A dos anuncios de conquistarte Capítulo 25
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Capítulo 25

Fabrizzio

No sé cuánto tiempo transcurrió desde que salimos de la habitación hasta que recibimos la noticia de que todo había salido bien. Habían detenido a todos los implicados de manera simultánea para evitar posibles filtraciones.

Todo ocurrió muy rápido, al menos por lo que pudimos ver a través de la cámara conectada al ordenador, pero no fue sencillo.

Cuando comprendí a qué se refería uno de los agentes, cuando abrieron la bodega de carga del avión y levantaron las tapas de aquellas cajas, estuve a punto de sufrir un infarto.

No solo encontraron toneladas de droga, que era lo que estaban buscando, sino también una docena de mujeres procedentes de Europa del Este en unas condiciones más que precarias.

—No puede ser cierto lo que estoy viendo. No termino de creer que mi padre se dedique a esto —murmuré.

—Nosotros tampoco teníamos la menor idea —respondió Ángela, sujetándome por los hombros.

—De no haber sido por vosotros y por vuestro empeño en descubrir qué ocurría, nada de esto habría sido posible —añadió David, mirándome fijamente.

Acto seguido, Ángela se levantó para atender una llamada y yo no sabía ni cómo sentirme.

Por una parte, estaba tremendamente aliviado, pero, por otra, no lograba asimilar que mi padre fuera un monstruo de semejante calibre.

De pronto, empezaron a surgir nuevas dudas y necesitaba llegar hasta el fondo del asunto, porque no me gustaban nada las conclusiones a las que estaba llegando.

¿Y si habían contratado a Moisés Velasco para que captara a Ainoa? ¿Y si mi madre conocía los negocios de mi padre y había decidido mirar hacia otro lado?

Iba a volverme loco, os lo prometo. Intenté disimular lo que me pasaba por la cabeza, pero no lo conseguí, porque Ainoa me leyó sin ningún esfuerzo.

—Fabri, cariño, todo ha terminado. No debes seguir dándole vueltas.

—No ha terminado, Ainoa. Esto no ha hecho más que empezar.

—¿A qué te refieres?

—¿Crees que la prensa no se hará eco de todo esto? ¿Piensas que no averiguarán que los detenidos son mis padres?

—Adelántate. En cuanto lleguemos a Milán, convoca una rueda de prensa y cuenta tu versión de los hechos. Así evitarás que empiecen a especular.

—Ainoa tiene razón. La mejor forma de evitar que otros construyan la historia por ti es contarla tú primero —dijo Ángela, que acababa de terminar la llamada.

—¿Quién era? —preguntó David.

—Nuestro padre. Ya están todos detenidos y quiere que regresemos a Milán. Tenemos que pasar por su despacho para que nos expliquen cómo ha ido el operativo —respondió Ángela.

No nos lo pensamos dos veces. Entramos en la habitación, recogimos nuestras cosas y bajamos, donde ya había un coche esperándonos.

El trayecto se me hizo largo y tedioso. Apenas hablamos durante el camino y no solté la mano de Ainoa en ningún momento. Sentir sus dedos entrelazados con los míos me daba la tranquilidad de saber que estaba bien.

Me moría de ganas de reencontrarme con los demás y comprobar que todos se encontraban a salvo. Mientras pensaba en ellos, se me ocurrió una idea.

—Quiero que, cuando todo esto termine, pasemos una temporada en España, tumbados en la playa y olvidándonos del mundo.

—Me parece una idea fantástica y conozco el lugar perfecto. Eso sí, quiero que vayamos todos.

—Eso ni siquiera tienes que pedirlo, preciosa. No pienso dejar a nadie atrás.

—Aunque antes tendremos que averiguar qué va a ocurrir con las empresas que ha comprado tu padre. Pensar que tantas familias podrían perder su empleo me hace sentir fatal.

—No te preocupes. Hablaré con un abogado y encontraremos la manera de que todo siga funcionando.

Cuando llegamos a Milán, nos dirigimos directamente a la comisaría en la que se encontraban los detenidos.

Solo esperaba que mi padre no encontrara la manera de librarse de aquello, porque sabía que recurriría a cualquier argucia legal con tal de conseguirlo.

El padre de Ángela y David nos esperaba en la entrada, pues sus hijos le habían avisado de que estábamos a punto de llegar.

Por suerte, la prensa todavía no se había enterado, aunque estaba seguro de que no tardaría demasiado en agolparse frente a la comisaría.

—Buenas tardes. Acompáñenme a mi despacho —nos indicó.

