A dos anuncios de conquistarte Capítulo 22
65%

Capítulo 22

Salí de aquella casa echando humo por las orejas, aunque tenía claro que nos habían ocultado muchas cosas, sobre todo en lo referente a Moisés Velasco.

Mientras Fabri y yo nos montábamos en el coche, empecé a trazar un plan, pero necesitaba contar con su apoyo y su ayuda.

—Me ha encantado cómo le has contestado a mi padre.

—Es que no podía hacerlo de otra manera.

—¿Tú también tienes la sensación de que no nos lo han contado todo?

—Sí, pero creo que sé cómo podemos llegar al fondo del asunto.

—Cuéntamelo.

—Como comprenderás, no pienso trabajar para tu padre, así que, desde este momento, me he quedado sin empleo. Voy a aprovecharlo para contactar con Moisés.

—No. Te lo digo desde ya: no pienso permitirlo. No vas a meterte en la boca del lobo. Además, yo tampoco continuaré con esa campaña. Que busquen a otro modelo.

—¿Y si te denuncia por incumplimiento de contrato?

—Si lo hace, yo también lo denunciaré por todo lo que ha hecho.

—No tenemos pruebas, Fabri. Será tu palabra contra la suya.

—¿Quién ha dicho que no las tenga? No pensarás que soy tan idiota como para entrar en esa casa sin cubrirme las espaldas.

—¿Qué has hecho?

—Antes de entrar en el salón, activé la grabadora del móvil.

—¿Has grabado toda la conversación?

—De principio a fin. No se ha perdido ni una sola palabra de las que han salido por sus bocas.

—¿Y qué piensas hacer ahora?

—Para empezar, intentaré localizar al médico que atendió a mi madre biológica durante el parto y lo presionaré para que me cuente todo lo que sabe.

—¿Y si no lo encuentras?

—Tendré que recurrir a otros métodos, pero necesito descubrir el nombre de mi madre.

—Puedes contar con mi ayuda, aunque no creo que exista ningún registro de otra mujer que diera a luz aquella noche, aparte del de tu madre.

—Eso también lo he pensado, pero, aunque no registraran el parto con su nombre, debe de constar su ingreso. Pasó dos meses en aquella clínica y no creo que hayan podido borrar todo rastro de su estancia.

—Bueno, por ahí sí podemos empezar a escarbar.

—Creo que deberíamos contarles a los demás lo que ha ocurrido.

—Sí, pero llévame primero al hotel, por favor. Tengo que hablar con Moisés antes de que tu padre pueda avisarlo.

—Está bien, pero yo estaré presente.

—No me importa. De hecho, necesito tu ayuda.

Le expliqué mi plan a Fabri. Le diríamos a Moisés que acabábamos de hablar con Giovanni y que, como su mujer estaba delante, no había podido darnos todos los detalles de la operación que tenían entre manos.

—Claro. También podemos decirle que mi padre nos ha enviado para que sea él quien nos ponga al corriente.

—Tenemos la grabación de tu padre, así que podríamos utilizar una herramienta de inteligencia artificial para crear un breve mensaje con su voz.

—Eres malvada, ¿lo sabías?

—¿Malvada yo? Malvado es tu padre.

—En eso tienes razón.

—No me gusta que me tomen el pelo y, cuando alguien lo hace, se me agudiza el ingenio para devolvérsela.

Fabrizzio aparcó en un hueco cercano al hotel. Mientras yo buscaba una aplicación que permitiera clonar una voz, él seleccionó varios fragmentos claros de la grabación y me los envió.

Los introduje en la herramienta y, al poco tiempo, conseguimos crear un mensaje breve con la voz de Giovanni en el que ordenaba a Moisés que nos pusiera al corriente de todo.

Nos bajamos del coche y nos dirigimos hacia la recepción del hotel. Sabíamos que seguía alojado allí porque era el mismo lugar en el que lo había conocido y él mismo me había dicho que tenía una habitación.

—Buenas tardes. Estamos buscando al señor Velasco. ¿Podría localizarlo, por favor? —le pregunté a la recepcionista.

—Un momento. Comprobaré si se encuentra en su habitación.

—Gracias, muy amable.

La chica cogió el teléfono de recepción y marcó el número de la habitación, que pude ver desde donde me encontraba. Unos segundos después, alguien respondió.

—Señor Velasco, tengo aquí a una pareja que ha venido a buscarlo.

No sabíamos qué le contestó, pero la recepcionista anotó algo en una libreta antes de colgar.

—El señor Velasco me ha dicho que bajará enseguida. Pueden esperarlo en la cafetería y pedir que les asignen la mesa número siete.

—Muchísimas gracias. Eso haremos.

No quisimos mostrar nuestra sorpresa delante de ella, pero estaba claro que Moisés esperaba a alguien que no éramos nosotros.

