré.

—¿No quieres que lo acepte?

Marcos tardó unos segundos.

—Quiero que lo aceptes si lo quieres tú.

—¿Y si lo quiero y al mismo tiempo quiero quedarme contigo?

—Entonces tendremos que descubrir si las dos cosas caben en la misma vida.

—¿Y si no caben?

—Tendremos que decidir qué espacio podemos hacer.

Clara se sentó en un banco.

—Estoy cansada de hacer espacio.

—Yo también.

—No quiero que nuestra relación sea siempre una reforma.

—Entonces dejemos de tratarla como una obra provisional.

La frase la sorprendió.

—¿Qué significa eso?

—Que podemos hablar de vivir juntos.

Clara dejó de respirar durante un instante.

—¿Estás pidiéndome que me mude contigo?

—No. Estoy diciendo que quizá debemos dejar de vivir como dos personas que esperan que el futuro decida por ellas.

—Eso suena muchísimo a una propuesta.

—Es una conversación.

—¿Y si digo que sí?

—Seguiremos conversando.

Clara se echó a reír, a pesar del miedo.

—Eres terrible haciendo propuestas.

—Pero sigo intentando.

Una casa sin planos

Visitaron tres pisos. El primero tenía una cocina demasiado pequeña. El segundo costaba más de lo que podían pagar. El tercero estaba en un edificio antiguo, cerca de la librería, con una habitación que podía ser despacho y un balcón lleno de luz.

—Aquí caben tus libros —dijo Marcos.

—Aquí caben tus planos.

—Y una mesa grande.

—Para discutir.

—Para trabajar.

—Es lo mismo contigo.

La agente inmobiliaria los dejó solos unos minutos. Clara entró en la habitación del fondo. Por la ventana se veía una hilera de tejados y, al final, una torre conocida.

—Desde aquí se ve la librería —dijo.

Marcos se acercó.

—No tienes que decidir hoy.

—Lo sé.

—Ni conmigo.

—Lo sé.

—¿Por qué me miras así?

—Porque estoy intentando descubrir cuándo dejaste de darme miedo.

—¿Y lo has descubierto?

—No. Ahora me da miedo de otra manera.

Marcos apoyó la espalda en la pared.

—Puedo vivir con eso.

—No es una autorización.

—Es una información.

Clara miró el balcón. Imaginó una mesa con dos tazas, cartas de tren, libros abiertos y discusiones sobre las facturas. No era una fantasía perfecta. Precisamente por eso le pareció posible.

—Podríamos hacer una oferta —dijo.

Marcos no sonrió enseguida. La miró para asegurarse de que no estaba diciendo que sí por miedo.

—¿Quieres hacerlo?

—Quiero intentarlo.

—Entonces hagámosla.

La oferta fue aceptada una semana después. No se mudaron inmediatamente. Primero revisaron las cuentas, contrataron a un abogado y decidieron repartir los gastos. Clara insistió en que el contrato estuviera a nombre de los dos.

—No voy a vivir en una casa que pertenezca solo a ti.

—No quiero que lo hagas.

—Y tampoco quiero que te encargues de todas las reparaciones.

—Eso no puedo prometerlo.

—Aprenderás.

La visita de Irene

Irene acudió a la librería antes de marcharse a Lisboa. Llevaba una caja pequeña.

—Es para Marcos —dijo.

Clara la invitó a pasar.

—¿Has venido a despedirte?

—A despedirme y a pedirte algo.

—¿A mí?

—Sí. No quiero que lo detengas si algún día decide irse.

Clara se cruzó de brazos.

—No lo detengo.

—Lo sé. Pero él puede confundir tu necesidad de seguridad con una obligación.

—¿Y tú puedes ofrecerle seguridad?

Irene sonrió de manera cansada.

—No. Puedo ofrecerle un proyecto. No es lo mismo.

La caja contenía una maqueta pequeña de la primera casa que Marcos había diseñado en Londres. La había construido durante su primer año fuera.

—Él la dejó en mi estudio —explicó Irene—. Creo que debería tenerla.

Clara tocó el tejado de cartón.

—Gracias.

—No tienes que darme las gracias. Solo quería que entendieras que no hay una historia entre nosotros.

—No la necesito.

—No. Pero quizá necesitas saber que él no se marcha porque no te quiere. A veces se marcha porque cree que es lo único que sabe hacer.

