A dos anuncios de conquistarte Capítulo 26
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Capítulo 26

Llegamos a casa de Fabri sin saber muy bien cómo digerir todo lo que nos habían contado ni las emociones a las que habíamos tenido que enfrentarnos. En especial Fabrizzio, cuya vida había dado un vuelco brutal.

Todos nos esperaban en la entrada. Ver a mi gente sana y salva, sobre todo a mi hermano, hizo que las lágrimas brotaran de mis ojos sin control.

—Ya, mi niña, deja de llorar, que todo ha pasado —me dijo mi hermano.

Me abracé a él como si no hubiera un mañana.

—Lo sé, pero he pasado muchísimo miedo por todos vosotros.

—Nosotros estábamos mejor que bien, amiga. No veas el pedazo de policía que nos pusieron para custodiarnos —comentó Valeria.

Noté cómo mi hermano se tensaba.

—No puedo creerme que hayas estado pensando en eso, Valeria. De verdad.

—Hombre, claro. Ya que no podíamos salir, por lo menos me alegraba la vista.

—¿No tenías suficiente con alegrártela con mi hermano?

—De eso será mejor que hablemos después, porque ahora no me apetece.

Entramos en la casa y nos sentamos en el porche trasero con una cerveza en la mano, que era lo que más nos apetecía en aquel momento.

Fabri y yo continuábamos con los teléfonos apagados. No nos habíamos atrevido a encenderlos por miedo a las llamadas o los mensajes que pudiéramos encontrarnos.

Arturo nos observaba, consciente de que habíamos descubierto algo más, pero no se atrevía a preguntar. Esperaba a que alguno de nosotros abriera la boca y fue mi chico quien lo hizo.

—A ver, todo lo relacionado con la redada no es más que la punta del iceberg.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Carlo, mientras los demás lo miraban expectantes.

—En la comisaría hemos descubierto muchas más cosas —les dije.

—¿Muchas más sobre qué? —preguntó esta vez mi hermano.

—Sobre las actividades ilícitas de mis padres.

—¿Todavía hay más aparte de lo que ya han descubierto? —preguntó Arturo.

—No podéis ni imaginarlo.

Fabri empezó a relatarles todo lo que había sucedido y lo que la policía nos había contado.

Nos miraban completamente sorprendidos, como si les estuviéramos narrando el argumento de una de aquellas películas de sobremesa de los sábados por la tarde.

—Joder, amigo, de la noche a la mañana te has convertido en un heredero millonario —bromeó Arturo.

—Ni que lo digas. Mi amiga Ainoa ha dado un buen braguetazo —añadió Valeria.

Sabía que intentaban quitarle un poco de hierro al asunto, pero todo era demasiado fuerte como para que pudiéramos actuar con normalidad.

Observé cómo mi hermano no apartaba los ojos de mi amiga y cómo ella lo provocaba con los comentarios que acababa de soltar. No pude evitar sonreír, aunque no por la broma de Valeria, sino por la forma en que Saúl se la tomó.

—Mi hermana no necesita el dinero de nadie. Primero, porque sabe sacarse las castañas del fuego ella sola y, segundo, pero no menos importante, porque me tiene a mí para todo lo que necesite.

—Saúl, lo ha dicho de broma. Ni siquiera Fabri se lo ha tomado mal. ¿Verdad?

—¿Cómo voy a tomármelo mal? Entre otras cosas, porque ni yo mismo sabía lo que me habían legado mis abuelos, así que mucho menos ibas a saberlo tú —respondió mi chico antes de darme un beso en los labios.

—Bueno, ¿dónde habéis estado vosotros? —preguntó Carlo.

—En Turín —respondimos todos a la vez.

—¿En serio? No puedo creérmelo.

—¿En qué zona de Turín estuvisteis? —les pregunté.

En realidad, ninguno conocía el nombre del barrio o del distrito en el que nos habían alojado, pero, por las descripciones que dimos, dedujimos que habíamos estado todos en la misma zona.

Apostaría cualquier cosa a que incluso nos habían instalado en el mismo edificio. Habíamos llegado de manera escalonada y, como no podíamos salir de los pisos, no habíamos tenido ocasión de cruzarnos en las escaleras ni en el portal.

Se me escapó una carcajada. Todo aquello era tan… No sabía ni cómo definirlo, porque decir que la situación era surrealista se quedaba corto.

Al final, ninguno de nosotros pudo contenerse y terminamos riendo. Era la primera vez que lo hacíamos de aquella manera desde que había comenzado todo, sin preocupaciones, disfrutando durante unos minutos de la tranquilidad de estar juntos.