—Buenas tardes. Gracias por todo lo que han hecho por nosotros —le dijo Ainoa.

—No hemos hecho más que nuestro trabajo. En realidad, somos nosotros quienes debemos daros las gracias, porque, sin vuestra colaboración, nada de esto habría sido posible.

Entramos en su despacho y, una vez acomodados, empezó a explicarnos con detalle todo lo que habían descubierto.

Al parecer, mi padre controlaba varios prostíbulos del país que, sobre el papel, funcionaban de manera completamente legal, aunque la realidad era muy distinta.

Habían detenido a todos los implicados, incluida mi madre, que se encargaba de blanquear el dinero procedente de aquellos negocios mediante sus fiestas benéficas y actos solidarios.

Había que ser muy hipócrita para ocultar los delitos de su marido detrás de una fachada semejante.

Para todo el mundo, ella era la señora Benetti, una mujer de corazón generoso que proporcionaba todo lo necesario a varios orfanatos, de los que además era madrina.

También había fundado una casa de acogida para madres solteras y mujeres maltratadas, donde podían vivir con sus hijos, cuando ella misma había arrebatado a un bebé de los brazos de su madre.

Cada nuevo detalle conseguía enfurecerme un poco más, hasta que fui incapaz de permanecer sentado y me levanté de manera abrupta.

—Señor Di Luca, entiendo que todo esto lo esté sobrepasando. Es una reacción completamente normal, pero todavía hay más.

—¿Cómo que hay más? ¿Qué ocurre, que también es un asesino? Porque es lo único que me falta por escuchar.

—No tenemos pruebas de algo así, pero varias de las mujeres que viajaban en aquellas cajas nos han contado que dos de sus compañeras desaparecieron en circunstancias muy extrañas.

—Joder, todo esto es surrealista. Parece que estoy dentro de una película de mafiosos.

—Entiendo que le cueste asimilarlo.

—¿Y qué va a ocurrir ahora?

—En primer lugar, todos pasarán a disposición judicial y solicitaremos prisión provisional sin fianza. Después tendrá que celebrarse el juicio y, con las pruebas que tenemos, es bastante probable que reciban condenas muy elevadas.

—¿Qué sucederá con las empresas? No me gustaría que todas esas familias, que no tienen culpa de nada, terminaran en la calle.

—Ese es precisamente otro de los asuntos de los que debemos hablar con usted, aunque sabemos que no tiene ninguna relación con los delitos cometidos.

—¿A qué se refiere?

—Según la documentación que hemos encontrado, su padre ha administrado las empresas y gestionado sus beneficios durante todos estos años, pero usted figura como único propietario.

—¿Cómo es posible?

—Porque sus abuelos no se las legaron a sus padres, sino directamente a usted. Por algún motivo, le ocultaron esa información y continuaron gestionándolo todo como si les perteneciera.

—No pueden estar hablándome en serio.

—Completamente. Lo único que no figura a su nombre es la casa en la que residían, aunque también se pagó con fondos procedentes de sus empresas, por lo que quizá pueda reclamarla. De todos modos, será un abogado quien deba asesorarlo sobre ese asunto.

—Es lo primero que pienso hacer en cuanto salgamos de aquí.

—Por nuestra parte, no necesitamos nada más de ustedes por el momento, señor Di Luca.

—Muchísimas gracias por todo, comisario.

—Gracias a vosotros.

Cuando salimos de la comisaría, la prensa ya se agolpaba en la entrada, deseosa de obtener cualquier declaración.

Me detuve delante de ellos, pero no para responder a sus preguntas, sino para convocarlos al día siguiente en el jardín de mi casa. Allí hablaría de todo lo que tuviera que hablar, después de consultarlo con mi abogado.

—Como podéis comprobar, estamos agotados por todo lo ocurrido —dije.

—¿No va a hacer ninguna declaración, señor Di Luca? ¿O debemos llamarlo señor Benetti? —preguntó uno de los periodistas.

—Soy y seguiré siendo el señor Di Luca. Y sí, daré declaraciones, pero no aquí ni ahora.

—¿Qué quiere decir?

—Que os emplazo mañana a las cinco de la tarde en mi residencia. Allí explicaré todo lo que pueda contar y responderé a vuestras preguntas.

Después de decir aquello, y sin soltar la mano de Ainoa, terminé de bajar las escaleras de la comisaría y detuve un taxi.

Nos montamos y pusimos rumbo a mi casa, donde esperaba encontrarme con los demás, pues eso era lo que habíamos acordado el día en que nos separamos.