A dos pasos del amor La lista de Clara #5
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La lista de Clara #5

—Ahora tienes un sofá y una cafetería.

—Y una amiga que ocupa mi habitación de invitados.

Clara sonrió.

—No quiero que mi vida dependa de una relación.

—Entonces no dejes que dependa de evitarla.

La frase se quedó con ella. A la mañana siguiente, Clara llamó a la editorial de Barcelona y pidió una segunda entrevista. No quería que su carrera fuera una reacción a Marcos, del mismo modo que no quería que quedarse en Madrid fuera una reacción contra él.

La decisión de Marcos

Marcos pasó dos días sin ir a la librería. Caminó por Madrid con el teléfono en el bolsillo y el proyecto de Lisboa sobre la mesa de su estudio. La propuesta era excelente. Cualquier arquitecto de su edad habría aceptado sin pensarlo.

Pero él no era cualquier arquitecto. Había pasado años aceptando proyectos para demostrar que podía estar a la altura de su familia. El hotel cultural era una oportunidad, sí, pero también una forma elegante de volver a escapar.

Daniel apareció en el estudio con dos cafés.

—Papá quiere una respuesta.

—Siempre quiere una respuesta.

—Esta vez la necesita.

Marcos no abrió la carpeta.

—¿Qué vas a hacer tú?

Daniel se sentó en el borde de la mesa.

—No lo sé.

—Eso es lo que le dices a todo el mundo.

—Porque es verdad.

—No. Es una forma de ganar tiempo.

Marcos aceptó el golpe. Daniel tenía razón. Él había convertido la espera en una estrategia. Mientras no decidiera, podía fingir que todas las posibilidades seguían abiertas.

—Quiero quedarme con la cooperativa —dijo.

—Entonces quédate.

—No es tan sencillo.

—Nunca lo es. Eso no significa que necesites más información.

Marcos abrió la carpeta y sacó el contrato.

—Si rechazo Lisboa, pierdo el dinero que podía usar para devolverle a papá su parte del edificio.

—Y si lo aceptas, pierdes la oportunidad de decidir quién quieres ser.

—¿Desde cuándo hablas como Clara?

—Desde que te escucho hablar como papá.

Marcos se quedó mirando los planos de la librería. Durante meses había pensado que salvarla era una forma de salvar su pasado. Ahora entendía que también era una oportunidad para no repetirlo.

—Voy a rechazar Lisboa.

Daniel asintió.

—¿Se lo vas a contar a Clara?

—No para que vuelva.

—Entonces, ¿para qué?

—Para que sepa que he decidido por mí.

El mensaje que no envió

Marcos escribió a Clara seis mensajes. En el primero le contó lo de Lisboa. En el segundo le dijo que la echaba de menos. En el tercero intentó explicar la deuda familiar. En el cuarto pidió perdón. En el quinto dijo que no esperaba nada.

Los borró todos.

Al final, escribió una sola frase: «He tomado una decisión. Cuando quieras hablar, estaré en la librería».

Clara lo recibió mientras viajaba a la entrevista. No respondió. Guardó el teléfono y miró por la ventanilla.

La entrevista fue en una sala blanca, demasiado luminosa. Le preguntaron si estaría dispuesta a trasladarse en un mes. Clara habló de la colección, del trabajo con autores y del tipo de lector que quería alcanzar. No mencionó la librería.

Al salir, llamó a Marcos.

—He rechazado Lisboa —dijo él cuando contestó.

—No tenías que hacerlo por mí.

—No lo he hecho por ti.

—¿Estás seguro?

—No. Pero estoy seguro de que no quiero aceptarlo para demostrarle algo a mi padre.

Clara se sentó en un banco de la estación.

—Me alegro de que lo hayas decidido.

—¿Eso es todo?

—No sé qué más puedo decir.

—Que quieres volver.

—Todavía no lo sé.

Marcos respiró hondo.

—De acuerdo.

—¿No vas a insistir?

—No.

—¿Por qué?

—Porque quiero que vuelvas si quieres volver, no porque te haya convencido.

Clara cerró los ojos. Era exactamente la respuesta que había necesitado y, por eso mismo, era más difícil resistirse.

La cooperativa

La reunión con el abogado tuvo lugar en una sala prestada por el ayuntamiento. Clara llegó con una carpeta llena de notas. Marcos llegó con los planos. Amalia llevó una bolsa de caramelos. Lucía llegó tarde y pidió disculpas durante cinco minutos.

El abogado explicó que la cooperativa podía comprar el derecho de uso del local durante diez años, siempre que reunieran una cantidad inicial. No podían salvar todo el edificio, pero podían proteger la librería.

—¿Y si no conseguimos el dinero? —preguntó Clara.

—Perderán la opción.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Tres meses.

Marcos miró a Clara. Antes habría propuesto pedir un préstamo. Ella habría respondido que no quería deberle nada. Ahora ambos esperaron a que hablara el grupo.

Una vecina propuso cuotas mensuales. Otro ofreció organizar un mercadillo. Lucía prometió donar los beneficios de dos fines de semana. Daniel, después de un largo silencio, dijo que aportaría una parte de sus ahorros.

—No quiero que esto dependa de los Ferrer —dijo Clara.

—No depende de los Ferrer —respondió Daniel—. Depende de nosotros.

Marcos no dijo nada. Al terminar la reunión, Clara salió con él a la calle.

—¿Qué estás pensando?

—Que esta vez no hay un héroe.

—Mejor.

—Y tampoco hay una persona a la que culpar si sale mal.

—Peor.

—Mucho peor.

Clara sonrió por primera vez en varios días.