En un momento determinado, Fabri y yo nos miramos y comprendimos lo que el otro estaba pensando.

Cogimos los teléfonos y los encendimos. Lo primero que encontramos fue una avalancha de mensajes. Algunos ya no tenían ningún sentido y otros parecían escritos con una intención muy concreta.

Ese fue el caso de uno que había recibido de Moisés la misma noche en que nos marchamos y que, después de conocer los detalles de la operación, comprendí que no tenía nada de inocente.

—Mira el mensaje que me envió Moisés la noche en que nos fuimos.

—Yo también tengo uno de mi padre —respondió Fabri.

Intercambiamos los teléfonos para poder leerlos. El rostro de mi chico perdió todo el color, hasta el punto de que tuvo que levantarse y correr al baño para vomitar.

¿Qué decía el mensaje? Pues ahora mismo os lo cuento.

Moisés: Hola, preciosa. Espero que todo haya ido bien con tu chico. No le hagas daño, es un buen hombre y un buen partido, para qué negar lo evidente.

»Te escribo porque necesito tu ayuda. ¿Podrías venir mañana al hotel antes de las doce? Quiero que veas algo que no puedo enviarte por foto.

»Además, tengo muchas ganas de verte y darte un achuchón, porque espero que no hayas olvidado que nuestra amistad está por encima de todo. Un beso .

—Hay que ser muy cabrón para escribir algo así, mucho más después de descubrir a qué se dedicaba en realidad —dijo Arturo.

—Ese mensaje puede tener una doble intención —señaló mi hermano.

—¿Cuál? Yo solo veo que quería tenerla cerca y controlada —respondió Valeria.

—Entonces, amiga mía, me parece que eres más inocente de lo que cualquiera de nosotros imaginaba —le dije mientras le tomaba la mano.

—Efectivamente —dijo Fabrizzio al reaparecer por la puerta del jardín.

—Sigo sin entenderos.

—Es muy sencillo. La llamó al hotel por dos posibles razones. La primera, para hacer creer que ella también estaba implicada en toda aquella trama.

—Pero eso es imposible. Si lo conoció el otro día y fue por casualidad.

—La segunda, y la que más miedo me da, es que pretendiera llevársela como a las demás mujeres, hacerla desaparecer y utilizarla como moneda de cambio para obligarme a colaborar con los negocios de mi padre —explicó Fabri.

Os prometo que no había pensado en aquella posibilidad y se me puso el vello de punta.

¿Qué habría ocurrido si hubiera acudido a aquella cita? ¿Dónde estaría en esos momentos?

—Ainoa, creo que será mejor que llamemos a mi hermano. Tiene que conocer la existencia de ese mensaje —dijo Carlo.

—Sí, por favor, llámalo. El que me ha enviado mi padre tampoco tiene desperdicio —añadió Fabri.

Mi chico tendió el móvil a los demás y Arturo leyó el mensaje en voz alta para que todos pudieran escucharlo. Yo ya lo había leído.

Giovanni: Fabrizzio, no creas que voy a quedarme de brazos cruzados ante tus amenazas y las de tu amiguita. Dile que mantenga la boca cerrada o será ella quien termine lamentándolo.

—Joder, eso es una amenaza en toda regla —dijo mi hermano, pasándose una mano por el pelo.

—Lo sé, Saúl, pero, por suerte, desde donde está ya no puede hacerme nada —respondí, convencida de que así era.

—No, Ainoa. Tenemos que continuar siendo prudentes. Los tentáculos de mi padre son muy largos y puede seguir dando órdenes desde dentro.

—¡Me cago en todo! No me digas esas cosas ni en broma —le solté, sintiendo que los nervios volvían a apoderarse de mí.

Justo en aquel momento sonó el timbre. Al principio me sobresalté, pero enseguida pensé que podía tratarse de Marco, el hermano de Carlo.

Y así era. Carlo lo había llamado nada más conocer la existencia de los mensajes.

—Hermano, últimamente me llamas más que durante toda nuestra vida.

—Ay, Marchino , es que no sabes lo complicados que son mis amigos.

—Hola, Marco. Pasa, por favor.

—Muchas gracias por venir —le dije, todavía temblando.

—Mi hermano me ha contado que habéis recibido unos mensajes. ¿Puedo leerlos?

—Por supuesto. Aquí los tienes.

En cuanto Marco terminó de leerlos, una sonrisa se dibujó en sus labios y aquello consiguió tranquilizarme de inmediato.

Si sonreía de esa manera, debía de ser porque aquellos mensajes, lejos de ponernos en mayor peligro, podían convertirse en nuevas pruebas contra ellos.

Y no tardó en confirmárnoslo.