Capítulo 28
Fabrizzio
Llegamos a casa de Saúl, que nos abrió la puerta con una cara de pocos amigos difícil de describir.
—¿Se puede saber qué te pasa?
—Esa mujer va a volverme loco en todos los sentidos, te lo juro.
—¿Qué ha hecho ahora? —le preguntó su hermana entre risas.
—Anda, entra y deja que te lo cuente ella misma —le respondió.
Ainoa no se lo pensó dos veces. Entró en la casa gritando el nombre de su amiga y buscándola por todas partes.
Al fijarme en Saúl, vi que llevaba los pantalones torcidos, el pelo revuelto y los labios manchados de carmín, por lo que no pude evitar soltar una carcajada.
—¿Se puede saber de qué coño te ríes?
—No se puede tener más arte que esa mujer.
—Sí, sí, un arte muy loco, chaval.
—No, si al que está volviendo loco es a ti.
—Ni que lo digas. Te prometo que no sé qué quiere de mí.
—Pero ¿qué ha pasado entre vosotros?
—Todo lo que puedas imaginar y más.
—Anda, dame una cerveza y cuéntamelo. Así te desahogas.
Saúl sacó dos cervezas de la nevera y fuimos hasta el jardín, donde nos sentamos a la sombra mientras las chicas charlaban en una de las habitaciones.
Mi amigo, y futuro cuñado, empezó contándome que la primera noche que pasaron en aquella casa habían dormido juntos y que pensaba que todo iba bien entre ellos.
—Hasta que llegamos a Turín y empezó a tirarle los tejos al policía que nos custodiaba.
—¡No! ¿Me lo dices en serio?
—Completamente. Cuando se lo recriminé, me soltó, y cito textualmente: «¿Te has creído que soy de tu propiedad, chaval?».
Volví a reírme porque aquella mujer era única y tenía una manera muy particular de reclamar la atención del hombre que le gustaba.
—¿Y qué le contestaste?
—¿Qué querías que le dijera? Que, en nuestra tierra, cuando dos personas tienen una relación, y salvo que hayan acordado otra cosa de antemano, se deben fidelidad.
—Me da miedo preguntarte qué te respondió.
—Al principio, nada. Se echó a reír a carcajadas mientras yo la miraba como si fuera un extraterrestre.
—Un diez para esa mujer.
—Claro, como no eres tú quien tiene que lidiar con ella…
—Oye, que tu hermana también tiene un carácter que hay que saber llevar.
—Ni la cuarta parte que Valeria, te lo digo yo.
Al final, me contó que ella le había dicho que, si quería fidelidad, ya sabía lo que tenía que hacer. Mientras su relación no fuera formal, se acostaría con quien le diera la gana.
Estábamos hablando de aquello cuando escuchamos a las chicas bajar las escaleras entre risas y bromas.
No pudimos terminar la conversación, aunque estaba claro que, antes de que llegáramos, habían vuelto a acostarse. De lo contrario, ella no habría estado arriba ni él nos habría abierto la puerta con aquellas pintas.
—Mi amiga me ha dicho que tenías que hablar conmigo —me dijo Valeria, dándome un beso en la mejilla.
—Así es. Tengo una proposición para ti.
—Como dice mi amiga Mirna: «¡Diosito, por favor, que sea una proposición indecente!».
Ainoa le dio una colleja mientras yo no podía parar de reír. Valeria era única y me lo pasaba en grande con ella.
Sabía que era la mujer ideal para mi amigo porque lo mantendría siempre alerta y no permitiría que se acomodara en una relación hasta dejar que la rutina terminara por hastiarlo.
Saúl me lanzó una mirada que, de no ser porque yo era su mejor amigo, me habría agarrado de las orejas —por no decir de los huevos— y me habría puesto de patitas en la calle.
—Lo siento, pero ese tipo de proposiciones solo se las hago a mi chica. Si quieres una, tendrás que pedírsela a este —respondí, señalando a Saúl.
—Amigo, no hace falta que des detalles sobre tu vida sexual. Por si no te has dado cuenta, tu chica resulta ser mi hermana.
—Ya ha salido el tiquismiquis que lleva dentro —dijo Valeria.
—No me hagas hablar, por favor, que quiero tener la fiesta en paz.
—Bueno, dejemos esos comentarios y dime qué tienes que proponerme.
Les conté lo que había decidido hacer con la casa de mis padres y a los dos les pareció una idea genial.
—Hay que realizar una reforma importante y quiero que seas tú quien se encargue de ella.
—¿De verdad? ¿Vas a confiar en mí?
