A dos pasos del amor La lista de Clara #4
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La lista de Clara #4

La frase le dio más calma que cualquier declaración definitiva.

Una conversación con Lucía

Lucía no confiaba en las decisiones que empezaban con «ya veremos». Por eso arrastró a Clara a una mesa del fondo de la cafetería y le puso delante un cuaderno.

—Haz dos columnas.

—¿Qué columnas?

—Lo que quieres y lo que temes.

—No necesito terapia en una servilleta.

—No es terapia. Es contabilidad emocional.

Clara tomó el bolígrafo. En la primera columna escribió: volver a trabajar, recuperar su independencia, aprender algo nuevo, demostrar que la despidieron de un empleo y no de una identidad.

En la segunda: alejarse de Marcos, abandonar la librería, descubrir que la relación solo funcionaba porque estaban siempre en el mismo lugar.

Lucía leyó la lista sin comentar.

—Hay una cosa que no has escrito.

—¿Cuál?

—Que quieres quedarte.

Clara apretó el bolígrafo.

—No sé si quiero quedarme o si tengo miedo de marcharme.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

—Eso no ayuda.

—No siempre hay que ayudarte a elegir. A veces solo hay que impedir que conviertas la duda en una condena.

Clara miró hacia la ventana. Marcos estaba al otro lado de la calle, hablando con un proveedor. No sabía cuánto tiempo llevaba allí.

—¿Y si me quedo y luego me arrepiento?

—Te arrepentirás de algo de todos modos. La cuestión es si el arrepentimiento te encontrará viviendo o esperando.

Clara cerró el cuaderno.

—¿Desde cuándo eres tan sabia?

—Desde que cobro por los cafés. La gente cuenta sus problemas cuando recibe la cuenta.

La entrevista

La entrevista con Barcelona ocurrió en la sala de reuniones de la librería, entre una estantería desmontada y dos cajas de novelas. Clara se puso una camisa blanca. Marcos le dijo que parecía una persona importante.

—¿Y antes no lo parecía?

—Antes parecías una persona que podía arruinarme la vida.

—Qué romántico.

—Estoy mejorando.

La entrevista duró cuarenta minutos. Le preguntaron por su experiencia, por el tipo de catálogo que quería desarrollar y por qué había dejado la editorial anterior. Clara respondió sin hablar de resentimiento. Al terminar, se quedó mirando la pantalla apagada.

—Lo has hecho bien —dijo Marcos.

—No necesito que me tranquilices.

—No te tranquilizo. Te lo digo.

—¿Y si me eligen?

—Entonces tendrás una decisión que tomar.

—¿Y si no me eligen?

—Entonces tendrás otra decisión.

Clara soltó el aire.

—Odio que todo parezca tan sencillo cuando lo dices tú.

—No parece sencillo. Solo parece que todavía tienes opciones.

Ella se levantó y empezó a recoger los vasos. Marcos la detuvo con una mano.

—No tienes que decidir hoy.

—Pero tú quieres saberlo.

—Quiero que me lo cuentes cuando lo sepas.

—¿Y si la respuesta te duele?

—Me dolerá más si te quedas por miedo a hacerme daño.

Clara le sostuvo la mirada.

—A veces eres insoportablemente razonable.

—Es mi encanto oculto.

—Lo ocultas muy bien.

Se besaron junto a la pantalla apagada. La entrevista seguía siendo una amenaza, pero ya no parecía una traición.

La visita al piso de Clara

Marcos nunca había estado en el piso de Clara. Ella lo había considerado un territorio privado, lleno de cajas sin abrir y libros apilados donde no debían. Una noche, después de cerrar, lo invitó a subir.

—No juzgues el desorden.

—No juzgo los espacios. Los analizo.

—Eso es peor.

El piso era pequeño y cálido. Había una mesa junto a la ventana, una planta que sobrevivía por pura resistencia y fotografías de Madrid tomadas desde distintos balcones. Marcos se detuvo ante una imagen de la librería.

—¿La hiciste tú?

—El día que llegué al barrio.

—¿Por qué la fotografiaste?

—Me gustaba pensar que había lugares que no tenían que cambiar para ser importantes.

Marcos la miró.

—Eso no es cierto.

—¿Qué parte?

—La librería está cambiando.

—Porque tú has llegado con tus planos.

—Porque tú has abierto las ventanas.

Clara encendió una lámpara. La habitación se llenó de una luz amarilla.

—¿Quieres cenar?

—¿Sabes cocinar?

—Sé pedir comida.

—Es una habilidad subestimada.

Comieron sentados en el suelo. Marcos descubrió que Clara guardaba las cartas de rechazo de varias editoriales en una caja. No las había tirado porque cada una le recordaba una versión de sí misma que había seguido intentándolo.

—¿Por qué no me contaste esto? —preguntó.

—Porque no quería que pensaras que soy insegura.

—Todo el mundo es inseguro sobre algo.

—Tú no.

—Yo tengo una colección completa.

Clara apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Qué te da miedo?

—Que si dejo de ser útil, nadie tenga una razón para quedarse.

—Eso no es amor.

—Lo sé. Pero es lo que aprendí.

Clara tomó su mano.

—Puedes desaprenderlo.

—¿Con tu ayuda?

—Con la tuya primero.

El segundo beso

Marcos durmió en el sofá. Clara insistió en que era tarde para que regresara a su casa, aunque ambos sabían que la verdadera razón era que no quería que la noche terminara.

Por la mañana, él estaba preparando café en la cocina.

—No sabía que tenías una cafetera tan complicada.

—No es complicada. Solo está rota de una manera específica.

—Eso describe varias cosas de tu vida.

Clara abrió la nevera. Solo había yogures y medio limón.

—Puedo comprar algo.

