Capítulo 30
Fabrizzio
El plano que me mostró Valeria era una auténtica maravilla. La planta baja estaría destinada a las madres solteras y a las mujeres maltratadas, sobre todo a aquellas que llegaran con bebés.
Los niños, tanto los que fueran con sus madres como los que no tuvieran familia, se alojarían en la primera planta.
Modificando la distribución, en la planta baja podrían construirse seis habitaciones dobles, con capacidad para dos personas en cada una.
En la planta superior cabrían catorce habitaciones, todas con su propio cuarto de baño, en las que podrían dormir cuatro niños si se instalaban literas.
La biblioteca se dividiría en dos espacios. En uno colocaríamos escritorios para que los niños pudieran estudiar y hacer los deberes y, en el otro, varios sofás en los que sentarse a leer cómodamente.
Decidimos no modificar el salón. Solo retiraríamos los muebles y lo convertiríamos en un gran comedor.
El comedor actual pasaría a ser una sala de estar con sillones amplios y una televisión, donde todos pudieran disfrutar de su tiempo libre.
En el sótano conservaríamos la sala de cine, la piscina cubierta y la zona de juegos, en la que ya había un futbolín y una mesa de billar.
Una vez distribuido y organizado todo, acordamos que Valeria se encargaría de contratar a la empresa responsable de las obras y supervisar toda la reforma.
Ainoa había elegido un par de prendas de mi padre para Arturo porque estaba convencida de que le encantarían.
Yo, sin embargo, no podía dejar de pensar en el sobre que habíamos encontrado en aquel cajón, escondido de manera que nadie pudiera descubrirlo.
En cuanto llegara a casa, lo primero que haría, después de darme una ducha que esperaba compartir con mi chica, sería abrirlo y averiguar qué contenía.
—Chicos, nos vemos mañana, porque me parece que esta noche tendré bastante trabajo organizando el vestidor para que quepa todo esto —nos dijo Saúl, negando con la cabeza.
—No hará falta, amor. Lo que no quepa podemos guardarlo en el armario de la habitación de invitados.
—Muy considerada por tu parte, sí, señora —dijo mi chica entre risas.
Cada uno subió a su coche y pusimos rumbo a nuestras respectivas casas. El maletero del mío estaba cargado de cajas, que dejaría en el trastero del jardín, salvo las joyas, los relojes y las gafas de sol.
—Vamos a darnos una ducha, anda —le propuse a Ainoa en cuanto entramos por la puerta.
—Uy, uy… Eso suena muy bien.
—Pues ya sabes lo que te espera bajo el agua.
La sujeté por la cintura y la apreté contra mí antes de besarla como más me gustaba hacerlo: sin medida y con desesperación.
La levanté agarrándola por las nalgas y, con sus piernas enroscadas alrededor de mi cintura, subí las escaleras hasta nuestra habitación y entré directamente en el cuarto de baño.
La senté sobre el mueble del lavabo y comencé a desnudarla sin dejar de besarla.
Sus pechos me volvían loco. Los liberé de la camiseta y del sujetador para lamerlos y mordisquearlos mientras ella hundía los dedos en mi pelo.
Desabroché el botón de su pantalón corto. Podría haber deslizado la mano por una de las anchas perneras, pero preferí hacerlo despacio.
Continué besando sus pechos mientras introducía la mano bajo la tela hasta alcanzar su sexo. En cuanto sintió mis dedos entre sus pliegues, se retorció de placer.
Sin embargo, quería saborearla, así que retiré la mano y le bajé el pantalón de un tirón. Ella levantó las nalgas para ayudarme y, un instante después, quedó completamente desnuda delante de mí.
Le abrí las piernas y me coloqué entre ellas para hacer lo que llevaba deseando desde que salimos de la casa de mis padres.
No necesité demasiado. Apenas la acaricié unas cuantas veces con la lengua antes de que se estremeciera y alcanzara un orgasmo que saboreé por completo.
—Esto no vale. Yo estoy desnuda y tú sigues completamente vestido.
—Estoy de acuerdo. Por eso estoy aquí, para que hagas conmigo lo que quieras.
Vi cómo se le dilataban las pupilas y cómo el deseo se reflejaba en su mirada. Aquello consiguió que me pusiera todavía más duro.
Me moría por volver a sentir su boca rodeándome y, solo con imaginarlo, mi miembro palpitó dentro del pantalón.
Ainoa me desabrochó la camisa con prisas y tiró de ella hasta quitármela. Después hizo lo mismo con el pantalón, que dejó a la altura de mis tobillos.
De un par de patadas, envié el pantalón y el bóxer a la otra punta del cuarto de baño. Ya lo recogería todo cuando saliéramos de la ducha.
Ainoa no se lo pensó. En cuanto estuve desnudo, se arrodilló delante de mí, sujetó mi miembro con una mano y recorrió con la lengua toda su longitud, desde la base hasta la punta, antes de introducirlo en su boca.
Estaba tan excitado que apenas logré contenerme unos minutos antes de derramarme entre sus labios.
Verla relamerse fue una de las imágenes más eróticas que había presenciado en mi vida, aunque no pensaba permitir que aquello terminara ahí.
La cogí de la mano y la conduje hasta la ducha. Abrí el grifo con efecto lluvia, regulé la temperatura y nos colocamos debajo.
