Capítulo 27. Lo que se rompe
Clara aceptó la oferta de Barcelona una semana después.
La editorial buscaba una coordinadora para una nueva colección y el sueldo era mejor que cualquier cosa que hubiera imaginado al perder su empleo.
El correo llegó mientras desayunaba en casa de Lucía, porque había dejado de dormir en el piso de la librería y aún no quería volver a su apartamento.
—Es una oportunidad —dijo Lucía.
—Sí.
—No has sonado convencida.
—No necesito estar convencida. Necesito una vida que no dependa de alguien que cambia de opinión cada vez que su familia le habla.
Lucía apoyó los codos sobre la mesa.
—Eso es una descripción muy concreta para una persona que supuestamente ya no te importa.
Clara dobló el portátil.
—Me importa. Ese es el problema.
No volvió a la librería hasta el día del festival. No había festival. Los permisos se habían cancelado, los autores se habían retirado y el ayuntamiento había dado el espacio a otra actividad. Clara fue a recoger sus cosas y encontró a Marcos junto a las estanterías vacías.
—¿Lo has cancelado tú? —preguntó.
—No.
—Pero tampoco lo has defendido.
—He estado intentando conseguir financiación.
—A escondidas.
—Porque cada vez que te veía me mirabas como si ya hubiera vendido el edificio.
—¿Y qué esperabas? ¿Que te abrazara por no haber firmado todavía?
Marcos cerró los ojos un instante.
—No esperaba nada.
—Eso es lo único que haces bien. No esperar. No decidir. No quedarte.
La frase salió con más crueldad de la que quería, pero no pudo recuperarla.
Marcos abrió un cajón y sacó una carpeta.
—He rechazado la oferta.
Clara no reaccionó.
—¿Por qué?
—Porque no quiero convertir la librería en otra cosa.
—¿Y qué quieres?
—Quiero que tenga futuro.
—Eso no es lo mismo que quererme.
El silencio cayó entre ellos. Marcos dejó la carpeta sobre la mesa.
—No he sabido hacerlo bien.
—No, Marcos. No lo has hecho. Esa es la diferencia.
Él asintió como si aceptara una sentencia.
—Te vas a Barcelona.
—Sí.
—¿Cuándo?
—En dos semanas.
Marcos miró alrededor. Las estanterías, los carteles, el pequeño rincón de lectura. Clara había conseguido que aquel local pareciera vivo. Él solo había conseguido demostrarle que podía desaparecer.
—Entonces enhorabuena —dijo.
Clara sintió que la respuesta le dolía más que una súplica.
—¿Eso es todo?
—No voy a pedirte que renuncies a tu vida por mí.
—No te estaba pidiendo eso.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
Clara cogió la caja con sus libros y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se volvió.
—Lo peor no es que hayas dudado. Lo peor es que, durante un tiempo, me hiciste creer que conmigo sí estabas seguro.
Marcos no respondió. La puerta se cerró entre los dos con un sonido suave, casi educado.