A dos pasos del amor La lista de Clara #2
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La lista de Clara #2

—No, no lo sabes. Perdí ese trabajo porque confié en una persona que prometió defender un proyecto y luego se quedó callada. Desde entonces, cuando algo sale bien, espero que alguien venga a decirme que en realidad no era mío.

Marcos no intentó abrazarla. Simplemente se quedó a su lado mientras la autora hablaba de su novela. Cuando terminó el acto, Clara recibió un aplauso espontáneo de los asistentes.

—Eso sí es tuyo —dijo Marcos.

—¿Qué?

—La forma de conseguir que la gente quiera volver.

Clara guardó la frase como había guardado la nota del café. No porque necesitara que Marcos la convenciera de su valor, sino porque empezaba a entender que aceptar un reconocimiento no era lo mismo que depender de él.

Un domingo con la familia

Marcos invitó a Clara a comer con su madre y su hermana. No mencionó a su padre hasta que estuvieron sentados a la mesa.

—Vendrá después —dijo.

—¿Después de qué?

—Después de decidir si esta comida es una trampa.

La madre de Marcos parecía acostumbrada a sus explicaciones incompletas. Su hermana, Elena, preguntó por la librería y se interesó de verdad por la cooperativa. Clara relajó los hombros.

La tensión regresó cuando apareció el padre. Saludó a todos y se sirvió vino sin pedir permiso.

—Así que tú eres la editora —dijo a Clara.

—Lo era.

—Marcos dice que vas a dirigir el proyecto cultural.

—Si conseguimos financiación.

—La cultura rara vez paga las facturas.

—Pero a veces consigue que la gente quiera entrar en un edificio.

Elena se atragantó con el pan. La madre de Marcos escondió una sonrisa.

El padre observó a Clara durante unos segundos.

—Tienes respuesta para todo.

—Solo para las preguntas que ya traen una opinión incorporada.

Marcos le rozó la rodilla bajo la mesa. No para pedirle que se callara, sino para decirle que estaba con ella. Fue un gesto pequeño, pero Clara lo notó.

Al volver, Marcos condujo en silencio.

—Lo siento —dijo al fin.

—No tienes que disculparte por tu padre.

—No. Pero sí por haber aprendido a parecerme a él.

Clara volvió la cabeza.

—No te pareces tanto.

—A veces tengo miedo de que sí.

—Entonces vigila las partes que no quieres conservar.

—¿Y tú?

—Yo estoy vigilando las mías.

El mensaje de Daniel

Daniel escribió a Clara una noche de miércoles. Le pidió que no se lo contara a Marcos todavía. Había encontrado la documentación de la compra del edificio y una copia de la oferta inicial.

«Hay algo que no cuadra», decía.

Se encontraron en la cafetería de Lucía. Daniel llevaba el pelo despeinado y tres carpetas.

—Mi padre no quiere la librería —explicó—. Quiere la finca completa porque el banco le ha dado un plazo. Si no compra antes de final de trimestre, perderá una parte de la empresa.

—¿Y Marcos?

—Es la garantía. Si firma, el banco acepta renegociar.

Clara sintió un frío conocido.

—¿Marcos lo sabe?

—Creo que solo sabe una parte.

—¿Por qué me lo cuentas a mí?

Daniel bajó la vista.

—Porque él va a decir que puede resolverlo solo. Y no puede.

Clara pensó en ir directamente a la librería. En cambio, llamó a Marcos. No respondió. Le dejó un mensaje: «Necesito que hablemos de la oferta. No mañana. Hoy».

Él apareció media hora después, agotado.

—¿Qué te ha contado Daniel?

—Lo suficiente para saber que estás metido en algo más grande de lo que dijiste.

Marcos se sentó.

—Mi padre tiene deudas. Si no compra el edificio, la empresa familiar puede quebrar.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque no quería que pensaras que la librería era solo una batalla familiar.

—No tienes que protegerme de la verdad.

—Lo sé.

—No. Todavía no lo sabes.

La conversación duró hasta la madrugada. Por primera vez, Marcos no defendió a su padre ni intentó presentar un plan brillante. Le contó todo: la deuda, el contrato, su miedo a perderlo todo y la vergüenza de no tener una solución.

Clara no pudo solucionarlo. Pero pudo quedarse hasta el final de la conversación.

La mujer del abrigo verde

La mujer del abrigo verde apareció tres veces en la librería. Siempre preguntaba por Marcos y nunca compraba nada. La tercera vez, Clara decidió atenderla.

—¿Puedo ayudarte?

—Busco a Marcos.

—Está en una reunión.

—¿Eres su novia?

La pregunta la descolocó.

—No sé qué soy.

La mujer sonrió.

—Entonces todavía tienes tiempo de decidirlo.

Se llamaba Irene y había trabajado con Marcos en Londres. Había vuelto a Madrid para ofrecerle un proyecto importante. Clara fingió que no le importaba. Cuando Marcos salió de la reunión y abrazó a Irene, la ficción le duró menos de un minuto.

—No sabía que estarías aquí —dijo Marcos.

—Eso parece.

Irene miró a Clara.

—¿No nos presentas?

—Irene, Clara. Clara, Irene.

El tono de Marcos fue neutral. Demasiado neutral.

Irene explicó el proyecto: un hotel cultural en Lisboa, seis meses de trabajo y una remuneración que podía resolver parte de los problemas económicos de Marcos. Clara escuchó desde detrás de la caja. Cada frase parecía una puerta que se abría lejos de ella.

Esa noche, discutieron.

—No tienes derecho a enfadarte por una oportunidad —dijo Marcos.

—No estoy enfadada por la oportunidad.

