Capítulo 30 #2
Nuestro vuelo salía a las siete de la mañana, así que tendríamos que levantarnos a las cinco si no queríamos perderlo.
—Anda, vamos a la cama. No paras de mirar el reloj y, por mucho que lo hagas, el tiempo no avanzará más deprisa.
—Lo sé, pero parece que los minutos no pasan.
—A ver si, durmiendo, consigues que la espera se te haga más corta.
—Dudo mucho que logre conciliar el sueño.
—Ve subiendo. Voy a prepararte una infusión relajante y verás cómo te sienta bien.
Subí a nuestra habitación, me lavé los dientes y me metí en la cama. Sabía que la noche sería larga, pero esperaba descansar al menos un rato.
Unos minutos después, Ainoa apareció con una taza humeante. Hacía un calor de mil demonios para tomar una bebida caliente, pero decidí no decir nada.
Me entregó la taza y entró en el cuarto de baño, de donde salió un buen rato después. Al mirarla, una sonrisa se dibujó en mis labios.
—No me mires así, que estoy agotada.
—No sé mirarte de otra manera.
—Ya te digo yo que sí.
Capítulo 31
Fabrizzio
Tal y como había asegurado mi chica, aquella infusión me dejó de lo más relajado y me ayudó a conciliar el sueño enseguida.
Aunque antes volvimos a hacer el amor, porque a nosotros no nos hacía falta demasiado para encendernos y, en aquella ocasión, bastó una simple mirada por mi parte.
A pesar de que dormí como un bebé, cuando sonó el despertador ya llevaba un buen rato despierto. No me ocurrió como a Ainoa y me levanté a la primera, sin ningún esfuerzo.
Como ya teníamos confirmados los billetes y la reserva del hotel, solo tuvimos que vestirnos y recoger las maletas, que habíamos dejado preparadas junto a la puerta de salida.
Me di una ducha rápida y, en aquella ocasión, lo hice solo, porque, si Ainoa se metía conmigo, perderíamos el avión con total seguridad.
Mientras ella se duchaba y se vestía, bajé a preparar un poco de café para ayudarla a mantener los ojos abiertos.
Era cierto que el vuelo sería corto, pero, aun así, la ponía de los nervios. Ella insistía en que no tenía fobia a volar, sino miedo, aunque lo único que yo sabía era que no le gustaba absolutamente nada subirse a un avión.
—¿Está todo listo?
—Podemos marcharnos cuando quieras.
—Toma, bébete esto, anda, que te veo durmiéndote durante el trayecto.
—Ojalá, pero no creo que los nervios me lo permitan.
Ainoa se bebió el café como si fuera un vaso de agua, cogió su maleta y salió de casa mientras yo comprobaba que todo estuviera apagado y cerraba la puerta con llave.
Cuando salí, el taxi que habíamos reservado ya nos esperaba para llevarnos al aeropuerto, donde tomaríamos el vuelo que me acercaría hasta mi madre.
Durante el trayecto en avión no dejé de mover una pierna. No sabía si Anna querría verme ni cómo reaccionaría al descubrir quién era yo. Tampoco sabía si tendría que cancelar todo lo que había preparado pensando en ella.
—Si sigues moviendo la pierna de esa manera, terminarás haciendo un agujero en el suelo del avión.
—Estoy nervioso.
—¡No me digas! Desde luego, si no llegas a decírmelo, ni me habría dado cuenta.
—Muy graciosa la niña.
Ainoa soltó una carcajada justo cuando el comandante nos pidió que colocáramos los respaldos en posición vertical y nos abrocháramos los cinturones porque estábamos a punto de aterrizar.
—Te has salvado porque tenemos que ponernos los cinturones.
—¿Qué me estás contando, chaval? Si no te lo has desabrochado desde que salimos de Milán.
Bajé la mirada y comprobé que tenía razón. Ni siquiera me había dado cuenta.
Por favor, qué vergüenza. Parecía la primera vez que me subía a un avión, cuando me pasaba media vida volando de un trabajo a otro y había recorrido medio mundo.
Por suerte, nadie se había fijado. Como solo llevábamos equipaje de mano, tampoco tuvimos que esperar para recoger las maletas y pudimos salir directamente del aeropuerto.
Tomamos un taxi en la misma puerta y nos dirigimos al hotel. Sabía que quizá fuera demasiado temprano para presentarnos en la residencia o que Anna podría no encontrarse allí en ese momento, pero estaba tan nervioso que no podía pensar en ir a ningún otro lugar.
—Venga, deja la maleta y vámonos, que estamos muy cerca.
—Eso mismo pensaba decirte, aunque, si quieres descansar un rato, puedo ir solo.
—Solo me quedaría aquí si tú me lo pidieras porque necesitaras tener ese primer encuentro a solas con tu madre.
—Ni muerto te pediría algo así. Te quiero y te necesito a mi lado.
—Entonces, vamos. Podemos aprovechar e invitarla a desayunar.
—Si acepta verme, créeme que no solo desayunaremos con ella.
—Ya verás como sí. En cuanto sepa quién eres, estoy segura de que querrá conocerte.
Salimos del hotel y, al doblar la esquina de la calle en la que se encontraba la residencia, os prometo que me temblaban hasta las pestañas.
