Capítulo 24
Llamamos a la puerta y nos abrieron dos agentes, un chico y una chica, que nos recibieron con una sonrisa.
—Buenos días. Somos Ángela y David, los agentes que nos encargaremos de vuestra seguridad mientras estéis aquí —nos explicó ella en un español perfecto.
—¿Sois españoles? —pregunté, sorprendida.
—Nosotros no, pero nuestros padres sí —respondió el chico.
Entramos en el piso y nos enseñaron nuestra habitación. La vivienda no era demasiado grande. Contaba con una cocina abierta al salón, donde había un sofá de dos plazas y dos sillones individuales.
Un pequeño pasillo conducía hasta los dos dormitorios, ambos con el baño integrado. Ángela y David ocupaban uno y nosotros nos instalaríamos en el otro.
Como llevábamos pocas cosas, no tardamos más de cinco minutos en dejarlo todo organizado.
—Venga, venid a desayunar. El viaje ha sido largo y tendréis hambre —nos dijo Ángela.
—Pues sí, la verdad es que estoy hambrienta —le respondí.
Fabri permanecía a mi lado. No se separaba de mí ni me soltaba la mano. Los dos estábamos en tensión constante y deseando que todo terminara de una puñetera vez.
Nos sentamos a la mesa, donde Ángela había preparado de todo: frutos secos, dulces, fruta y cualquier cosa que podáis imaginar.
—De verdad, no entiendo esa manía que tenéis aquí de poner tantísimas cosas para desayunar.
—Eso mismo le dice mi madre a mi padre —comentó David.
—Es que es mortal. Con lo bueno que está un pan de campo tostado con manteca colorá y azúcar —le respondí.
Todos soltaron una carcajada. Mi abuela, que era andaluza, siempre decía que aquel era el mejor desayuno del mundo y que, donde se pusiera eso, se quitaran el muesli y todas aquellas cosas que parecían comida para pájaros.
Por primera vez en mucho tiempo, eché de menos a mi familia, pero, sobre todo, a mi hermano, y una serie de preguntas se agolparon en mi cabeza.
¿Estarían bien? ¿Cuidaría de Valeria? ¿Sería cierto que se había enamorado de ella, tal y como me había contado Fabri días atrás, sin saber que se trataba de mi amiga?
—Desde aquí puedo oír cómo funciona el engranaje de tu cabeza, Ainoa. ¿Me permites que te tutee? —me preguntó Ángela.
—Por supuesto, sin ningún problema.
—Deja de pensar. Todo va a salir bien.
—¿Y si no es así?
—Entonces tampoco te servirá de nada preocuparte por algo que no está en tu mano.
—Tengo un amigo que, cuando me ve preocupado, siempre me dice lo mismo: si el problema tiene solución, ¿para qué te preocupas? Y, si no la tiene, ¿de qué sirve preocuparse? —añadió David.
—Sí, tiene toda la razón del mundo, pero es inevitable cuando la vida de las personas que quieres puede estar en peligro.
—Anda, vamos a desayunar y cambiamos de tema, que te vendrá bien.
Nos sentamos los cuatro a la mesa. El agente Sifredo había emprendido el regreso a Milán nada más dejarnos allí y presentarnos a los dos agentes, pues tenía que participar en la organización del operativo.
Después del desayuno, nos acomodamos en el salón y Ángela empezó a contarnos su historia familiar, más que nada para intentar apartar de nuestras cabezas la preocupación por los nuestros.
En resumidas cuentas, su madre se había enamorado de un italiano que le robó el corazón durante unas vacaciones de verano.
Cinco meses después, se había trasladado a Italia para vivir con él. Se casaron cuando apenas llevaban siete meses juntos y, un año después de conocerse, nacieron ellos.
Ángela y David eran mellizos, tenían veintinueve años y ambos habían elegido la policía como profesión, al igual que su padre, que ocupaba un puesto importante dentro del cuerpo.
—Te equivocas, así que deja de darle vueltas —le dijo David a Fabri al notar cómo se tensaba.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque es mi padre y la persona más honrada y sensata que conozco.
—¿Me podéis explicar de qué coño estáis hablando? —les pregunté, algo enfadada.
Era cierto que, en cuanto escuchó que el padre de los agentes ocupaba un puesto importante, mi chico se había puesto en tensión.
Parecía que quisiera salir corriendo de allí, pero algo se lo impidiera.
—Mi padre podría tener al suyo comprado. Acaba de decir que ocupa un alto cargo en la policía —me explicó Fabri.
—No puedes desconfiar de todo el mundo, cariño. Demos tiempo al tiempo y dejemos que los hechos nos demuestren en quién podemos confiar.
—Lo sé, pero no puedo evitar ponerme a la defensiva. Sé de lo que es capaz ese hombre.
—Tenemos que aguantar. Solo faltan unos días para volver a nuestra vida.
Al final, Fabrizzio consiguió relajarse y todos empezamos a sentirnos más cómodos.
Yo necesitaba mantener la cabeza ocupada, así que fui hasta la cocina y revisé lo que había en la nevera. No era gran cosa, pero podría apañarme para preparar algo.
—Ángela, tendremos que llenar la nevera. Aquí apenas hay nada.
—No te preocupes. Hazme una lista y bajaré ahora mismo al supermercado.
—¿No puedo ir contigo?
Apenas pronuncié aquellas palabras, Fabrizzio se levantó del asiento como impulsado por un resorte y se acercó a nosotras con el rostro tenso.
—No seas inconsciente, Ainoa. No vamos a salir de este piso hasta que todo haya terminado —me soltó con brusquedad.
—Está bien, pero tampoco tienes que ponerte así. Solo ha sido una pregunta, no pensaba escaparme —le respondí.
