A dos pasos del amor Capítulo 26. La cláusula
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Capítulo 26. La cláusula

Marcos pasó la tarde en el estudio familiar sin escuchar una sola palabra completa.

Su padre hablaba de rentabilidad, de una oportunidad irrepetible y de la obligación de honrar el legado de su abuelo.

Sobre la mesa había planos del edificio convertidos en apartamentos de lujo.

La librería ocupaba el primer piso como una mancha incómoda que alguien había intentado borrar con lápiz.

—El contrato solo necesita tu firma —dijo Daniel.

—No voy a firmar.

—Ya has dicho eso otras veces.

—Esta vez lo digo en serio.

Su padre levantó la vista.

—No puedes permitirte otro fracaso.

La frase encontró el lugar exacto donde más dolía.

Marcos había pasado media vida intentando demostrar que no era el hijo que abandonaba todo a mitad de camino.

Cuando se fue a Londres, su padre lo llamó caprichoso.

Cuando regresó, lo llamó necesitado. Ahora la librería era la prueba definitiva: o convertía aquel edificio en un negocio respetable o confirmaba todas las sospechas de su familia.

—No es un fracaso querer conservar algo —dijo.

—Es un fracaso si no produce dinero.

Marcos cogió los planos.

—Entonces será mi fracaso.

En la última página del contrato vio una cláusula que no había leído con atención.

La oferta quedaba condicionada a que el local estuviera libre de actividad comercial al terminar el trimestre.

Si firmaba, Clara perdería la librería aunque él encontrara una excusa para seguir viéndola.

Aquella cláusula no era un detalle legal. Era una elección.

Guardó el contrato en su carpeta y salió del estudio.

En casa, encontró tres mensajes de Clara. Ninguno pedía explicaciones. El primero decía: «Necesito espacio». El segundo: «No vengas a la librería». El tercero era una fotografía de la mesa de madera que habían construido juntos. Debajo había escrito: «Esto tampoco era solo tuyo».

Marcos se sentó en el borde de la cama. Durante años había pensado que amar a alguien significaba ofrecerle soluciones. Ahora entendía que, a veces, el amor empezaba por no esconderle el problema.

Llamó a Clara. Ella no respondió.

Escribió un mensaje y lo borró. Volvió a escribirlo.

«No voy a firmar. Pero sé que ya no puedes creerme. No te pediré que lo hagas hoy. Solo quería que lo supieras.»

Lo envió y dejó el teléfono boca abajo.

Una hora después, llegó la respuesta.

«No basta con no firmar. Tienes que decidir qué estás dispuesto a perder.»

Marcos leyó la frase hasta que dejó de ver las letras.