Capítulo 33
Ese mismo día, en cuanto salimos de la residencia, nos dirigimos a la peluquería del hotel. Allí nos cortaron el pelo y, además, a ellas les hicieron un tratamiento de hidratación, tinte o mechas, según lo que quiso cada una, además de un tratamiento facial, manicura y pedicura.
Después subimos a las habitaciones, donde Fabrizzio ya se había encargado de pedir a la firma de ropa que todavía era de su propiedad tres pedidos enormes, en los que había de todo: ropa interior, pijamas, bañadores y prendas para salir.
Como os podéis imaginar, las tres se volvieron locas de alegría y aseguraron que mi chico no había encontrado una madre, sino tres.
Parecían mujeres completamente distintas de las que habían salido de aquella residencia apenas unas horas antes.
Fabri también les había comprado tres teléfonos de última generación para que dejaran de utilizar los suyos, que debió de vendérselos Pedro Picapiedra.
Después regresamos todos a Milán y, mientras ellas se quedaban allí, nosotros tomamos un vuelo directo a España acompañados por Arturo y Carlo. Había llegado el momento de enfrentarnos a Martín.
Aquel ser miserable seguía enviándonos mensajes intimidatorios, tanto a Arturo como a mí, en los que nos advertía que, si no nos incorporábamos de inmediato, nos despediría sin darnos ni un céntimo de indemnización.
—Me muero de ganas de verle la cara cuando le entregues la carta de despido —dijo Arturo.
—Pues yo tengo todavía más ganas de vérsela cuando te vea feliz y de la mano de Carlo —respondí entre risas.
—Pobrecito, hoy le van a dar por todos lados.
—Amigo, quería decirte una cosa.
—Tú dirás.
—Quiero que os quedéis en mi casa. No veo normal que os vayáis a casa de tus padres cuando la mía va a quedarse cerrada.
—¿Me lo dices en serio?
—Por supuesto. Hoy prepararé mis cosas y las de Valeria en cajas para enviarlas por mensajería. Después podréis disponer de la casa como queráis.
—Bueno, antes tendremos que fijar un precio de alquiler, porque no vamos a vivir de gorra.
—De eso nada. Además, así me la cuidáis y evitáis que se meta alguien.
—Bueno, bueno, de ese asunto ya hablaremos.
Durante los días que pasaríamos en España, viviríamos los cuatro en mi casa. Después, Fabri y yo regresaríamos a Milán, mientras que Arturo y Carlo se quedarían allí.
Dejamos el poco equipaje que llevábamos y nos dirigimos directamente a la agencia.
Iba nerviosa, aunque no por lo que pudiera suceder, sino por las ganas que tenía de bajarle los humos a aquel idiota y también a su secretaria, a la que pensaba despedir.
Mi chico me había dado plena libertad para hacer y deshacer lo que considerara oportuno en la agencia, pues para eso era yo quien llevaría las riendas de manera legal.
Fabrizzio ya había terminado de tramitar toda la documentación relacionada con la herencia y, gracias a las pruebas encontradas, la acusación por estafa se había sumado a todas las que ya acumulaban sus padres.
—Buenos días, Manuel. ¿Está Martín arriba? —le pregunté al chico que se encontraba de turno en la recepción.
—Sí, acaba de subir, pero te advierto que hoy no viene de muy buen humor.
—Uy, pues peor se va a poner en cuanto hable con él.
—Entonces, que Dios nos coja confesados, porque todos pagaremos el pato.
—No te preocupes, porque las cosas van a cambiar muchísimo a partir de ahora —le aseguró Arturo con una sonrisa.
Subimos en el ascensor y pulsamos el botón de la planta en la que se encontraba su despacho.
Ni siquiera saludé a la estúpida de la secretaria. Me dirigí directamente hacia la puerta y la abrí de manera un tanto abrupta.
—¿Quién te crees que eres para entrar en mi despacho de esa manera? —me preguntó Martín, enfadado.
—Señor, no me ha dado tiempo a detenerla —dijo ella, muy apurada.
—Contigo hablaré después. —Le ladró.
—No, no, quédate. Así te enteras tú también, porque a este no le va a dar tiempo a contarte nada.
—Me parece que te estás atribuyendo unas responsabilidades que no te corresponden —me dijo con una sonrisa, como si todavía fuera el dueño absoluto de todo.
Cuando levantó la mirada y vio a Arturo de la mano de Carlo, su expresión cambió por completo y la furia apareció en sus ojos.
Me lo estaba pasando pipa. No vayáis a pensar que tengo tan mal corazón, pero a la gente mala solo pueden pasarle cosas malas y yo era la portadora de una de ellas.
