Capítulo 32
Aquella mujer era un encanto y guapísima, a pesar del sufrimiento que se reflejaba en su rostro.
Estaba completamente segura de que, en cuanto pasara por una buena peluquería, se vistiera con ropa de su talla y comenzara una nueva vida junto a nosotros, cambiaría por completo.
—Vamos, recoge las cosas que de verdad quieras llevarte y despídete de tus compañeras, porque pienso comprarte absolutamente de todo y te vienes con nosotros —le dijo su hijo.
—De verdad que no quiero ser un estorbo. Aquí estoy bien, tengo un techo, un plato de comida y…
—Con nosotros estarás muchísimo mejor, te lo aseguro.
—Si anoche, cuando me acosté, me hubieran dicho que mi vida iba a cambiar de esta manera al levantarme, habría pensado que tenían que cambiar de camello.
Soltamos una carcajada, aunque la suya fue distinta. No es que nosotros nos riéramos por compromiso, ni mucho menos, pero se notaba a la legua que aquella mujer no estaba acostumbrada a reír.
Regresamos a la residencia y Anna nos pidió que subiéramos con ella, pues quería presentarnos a las personas que habían sido sus principales apoyos durante aquellos años.
—Buenos días, Desi —saludó a la chica de recepción.
—Buenos días, Anna. ¿Todo bien?
—Todo perfecto, cariño. Quería comunicarte que dejo mi habitación desde este mismo momento para que aviséis a la siguiente persona de la lista.
—¿Y eso? ¿Estás segura? Ten en cuenta que, una vez que la dejes, volverás al final de la lista.
—A ella no va a hacerle falta nunca más, se lo aseguro —intervino Fabri.
La chica nos miró como si estuviéramos locos y no pude evitar que una sonrisa apareciera en mis labios.
—Desi, ellos son mi hijo y mi nuera. Por fin me han encontrado y se ha hecho justicia.
—No nos habías dicho que tuvieras un hijo.
—Es una historia muy larga, pero ya te la contaré algún día. Ahora no quiero hacerlos esperar demasiado.
—Bueno, si tú estás feliz, como parece, me alegro mucho por ti.
—Sí que lo estoy. Más feliz que nunca.
Recorrimos el pasillo por el que Anna había aparecido antes y subimos por una angosta escalera hasta el primer piso.
Sacó una llave que llevaba colgada al cuello y abrió una puerta, dándonos paso a una pequeña habitación en la que apenas había una cama, un armario y una mesita de noche.
En uno de los laterales se encontraba un aseo diminuto, con una ducha que parecía de juguete, un retrete y un lavabo con espejo.
La habitación entera habría cabido en el baño de invitados de la casa de mi chico y, os prometo, que todavía habría sobrado espacio.
—No es muy grande, pero para mí ha sido como un palacio.
—Ahora vivirás muchísimo mejor, te lo aseguro, mamá —dijo Fabrizzio.
Anna giró rápidamente la cabeza hacia mi chico, que se había puesto rojo como un tomate.
La palabra le había salido de manera automática, sin pensar, y eso fue precisamente lo que hizo que sonara tan genuina.
—Lo siento, yo…
—Acabas de hacerme la mujer más feliz del mundo. Jamás pensé que escucharía esa palabra dirigida a mí.
—¿No te ha molestado? De verdad, si no estás acostumbrada o prefieres que te llame por tu nombre, no tengo ningún inconveniente.
—¿Cómo va a molestarme? Todo lo contrario. Ya te lo he dicho, para mí es un sueño hecho realidad.
Mi chico se acercó a ella, la abrazó y le dio un beso en la cabeza. Después, Anna se secó las lágrimas y empezó a recoger sus cosas.
Sacó del armario una mochila bastante vieja y gastada que, dicho sea de paso, había conocido tiempos mejores.
Guardó en ella un teléfono móvil de la era de los dinosaurios y el libro que tenía sobre la mesita de noche. Cuando se dirigió hacia el armario para coger ropa, la detuve.
—No metas nada de eso, Anna. Ni siquiera es de tu talla.
—Es la ropa que nos dan aquí. No puedo permitirme el lujo de rechazarla.
—Ya, mamá, pero eso pertenece al pasado. A partir de ahora, tu vida ha cambiado y no vas a necesitarla.
—Entonces, dejadme llamar a mis dos mejores amigas para que vengan y se la repartan.
—Perfecto. Nosotros iremos de compras ahora mismo.
Anna salió de la habitación para buscar a sus amigas y yo aproveché para acercarme a Fabri.
—¿Estás contento?
—No te lo puedes ni imaginar.
