Capítulo 29
Valeria me confesó que estaba loca por mi hermano, pero no quería que él creyera que la tenía comiendo de su mano. Por eso, no dudaba en hacer lo que considerara necesario para mantenerlo alerta.
Cuando me explicó que le había tirado los tejos al policía delante de Saúl, aun sabiendo que era gay, estuve a punto de tirarme al suelo de la risa.
—Hombre, si hubiera sabido que no era gay, no habría sido tan directa.
—Que no, dice la tía.
—Bueno, lo mismo me monto un sándwich con los dos. ¿Te imaginas la cara de tu hermano si le digo que quiero hacer un trío?
No podía seguir andando. Os prometo que estaba a punto de hacerme pis de la risa.
—Espera, que no puedo continuar —le dije entre carcajadas justo cuando noté que Fabri se acercaba.
—¿Qué te ha contado tu amiga para que te haga tanta gracia?
—Calla, no le digas nada, que es de la competencia.
Mi hermano se había quedado fuera observando el jardín y la piscina, por lo que no se había enterado de nada. Mi chico, que acababa de llegar, tampoco.
—Oye, que yo no soy competencia de nadie. Es mi amigo, pero…
—Y tu cuñado, amigo, que no se te olvide —añadió mi hermano al entrar en aquel momento.
—Luego te lo cuento —le dije a Fabri, agarrándome a su brazo.
—¿Has visto qué pedazo de casoplón, cariño? Yo no me veo viviendo en una casa así en la vida —le dijo Valeria a mi hermano.
—¿Cómo que no? ¿Y la que estás construyendo en mi ciudad?
—Bueno, pero esa está muy lejos.
—Podríamos venderla y buscar una aquí, en la zona que más te guste.
—¿Me lo dices de verdad?
—Completamente.
—¿Y si me dejas?
—¿Y si eres tú quien me deja a mí?
—Por favor, callaos ya, que me va a dar una subida de azúcar y no he traído la insulina —dijo Fabri, negando con la cabeza.
—Amigo, ya tengo bastante claro lo que se puede hacer en esta planta —le explicó Valeria.
—Vale, pero no quiero que desaparezca nada de lo que hay en el sótano ni la biblioteca de esta planta.
—Me lo suponía, por eso he respetado esas estancias en el plano.
—Bueno, subamos arriba. Así recogeré las cosas que quiero conservar y podremos donar el resto.
—¿Los bolsos y los modelitos de tu madre también? —le preguntó Valeria.
—Absolutamente todo. No quiero quedarme con nada de eso y, legalmente, el contenido de esta casa me pertenece, así que no podrán reclamármelo.
—Fabri…
—Venga, suéltalo. Aunque estoy seguro de que vas a sorprenderme.
—¿Puedo quedarme con algo si me gusta? Es que, con mi economía, si quiero un bolso de firma, lo único que puedo hacer es bajar al bazar de la esquina con un rotulador indeleble y pedirle al chino que me lo firme.
Solté una carcajada. Mi amiga no podía evitarlo; era graciosa por naturaleza, no porque buscara serlo.
—Anda, loca, coge lo que te dé la gana —le dijo mi chico mientras subíamos por las escaleras que conducían a la planta superior.
Empezamos, como no podía ser de otra manera, por el dormitorio de su madre. Me sorprendió muchísimo descubrir que sus padres dormían en habitaciones separadas, aunque, según Fabrizzio, siempre había sido así.
Cuando entramos en el vestidor, parecía que nos encontráramos en el almacén de una de las grandes firmas de moda.
Había absolutamente de todo: zapatos, botas, chaquetas de piel de todos los colores, vestidos para cualquier ocasión y bolsos de todos los tamaños y estilos.
—Fabri, creo que deberías preguntarle a Amelia si ella, su marido o el resto de los empleados quieren quedarse con algo de esta ropa.
—Tienes razón, no había pensado en ellos. Cuando bajemos, les diré que suban y elijan lo que quieran. Con el resto podemos organizar una venta benéfica.
