La lista de Clara #3
—Novela negra: ciento dieciséis.
—Ciento diecisiete. Te has olvidado de la edición de bolsillo.
—La edición de bolsillo se ha escondido.
—Los libros no se esconden.
—Los de esta estantería sí.
Mientras buscaban el ejemplar, Clara encontró un papel doblado entre dos novelas. Era una lista de compras escrita por alguien años atrás: pan, leche, pilas, un libro para mamá. La caligrafía temblaba y la tinta se había desvaído.
—Me gusta imaginar quién escribió esto —dijo.
—Probablemente alguien que olvidó comprar las pilas.
—No puedes demostrarlo.
Marcos se apoyó en la escalera.
—¿Qué libro comprarías si solo pudieras llevarte uno a una isla?
—Eso es una pregunta trampa. No querría ir a una isla con una sola opción.
—Te estás escapando.
—No. Estoy señalando un problema de planificación.
—Entonces, ¿qué tres libros?
Clara le dio tres títulos. Marcos eligió tres completamente distintos. Discutieron durante veinte minutos y acabaron creando una lista común de seis, porque ninguno consiguió convencer al otro.
—Tienes una forma muy rara de negociar —dijo Marcos.
—Tú me has enseñado.
—Yo cedo más de lo que crees.
—Solo cuando ya has conseguido lo que querías.
Marcos bajó de la escalera y quedó demasiado cerca. Clara sintió el olor a café y madera de sus manos.
—¿Y qué quiero? —preguntó.
Ella podía haber respondido con una broma. En cambio, dijo:
—Que te vean como alguien que no va a fallar.
La expresión de Marcos cambió. No era enfado. Era reconocimiento.
—¿Y tú qué quieres?
—Que no me vuelvan a dejar sosteniendo sola algo que construimos entre dos.
El silencio no fue incómodo. Fue una puerta abierta.
El taller de cartas
Clara propuso un taller para niños: escribir cartas a un personaje de ficción. Marcos se ofreció a construir los buzones de cartón. Terminó fabricando una estructura de madera con pequeños compartimentos y etiquetas pintadas a mano.
—Esto es demasiado para un taller de dos horas —dijo Clara.
—No sabía hacer algo pequeño.
—Ya me había dado cuenta.
Los niños llegaron con lápices de colores. Una niña escribió a una bruja para pedirle que dejara de estar sola. Un niño escribió a un dragón y le explicó que no necesitaba quemar casas para que lo invitaran a las fiestas.
Marcos se sentó en el suelo junto a ellos, sin preocuparse por mancharse los pantalones. Clara lo observó desde la mesa de materiales. Había algo tierno en su manera de escuchar a los niños como si cada carta contuviera una instrucción para vivir mejor.
Al terminar, encontraron un sobre dirigido a «la persona que arregla la librería». Dentro había un dibujo de dos adultos con las manos unidas y una casa entre ambos.
—¿Lo has hecho tú? —preguntó Marcos.
—No tengo esa imaginación.
—Podrías dibujarme con más pelo.
—La autora tiene ocho años. No le pidas milagros.
La niña que había escrito la carta se acercó.
—No es una casa —dijo—. Es una librería.
—¿Y por qué estamos los dos?
—Porque si uno arregla algo solo, se vuelve a romper.
Marcos miró a Clara. Ella fingió ordenar los lápices.
—Tu público es muy exigente —dijo.
—Estoy empezando a entenderlo.
Después del taller, tuvieron que limpiar pintura de las mesas. Marcos le manchó la nariz con un dedo azul. Clara le devolvió el gesto en la mejilla. La guerra de colores duró cinco minutos y terminó con los dos riéndose en medio de la sala.
Cuando se quedaron solos, Marcos le limpió una mancha de la cara.
—Esto tampoco era una cita —dijo Clara.
—Ya no sé qué cosas son citas.
—Las que terminan con alguien besando a alguien.
—Entonces esta podría serlo.
—Podría.
Marcos se inclinó, pero se detuvo antes de tocarla.
—¿Puedo?
La pregunta, tan sencilla, desarmó algo en ella. Clara asintió. El beso fue lento y cuidadoso, como si ambos estuvieran aprendiendo un idioma nuevo.
La llave
Amalia entregó a Clara una copia de la llave de la librería. Era antigua, pesada y llevaba una etiqueta de metal con el número del local.
—Solo los propietarios tenían una —explicó.
—Yo no soy propietaria.
—Todavía.
Clara cerró la mano sobre la llave.
—No sé si puedo aceptar algo así.
—No te estoy pidiendo que compres nada. Te estoy pidiendo que entiendas que este lugar no funciona si todo depende de una sola persona.
Marcos escuchaba desde la puerta.
—La cooperativa necesita más personas con llave —dijo.
—¿Tú tienes una?
—Sí.
—¿Y te gusta tenerla?
Marcos pensó antes de responder.
—Me gusta saber que puedo abrir. No que tenga derecho a decidir quién entra.
Clara miró la llave.
Esa noche, al cerrar, ella le dio la copia a Marcos.
—Guárdala tú.
—¿Por qué?
—Porque todavía me da miedo que si tengo una llave de todo esto me olvide de que puedo irme.
Marcos cerró sus dedos alrededor de los de ella.
—Tener una llave nunca debería impedirte salir.
—Lo sé.
—Y si algún día te vas, no voy a cambiar la cerradura para castigarte.
—Más te vale.
—Pero espero que vuelvas.
Clara levantó la mirada.
—Eso sí puedes pedirlo.
Lisboa: una nueva etapa
Irene volvió un martes con una carpeta negra. Esta vez esperó a que Clara terminara de atender a un cliente antes de acercarse.