—Por supuesto. No se me ocurre una arquitecta mejor. Eso sí, no quiero que hagas el proyecto a través de tu empresa, sino de manera particular.
—¿Y cómo se supone que voy a hacerlo?
—Podrías solicitar una excedencia por motivos personales. No quiero que el dinero se lo lleve otro, sino que el trabajo y los beneficios sean para ti.
Valeria empezó a dar saltos. Después se acercó a Saúl, le sujetó la cara con ambas manos y lo besó como si no hubiera un mañana.
—¿Has oído, amor? ¡Me quedo una temporada!
Saúl la miró con una sonrisa de absoluto enamorado, aunque él insistiera en negar que lo estaba.
—Me alegro mucho, mi vida. Pero, por favor, intenta no volverme loco durante todo el tiempo que permanezcas aquí.
—Si te molesto, no te preocupes. Me buscaré una casa para mí sola.
—Yo no he dicho eso, Valeria. Solo quiero que te aclares y me digas en calidad de qué quieres tenerme a tu lado.
—Dejemos esa conversación para más tarde. Ahora quiero conocer todos los detalles de la casa.
—Para eso será mejor que vengas con nosotros. Así podrás verla y hacerte una idea de lo que quiero.
—Saúl, ¿me acompañas? —le preguntó ella.
En cuanto lo vi levantarse para ir a cambiarse, supe que aquella mujer lo tenía comiendo de la mano y que, o se espabilaba, o terminaría perdiéndola, porque Valeria tenía muy claro lo que quería y lo que no estaba dispuesta a aceptar.
Salimos de allí cada pareja en su coche. De ese modo, si yo tardaba más de la cuenta en recoger los objetos que quería conservar, Saúl y Valeria podrían marcharse cuando terminaran.
Ella llevaba también la tableta, en la que cargaría los planos e iría anotando todas las reformas que considerara necesarias.
Cuando entramos en la mansión, el personal continuaba allí, sin saber muy bien qué hacer ni cómo actuar. Por eso, lo primero que hice fue reunirlos mientras Valeria y Ainoa empezaban a recorrer la planta baja.
—Señor Di Luca, ¿qué va a ocurrir con nosotros ahora? —me preguntó uno de ellos.
—Voy a explicaros cuáles son mis planes para esta casa. Quien quiera quedarse tendrá las puertas abiertas. A quien prefiera marcharse se le abonará todo lo que le corresponda y podrá hacerlo sin ningún problema.
Les expliqué el proyecto. Tanto la cocinera como el jardinero y una de las trabajadoras de la limpieza dijeron que querían continuar allí.
Por el contrario, las otras dos empleadas de la limpieza nos comunicaron que preferían marcharse. No estaban dispuestas, según sus propias palabras, a limpiar la suciedad que fueran dejando los niños.
Entendía que no era lo mismo encargarse de una casa habitada por dos adultos que trabajar en otra en la que vivirían varios menores.
No intenté hacerlas cambiar de opinión, aunque tenía claro que los niños colaborarían con el orden y la limpieza en la medida de sus posibilidades.
—No hay ningún problema. En cuanto termine lo que he venido a hacer, hablaré con mi asesor para que prepare vuestros finiquitos.
—¿Cuándo tendremos que marcharnos?
—No es necesario que lo hagáis hoy. Podéis organizaros con calma, pero antes de que comiencen las obras necesitaré que hayáis dejado la casa. Mañana a primera hora tendréis ingresado lo que os corresponda y recibiréis una carta de recomendación por correo electrónico.
—Muchas gracias, señor Di Luca. En ese caso, empezaremos a recoger nuestras cosas.
Algunos empleados de mis padres vivían dentro de la propiedad, en una zona destinada al personal que contaba con todas las comodidades, aunque se encontraba apartada de la vivienda principal.
Amelia, la cocinera, me miró con cierta preocupación.
—Señor, ¿nosotros también tendremos que abandonar nuestra casa? Es que…
—No, Amelia. Quienes queráis continuar trabajando aquí podréis quedaros en vuestras viviendas. Esa zona se mantendrá como está, salvo que me digáis que necesitáis alguna mejora.
—Para nada, señor. Tenemos todas las comodidades que podríamos necesitar.
—Bueno, habrá un cambio. A partir de ahora podréis utilizar la piscina exterior siempre que queráis. Ya no estará reservada únicamente para la familia.
La sonrisa que apareció en los rostros de los empleados me reconfortó más que cualquier otra cosa.
Además, les pedí que, por favor, me tutearan y se dirigieran a mí por mi nombre, no por el apellido.