Capítulo 23
Carlo hizo la llamada y nos quedamos esperando a que llegara Marco, su hermano mayor, de quien ninguno de nosotros sabía gran cosa.
Según nos contó, no mantenían demasiada relación porque su hermano consideraba que era demasiado casquivano y, hasta que no sentara la cabeza —le daba igual que lo hiciera con un hombre o con una mujer—, no quería saber nada de él.
En aquel momento, llamaron a la puerta del jardín y mi hermano fue a abrir, sabiendo que debía de ser el hermano de nuestro amigo.
—Buenas tardes, soy el inspector Sofredi. He recibido una llamada de mi hermano para que viniera lo antes posible.
—Encantado, inspector Sofredi. Soy Saúl Montero, el dueño de la casa y amigo de Carlo. Pase, por favor.
El inspector llegó hasta el salón, donde todos lo esperábamos con cierta inquietud por lo que se nos venía encima.
—Marco, buenas tardes.
—Buenas tardes, Carlo. ¿Todo bien? —le preguntó su hermano, preocupado.
—Sí, yo estoy perfectamente. Mira, este es Arturo, mi pareja.
—Pero ¿pareja o rollo? —preguntó Marco, como si no terminara de fiarse.
—No, Marco. Esta vez es mi pareja, pero una de verdad.
—Encantado, Arturo. Tenéis que venir un día a casa para que conozcas a mis hijos.
—Hermano, podemos dejar todo eso para más tarde, que lo que tenemos entre manos es un poco complicado.
—Tienes razón. La alegría me ha nublado el juicio. Adelante, contadme qué ocurre.
—¿Conoces a Giovanni Benetti? —preguntó Fabrizzio.
—Por supuesto, pero la pregunta no es esa, sino qué sabéis vosotros de ese hombre.
—Antes de hablar, necesitamos que nos cuentes qué sabes tú de él.
El hermano de Carlo respiró hondo antes de explicarnos que llevaban un tiempo investigándolo de manera confidencial.
Sospechaban que había algo turbio detrás de sus negocios, sobre todo en el relacionado con la empresa vitivinícola.
—Entonces tenemos razón —dijo Fabri—. Además, sabemos dónde se llevará a cabo la próxima entrega, pero, antes de continuar hablando, necesitamos asegurarnos de que tu equipo está limpio.
—Pongo la mano en el fuego por todos y cada uno de sus miembros. Nunca me han dado ningún motivo para desconfiar de ellos.
—En ese caso, hoy hemos descubierto muchas cosas y lo tenemos todo grabado en este teléfono.
Fabri reprodujo las dos conversaciones, empezando por la que habíamos mantenido en el hotel con aquellos hombres. Mientras las escuchaba, una sonrisa fue apareciendo en el rostro de Marco.
—Esto es oro puro, chicos. No sabéis lo fácil que nos lo habéis puesto.
—No creo que sea tan sencillo —respondió Fabri—. Entre otras cosas, porque dudo mucho que mi padre admita que estaba al corriente.
—Eso es cierto, pero, si tiramos del hilo, te aseguro que encontraremos algo que nos lleve hasta él.
—Eso espero, aunque la cosa no termina ahí. También tengo pruebas de otros delitos que ha cometido mi padre.
—¿Perdona? ¿Lo has dicho en serio?
—Completamente. Y aquí tienes la demostración.
A continuación, le hizo escuchar el audio que había grabado durante la conversación con sus padres, en el que hablaban de cómo habían apartado a un bebé de la mujer que acababa de dar a luz y quedaba claro que la clínica estaba implicada.
—Joder, esto sí que no me lo esperaba.
—Sé que es posible que ese delito ya haya prescrito, pero me gustaría que me ayudarais a encontrar a mi madre biológica.
—Por supuesto que lo haremos, no tengas ninguna duda. Pero antes tenemos que detener a esos desalmados que pretenden introducir droga en el país mediante los cargamentos de vino.
—Lo entiendo… También quería pediros otro favor.
—Si está en nuestra mano, no dudes que lo haremos.
—Con la información que os hemos proporcionado, estamos en peligro. Si mi padre descubre que hemos sido nosotros, vendrá a buscarnos sin dudarlo.