Entramos en la recepción, donde una chica bastante joven atendía a las personas que acudían a pedir información, entre ellas una señora que estaba hablando con ella.
Cuando terminó, se dirigió a nosotros.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarles?
—Buenos días. Estamos buscando a Anna Martel, una residente de este centro.
—Tendré que preguntarle si quiere y puede atenderlos. ¿A quién anuncio?
¿Qué debía decirle? ¿Le daba mi nombre real, le explicaba que era el hijo que le habían robado o me inventaba una identidad?
Por suerte, Ainoa percibió mis dudas y respondió por mí.
—Dígale que soy Ainoa Montero y que necesito hablar con ella sobre un asunto personal relacionado con su pasado.
—Un momento, por favor. La avisaré enseguida.
La chica cogió el teléfono, pero no tuvo tiempo de marcar. En aquel instante vi a una mujer que avanzaba por el pasillo situado frente a nosotros.
Era ella.
Anna también me vio y se quedó paralizada. El terror que apareció en su mirada me dejó sin saber qué hacer ni qué decir.
—Dios mío… Giovanni —murmuró, llevándose una mano al pecho.
—No. Soy Fabrizzio, pero me gustaría hablar con usted.
—Si te ha enviado tu padre, porque no tengo ninguna duda de que eres su hijo, dile que ya me ha hecho bastante daño y que me deje en paz.
—Mi padre no me ha enviado. He venido por mi cuenta.
—Anna, por favor, dele la oportunidad de explicarle por qué está aquí —le pidió Ainoa.
—Está bien, pero, si descubro que esto es algún tipo de encerrona de ese hombre, me marcharé.
—Te prometo por mi vida que no lo es.
Salimos de la residencia y nos sentamos en la primera cafetería que encontramos. Mi madre me observaba con una mezcla de curiosidad y miedo que no podía ocultar.
—No sé por dónde empezar…
—Cariño, empieza por el principio. Cuéntale lo que has descubierto y deja que después ella te explique su versión —me animó Ainoa.
—Antes necesito preguntarte algo y espero que no te ofenda.
—Chaval, a estas alturas de mi vida ya quedan pocas cosas capaces de ofenderme.
—¿Tuviste un hijo con mi padre?
—Sí. Y lo peor que hice fue contárselo. Estoy segura de que me engañó desde el principio y de que nunca quiso ayudarme. Solo pretendía quitar de en medio a mi hijo para quedarse contigo.
—Es cierto que no hizo nada de corazón, te lo aseguro, pero…
No fui capaz de continuar. No encontraba las palabras adecuadas, os lo prometo. Menos mal que Ainoa estaba conmigo porque, de lo contrario, quizá me habría marchado sin contarle la verdad.
—Señora Martel… —Empezó a decir mi chica.
—Anna, por favor. Lo de señora Martel suena a una importancia que yo no tengo.
—La llamaré Anna, pero no vuelva a decir algo así. Usted sí es importante, mucho más que otras personas.
—Hija, no tengo a nadie. Soy como un cero a la izquierda.
—Sí tienes a alguien —intervine, incapaz de seguir callado—. Me tienes a mí, porque soy tu hijo.
Anna me miró sin saber qué decir mientras las lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas.
—Tu hijo no murió —continuó Ainoa—. El bebé al que escuchaste llorar era Fabrizzio, pero te hicieron creer que había fallecido.
—Entonces, ¿el niño que murió fue el de Sabrina?
—Sabrina nunca estuvo embarazada. Todo fue una mentira para que tú te marcharas y no pudieras recuperar al niño al que ellos criaron como si fuera su hijo biológico —le explicó mi chica.
—Dios mío… No podéis imaginar cuánto tiempo llevo soñando con este momento. ¿Puedo darte un beso? —me preguntó mi madre.
—Uno, no. Mil, si es lo que te apetece.
A aquellas alturas ya llorábamos los tres a moco tendido. Nada de un par de lágrimas discretas por cortesía o compromiso.
El primer abrazo y el primer beso de mi madre me supieron a gloria. No sabría cómo describir lo que sentí, pero comprendí al instante que no quería volver a separarme de ella.
Anna nos contó que mi padre le había asegurado que su hijo había muerto. Según él, para evitar que el supuesto bebé de Sabrina le recordara constantemente su pérdida si se cruzaban algún día, le entregaría una buena suma de dinero con la que podría empezar de cero en otra ciudad.
—No me dio una mierda. Lo único que hizo fue comprarme un billete para Roma y entregarme el equivalente a mil euros.
—No se puede ser más cabrón.
—Desde entonces he trabajado en todo lo que he podido, pero nunca he ganado lo suficiente para vivir con cierta tranquilidad. Por eso terminé en esa residencia. La otra opción era quedarme en la calle.
—Eso se terminó, Anna. Quiero que te vengas con nosotros.
—No puedo, hijo. Vosotros tenéis vuestra vida y yo no quiero ser una carga para nadie, mucho menos tener que volver a ver a tu padre.
—No tendrás que verlo y jamás serás una carga para nadie.
Le conté todo lo que había sucedido con mi padre y cómo mi ilusión era que se viniera con nosotros y fuera ella la encargada de dirigir el hogar que estábamos a punto de abrir.