La lista de Clara
Clara escribió una lista de reglas en una pizarra que colocó junto a la caja. No eran las mismas reglas que había impuesto al principio. Ya no decían «no comer en la sección de poesía» o «no dejar cajas en el pasillo». La nueva lista tenía tres frases:
1. Preguntar antes de suponer.
2. Decir la verdad aunque resulte incómoda.
3. No usar los libros para esconderse.
Marcos la leyó mientras colocaba una lámpara en la esquina de lectura.
—La tercera va por ti —dijo.
—La tercera va por los dos.
—Yo no me escondo en los libros.
—Te escondes detrás de planos, presupuestos y palabras como «eficiencia».
—Eso es una acusación grave.
—Puedes defenderte en una nota al pie.
Marcos tomó un rotulador y añadió una cuarta regla: «No convertir cada conversación en una batalla». Clara lo miró con las cejas levantadas.
—Tú empezaste.
—Tú corregiste mi primera propuesta con tinta roja.
—Tu primera propuesta consistía en quitar la mitad de las estanterías.
—Era una propuesta arquitectónica.
—Era un crimen.
Se quedaron frente a la pizarra, cada uno sujetando un rotulador. La discusión podría haber seguido durante una hora, pero Marcos soltó una carcajada. Clara intentó resistirse y terminó riéndose también.
Ese fue el primer día en que descubrieron que podían discutir sin hacerse daño. No porque las diferencias hubieran desaparecido, sino porque dejaron de usar cada desacuerdo como una prueba de que el otro acabaría marchándose.
El café de las siete
Marcos comenzó a llegar a las siete de la mañana. Clara nunca le había pedido que lo hiciera. Simplemente aparecía con dos vasos de café y una expresión de persona que fingía no estar haciendo un esfuerzo.
—El tuyo lleva canela —dijo una mañana.
—No me gusta la canela.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué…?
—Porque siempre pruebas el mío.
Clara miró el vaso.
—Eso no significa que me guste.
—Lo sé.
—Podrías dejar de traerlo.
—Podría.
Pero no lo hizo.
El ritual se convirtió en una costumbre.
Mientras la ciudad despertaba, ellos abrían cajas, revisaban pedidos y discutían sobre la música de la tienda.
Marcos prefería jazz. Clara prefería canciones que pudiera cantar mal sin que nadie la oyera.
Terminaban escuchando una mezcla imposible que hacía que los clientes sonrieran.
Una mañana, Clara llegó tarde y encontró el café de canela sobre el mostrador. El local estaba vacío. Marcos le había dejado una nota: «No he dicho nada porque ya sé que tienes motivos. Pero he guardado el café».
Clara dobló el papel y se lo metió en el bolsillo. No sabía por qué le conmovía tanto que alguien recordara una preferencia tan pequeña. Quizá porque las personas que prometían quedarse solían hablar de gestos enormes. Marcos, en cambio, simplemente había aprendido cómo tomaba el café.
La cita que no era una cita
Lucía organizó una cena para cuatro. Daniel llegó diez minutos tarde y Marcos apareció con una camisa que no parecía elegida por accidente. Clara se sentó frente a él y decidió no mencionar que lo había notado.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó.
—Porque la amistad exige sacrificios —dijo Lucía.
—Esto parece una emboscada.
—Las emboscadas no suelen tener postre —respondió Daniel.
La cena fue un desastre durante los primeros veinte minutos. Daniel habló de sus inversiones, Lucía lo interrogó sobre sus intenciones y Clara se atragantó con el agua cuando Marcos contó una anécdota de su adolescencia.
—¿De verdad suspendiste dibujo técnico? —preguntó ella.
—Dos veces.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—Que quieras rediseñar todos los rincones que no entiendes.
Marcos la miró con una mezcla de ofensa y diversión.
—También explica por qué terminé construyendo casas.
Después del postre, Lucía y Daniel desaparecieron con una excusa transparente. Clara y Marcos quedaron solos en la terraza del restaurante. Madrid brillaba abajo, lleno de ventanas y conversaciones que no podían oír.
—Esto no es una cita —dijo Clara.
—Por supuesto que no.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
—Bien.
—Perfecto.
Permanecieron en silencio.
—¿Quieres caminar? —preguntó Marcos.
—Eso tampoco es una cita.
—Es una actividad urbana.
Caminaron hasta la librería. Durante el trayecto, Clara descubrió que Marcos odiaba los paraguas, que había vivido en tres ciudades y que nunca había aprendido a bailar. Marcos descubrió que Clara hablaba con los gatos de la calle y que, cuando estaba nerviosa, contaba los pasos entre dos esquinas.
Al llegar a la puerta, ninguno quiso despedirse.
—Ha sido una actividad urbana bastante larga —dijo él.
—Podemos repetirla sin convertirla en otra cosa.
—Me parece bien.
Pero ambos sabían que ya se había convertido en otra cosa.
La habitación de los planos
Clara visitó el estudio de Marcos para elegir el color de la sala infantil.
El estudio ocupaba una antigua oficina en Malasaña y estaba lleno de maquetas, muestras de madera y dibujos pegados a la pared.
Todo parecía ordenado hasta que uno miraba de cerca.
Entonces aparecían montones de papeles, tazas sin lavar y pequeñas señales de que Marcos vivía demasiado deprisa.
—Pensaba que los arquitectos dormíais entre reglas y escuadras —dijo.
—Solo los que no tienen imaginación.
—Te estás describiendo como una persona imaginativa.