En lugar de sentarnos en la mesa siete, le pedimos al camarero que nos acomodara en la más cercana.

Unos minutos después, vimos entrar a Moisés. Al descubrir que quienes lo esperábamos éramos nosotros y no las personas con las que había quedado, intentó salir de la cafetería, pero no se lo permitimos.

—Moisés, por favor, necesitamos hablar contigo un momento.

—Estoy esperando a alguien y, si me entretengo con vosotros…

—No tardaremos demasiado. Aunque, antes de marcharte, será mejor que escuches el mensaje que tenemos para ti. Después, cuando termines tu reunión, hablaremos.

Fabri sacó el teléfono y reprodujo el audio que habíamos creado, en el que Giovanni le indicaba que debía ponernos al corriente de todo.

—En ese caso, será mejor que os sentéis con nosotros y esperemos juntos a la persona con la que he quedado. Cuando terminemos de hablar, podremos ultimar los detalles.

—Perfecto.

Sin pretenderlo, habíamos llegado en el momento y el lugar adecuados. Tendríamos que fingir que sabíamos de qué se estaba hablando y disimular que, en realidad, no teníamos ni puñetera idea.

Unos minutos después apareció un hombre que me resultaba muy familiar. Lo reconocí enseguida: era el mismo que, durante la fiesta, había anunciado el acuerdo de la firma con la agencia.

—¿Tenemos compañía? —preguntó al vernos.

—Sí. El señor Benetti ha solicitado que los pongamos al corriente —respondió Moisés.

—Está bien. Si él ha dado su consentimiento, no tengo ningún inconveniente.

El hombre empezó a explicar que ya habían hablado con sus contactos en aduanas y que todo estaba preparado para que el cargamento pasara como uno más de los pedidos de vino que exportaban habitualmente.

—¿Estás seguro? No quiero que ocurra como la última vez, cuando el responsable no estaba en su puesto y estuvo a punto de arruinarlo todo —dijo Moisés.

—No sucederá. Esa persona ya no trabaja allí y nos hemos encargado de colocar a alguien de confianza en su lugar.

—Así me gusta, que seáis resolutivos. Cuanto menos molestemos al jefe, mejor.

—¿Nosotros podemos ayudar en algo? —preguntó Fabri con gran acierto.

—De momento, no. Pero estad en la terminal de carga del aeropuerto el día doce a las diez, por si surge algún problema y os necesitamos.

—Allí estaremos.

Nos despedimos de ellos fingiendo una seguridad que no teníamos y salimos de la cafetería para regresar al coche.

Ya no podíamos volver a casa de Fabri. Si a Moisés le daba por telefonear a Giovanni y contarle que habíamos estado allí, estábamos muertos.

Ya no se trataba solo de comprar y vender empresas ni de haberse apropiado ilegalmente de un bebé. Teníamos entre manos una operación de contrabando.

Lo primero que hicimos fue poner rumbo a casa de mi hermano, donde nos esperarían los demás. En cuanto subimos al coche, les enviamos un mensaje para pedirles que se reunieran allí.

La situación se había complicado muchísimo. Ahora sí necesitábamos permanecer unidos o podíamos terminar mucho peor de lo que éramos capaces de imaginar.

Mi hermano fue quien nos abrió la verja para que aparcáramos dentro. En cuanto vio nuestras caras, supo que algo grave había ocurrido. Llegamos con el rostro desencajado, os lo prometo.

—No hace falta ni preguntar. Entrad y hablemos.

—Gracias, amigo —le respondió Fabri.

Cuando entramos, todos estaban esperándonos, sentados en los sofás con una cerveza en la mano.

Nadie se atrevió a hablar. Permanecieron pendientes de nosotros, esperando a que empezáramos a contarles lo sucedido.

Fabri me cogió de la mano y relató todo lo que habíamos descubierto, sin dejarse ningún detalle.

Sin embargo, lo más impactante llegó cuando les explicamos la trampa que habíamos preparado para Moisés y cómo había caído en ella.

—No podemos continuar solos. Necesitamos acudir a la policía —dijo Arturo.

—Mi padre tiene comprada a mucha gente. No podemos arriesgarnos a confiar en la persona equivocada —respondió Fabri.

—Conozco a alguien que puede ayudarnos y os aseguro que no está comprado por nadie —intervino Carlo.

Todos nos quedamos mirándolo, esperando que aclarara lo que acababa de decir.

Cuando comprobó que nadie pronunciaba una palabra, nos confesó que tenía un hermano que ocupaba un cargo importante dentro de la policía.

—Pongo la mano en el fuego por él. Su sentido de la moral no le permitiría aceptar algo así.

—Si estás seguro, adelante. Llámalo y pídele que venga cuanto antes —le dijo Fabri.

Pendíamos de un hilo, porque, si confiábamos en la persona equivocada, podíamos poner nuestras vidas en peligro.