—Ya lo he hecho.

Marcos señaló una bolsa de pan y fruta.

—¿Has ido a comprar?

—He pasado por una tienda.

—Eso cuenta.

—No sabía qué te gustaba.

—Has comprado mis cereales.

—Los vi en la librería una vez.

Clara se volvió lentamente.

—¿Te acuerdas de mis cereales?

—Me acuerdo de muchas cosas.

—Eso es peligroso.

—Lo sé.

Ella se acercó. No necesitaban hablar de la entrevista, de Barcelona ni de la oferta de Lisboa. Todas esas cosas seguirían allí después. Marcos le puso una mano en la cintura y la besó con una confianza nueva, menos defensiva.

Cuando se separaron, Clara apoyó la frente contra la suya.

—Este sí era una cita.

—¿Por el café?

—Por los cereales.

El primer viaje de Clara

Clara viajó sola a Barcelona para conocer las oficinas de la editorial.

El tren salió temprano y Madrid se deshizo detrás de la ventanilla.

Durante el trayecto, Marcos le envió tres mensajes: uno para desearle suerte, otro para preguntarle si había desayunado y otro que decía simplemente: «No tienes que responder ahora».

Ella respondió al tercero.

«He desayunado. La estación está llena. Estoy nerviosa.»

Él contestó: «Puedes estar nerviosa y hacerlo bien.»

La entrevista presencial fue mejor que la primera. Le enseñaron la oficina, le presentaron al equipo y le hablaron de un proyecto que le interesaba mucho. Al salir, Clara caminó durante una hora sin llamar a nadie.

En la playa, se sentó frente al mar. Le gustaba que el horizonte no pareciera exigir una respuesta inmediata.

Marcos la llamó al atardecer.

—¿Cómo ha ido?

—Bien.

—¿Solo bien?

—Muy bien.

—Entonces es una buena noticia.

—Podría serlo.

—¿Qué necesitas?

Clara miró las olas.

—Que no me preguntes si voy a volver.

—De acuerdo.

—Y que no me digas que te quedarás esperándome.

—De acuerdo.

—Y que no te alejes antes de que yo decida.

Hubo un silencio al otro lado.

—De acuerdo —dijo Marcos—. Puedo hacer eso.

Clara cerró los ojos.

—Te echo de menos.

—Yo también.

No era una solución. Era una verdad compartida. Por ahora, bastaba.

El malentendido

Cuando Clara regresó, encontró a Marcos con Irene en la librería. Revisaban los planos de la nueva sala. Irene se inclinaba sobre el papel y Marcos señalaba una medida.

Clara se detuvo en la puerta.

—No sabía que venías.

Marcos levantó la vista.

—Irene ha traído una propuesta para la iluminación.

—Podrías haberme avisado.

—Pensaba hacerlo.

—Pero no lo hiciste.

Irene recogió sus cosas.

—Me voy.

—No tienes que hacerlo —dijo Marcos.

—Sí tengo.

Cuando se quedaron solos, Clara dejó la maleta junto a la pared.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—No me digas nada.

—No quiero discutir.

—Yo tampoco. Quiero saber por qué siempre me entero de las cosas después.

Marcos pasó una mano por su pelo.

—Porque estaba intentando evitar una discusión.

—Y has conseguido que parezca que ocultabas algo.

—No ocultaba nada.

—¿Cuántas veces tengo que oír eso antes de que signifique algo?

Marcos se quedó callado. Clara sintió que la rabia empezaba a sustituir a la tristeza.

—No puedo hacer esto —dijo.

—¿Esto qué?

—Volver a una relación en la que tengo que interpretar cada silencio.

—No te estoy pidiendo que interpretes nada.

—Entonces habla.

Marcos señaló los planos.

—Irene ha aceptado el proyecto de Lisboa. Me ha propuesto ir con ella.

Clara sintió que el suelo cambiaba bajo sus pies.

—¿Y cuándo pensabas contármelo?

—Hoy.

—Después de que regresara.

—No sabía cómo.

—Podrías haber empezado por la verdad.

Marcos dio un paso hacia ella.

—No he aceptado.

—Todavía.

—Clara.

—No puedo quedarme en una habitación donde siempre estoy esperando que aparezca la siguiente decisión.

Cogió la maleta.

—Necesito irme.

—¿A tu casa?

—A pensar.

—¿Cuánto tiempo?

—El suficiente para saber si estoy enamorada de ti o de la versión de nosotros que podría existir si dejaras de huir.

Se fue antes de que él respondiera. Esta vez no cerró la puerta con cuidado.

La habitación de invitados

Clara pasó tres noches en casa de Lucía. La habitación de invitados era pequeña y tenía una ventana que daba a un patio interior. Por las mañanas escuchaba a una vecina cantar mientras tendía la ropa. Por las noches, el ruido de la ciudad llegaba amortiguado por las paredes.

—Puedes volver a tu piso —dijo Lucía la segunda noche.

—Lo sé.

—También puedes llamar a Marcos.

—Lo sé.

—Y puedes no hacer ninguna de las dos cosas.

Clara dejó el teléfono sobre la mesa.

—No quiero que me diga que no va a Lisboa. Quiero que sepa si quiere ir.

—Eso es muy adulto.

—Me está poniendo de mal humor.

—La madurez suele ser decepcionante.

Clara se tumbó en la cama. Había una caja de fotografías bajo la ventana. Lucía la había guardado allí hacía años. Sacó una al azar. Aparecían las dos en la universidad, con el pelo más corto y una confianza que todavía no habían aprendido a cuestionar.

—¿Te acuerdas de cuando pensábamos que a los treinta tendríamos todo resuelto?

—Yo pensaba tener una casa, un trabajo estable y una pareja que supiera montar muebles.