En aquella ocasión fui yo quien se enfadó y no intenté disimularlo. Sabía que había reaccionado así por la preocupación y la tensión acumulada, pero no iba a permitir que me tratara de aquella manera.
—Lo siento, cariño. He reaccionado mal. Solo pensar que pueda ocurrirte algo consigue que se me erice el vello.
—No nos va a pasar nada, de verdad. Vuelve al salón. Yo prepararé algo de comer y haré una lista para que Ángela vaya al supermercado.
Fabri se acercó y me dio un beso en los labios. Fue breve, apenas un roce, pero me resultó de lo más reconfortante.
Preparé un puré de verduras y unos filetes de pechuga de pollo en salsa que encontré en la nevera. Quedaron de muerte.
Una media hora después, Ángela regresó cargada con las bolsas de la compra, y Fabri y David la ayudaron a llevarlas hasta la cocina.
Al final, fuimos creando una rutina. Por las mañanas nos levantábamos, nos duchábamos y desayunábamos juntos.
Mientras David y Fabri hacían algo de ejercicio en el salón o en la terraza trasera, que daba a un descampado desde el que podían vigilar si alguien se acercaba, Ángela y yo nos metíamos en la cocina.
Cuando terminábamos de comer, los chicos recogían y limpiaban. Después, nos sentábamos todos en el salón para jugar a la consola, leer o ver alguna película.
Y llegó el día de la operación.
Aquella mañana me levanté demasiado nerviosa, como si presintiera que algo iba a ocurrir, y Fabri lo notó enseguida.
—Amor, ¿qué te pasa?
—Estoy nerviosa. Hoy es el día.
—Ven aquí, que conozco la manera perfecta de relajarte.
Fabri se colocó sobre mí y comenzó a besarme mientras recorría mi cuerpo con las manos, encendiéndonos poco a poco y aumentando la temperatura a fuego lento.
Con mucha delicadeza, fue descendiendo con los labios por mi cuerpo hasta llegar a los pechos, que esperaban ansiosos su atención.
Estábamos completamente desnudos porque la noche anterior habíamos hecho el amor durante horas y nos habíamos quedado dormidos exhaustos.
Después de recrearse con mis pechos, continuó bajando hasta alcanzar mi sexo.
Cada día me gustaba más cómo me practicaba el sexo oral. Me proporcionaba un placer descomunal y jamás había experimentado nada parecido, os lo prometo.
Consiguió que llegara al orgasmo dos veces, algo que no era habitual en mí, aunque, desde que estaba con él, cada vez ocurría con más frecuencia.
—Eres una maravilla, Ainoa. Nunca tengo suficiente de ti.
—Sigue, por favor. No vayas a detenerte ahora.
—No lo haría ni loco. Tenemos mucha tensión que eliminar y voy a encargarme personalmente de conseguirlo.
Acto seguido, me penetró.
No fue algo rápido. No sé cómo explicarlo para que me entendáis.
La noche anterior habíamos follado, pero lo que me hacía sentir en aquel momento era completamente diferente.
Con cada movimiento conseguía que me sintiera la mujer más especial del mundo, la más querida y deseada, y comprendí que lo quería en mi vida para siempre.
Llegamos al orgasmo al mismo tiempo y, en cuanto conseguimos recuperar el aliento, mi chico me cogió en brazos y me llevó hasta la ducha sin dejar de besarme.
Volvimos a lavarnos el uno al otro como habíamos hecho en otra ocasión, pero, lejos de tranquilizarnos, las caricias consiguieron excitarnos de nuevo.
Sus manos me llevaron a otro orgasmo, pero aquella vez no pensaba quedarme con las ganas de corresponderle. Lo empujé con suavidad contra la pared, me arrodillé delante de él y tomé su miembro entre las manos.
—Ainoa, no creo que dure demasiado…
—Me da igual cuánto dures. No pienso sacarlo de mi boca hasta que llegues al final.
Sus ojos se oscurecieron de una manera espectacular. Sin dejar de mirarlo, introduje su miembro en mi boca mientras, con la otra mano, empezaba a acariciarme.
Era consciente de lo mucho que le excitaba verme hacerlo y lo noté en la forma en que se endureció todavía más contra mi lengua, hasta que terminó derramándose en mi boca.
Lo hizo con un gruñido seco, como si intentara contener el grito que tenía atrapado en la garganta para que nadie descubriera lo que estábamos haciendo.
Verlo de aquella manera provocó que yo también alcanzara el orgasmo. Sin embargo, no fui capaz de disimular y grité sin poder contenerme.
Salimos de la ducha poco después y nos secamos en silencio, con una sonrisa en los labios, completamente satisfechos y algo más relajados.
Creo que habíamos hecho todo aquello por miedo a salir de la habitación y descubrir que algo había salido mal. Sin embargo, no podíamos permanecer allí eternamente.
Respiramos hondo, pues Fabri estaba tan nervioso como yo, entrelazamos los dedos y salimos al salón.
Ángela y David estaban pendientes del portátil, desde el que seguían el operativo en directo.
—¿Qué es eso? —preguntó mi chico mientras se sentaba a su lado.
—La señal de una de las cámaras que llevan encima mis compañeros —respondió David sin apartar la mirada de la pantalla.
Permanecimos en silencio durante un buen rato. Ninguno quería decir nada que pudiera distraernos o hacer que nos perdiéramos algún detalle importante.
Después de varios minutos, los nervios empezaron a consumirme, así que fui hasta la cocina y preparé café para los cuatro.
Necesitaba mantenerme ocupada mientras todo terminaba porque, si me quedaba allí sentada, mirando fijamente la pantalla, parecía que el tiempo no avanzaba.