A dos anuncios de conquistarte Capítulo 27
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Capítulo 27

Fabrizzio

Todo lo relacionado con las amenazas y los mensajes quedó en manos de la policía. La presión de la prensa también disminuyó después de una comparecencia que no dejó indiferente a nadie.

Los reuní en el jardín de mi casa, tal y como había anunciado, y me planté ante ellos con una seguridad y una entereza que, en realidad, estaba muy lejos de sentir.

—Buenas tardes, amigos de la prensa. He convocado esta comparecencia para hacer un comunicado. Os agradecería que no me interrumpierais hasta que termine. Después responderé a todas vuestras preguntas.

Durante más de dos horas expliqué todo lo que podía contar y contesté a sus preguntas, tanto sobre mi posible implicación en lo sucedido como acerca de mi relación con mis padres.

No me dejé nada en el tintero ni me negué a responder a ninguna cuestión. Cuando terminaron de preguntar, les pedí que respetaran nuestra intimidad.

—Ya os he respondido a todo y sigo aquí por si necesitáis alguna aclaración. Si no es así, os pido encarecidamente que nos dejéis tranquilos. Todavía tenemos mucho que asimilar.

—Gracias, señor Di Luca. Por parte de mi periódico, respetaremos su petición.

Uno tras otro, fueron aceptando que no nos perseguirían en busca de nuevas declaraciones. Por mi parte, me comprometí a convocar otra rueda de prensa si se producía algún cambio importante que pudiera comunicar.

Cuando todos se marcharon, Ainoa me esperaba en el salón, donde teníamos que reunirnos con mi abogado para hablar de las empresas, la herencia y todo lo demás.

—Vamos a ver, Fabrizzio. Según la documentación que hemos revisado, todo te pertenece: tanto lo que heredaste de tus abuelos como los bienes adquiridos con los beneficios generados por ese legado.

—¿Qué puedo hacer con todo esto? Te prometo que no sé ni por dónde empezar.

—¿Quieres conservar las empresas? Empecemos por ahí.

—En cierta medida, sí. Me gustaría mantener las que funcionan de manera legal. De los demás negocios, que se encargue la justicia.

—Por supuesto, me refería únicamente a los legales.

—No quisiera desprenderme de lo que mis abuelos levantaron con tanto esfuerzo y sacrificio.

—Hay una opción que, desde mi punto de vista, sería la más conveniente, porque tú no tienes ni la más remota idea de cómo gestionar una empresa vitivinícola.

—¿Y cuál es esa solución tan maravillosa?

—Podrías arrendar la explotación a los propios trabajadores. Ellos se constituirían en una cooperativa, se encargarían de la gestión y te abonarían una cantidad anual acorde con los beneficios y el valor de la empresa.

—Me parece una idea estupenda. Ellos conservarían sus puestos de trabajo y yo no tendría que hacerme cargo de algo que desconozco por completo. ¿Cuándo podrías preparar una propuesta?

—Mañana por la tarde podría tener listo un primer borrador.

—Perfecto. Entonces convocaré a todos los trabajadores para pasado mañana a las doce.

—Con respecto a la firma de moda y a la agencia de publicidad…

—Uf, con eso tengo una duda existencial.

—Uy, hijo, qué dramático te has puesto —se burló Ainoa, consiguiendo que sonriera.

—Tu chica tiene razón. Estás un poco dramático, ¿no crees? —añadió el abogado.

—Es que no os ponéis en mi lugar. No quiero tener que hacerme cargo de una empresa que no me interesa. Por mucho que trabaje como modelo, no entiendo de diseño ni de cómo gestionar una firma de moda.

—Entonces, véndela. No forma parte del legado original de tus abuelos, sino que tu padre la adquirió con los beneficios de las otras empresas, igual que hizo con la agencia.

—Pues encárgate tú de buscar un comprador, por favor. No me apetece ponerme ahora a revisar balances, valoraciones y todo lo demás.

—Conozco a la persona idónea. Lleva bastante tiempo buscando una empresa de esas características, pero hasta ahora no había encontrado ninguna.

—Entonces, prepara una valoración y preséntale una oferta justa. Del importe de la venta, descuenta tus honorarios, como siempre.

—Menos mal que confías plenamente en mí, porque, de lo contrario, cualquiera podría aprovecharse de ti.

—Una preocupación menos. Solo nos quedan la agencia y la casa.

—¿Con cuál quieres continuar?

—Con la casa. Sacaré de allí los efectos personales de mis abuelos, sus recuerdos y las joyas que legalmente me correspondan. En cuanto al edificio, quiero darle otro uso.