—Vas aprendiendo.

—Estoy intentando no llegar tarde a todo.

La carta de la editorial

La oferta de Barcelona llegó un viernes. Era mejor de lo que Clara esperaba: un contrato de un año, salario suficiente para vivir sola y la posibilidad de coordinar una colección desde Madrid parte del tiempo.

Lucía leyó el correo por encima de su hombro.

—Esto es bueno.

—Sí.

—¿Por qué pareces estar a punto de llorar?

—Porque sigue siendo bueno aunque ahora me duela.

Clara aceptó la oferta. No llamó inmediatamente a Marcos. Quería decírselo cara a cara, no como una noticia que pudiera esconderse en una pantalla.

Lo encontró en la librería, colocando una estantería en la sala infantil.

—He aceptado el trabajo —dijo.

Marcos bajó el destornillador.

—Enhorabuena.

—Empiezo en tres semanas.

—De acuerdo.

—Tendré que viajar.

—Lo sé.

—Y no sé qué va a pasar con nosotros.

—Yo tampoco.

Clara había preparado argumentos para defenderse, pero él no la atacó. La ausencia de lucha le dejó las manos vacías.

—¿No vas a preguntarme si quiero volver?

—Quiero que vuelvas.

—Pero no vas a pedírmelo.

—No quiero convertirlo en una condición.

Clara se acercó a la estantería. En la madera había una marca de lápiz que señalaba la altura de los libros para niños.

—Podemos intentarlo —dijo.

Marcos dejó el destornillador.

—¿A distancia?

—Con trenes, llamadas y discusiones por la hora de dormir.

—No soy bueno con las llamadas.

—Puedes aprender.

—¿Y si no funciona?

—Entonces lo hablaremos. No quiero que dejemos de querernos por miedo a descubrirlo.

Marcos le tomó la mano.

—Eso no suena a una promesa.

—Es un acuerdo.

—Me gustan más los acuerdos.

—Lo sé.

La noche del balcón

Celebraron la decisión en el balcón de Clara con comida para llevar. La ciudad se extendía bajo ellos, llena de luces y ventanas abiertas. En algún piso, alguien tocaba el piano. En otro, una pareja discutía sobre las vacaciones.

—¿Qué vas a echar más de menos? —preguntó Marcos.

—Las mañanas.

—¿Las mañanas de la librería?

—Las mañanas contigo fingiendo que el café es una solución.

Marcos sonrió.

—Es una solución parcial.

—¿Y tú?

—Tu forma de decir que no cuando quieres decir que sí.

—Eso no tiene sentido.

—Precisamente.

Clara apoyó los pies en la barandilla.

—No quiero que nos acostumbremos a vivir como si el otro estuviera de visita.

—Entonces tendremos que visitarnos muchas veces.

—No es suficiente.

—No. Pero será mejor que esperar a que exista una solución perfecta.

Ella le miró.

—¿Cuándo te has vuelto tan práctico?

—He sido práctico toda mi vida.

—No. Has sido controlador.

—Eso también.

Clara le besó. Más tarde, cuando se quedaron en silencio, Marcos sacó el cuaderno de tapas negras que ella le había regalado. Había dibujado una casa con dos entradas y una habitación central llena de libros.

—¿Qué significa? —preguntó Clara.

—Que no sé cómo se hace una vida compartida sin perder el espacio propio.

—Podemos dibujarla mientras la construimos.

—¿Juntos?

—Juntos.

La palabra no resolvía nada. Pero colocaba una primera piedra.

Los trenes

Durante el primer mes, Clara aprendió que una relación a distancia se construía con horarios. Había trenes a las seis y cuarto, a las ocho y diez y a las nueve menos cinco. El último era más barato, pero llegaba demasiado tarde para abrir la librería al día siguiente.

Marcos aprendió a preparar una mochila pequeña. Metía un cuaderno, un cargador, dos camisetas y el plano que estuviera dibujando. Clara se burlaba de que llevara siempre las mismas zapatillas.

—No necesito más.

—Eso dice alguien que nunca ha tenido que elegir ropa para tres días.

—Tengo un sistema.

—Tu sistema consiste en llevar negro.

—Es un sistema eficiente.

Las despedidas en Atocha eran breves al principio. Clara odiaba que otros pasajeros pudieran verlos abrazados, así que se separaba antes de tiempo. Marcos fingía no darse cuenta.

Con el tiempo, dejaron de fingir. Se besaban junto a la puerta del tren, se decían que se llamaran al llegar y se quedaban mirando hasta que el convoy desaparecía.

Una noche, el tren de Clara se retrasó tres horas. Marcos había pasado el día trabajando y estaba agotado, pero fue a buscarla a la estación. Ella lo encontró sentado en un banco, dormido con el teléfono en la mano.

—Podías haberte ido.

—Podía.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque dijiste que llegarías.

Clara se sentó a su lado.

—Eso no es suficiente.

—Para mí sí.

No se dijeron nada más. Volvieron caminando mientras la ciudad amanecía.

La primera visita a Barcelona

Marcos viajó a Barcelona en noviembre. Clara lo llevó a la editorial, le presentó a sus compañeros y le enseñó el despacho pequeño desde el que coordinaba la colección. Él observó los libros apilados, las notas en las paredes y la ventana que daba a una calle llena de bicicletas.

—Aquí pareces feliz —dijo.

—Lo soy.

—Bien.

—¿Esperabas otra respuesta?

—No.

—Estás mintiendo.

—Un poco.

Clara se acercó.

—Mi felicidad no te quita nada.

—Lo estoy aprendiendo.