Epílogo
Ya habían pasado siete años desde que estuvimos en España para despedir a Martín y que Arturo ocupara su lugar. Durante ese tiempo, todo había cambiado muchísimo, aunque de la mejor manera posible.
No os impacientéis, que ahora mismo os lo cuento todo. Tan solo tengo que decidir por dónde empezar.
¡Ya lo tengo! Empezaré por el padre de Fabrizzio y compañía.
La que durante toda su vida había sido oficialmente la madre de mi marido —porque sí, nos habíamos casado, aunque todavía no he llegado a esa parte— seguía en la cárcel.
Le habían caído un buen puñado de años de condena porque, además de todo lo que ya sabíamos, la policía descubrió mucho más, pero eso ahora no viene al caso.
No habíamos vuelto a ver a ninguno de los dos, aunque a Giovanni ya resultaba imposible hacerlo porque no se encontraba en este mundo. Tan solo esperaba que se estuviera pudriendo en el infierno.
Durante su estancia en la cárcel, continuó siendo el mismo prepotente de siempre, incapaz de comprender que las condiciones de su vida habían cambiado.
Por eso, durante una revuelta, alguien lo hirió de gravedad y murió unos días después en un hospital de Milán.
Lo sucedido nunca llegó a aclararse del todo, pues en los mentideros se decía que la puñalada no había sido tan grave, pero que alguien aprovechó su estancia en el hospital para terminar con su vida.
Lo cierto era que a nosotros nos daba exactamente igual. Ni siquiera fuimos a verlo porque queríamos que ambos permanecieran completamente apartados de nosotros y de nuestras vidas.
De Sabrina no sabíamos nada más que seguía en la cárcel y que, cuando saliera de allí dentro de veinte años, tendría una orden de alejamiento que le impediría acercarse a nosotros.
Mi marido consiguió cumplir su sueño y la casa de acogida se inauguró diez meses después. Amelia continuaba como cocinera; su marido seguía encargándose del jardín; y Clara, Jessica y Marlene formaban parte del equipo de limpieza.
La responsable de que todo funcionara a la perfección era mi suegra, Anna, que ejercía como directora.
En el centro vivían catorce menores. Tres de ellos estaban allí con sus madres y otros cinco eran bebés, también acompañados por las suyas, por lo que había ocho madres en total.
Esas ocho mujeres, además de Anna y el resto de las trabajadoras, ejercían también de madres para los demás chicos, que parecían de lo más felices allí.
Cada vez que aparecíamos por la casa, nos recibían de la misma manera: Jessica y Marlene nos comían a besos y aseguraban que, gracias a nosotros, habían vuelto a confiar en las personas.
Anna, mi suegra, había encontrado de nuevo el amor. Lo hizo en uno de los hombres que trabajaban en Servicios Sociales. Se llamaba Ramón y era un encanto.
No se habían casado porque ninguno de los dos quería hacerlo. Decían que no necesitaban ningún documento que confirmara que estaban enamorados y a mí me parecía fantástico.
Y ahora vamos con nuestros amigos, que seguían siendo tan felices como siempre.
Valeria le contó a mi hermano aquel mismo día que estaba embarazada y el pobre Saúl llegó incluso a perder el conocimiento por la impresión.
Después de aquel episodio, que nosotros le recordábamos siempre que teníamos ocasión, se volvió loco de alegría, tal y como cabía esperar.
Se casaron dos años después, cuando mis sobrinos tenían poco más de un año y Valeria ya había recuperado su figura, como ella misma decía.
Sí, sí, habéis leído bien: he hablado en plural porque Valeria tuvo gemelos. Dos niños físicamente idénticos a mi hermano, pero con el carácter de mi amiga, que volvían completamente loco a su padre.
Se llamaban Thiago y Fabrizzio y nosotros éramos sus padrinos.
Continuaban viviendo en Milán, aunque ya no en la misma casa. Tal y como habían hablado en su momento, terminaron la que habían empezado a construir en España, pero la vendieron y compraron otra más grande en la ciudad en la que vivíamos todos.
Saúl seguía trabajando en la misma empresa y mi amiga abrió su propio despacho de arquitectura. Después de la reforma de la casa de acogida, recibió tal aluvión de trabajo que tuvo que contratar a dos personas más.
Mi hermano llamó a mis padres cuando nacieron los niños para comunicarles que se habían convertido en abuelos, pero su respuesta dejó muy claro lo que pensaban.
Le dijeron que ellos no podían tener nietos porque no tenían hijos y colgaron. Aquella fue la última vez que supimos de ellos.
Arturo y Carlo continuaban juntos y viviendo en España. El día de su boda puse la casa a su nombre y ese fue mi regalo, mientras que mi marido les obsequió con el viaje de luna de miel.