—Tú dirás, aunque contigo ya me espero cualquier cosa.

—Quiero constituir una fundación para ayudar a niños sin familia y a madres solteras que no tengan dónde vivir. La casa se convertirá en un hogar para ellos.

—¿En una de las urbanizaciones más exclusivas de Milán?

—No se merecen menos. Tendrán que reformar el interior y adaptar los espacios, y quiero que las obras se paguen con parte del dinero obtenido por la venta de la firma de moda.

—Valeria podría encargarse de las reformas. Ya sabes que es arquitecta —me recordó Ainoa con una sonrisa.

—No se me ocurre nadie mejor. Así que ya tenemos a la arquitecta perfecta para llevar a cabo el proyecto.

—Y, por último, la agencia de publicidad —continuó el abogado.

—En ese caso tengo las ideas todavía más claras que con la casa.

—Pues nada, ilumínanos, si eres tan amable.

—Quiero que Martín deje de estar al frente de la agencia. Revisa su contrato y encárgate de que se le abone todo lo que legalmente le corresponda.

—Tendré que estudiar su situación contractual, sobre todo porque era el antiguo propietario y pudo conservar determinadas condiciones cuando se produjo la venta, pero me encargaré de ello.

—Perfecto. Después, quiero ofrecerle la dirección general a Ainoa Montero, trasladar la sede principal de España a Milán y proponerle a Arturo Camacho que se haga cargo de la delegación española.

—Cariño, ¿estás seguro de querer hacer eso? —me preguntó Ainoa.

—Completamente. Sé que a Carlo le encanta España y que, si todavía no se ha mudado allí, es porque Arturo no terminaba de decidirse. Decía que, manteniéndolo a distancia, sufriría menos.

—Bien, pues ya tenemos una idea general. Ahora habrá que redactarlo todo formalmente y hablar con las personas implicadas antes de efectuar ningún cambio —señaló el abogado.

—Una cosita: quiero que Arturo y yo le entreguemos personalmente a Martín la comunicación de su cese —pidió Ainoa.

No pude evitar soltar una carcajada.

—¿En serio? Sois muy malos, que lo sepas.

—Si en esta historia hay alguien malo, te aseguro que es él. Ha jugado con los sentimientos de mucha gente.

—En ese caso, os acompañaré, pero me mantendré en un segundo plano.

—¿Cuándo podremos hacerlo?

El abogado y yo soltamos una carcajada al mismo tiempo. Él negó con la cabeza, como si nunca se hubiera encontrado con alguien que tuviera tantas ganas de entregar una carta de despido.

—¿Tienes ganas de quitártelo de encima? Porque no se te nota nada —bromeó.

—Uy, no te lo puedes ni imaginar. Estoy a punto de enviarle yo misma un correo para comunicárselo. Si no fuera porque me muero por verle la cara, lo haría ahora mismo.

—Entonces, lo dejaré todo preparado para que podáis hacerlo en cuanto se resuelva su situación contractual.

—Será mejor que formalicemos primero los cambios administrativos y después nos ocupemos del personal. ¿Te parece? —le pregunté al abogado.

—Sí, creo que es la mejor opción.

—Mientras tanto, arreglemos lo de la casa. Me muero de ganas de que le contemos a Valeria que será la encargada del proyecto.

El abogado se despidió de nosotros después de prometer que nos mantendría informados de todos los avances y que al día siguiente me enviaría el primer borrador de la propuesta para la empresa vitivinícola.

En aquel mismo momento envié un correo corporativo a todos los trabajadores para citarlos dos días después, a las doce de la mañana, en la nave principal de la bodega.

Eran muchos y no había otro espacio en las instalaciones con capacidad suficiente para reunirlos a todos.

Tenía una idea rondándome la cabeza. Como, afortunadamente, no necesitaba aquel dinero para vivir, les concedería un año de carencia.

Durante los primeros doce meses no tendrían que abonarme nada por el arrendamiento y empezarían a hacerlo a partir del segundo año, cuando la cooperativa ya estuviera asentada.

Valeria seguía viviendo en casa de Saúl, aunque las cosas entre ellos no parecían marchar demasiado bien. Chocaban muchísimo, pero yo tenía claro que se debía a que ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.

Por eso, le propuse a Ainoa que fuéramos hasta allí para hablar con su amiga y pedirle que nos acompañara a ver la mansión. Necesitaba que conociera su distribución y empezara a hacerse una idea de las posibilidades que ofrecía.

Quería saber cuántas habitaciones podrían construirse sin eliminar la piscina interior, la sala de cine ni, mucho menos, la biblioteca.