Irene se fue antes de que Clara pudiera responder.

Cuando Marcos llegó, encontró la maqueta sobre el mostrador.

—¿De dónde ha salido?

—Irene la ha traído.

—¿Has hablado con ella?

—Sí.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que no hay una historia entre vosotros.

Marcos suspiró.

—Nunca la hubo.

—Ahora lo sé.

—¿Y qué más te ha dicho?

—Que a veces te marchas porque crees que es lo único que sabes hacer.

Marcos miró la maqueta.

—Tiene razón.

Clara le tomó la mano.

—Entonces aprende otra cosa.

El día de las firmas

La cooperativa alcanzó la cantidad necesaria dos días antes del plazo. El último ingreso lo hizo un grupo de antiguos alumnos de la escuela del barrio. Querían que la sala infantil llevara el nombre de su profesora de literatura.

La firma se celebró en el ayuntamiento. Clara estampó su nombre junto al de Amalia, Lucía, Daniel, Marcos y los demás socios. Cuando terminaron, todos aplaudieron.

Clara miró a Marcos. Él tenía los ojos brillantes, pero no parecía avergonzado.

—Lo has conseguido —dijo ella.

—Lo hemos conseguido.

—No vuelvas a corregirme.

—Es una costumbre difícil.

Al salir, el sol había vuelto. Lucía organizó una comida improvisada en la plaza. Daniel llevó una botella de vino y Amalia repartió fotografías antiguas del edificio.

Marcos recibió una llamada de su padre. Se apartó unos metros para contestar. Clara no lo siguió. Cuando volvió, parecía cansado.

—¿Qué ha dicho?

—Que el banco acepta estudiar la reestructuración si vendo mi participación en la empresa.

—¿Lo harás?

—Sí.

—¿Y tu relación con él?

—No lo sé.

Clara se acercó.

—No tienes que resolverlo hoy.

—Me gustaría que todo tuviera una firma y una fecha.

—Algunas cosas necesitan más tiempo.

—Odio eso.

—Ya lo sé.

Marcos apoyó la frente en la de ella.

—Gracias por no intentar salvarme.

—Gracias por no pedírmelo.

Se besaron bajo la sombra de un árbol. Alrededor, sus amigos hablaban, reían y discutían sobre el postre. La felicidad no llegó como una recompensa limpia. Llegó mezclada con cansancio, deudas y decisiones pendientes.

Pero llegó.

La mudanza

Mudarse juntos resultó menos romántico de lo que habían imaginado. Había cajas, facturas, una discusión sobre quién había perdido las llaves y una planta que Clara insistía en colocar junto a la ventana aunque Marcos decía que allí no había suficiente luz.

—La planta sobrevivirá —dijo ella.

—Eso dijiste de la cafetera.

—La cafetera tenía problemas previos.

—La compramos juntos.

—Por eso se sintió bajo presión.

Trabajaron durante un sábado entero. Por la tarde, la casa ya parecía habitable. La habitación que habían elegido como despacho estaba llena de libros y planos. En la cocina había dos tazas distintas, una cafetera nueva y una lista de tareas pegada a la nevera.

Marcos miró la lista.

—¿Por qué has escrito «hablar de lo importante»?

—Porque solemos hablar de lo urgente.

—¿Y qué es lo importante?

—No lo sé. Por eso está en la lista.

Marcos añadió: «No convertir la lista en una excusa para no hablar».

Clara lo miró.

—Empiezas a entender mis métodos.

—Me estoy adaptando.

—Eso es amor.

—Eso es supervivencia.

Esa noche durmieron en un colchón en el suelo. No habían montado la cama. Clara despertó de madrugada y encontró a Marcos mirando el techo.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Esa palabra está prohibida.

Marcos sonrió.

—Estoy pensando que hace un año no conocía tu nombre y ahora sé cómo respiras cuando estás a punto de decir algo que te da miedo.

—Eso es muy inquietante.

—También sé que te tapas un pie cuando tienes frío y que finges no necesitar ayuda con las bolsas.

—No necesito ayuda.

—Lo sé.

—Pero puedes llevar una.

Marcos le besó la frente.

—Trato hecho.

Las reglas de la casa

Las reglas aparecieron después de la primera semana. Clara escribió cinco. Marcos añadió otras cinco.