—¿Entonces?

—Estoy enfadada porque te veo imaginando tu vida sin preguntarte dónde quedamos los demás.

—¿Los demás o tú?

—No lo sé.

—Eso es injusto.

—Puede ser. Pero no puedo volver a fingir que no me importa.

Marcos la miró durante mucho tiempo.

—Irene y yo no somos nada.

—No te he preguntado eso.

—Pero es lo que piensas.

—Pienso que estás a punto de elegir una vida en la que yo solo sea una anécdota.

Él se acercó.

—No eres una anécdota.

—Entonces no me trates como una posibilidad secundaria.

Marcos no respondió. La besó, pero Clara se apartó.

—No uses un beso para evitar una conversación.

Aquella noche durmieron en habitaciones distintas.

El puente

Clara y Marcos decidieron caminar hasta el puente de Segovia para hablar sin la librería alrededor. Ninguno quería que las paredes, los planos o las cajas de libros eligieran por ellos.

—No quiero que renuncies a Lisboa —dijo Clara.

—No sé si quiero ir.

—Pero necesitas pensarlo.

—Sí.

—Y yo necesito aceptar la oferta de Barcelona si quiero dejar de sentir que toda mi vida depende de esta historia.

Marcos apoyó los brazos en la barandilla.

—¿Estás diciendo que debemos separarnos?

—Estoy diciendo que no podemos seguir convirtiendo cada decisión profesional en una prueba de amor.

El río avanzaba oscuro bajo ellos.

—¿Y si no funciona? —preguntó Marcos.

—Entonces no habrá sido porque no nos quisimos. Habrá sido porque no supimos encontrar la forma.

—Eso no me consuela.

—A mí tampoco.

Se quedaron en silencio. Después, Clara apoyó la cabeza en su hombro.

—No quiero perderte.

—Yo tampoco.

—Pero tampoco quiero perderme a mí.

Marcos besó su pelo.

—Entonces hagamos algo difícil.

—¿Qué?

—Intentarlo sin que ninguno desaparezca.

No era una promesa grandiosa. Era un acuerdo frágil, casi ridículo frente a los problemas que tenían. Sin embargo, por primera vez, sonaba a algo que podían construir.

El viaje de ida

Fueron a Toledo para visitar una imprenta que podía producir los carteles del festival. El viaje duró menos de una hora, pero ambos lo trataron como una expedición. Clara llevó una bolsa con fruta, Marcos llevó tres carpetas y ninguno llevó un paraguas.

La imprenta estaba en una nave antigua. El dueño les enseñó las máquinas y habló durante media hora sobre tintas ecológicas. Clara tomó notas. Marcos observó el papel con una atención casi física.

—Te brillan los ojos —dijo ella.

—Me gusta ver cómo las cosas pasan de una idea a un objeto.

—Eso explica tu trabajo.

—¿Y qué explica el tuyo?

—Que me gusta ver cómo un objeto puede convertirse en la historia de alguien.

Al volver, perdieron el tren. Tuvieron que esperar dos horas en la estación. Compraron bocadillos y se sentaron en el suelo junto a una máquina expendedora.

—Esto no es la cita más elegante del mundo —dijo Marcos.

—No era una cita.

—Claro.

—Era una actividad ferroviaria.

Él rió.

—Si seguimos llamando a todo de otra manera, nunca tendremos que admitirlo.

Clara le quitó una migaja de la comisura de los labios.

—Admitir qué.

—Que me gusta estar contigo incluso cuando no ocurre nada.

La respuesta la dejó sin defensa. Clara apoyó la cabeza en su hombro mientras anunciaban el tren.

—A mí también.

Fue la primera vez que lo dijo sin esconderlo detrás de una broma.

La caja de las cartas

Durante la reforma encontraron una caja metálica debajo del suelo de la antigua trastienda. Amalia reconoció la letra de su marido y pidió abrirla delante de todos.

Dentro había fotografías, entradas de cine y cartas que nunca se habían enviado. Una hablaba de una discusión por dinero. Otra, de un viaje que no hicieron. La última terminaba con una frase: «No sé si quedarse es una decisión o una costumbre, pero quiero descubrirlo contigo».

Clara leyó la carta dos veces.

—¿Tu abuelo escribía así? —preguntó a Marcos.

—No lo sabía.

Amalia tocó el papel con cuidado.

—Mi marido tardó treinta años en aprender a decir lo que sentía. No esperéis tanto.

Lucía tosió para disimular una risa. Clara miró a Marcos.

—¿Cuánto tiempo necesitamos nosotros?

—Yo ya voy tarde.

—Eso no es una respuesta.

Marcos tomó una fotografía. En ella aparecía una pareja joven delante de la librería, mucho antes de que ellos la conocieran.

—Quizá las personas que queremos siempre dejan algo empezado.

—Y nosotros decidimos si lo terminamos.

Marcos la miró.

—O si lo hacemos de otra manera.

Clara pensó en las cartas no enviadas. Le parecieron una advertencia y una oportunidad. No quería convertir sus sentimientos en un archivo de cosas que podrían haberse dicho.

Esa noche, cuando cerraron, escribió una nota para Marcos y la dejó dentro de su carpeta de planos: «No sé cómo termina esto. Pero estoy aquí para averiguarlo».

Él la encontró a la mañana siguiente. No dijo nada. Solo apareció con dos cafés, uno de ellos con canela.

El inventario de los domingos

Los domingos por la mañana hacían inventario. Era una tarea aburrida, pero a Clara le gustaba porque no exigía hablar de nada importante. Marcos leía las cifras en voz alta y ella las anotaba en una libreta.