A dos pasos del amor Capítulo 25. La noticia
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Capítulo 25. La noticia

Clara llegó a la librería antes de que levantaran la persiana.

Había dormido poco y mal, con la sensación de que el festival se había convertido en una criatura demasiado grande para el local, para ella y para cualquier persona sensata.

Sin embargo, al ver los carteles apoyados contra la pared, las cajas de libros y la mesa que Marcos había construido con madera recuperada, volvió a sentir aquella electricidad que siempre aparecía cuando algo estaba a punto de suceder.

—Has madrugado —dijo Marcos desde el fondo.

Estaba sentado en el suelo, rodeado de muestras de pintura. Llevaba una camiseta gris y tenía una mancha azul en la muñeca. Clara se quedó mirándolo un segundo más de lo necesario.

—He venido a comprobar que no has pintado la pared de color mostaza.

—Era una posibilidad.

—Entonces he salvado la librería.

Marcos sonrió. Durante unas semanas, aquel gesto había dejado de parecerle una provocación. Era simplemente suyo: un poco torcido, más tímido de lo que él creía y capaz de desordenarle el día.

Trabajaron juntos hasta el mediodía. Recolocaron los focos, ordenaron la sección infantil y ensayaron la presentación de la autora invitada.

Cada vez que sus manos se rozaban, ninguno de los dos hacía un comentario.

Habían aprendido a convivir con el silencio, aunque todavía no sabían qué hacer con todo lo que ese silencio decía.

Cuando cerraron la puerta para comer, Marcos dejó dos cafés sobre el mostrador.

—Tengo que contarte algo —dijo.

Clara se quedó quieta.

—¿Algo malo?

—Depende de lo que consideres malo.

Ella dejó el sándwich sobre una caja.

—Esa frase nunca anuncia nada bueno.

Marcos respiró hondo. Sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y lo colocó entre ambos.

—Mi familia ha presentado una oferta para comprar el edificio.

Clara miró el sobre, pero no lo tocó.

—¿La librería también?

—El edificio entero.

—¿Y tú?

Marcos tardó demasiado en responder.

—Yo aparezco como representante del proyecto.

La cafetería de Lucía estaba al otro lado de la calle, pero Clara oyó de pronto el ruido de sus tazas, el tráfico y la música de una tienda cercana. Todo parecía suceder detrás de un cristal.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde hace tres días.

—Tres días.

—Quería encontrar una alternativa antes de decírtelo.

—No. Querías esperar hasta que el festival estuviera organizado para que no pudiera irme.

Marcos palideció.

—Eso no es justo.

—Tampoco lo es que me pidas que confíe en ti mientras ocultas la única información que puede decidir el futuro de este lugar.

—No he firmado nada.

—Pero lo estás considerando.

Él apartó la mirada. Aquello fue suficiente.

Clara cogió el sobre y lo devolvió sin abrir.

—Yo no puedo seguir preparando un festival para salvar una librería mientras tú negocias su desaparición.

—No estoy negociando su desaparición.

—¿Qué estás negociando, entonces?

Marcos no encontró una respuesta que no sonara cobarde.

Clara se quitó el delantal, lo dobló y lo dejó sobre el mostrador.

—Hoy no voy a trabajar contigo.

—Clara…

—Y mañana tampoco sé si voy a volver.

Salió sin cerrar la puerta del todo. El frío de la calle le golpeó la cara. No lloró. Se negó a llorar por un hombre que todavía no había decidido de qué lado estaba.