Las gotas resbalaban por sus pechos de la manera más sensual que había visto jamás. Aquello, unido a la expresión de placer que mostraba cada vez que recorría su cuerpo con las manos llenas de jabón, consiguió que volviera a excitarme.
La empujé poco a poco contra la pared hasta que su espalda tocó los azulejos. Le levanté una pierna y la penetré de una sola embestida, provocando que soltara un grito de placer.
Continué moviéndome con fuerza en su interior hasta que un nuevo orgasmo nos alcanzó y nos dejó casi sin fuerzas.
Terminamos de ducharnos entre risas, besos y caricias y salimos de allí completamente saciados. Al menos, en mi caso.
—¿Vas a abrir el sobre? —me preguntó.
—Eso pensaba hacer en cuanto terminara de vestirme.
—¿Quieres abrirlo a solas? No te sientas obligado a hacerlo conmigo. Entendería que prefirieras estar solo.
—¿Estás loca? ¿De dónde coño has sacado eso?
—No lo sé. No quiero importunarte.
—¿Acaso, si fuera al contrario, tú no querrías que estuviera a tu lado?
—No es que lo quisiera, es que te exigiría que lo estuvieras. Pero lo que yo haría no tiene por qué influir en tu decisión.
—Anda, péinate y baja. Te esperaré en el sofá para abrirlo juntos.
Bajé de nuestra habitación, porque ya no pensaba permitir que se marchara de allí, y preparé algo de picar. Ninguno de los dos tenía demasiado apetito, así que también saqué dos cervezas de la nevera.
Llevé todo hasta la mesa baja del salón y me senté en el sofá con el sobre en la mano, esperando a que Ainoa bajara.
Me quemaba entre los dedos. Antes de que se me quitaran las ganas de abrirlo, lo dejé sobre el sofá, justo a mi lado.
—Ya estoy aquí.
—Ven, siéntate conmigo y ayúdame a abrirlo, porque no me atrevo a hacerlo solo.
—Amor, tienes que saber qué contiene. Si estaba tan escondido, es porque alguien no quería que lo encontraran y puede guardar información importante.
—Eso mismo pienso yo y, precisamente por eso, me da pavor abrirlo.
—Venga, lo haremos entre los dos.
Ainoa cogió el sobre y lo abrió. Cuando vio la documentación que contenía, mientras yo todavía no me atrevía ni a mirarla, me la tendió.
—¿Qué es esto, Ainoa?
—Míralo tú mismo.
—No me atrevo.
—¿Y si te digo que ahí aparecen el nombre y el domicilio actual de tu madre biológica?
—¿Es una broma?
—Jamás bromearía con algo así. Salvo que se haya mudado durante los últimos tres meses, ahí tienes toda la información que buscabas.
Tal y como me había dicho mi chica, en aquel informe aparecían el nombre y el domicilio actual de mi madre biológica.
Todo indicaba que mi madre había encargado a alguien que investigara a Anna y la mantuviera localizada. No sabía para qué lo había hecho ni cuáles eran sus verdaderas intenciones, pero, después de todo lo descubierto, me resultaba imposible pensar que fueran buenas.
Aun así, no tenía ninguna prueba y no quería sacar conclusiones precipitadas.
Mi madre biológica se llamaba Anna Martel y vivía en Roma, en una residencia para mujeres sin recursos. Saber que se encontraba en aquella situación me dolió en el alma.
—Sé que es precipitado, pero no quiero esperar más para buscarla.
—Lo entiendo perfectamente. ¿Quieres que vaya contigo?
—Te agradecería muchísimo que lo hicieras.
—No tienes que agradecerme nada. Quiero estar a tu lado en todos los momentos de tu vida y, cuanto más importantes sean, más motivos tendré para acompañarte.
—Entonces, buscaré dos billetes de avión. No quiero que continúe en ese lugar sin saber que puedo ayudarla, siempre que ella acepte.
—Voy a avisar a mi hermano para que no se asuste si viene y no nos encuentra.
—Bien pensado. Yo me encargaré del viaje.
Cogí el portátil y, mientras Ainoa hablaba con Saúl, empecé a organizarlo todo.
Al revisar el correo, recordé que, debido a la campaña, ya teníamos previsto viajar a Roma al día siguiente y que tanto los billetes como el hotel estaban reservados. Solo tuve que confirmarlo todo.
También reservé una habitación adicional por si Anna aceptaba alojarse cerca de nosotros unos días. No quería presionarla ni dar por hecho que se marcharía conmigo a Milán, aunque deseaba tener la oportunidad de conocerla y devolverle, en la medida de lo posible, todo lo que le habían arrebatado.
Sabía que jamás podríamos recuperar los años que nos habían robado, pero todavía nos quedaba toda una vida para conocernos y querernos.
—Mi hermano dice que te lo tomes con calma, que eres capaz de abordar a la pobre mujer por la calle y asustarla —me contó Ainoa.
—Tan bruto no soy, aunque no te negaré que ganas no me faltan.
Por suerte, el informe incluía una fotografía reciente de Anna, por lo que podría reconocerla si me cruzaba con ella.
Nuestro hotel estaba cerca del Mausoleo de Augusto y, a su vez, a poca distancia de la residencia en la que vivía.
Los nervios me devoraban. Sabía que Anna había sido engañada y que había vivido creyendo que su bebé había muerto, pero ignoraba cómo reaccionaría al descubrir que yo estaba vivo y aparecía de repente ante ella.