Se habían casado el año anterior y ahora estaban en la lista de espera para adoptar a dos hermanos: un niño de dos años y una niña de tres, de quienes se habían enamorado nada más conocerlos.
Todos esperábamos que Adrián e Indira, que así se llamaban, no tardaran demasiado en llegar a su casa, aunque podían visitarlos con frecuencia porque eran dos de los niños que vivían en nuestra casa de acogida.
Y ahora nos toca el turno a nosotros.
Fabrizzio y yo seguíamos tan enamorados como el primer día y no habíamos perdido la pasión que nos caracterizaba, aunque ahora dispusiéramos de mucho menos tiempo.
Os estaréis preguntando el motivo de esa falta de tiempo y no, no era el trabajo, aunque también influía.
Nos casamos dos años después, en una boda conjunta con mi hermano y Valeria. Al fin y al cabo, teníamos la misma lista de invitados y nos parecía una tontería celebrar una boda primero y otra después.
La ceremonia tuvo lugar en los jardines de la casa de acogida, con todos los niños como invitados especiales, además de nuestros amigos y algunos compañeros de trabajo.
No fue una de aquellas bodas multitudinarias porque ninguno de nosotros quería convertirla en un espectáculo que terminara apareciendo en la prensa.
Aquella noche, cuando por fin estuvimos solos en el hotel en el que pasaríamos nuestra primera noche como matrimonio, le conté a mi marido que estaba embarazada.
Podéis imaginar cómo reaccionó. Lloró, rio a carcajadas y terminó besándome como si le fuera la vida en ello.
Y sí, yo también tuve un embarazo múltiple, aunque en nuestro caso fueron mellizos: un niño y una niña que ya tenían cuatro años y se llamaban Oliver y Anna.
Pero la cosa no terminó ahí, pues dos años después volví a quedarme embarazada. En aquella ocasión fue un niño, que tenía poco más de un año y se llamaba Saúl, como mi hermano.
Precisamente mi hermano fue quien se encargó de investigar de dónde procedían los embarazos múltiples de nuestra familia. Al parecer, nuestra abuela había tenido gemelos, así que nos había tocado a nosotros continuar con la saga.
Yo seguía al frente de la agencia, aunque ahora compartía la dirección con mi marido. Fabrizzio había dejado el modelaje y, como no quería quedarse en casa de brazos cruzados, acordamos que se incorporara para ayudarme a llevarla.
En aquel momento nos estábamos arreglando porque teníamos que acudir a una gala de publicidad. Nos habían concedido un premio, no a nosotros, sino a la agencia.
—Mami, qué guapa estás —me dijo mi hija Anna.
—Gracias, cariño. Tú también estás preciosa.
—Mamita, ¿podemos quedarnos el fin de semana con la abuela y los niños? —preguntó Oliver.
—Anda, mami, te prometemos que vamos a ser buenos. Además, los primos también pasarán allí el fin de semana —insistió Anna.
Miré a mi marido, que alzó las cejas como si aquella fuera la oportunidad perfecta para perdernos los dos solos.
No es que nuestros hijos nos molestaran, ni muchísimo menos, pero también nos gustaba pasar tiempo a solas y disfrutar de momentos de intimidad que, con los niños en casa, resultaban mucho más complicados.
—Está bien. Papá hablará ahora con la abuela para preguntarle si puede quedarse con vosotros o tiene otros planes.
—No hace falta. Ya se lo hemos preguntado nosotros.
—¿Cómo?
—La abuela ha llamado a tu móvil para saber si tardábamos mucho y se lo hemos preguntado. Nos ha dicho que Ramón y ella están encantados de que pasemos allí el fin de semana.
—Así que no hace falta que la llaméis —añadió Oliver—. Además, ya hemos preparado nuestras mochilas. De Saúl no hemos cogido nada porque la abuela tiene allí todo lo que necesita.
—Jovencita, ¿cuántas veces tengo que deciros que no contestéis a mis llamadas? ¿Y si hubiera llamado alguien del trabajo?
—No, mami. Leímos que era la abuela quien llamaba.
—¿Desde cuándo sabéis vosotros leer?
—Desde que nos enseñó Marlene, pero eso no es lo importante.
—Eso, venga, vamos, que al final llegaréis tarde —añadió Oliver.
Mi marido me miró intentando contener la risa. Menudos dos personajes teníamos en casa.
—Cariño, ¿eres feliz? —me preguntó.
—La mujer más feliz del mundo.
—Gracias por cruzarte en mi camino.
—Fabri, tan solo me hicieron falta dos anuncios para conquistarte.
Reímos juntos mientras salíamos de casa, pero, antes de subir al coche, no pudimos resistirnos a darnos un beso. Uno que reflejaba todo lo que todavía nos quedaba por vivir juntos.