—No quiero incomodarte —dijo.
—Ya lo estás haciendo, pero puedes continuar.
Irene sonrió.
—Marcos no me ha dado una respuesta. Pensé que quizá tú sabías por qué.
—No soy su representante.
—No. Pero pareces ser la persona que le recuerda que tiene una vida fuera del trabajo.
Clara no supo si sentirse ofendida o agradecida.
—¿Qué ofrece el proyecto?
—Dinero, prestigio y una oportunidad que no aparece dos veces.
—¿Y qué pide?
—Seis meses en Lisboa. Dedicación total.
Clara cerró la caja.
—Entonces debería aceptar si es lo que quiere.
—¿Y si no sabe lo que quiere?
—Eso no puedes resolverlo tú. Ni yo.
Irene la miró con atención.
—Te pareces a él más de lo que crees.
—Eso no me tranquiliza.
—No lo decía como un insulto. Los dos creéis que elegir una cosa significa destruir todas las demás.
Después de que Irene se marchara, Clara fue a buscar a Marcos al estudio. Lo encontró dormido sobre los planos. Tenía el teléfono lleno de llamadas perdidas y la camisa arrugada.
—Despierta.
Marcos abrió los ojos.
—¿Qué ocurre?
—Irene ha venido.
—¿Qué quería?
—Que aceptaras Lisboa.
—No ha dicho eso.
—No hace falta. Se le notaba.
Marcos se incorporó.
—No voy a ir.
—No decidas para tranquilizarme.
—No lo hago por ti.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque no quiero volver a construir la vida que mi familia considera correcta.
—¿Y si yo no existiera?
Él la miró.
—Seguiría queriendo quedarme en Madrid.
Clara respiró con más calma.
—Entonces podemos hablar de esto sin convertirlo en una prueba.
—Podemos intentarlo.
—Eso es lo máximo que puedes prometer.
—Lo sé.
Él extendió la mano. Clara se la tomó.
El cumpleaños de Marcos
Clara descubrió el cumpleaños de Marcos por casualidad, al ver la fecha en su documento de identidad para una gestión de la cooperativa. No le gustaban las celebraciones, dijo él. No quería nada. Eso, en el idioma de Clara, significaba que esperaba que nadie se acordara.
Lucía preparó una tarta demasiado grande. Daniel consiguió una lista de sus canciones favoritas. Clara envolvió un cuaderno de tapas negras.
—¿Para qué es? —preguntó Marcos cuando se lo dio.
—Para que dibujes casas que no puedas construir todavía.
Él pasó los dedos por la cubierta.
—Esto es perfecto.
—No te emociones. La tarta tiene demasiada crema.
La celebración fue sencilla. Seis personas, dos botellas de vino y una conversación que se alargó hasta medianoche.
Marcos parecía incómodo al principio, pero terminó contando historias de su infancia.
Habló de cómo construía ciudades con piezas de madera y de cómo su padre le quitaba los juguetes cuando sacaba malas notas.
—Por eso estudiaste arquitectura —dijo Clara.
—Para que nadie pudiera quitarme los edificios.
—Y ahora quieres que todo el mundo tenga acceso a ellos.
—Ahora sé que los edificios no son míos.
Cuando los demás se fueron, Clara limpió los platos. Marcos se acercó por detrás.
—Gracias.
—No he hecho gran cosa.
—Has hecho que no quisiera que terminara el día.
Clara dejó el plato en el fregadero.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Él apoyó la barbilla en su hombro.
—¿Qué pedirías si pudieras pedir algo ahora?
Clara pensó.
—Que no tengas que ser útil para que te quieran.
Marcos cerró los ojos.
—¿Y tú?
—Que no tengas que demostrar que puedes quedarte para que yo me quede.
Se abrazaron en la cocina, rodeados de platos sin secar y restos de tarta. No era una escena perfecta. Era mejor: era una escena real.
El primer lunes
El lunes siguiente, Clara llegó tarde a la librería porque el metro se había detenido entre dos estaciones. Marcos ya estaba allí, sentado en el suelo y rodeado de muestras de azulejos.
—He pensado que el verde oscuro quedaría bien en la sala de presentaciones —dijo.
—Has pensado sin mí.
—He pensado para poder proponértelo.
—Es una diferencia muy conveniente.
—Puedes rechazarlo.
Clara se quitó el abrigo. En otro momento habría convertido la frase en una batalla. Ahora miró las muestras.
—No es horrible.
—Eso, viniendo de ti, es una declaración de amor.
—No abuses de tu suerte.
Marcos se puso de pie. Tenía polvo en el pelo.
—¿Has desayunado?
—No.
—He dejado una tostada en la cocina.
—¿Con canela?
—No. Estoy aprendiendo.
Clara sonrió. La transformación de una relación no sucedía en los momentos grandes. Sucedía en un café recordado, en una disculpa que no llegaba acompañada de una excusa, en la decisión de consultar antes de mover una mesa.
La mañana fue tranquila hasta que llegó un correo de la editorial de Barcelona. Querían entrevistarla por videollamada. Clara lo abrió delante de Marcos.
—¿Es buena noticia? —preguntó él.
—Creo que sí.
—Entonces deberías celebrarlo.
—No sé si quiero ese trabajo.
—Pero quieres que te lo ofrezcan.
Clara levantó la vista.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque llevas diez minutos mirando el mensaje como si fuera un regalo y una amenaza.
Ella cerró el portátil.
—No quiero que pienses que si acepto significa que te elijo menos.
—No lo pensaré.
—No puedes prometerlo.
—Puedo prometer que te lo preguntaré antes de inventarme una respuesta.