—Eso ya lo había previsto. De hecho, voy a llamar ahora mismo a mi mano derecha para organizar vuestra salida de aquí cuanto antes. Y no me refiero solo a vosotros dos, sino a los seis.
—¿A los seis? ¿Por qué? —preguntó Valeria, asustada.
—Porque ya sabrán que sois una piña y, si no consiguen encontrar a Fabrizzio y Ainoa, no dudarán en ir a por vosotros para presionarlos.
—¿Estaremos todos juntos?
—No. Os marcharéis por parejas, según decidáis entre vosotros.
—Joder, lo siento. Si hubiera sabido que todo acabaría así, jamás os habría metido en esto —dijo Fabrizzio.
—No digas tonterías. Aquí vamos todos a una. Lo que te ocurra a ti nos afecta a todos —le aseguró mi hermano.
Valeria estaba muy nerviosa y parecía no saber cómo reaccionar, hasta que Saúl consiguió tranquilizarla, sobre todo al hablar del trabajo.
—Por vuestros trabajos no os preocupéis. Nosotros nos encargaremos de justificar vuestra ausencia —dijo Marco.
—¿Tenemos que coger algo? —preguntó Carlo.
—¿A qué te refieres, hermano?
—Yo qué sé, ropa, documentación o lo que sea.
—No quiero que os llevéis nada que pueda hacer pensar que habéis abandonado la ciudad, mucho menos el país.
—¿Nos llevarán fuera de Italia?
—Es una posibilidad, pero, hasta que no llegue mi compañero, que es quien se ocupa de estos operativos, no puedo aseguraros nada.
Permanecimos en silencio hasta que llegó un mensaje al móvil de Marco. Se levantó del sofá y se dirigió hacia la entrada.
Pidió permiso a mi hermano para dejar pasar a su compañero, que entró con la seguridad de alguien acostumbrado a enfrentarse a aquella clase de situaciones.
—Buenas noches, soy el agente Sifredo.
—Buenas noches, agente. Adelante, está usted en su casa —le dijo mi hermano.
Sifredo nos explicó cómo teníamos que actuar a partir de aquel momento. Cada pareja regresaría a su casa, donde prepararía una mochila pequeña con algo de ropa y la medicación que pudiera necesitar.
No podíamos llevarnos nada con lo que pudieran localizarnos: ni teléfonos móviles, ni tarjetas bancarias ni ningún dispositivo electrónico.
Nos aseguró que dispondríamos de todo lo necesario, pero que, si teníamos dinero en efectivo en casa, podíamos cogerlo. Eso sí, nada de sacar dinero de ninguna cuenta, porque podría delatarnos.
Nos despedimos siendo conscientes de que la situación se había complicado bastante. El poder del señor Benetti llegaba muy lejos y aquello nos asustaba.
—Saúl, por favor, cuida de Valeria. Ella no tiene nada que ver con esto; está aquí por casualidad.
—No te preocupes. No pienso dejar que os pase nada a ninguna de las dos. Y tú ten mucho cuidado, por favor. No te separes de Fabrizzio.
—No lo haré. Tampoco pienso permitir que te ocurra nada ahora que te he recuperado.
—Te quiero, enana, aunque no te lo diga nunca.
—Yo también te quiero, hermanito.
Después me acerqué a Arturo, que estaba hablando con mi chico.
—Vosotros también debéis tener muchísimo cuidado, por lo que más queráis.
—Eso mismo les he dicho yo, bella . Que no se separen —intervino Fabri—. Todavía no somos conscientes de lo que mi padre es capaz de hacer.
—Eso mismo acabo de hablar con mi hermano y con Valeria. La situación es muy complicada.
En la puerta de casa de mi hermano, cada pareja tomó el camino hacia su hogar en el coche con el que había llegado.
—Tranquila, cariño. Verás como todo sale bien —me dijo Fabri.
—Eso espero, porque no me perdonaría que le ocurriera algo a alguno de ellos.
—No les pasará nada y siento de verdad haberos metido en esto.
—Soy tu pareja, como tú mismo has dicho, y ellos son nuestros amigos. Era inevitable que termináramos implicados.