—Estoy diciendo que tengo demasiadas cosas y poco espacio.
Clara encontró una maqueta cubierta con una tela.
—¿Qué es?
—Nada.
—Cuando alguien dice «nada», suele ser algo.
Marcos retiró la tela. Era el diseño de una casa con una fachada sencilla y un jardín interior. En el centro había una biblioteca circular iluminada por una claraboya.
—La dibujé para mi abuelo —explicó—. Nunca llegó a construirse.
—Es preciosa.
—Era demasiado cara.
—No todo lo que merece la pena tiene que ser barato.
Marcos la miró.
—¿Eso también va por ti?
Clara fingió concentrarse en los planos.
—Yo no soy un edificio.
—No. Eres bastante más difícil de reformar.
Ella le lanzó un lápiz. Marcos lo atrapó. Luego, como si el movimiento hubiera estado ensayado, se acercó y la besó.
El beso terminó demasiado pronto. Clara se apartó con el pulso acelerado.
—No deberíamos.
—Probablemente no.
—Esto puede complicarlo todo.
—Ya estaba complicado.
Clara quiso responder, pero no encontró una frase que pudiera protegerla. Así que volvió a besarle, esta vez sin fingir que había sido un accidente.
La primera noche difícil
La primera discusión real ocurrió por una tontería. Marcos había cambiado de sitio una mesa sin avisar y Clara tropezó con ella al cerrar. Nadie se hizo daño, pero ella llevaba un día horrible y el cansancio convirtió el incidente en una acusación.
—No puedes decidir sobre todo sin consultar —dijo.
—La mesa estaba bloqueando la entrada.
—La mesa llevaba ahí tres semanas.
—Y durante tres semanas nadie podía entrar bien.
—No se trata de la mesa.
—Ya sé que no se trata de la mesa.
El tono de Marcos la hizo retroceder.
—Entonces, ¿de qué se trata?
—De que cada vez que hago algo, buscas el motivo oculto.
—Porque nunca dices el motivo real.
Marcos se quedó inmóvil. Clara supo que había dado en un punto demasiado sensible, pero no quiso retirar la frase.
—No puedo adivinar qué necesitas —dijo él.
—No necesito que adivines nada. Necesito que estés presente.
—Estoy aquí.
—Tu cuerpo sí.
La frase quedó suspendida entre los dos. Marcos recogió su chaqueta.
—Tengo que irme.
Clara quiso detenerlo, pero el orgullo llegó antes.
—Claro.
La puerta se cerró. Durante dos horas, Clara intentó convencerse de que había hecho bien. Luego vio la mesa desplazada y comprendió que Marcos había dejado libre el paso para que una silla de ruedas pudiera entrar con facilidad. Había pensado en una clienta que ella apenas había notado.
Cuando él regresó al día siguiente, Clara no preparó un discurso. Solo acercó la mesa a la pared.
—Lo siento —dijo.
Marcos dejó las llaves.
—Yo también.
—No quería decir que no estés presente.
—A veces no lo estoy.
Clara levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque me da miedo que, si me quedo de verdad, puedas ver cuánto necesito que esto funcione.
Ella entendió entonces que la arrogancia de Marcos era solo otra forma de miedo. No lo justificaba. Pero le permitía mirarlo sin convertirlo en enemigo.
El día de la lluvia
La tormenta llegó sin aviso. El agua golpeó los cristales y entró por una filtración del techo. Clara y Marcos pasaron la tarde moviendo libros, colocando cubos y subiendo cajas a las estanterías altas.
—Esto no estaba en el presupuesto —dijo Marcos.
—Añádelo a la columna de desgracias.
—La columna ya no cabe en la hoja.
Una gotera cayó justo sobre su cabeza. Clara se echó a reír. Marcos intentó mantener la seriedad y fracasó.
Cuando la lluvia amainó, se quedaron sentados en el suelo mojado, rodeados de libros protegidos con plástico. Clara tenía el pelo pegado a la cara. Marcos le quitó una gota de la mejilla con el pulgar.
—No me mires así —dijo ella.
—¿Cómo te miro?
—Como si estuvieras a punto de decir algo importante.
—No sé qué decir.
—Eso sería una novedad.
Marcos sonrió y apoyó la frente en la suya.
—Me gustas incluso cuando estás enfadada.
—Eso no es una declaración.
—Para mí lo es.
Clara cerró los ojos.
—Pues tendrás que mejorar.
—Puedo intentarlo.
—Eso ya lo has dicho.
—Entonces tendré que demostrarlo.
Se besaron junto a la caja de novelas policíacas. Afuera, la calle brillaba bajo la lluvia. Dentro, la librería seguía en pie, no porque fuera indestructible, sino porque ambos habían aprendido a sostenerla juntos.
La presentación
La primera autora del festival llegó con una hora de antelación y una lista de exigencias.
Quería una mesa concreta, agua sin gas y una silla que no chirriara.
Clara intentó satisfacerla todo sin que se notara el nerviosismo.
Marcos observó desde el fondo cómo ella resolvía problemas antes de que se convirtieran en problemas.
—Te gusta esto —dijo él cuando la autora salió a saludar a los asistentes.
—¿Qué?
—Hacer que todo parezca sencillo.
Clara miró la sala llena.
—No parece sencillo.
—A nadie más se le nota.
Ella sonrió, pero el gesto se apagó enseguida.
—Antes tenía un trabajo en el que hacía esto todos los días.
—Lo sé.