—Chico, porque, si yo veo a un indigente con una chaqueta de alguna de estas firmas, te prometo que no le doy ni la hora —dijo Valeria, metiendo el dedito, como siempre.
—Por eso mismo será mejor organizar un mercadillo. En fin, pongámonos manos a la obra, que no quiero perder más tiempo.
El marido de Amelia era el jardinero de la casa. Ambos rondaban los cincuenta años, llevaban diez casados y, aunque no habían tenido hijos, parecían una de las parejas más felices que había conocido.
Fabri se dirigió hacia la zona del vestidor en la que se encontraba el joyero. Siendo sincera, pensaba que su madre se habría llevado todo lo que tuviera algún valor, pero las joyas continuaban allí.
Mi chico las guardó en una bolsa de terciopelo junto con los relojes. Después abrió un cajón que contenía cerca de cincuenta pares de gafas de sol.
—Ainoa, no hace falta que te diga que, si ves algo que te guste, puedes quedártelo. Y, por supuesto, quiero que utilices las joyas que estoy guardando.
—No, Fabri. Todo esto es tuyo y no estaría bien que yo lo utilizara.
—Precisamente porque es mío, verte llevarlo sería el mejor regalo.
Mientras hablábamos, descubrí una esquina de un sobre en el fondo del cajón.
—Fabri, ¿te has fijado en eso?
—¿En qué, mi vida?
—En el sobre que hay ahí, al fondo.
Mi chico introdujo la mano y consiguió sacarlo. Estaba pegado a la parte superior del hueco en el que encajaba el cajón, aunque parecía haberse desprendido parcialmente.
Tenía un aspecto bastante antiguo y algo me decía que podía estar relacionado con su madre. Por eso, cuando vi que se disponía a abrirlo, lo detuve.
—No lo abras ahora. Será mejor que lo hagas en casa, cuando estés tranquilo.
—¿Tú crees?
—Sí. Algo me dice que, si lo abres aquí, no podrás continuar con lo que estás haciendo.
—Tengo la misma impresión. Toma, guárdalo en tu bolso.
La zona en la que nos encontrábamos estaba separada del espacio donde se colgaba la ropa y en el que Valeria se movía como una niña en un parque de atracciones.
—Chico, esto es como si me hubiera tocado la lotería —le dijo a mi hermano, que permanecía con los brazos extendidos, cargado con toda la ropa que ella iba eligiendo.
—Me alegro de que te haga feliz —respondió mi chico entre risas.
—Claro, como no eres tú quien está sujetándolo todo —protestó Saúl.
—Espera, no te preocupes. Ahora mismo lo soluciono —le dijo Fabri antes de salir del dormitorio.
La verdad era que allí había auténticas maravillas. Una prenda en concreto llamó mi atención y me dirigí hacia ella para quitarla de la percha.
Era una chaqueta de piel roja, de una firma muy conocida, con un tacto increíble.
—Sabía que te gustaría, por eso no la he cogido —me dijo Valeria.
—Por eso y porque llevas unas veinte parecidas en todos los colores —añadió mi hermano.
Unos minutos después, Fabri regresó con una especie de carrito en el que Valeria podría ir dejando todo para que Saúl no tuviera que cargarlo.
—Fabri, ¿te importa si me quedo esta chaqueta?
—Ainoa, coge todo lo que te guste. De verdad que no me importa, sino todo lo contrario. Además, esa chaqueta se la regalé yo a mi madre durante uno de mis primeros viajes y ni siquiera llegó a estrenarla.
—Yo me he tomado tu ofrecimiento al pie de la letra. La pena es que tu madre no tenga el mismo número de pie que yo porque, de ser así, necesitaría una furgoneta para llevármelo todo —dijo Valeria.
Después pasamos al vestidor de su padre y repetimos la misma operación. En aquella ocasión no encontramos ningún sobre, sino un buen fajo de billetes escondido en el fondo de un armario.
—Esto no me gusta nada —dijo Fabri, observándolo—. Con todo lo que sabemos, podría proceder de alguno de sus negocios ilegales.