—Lo entiendo, pero esta es mi guerra, no la vuestra.
—Yo entiendo la amistad de una manera muy sencilla: cuando uno de nosotros tiene un problema, lo tenemos todos.
—A excepción de tu hermano, nunca había tenido la suerte de contar con unos amigos así.
—Pues ahora los tienes y comprobarás que es una de las mejores cosas del mundo.
—No, lo mejor del mundo eres tú. Y he tenido la suerte de que me hayas elegido como compañero.
—Sé que es pronto y que quizá no sea la mejor manera de decirlo, pero te quiero muchísimo, Fabri.
—Para decirle a una persona que la quieres no existen un momento ni un lugar incorrectos, Ainoa. Siempre es el momento adecuado. Yo también te quiero.
Fabri y yo nos besamos. No fue un beso hambriento ni desesperado, a pesar de la situación que estábamos viviendo. Fue un beso necesario, no desde el deseo, sino desde el afecto.
Mi chico arrancó el coche y pusimos rumbo a su casa, donde disponíamos de media hora antes de que vinieran a buscarnos.
Finalmente, nos sacarían de Milán, aunque no de Italia. Como la operación se llevaría a cabo solo cuatro días después, no consideraban necesario enviarnos fuera del país.
Nos trasladarían por carretera en vehículos camuflados, sin distintivos policiales.
Entramos en casa y preparamos una mochila con algo de ropa y nuestros enseres más personales.
Los móviles se quedarían allí apagados para evitar que alguien pudiera localizarlos.
Fabri también cogió dinero en efectivo por si lo necesitábamos. Yo hice lo mismo, aunque no solía tener demasiado, quizá doscientos o trescientos euros, porque casi siempre pagaba con tarjeta.
—Bueno, ahora solo nos queda esperar a que vengan a buscarnos.
—Tengo miedo, Fabri. Mucho miedo.
—Lo sé, mi vida. Yo también, pero saldremos de esta más fuertes que nunca.
—Si, por alguna razón, algo sale mal, quiero que le digas a mi hermano que volver a tenerlo en mi vida ha sido un regalo…
—No digas eso. Podrás decírselo tú misma la próxima vez que lo veamos.
—Ojalá sea pronto.
En aquel momento llamaron a la puerta. Eran casi las dos de la madrugada y supimos que se trataba del hombre encargado de nuestra seguridad.
—Buenas noches, ¿lo tenéis todo listo? —nos preguntó.
Nos sorprendió comprobar que era el mismo agente al que acabábamos de conocer.
—Buenas noches, agente Sifredo. Sí, está todo preparado —le respondió Fabri.
—Entonces, pongámonos en marcha.
Salimos de casa por la parte trasera, a través de una pequeña puerta del jardín que daba directamente a una calle sin asfaltar y que apenas utilizábamos.
Sifredo había dejado el coche aparcado allí para no levantar sospechas, pues no era un vehículo que se hubiera visto antes por la urbanización.
—¿Adónde vamos?
—A Turín. Allí os dejaré con dos compañeros en un piso vigilado, donde estaréis seguros.
—¿Lo bastante seguro?
—Te lo garantizo.
La conversación se desarrolló entre Fabri y el agente Sifredo, que conducía el coche.
Yo me sumí en mis pensamientos hasta que terminé quedándome dormida, supongo que debido a toda la tensión acumulada y a la falta de sueño de los últimos días.
Abrí los ojos justo cuando el agente aparcaba delante de un edificio bastante desvencijado.
—Es una de las zonas más seguras de la ciudad, a pesar del aspecto de los edificios —nos aseguró al ver nuestras caras de asombro y, por qué no decirlo, de miedo.
—Si tú lo dices, tendremos que creerte, pero que sepas que me da un poco de yuyu estar aquí —le respondí.
Bajamos del coche y Fabri me cogió de la mano de inmediato. Él estaba tan sorprendido como yo, pues ambos esperábamos que nos llevaran a un lugar completamente distinto.
Entramos en el portal y tengo que reconocer que su interior no tenía nada que ver con el aspecto exterior del edificio.
Tomamos el ascensor y subimos hasta la cuarta planta, donde se encontraba el piso en el que viviríamos durante los días siguientes.