—Esa mujer ha sufrido muchísimo, no hay más que verla, pero ha tenido mucha suerte de que decidieras buscarla.
—No. La suerte la he tenido yo por encontrarla y por haber podido hacerlo contigo de la mano.
Me giré y me puse de puntillas para besarlo en los labios. No es que yo fuera bajita, sino que aquel hombre era demasiado alto.
Así nos encontraron Anna y sus amigas, que nos observaban con una mezcla de asombro e incredulidad.
—Jessica, Marlene, ellos son Fabrizzio y Ainoa, mi hijo y mi nuera.
—Encantada —les dije con una sonrisa, al igual que Fabrizzio.
Eran dos mujeres de unos cincuenta años, guapísimas, aunque en sus rostros y sus manos se reflejaba el peso de todo lo que la vida las había obligado a soportar.
—Chicas, os dejo todas mis cosas para que os las repartáis entre las dos —les anunció Anna.
—Loca, ¿y tú cómo vas a vestirte? —le preguntó Jessica.
—No tendrá que preocuparse por eso. Yo me encargaré de que no vuelva a carecer de nada —respondió Fabri.
—Anna, sé que lo que voy a preguntarte es difícil de responder, pero… ¿estás segura de lo que estás haciendo? —preguntó Marlene.
—Al cien por cien.
—Mira que, tal y como está la vida, estás confiando demasiado en alguien a quien solo conoces por las revistas y los anuncios.
—Eso. Por muchas gafas de sol y mucha gorra que lleves, sabemos quién eres, y los famosos sois muy viciosos —añadió Jessica.
No pude evitar soltar una carcajada porque lo dijo con un tono que parecía sacado de una película de la mafia.
—Solo intento esconderme de algunas admiradoras que pueden llegar a ponerse un poco pesadas. Es más, voy a dejaros mi número de teléfono por si alguna vez necesitáis algo —les aseguró Fabri.
—Claro, como si fueras a responder a dos indigentes como nosotras…
—Por supuesto que responderé. Además, tengo una propuesta para vosotras, aunque será para dentro de unos meses, porque todavía no hemos comenzado las reformas.
Fabrizzio les ofreció trabajar en la casa de acogida y ambas aceptaron de inmediato.
Me aparté un poco con él mientras ellas comentaban la propuesta entre sí. Quería decirle algo sin que pudieran escucharnos y mi chico comprendió enseguida lo que se me había ocurrido.
—Fabri, tu madre va a vivir en la casa de invitados, ¿verdad?
—Ya sé lo que vas a pedirme y me parece una idea fantástica. Ahora mismo se lo diré.
—Harás muy feliz no solo a tu madre, sino también a ellas. Conseguirás que las tres dejen atrás una vida de mierda.
—Señoras, voy a proponeros otra cosa. Eso sí, antes necesito que me aseguréis que no consumís ningún tipo de droga ni tenéis problemas con el alcohol.
—Hombre, alguna cervecita nos bebemos de vez en cuando, sobre todo cuando podemos permitírnosla —respondió Jessica.
—Como todo el mundo. Eso no me preocupa.
—Hijo, ya te he dicho que no tenemos ni para comprar una barra de pan, así que resulta prácticamente imposible que consumamos nada de eso —añadió Anna.
—Yo perdí a mi marido por culpa de las drogas y, con él, se me fue toda mi vida. Así que no quiero verlas ni de lejos —aseguró Marlene.
—Entonces, recoged vuestros efectos personales, pero no os preocupéis por la ropa, porque nos vamos de compras.
—¿Adónde vamos? Todavía no nos has explicado nada —preguntó Jessica.
—Perdonad, me he emocionado con la propuesta y no he terminado de contároslo.
Fabri les explicó sus planes y las tres terminaron llorando de emoción y abrazadas como si les hubiera tocado la lotería.
—Chicas, lo primero que vamos a hacer es irnos las cuatro a la peluquería para que nos pongan todavía más guapas.
—Uy, hace por lo menos veinte años que no voy a una peluquería —dijo Jessica.
—Pues anda que yo… Creo que la última vez que fui todavía te alisaban el pelo con una plancha de la ropa —añadió Marlene.
Al final se llevaron muy pocas cosas, por no decir prácticamente ninguna, pero lo que sí lucían era una sonrisa que no tenía precio.
Antes de dejar atrás aquella etapa de sus vidas, las tres entregaron las llaves en recepción y explicaron lo que había sucedido y por qué se marchaban juntas.
Desi se alegró muchísimo por ellas y se despidió de las tres con una enorme sonrisa.