—Será mejor que no lo toquemos más de lo necesario y avisemos a Marco —le recomendé.
Mi chico asintió, fotografió el lugar exacto en el que lo habíamos encontrado y llamó al hermano de Carlo para explicarle lo ocurrido.
—Vendrán a recogerlo y comprobarán su procedencia —me explicó después de colgar—. Yo quería darles algo a Amelia, a su marido y a Clara para agradecerles todos estos años, pero lo haré con mi propio dinero.
—Eso es un gesto muy bonito, Fabri, y dice mucho de ti.
—También me habría gustado ayudar más a las mujeres que encontraron en el avión, pero la policía y los servicios sociales se están encargando de protegerlas y buscar la mejor solución para cada una.
—Ya estás haciendo mucho por los demás, incluida yo.
—No, mi vida. Por ti todavía me queda muchísimo por hacer.
Nos dimos un beso y continuamos recogiendo las pertenencias que queríamos conservar y guardándolas en cajas.
No pudimos entrar en el despacho de su padre porque la policía se había llevado toda la documentación y los ordenadores y había precintado la estancia.
—Ya he preparado un primer plano con los cambios que me has pedido, Fabri —le dijo Valeria.
—Ven, vamos a la cocina. Quiero decirles a Amelia, a su marido y a Clara que suban y elijan lo que quieran. Después veremos todo lo que has preparado.
Llegamos a la cocina riendo por las ocurrencias de Valeria, que aseguraba que en el recibidor se podía instalar un parque de atracciones para los niños porque cabía perfectamente.
—Me alegra volver a escuchar risas en esta casa —nos dijo Amelia.
—Cuando terminen las reformas, será el sonido que más se oiga aquí. Te lo garantizo —le respondió mi chico.
—Eso espero. He preparado algo de comer porque no podéis marcharos con el estómago vacío.
—Me parece una idea fantástica, pero solo si vosotros también os sentáis a la mesa. Tenemos mucho de lo que hablar y, además, quiero daros una cosa.
—¿Nosotros? Señor…
—Fabrizzio o Fabri. El Señor está en la iglesia.
—Lo siento. Son muchos años dirigiéndome a ustedes de esa manera.
—Lo sé, pero las cosas han cambiado mucho desde entonces.
—Lo que quería decir es que nunca, durante todo el tiempo que llevamos trabajando aquí, nos hemos sentado a comer con la familia.
—Mis padres tampoco comieron jamás en la cocina, pero, como ya te he dicho, las cosas han cambiado y todavía van a cambiar más.
Nos sentamos todos a la mesa. Al principio, se mostraron bastante cortados y cohibidos, pero poco a poco fueron relajándose hasta terminar riendo con las ocurrencias de Valeria, quien aseguraba que, cuando tuviera que regresar a España, pagaría más por el equipaje que por el billete.
Cada vez que mi hermano la escuchaba hablar de marcharse, le cambiaba la expresión. Estaba claro que no quería que mi amiga regresara a España y esperaba que, después del tiempo que tardaría en completar la reforma, terminara decidiendo quedarse.
—Amelia, quiero que tú, tu marido y Clara aceptéis este dinero. Repartidlo entre los tres y utilizadlo para iros de vacaciones o daros algún capricho —dijo Fabrizzio, entregándole tres sobres que había preparado con dinero de su cuenta.
—Fabrizzio, esto es demasiado —respondió Amelia.
—Es lo que os merecéis. Ni un céntimo más ni uno menos.
—Gracias, porque con este dinero podré pagar por fin el tratamiento que necesita mi hijo —dijo Clara.
—No, Clara. Ese dinero es para ti, para que te vayas a un parque de atracciones, a la playa o adonde quieras. Del tratamiento de tu hijo hablaremos después.
—No puedo permitirlo, Fabrizzio. De verdad que no.
—Claro que puedes. Y debes. Además, quiero que subáis a los dormitorios de mis padres y elijáis toda la ropa o los objetos personales que os gusten. Con el resto podéis organizar una venta benéfica.