—Para empezar, ve recogiendo tus cosas, porque estás despedida. Ahora mismo llamaré a Recursos Humanos para que preparen tu finiquito. Y, por supuesto, no cojas nada que no te pertenezca, porque no me temblará la mano a la hora de denunciarte.
—¿Qué hago? ¿Se lo digo ya o dejo que siga haciendo el ridículo? —le pregunté a Fabrizzio.
—Amor, lo que te apetezca.
—¿Qué ocurre? ¿Ahora vas a decirme que no te despido yo, sino que eres tú quien se marcha? Pues dilo, que así nos ahorrarás un buen pico —me soltó Martín con chulería.
—No. El que va a recoger sus cosas vas a ser tú y te largarás de aquí cagando leches, acompañado de tu secretaria, por supuesto —le respondí mientras ponía las dos cartas de despido sobre la mesa.
—¿Qué coño es esto, Ainoa?
—Sabía que eras cortito, pero no imaginaba que tanto.
—Déjate de tonterías y dime de una puta vez qué significa esto —me exigió a gritos.
En aquel momento intervino Fabrizzio.
—Para empezar, baja el tono de voz, porque no voy a consentir que le hables así a mi mujer.
—Bueno, el que faltaba. Ahora resulta que un modelo de pacotilla va a decirme cómo puedo o no hablarles a mis empleados.
—No soy un modelo de pacotilla. Soy uno de los modelos internacionales más importantes y, además, el propietario de esta agencia. Fíjate tú.
Martín se puso blanco de repente. Sabía que había metido la pata hasta la altura de la oreja e intentó disculparse.
—Lo siento, señor Di Luca, pero todo esto me está sobrepasando.
—Pues la situación es muy sencilla —intervine—. A partir de ahora, la directora general de la agencia soy yo. He decidido que no me gusta tu manera de trabajar y, por ese motivo, estás despedido.
—No puedes hacerme esto, Ainoa. Arturo, di algo, por favor.
—Claro que voy a decir algo: recoge tus cosas y márchate, porque tengo que ocupar mi nuevo despacho —le respondió Arturo.
Aquello fue el detonante.
En el despacho se armó la de San Quintín, hasta el punto de que tuvo que intervenir el personal de seguridad para sacar a Martín de allí, pues se negaba a marcharse y lo estaba haciendo de la peor manera posible.
Todavía quedaba la secretaria, que nos miraba con los ojos anegados en lágrimas, pero me daba exactamente igual.
Cuando veía llorar a mi amigo porque sabía que Martín se había acostado con ella, lo observaba con una sonrisa maliciosa y ahora iba a pagar bastante caro aquel comportamiento.
Al final, ambos salieron de allí y eso era lo único que importaba.
Carlo, que quería abandonar su carrera como modelo, nos explicó que le gustaría quedarse a trabajar en la agencia.
—Chico, no se me ocurre un puesto mejor para ti que el de secretario de tu pareja. ¿Qué te parece?
—A mí me parece una idea fantástica, siempre que alguien me enseñe lo que tengo que hacer. Aunque en su momento estudié Administración, supongo que todo se habrá actualizado bastante.
—No te preocupes por eso. Te matricularé en un curso de actualización profesional —le aseguró mi chico.
Reunimos a todos en la sala de juntas para explicarles los cambios, que los empleados recibieron de muy buen grado, puesto que ya estaban hasta las narices de Martín y de sus órdenes.
Todos conocían a Arturo y sabían cómo le gustaba trabajar. Jamás levantaba la voz y prefería dialogar antes que ponerse a gritar.
Nos despedimos y Arturo les comunicó que se incorporaría al día siguiente. Les pidió que continuaran con sus tareas y que, si surgía algún problema, lo llamaran al móvil.
Después de terminar con todo aquello, nos fuimos a comer. Quería que mi chico probara algo de nuestra gastronomía y conociera mi ciudad, pues nunca la había visitado.
Estábamos comiendo cuando sonó mi teléfono. Al ver que era Valeria, no dudé en responder.
—Dime, amor de mis amores.
—Ay, amiga, ¿qué he hecho?
—¿Qué te pasa?
—Estoy embarazada y ahora no sé cómo decírselo a tu hermano.
—Pues ¿cómo vas a decírselo? Con la boca, hija, porque no creo que quieras contárselo por WhatsApp.
—Estás muy graciosa tú, ¿no?
—Tranquilízate, que mi hermano no te va a comer.
—No, si ese es el problema, que ya me ha comido.
Solté una carcajada sin poder evitarlo. Ella siempre se tomaba las cosas con el mismo humor, aunque yo sabía que no llegaría la sangre al río, porque mi hermano estaría encantado con la noticia.