Capítulo 28. La ciudad intermedia
Los días siguientes fueron más fáciles de organizar que de soportar. Clara hizo listas: cancelar el alquiler, vender los muebles, avisar a la editorial, buscar piso. Las listas le ofrecían una ilusión de control. Cada tarea completada era una pequeña prueba de que podía seguir adelante.
Marcos, por su parte, dejó de aparecer en los lugares donde ella podía encontrarlo. No mandó flores, no escribió cartas y no pidió a Lucía que intercediera. Esa ausencia debería haberla tranquilizado. En cambio, convertía cada rincón de Madrid en una pregunta.
Una tarde, Clara recibió una llamada de la librería. Era la dueña del edificio, una mujer de setenta años llamada Amalia, a quien solo había visto dos veces.
—Necesito hablar contigo antes de que te vayas —dijo.
Se encontraron al anochecer. Amalia llevaba una carpeta azul y una expresión cansada.
—Tuve que vender parte de la propiedad —explicó—, pero el local puede salvarse si encontramos una cooperativa. El ayuntamiento ofrece una subvención para comercios culturales.
Clara la miró sin entender.
—¿Por qué me cuenta esto a mí?
—Porque Marcos vino a verme. No para comprar. Para preguntarme qué podía hacer sin quitarte el futuro.
Clara sintió que se le cerraba la garganta.
—¿Cuándo?
—Hace tres días.
—¿Y por qué no me lo dijo?
Amalia sonrió con tristeza.
—Porque me pidió que no lo hiciera. Dijo que cualquier cosa que hiciera para recuperarte parecería una estrategia.
Clara bajó la mirada hacia la carpeta.
—¿Qué hay ahí?
—Un proyecto. Marcos ha ofrecido reformar el edificio sin quedarse con la librería. Quiere que el local pase a una cooperativa de vecinos. Su parte del dinero serviría para financiar las obras y la tuya para coordinar la programación cultural.
—¿Mi parte?
—La subvención necesita a alguien con experiencia editorial. Tú eres esa persona.
Clara abrió la carpeta. Los planos mostraban la librería tal como era, pero más luminosa, con una sala para talleres y un pequeño escenario junto a la ventana. En una esquina, escrito a mano, había una frase: «No cambiar lo que funciona. Hacer sitio para lo que falta».
Reconoció la letra de Marcos.
—No puedo aceptar esto si lo ha hecho por mí.
—Quizá lo ha hecho porque, por fin, ha entendido que querer a alguien no significa colocarla dentro de tus planes. Significa construir un espacio donde pueda elegir.
Clara cerró la carpeta.
Esa noche no canceló su viaje a Barcelona. Tampoco lo confirmó. Por primera vez desde que había conocido a Marcos, no tenía una respuesta inmediata. Solo una ciudad intermedia entre lo que había sido y lo que todavía podía ser.