A dos anuncios de conquistarte Capítulo 21
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Capítulo 21

Fabrizzio

El farol que se había marcado Ainoa había sido tan bueno que vi cómo mi padre se descomponía de miedo.

Su expresión de terror me dio la fuerza necesaria para apretarles las tuercas a mis padres e intentar averiguar todo lo posible hasta llegar al fondo del asunto.

—¿Vas a contarme la verdad de una vez o tengo que seguir insistiendo? —le pregunté a mi padre.

—¿Qué sabes?

—Esa no es la pregunta, papá. La pregunta es: ¿qué me habéis ocultado?

Mi padre cogió una bocanada de aire y miró a mi madre, que agachó la cabeza como si estuviera muerta de vergüenza, pero ya no había nada en ellos que pudiera conmoverme.

Empezó contándome que mi madre no podía tener hijos y estaba desesperada por quedarse embarazada.

La adopción había quedado completamente descartada porque, dentro de su entorno y treinta años atrás, aquello no estaba bien visto.

Según explicó, el carácter de mi madre se había agriado y ni siquiera permitía que él la tocara.

—Fue una época muy mala para nosotros. Estuvimos a punto de separarnos y yo empecé a acostarme con otras mujeres.

—Y una de ellas se quedó embarazada de ti —añadió mi madre mirándome.

—Aquella mujer no podía cuidarte y vino a pedirme dinero a cambio de que tu madre no se enterara, cuando precisamente yo quería contárselo.

—Entre los dos la convencimos para que nos acompañara a una clínica privada y comprobara que el embarazo evolucionaba correctamente.

—¿Qué ocurrió después?

Mi madre volvió a agachar la cabeza y fue mi padre quien terminó de explicármelo.

El dueño de la clínica les dijo que el embarazo marchaba bien, pero que, si querían que todo saliera como habían planeado, debían convencer a aquella mujer de que existían complicaciones y tenía que permanecer ingresada.

A partir de ahí, todo se convirtió en una red de engaños. Lo único que pretendían era mantenerla controlada para evitar que desapareciera.

Los dos primeros meses transcurrieron tal y como habían previsto, pero, al tercero, mi madre biológica empezó a agobiarse.

Llegaron a un acuerdo: permitirían que abandonara la clínica con la condición de que se instalara con ellos. Mientras tanto, mi madre fingiría estar también embarazada para que nadie sospechara lo que pensaban hacer.

Aquella mujer pasó en la casa el resto del embarazo, entre algodones, con servicio durante las veinticuatro horas, largos paseos por el jardín y baños en la piscina. Mi madre, en cambio, nunca se metía en ella porque no sabía nadar y le aterraba el agua.

Cuando llegó el momento del parto, la llevaron a la misma clínica en la que habían controlado todo el embarazo.

—Tu madre biológica insistía en que la lleváramos a un hospital público porque no tenía dinero para pagar una clínica privada, pero le dijimos que nosotros correríamos con todos los gastos.

—Hombre, qué menos, teniendo en cuenta que pensabais quedaros con su hijo.

—No hables así, porque eso no es cierto.

—Ah, ¿no? ¿Estás seguro?

—Déjame terminar de contártelo todo. Ella no salió perdiendo en ningún momento.

—Continúa.

Mi padre siguió explicándome que, cuando nací, no lloraba, por lo que me sacaron del paritorio y me trasladaron a la unidad de neonatos. Fue allí donde empecé a hacerlo.

—A tu madre biológica le dijimos que el bebé que estaba llorando no era el suyo, sino el de tu madre, la mujer que te acogió y te crio como si hubieras nacido de sus entrañas.

—¿Le hicisteis creer a mi madre que yo había muerto? ¿Me arrancasteis de su lado?

La historia se volvía cada vez más terrible y, de no haber sido porque Ainoa me apretaba la mano de vez en cuando, os prometo que me habría levantado y marchado de allí, aunque no sin antes propinarle un buen puñetazo a mi padre.

—La compensamos con una buena suma de dinero para que abandonara el país y empezara una nueva vida.

—Me comprasteis, que es todavía peor.

—No te compramos, la compensamos —intervino mi madre.

Os prometo que la miré de una manera que, si hubiera podido hacerlo y no fuera ilegal, habría acabado con ella en aquel mismo instante.

—Entonces, todo eso de que mi madre era una drogadicta que no me quería es mentira. Ella ni siquiera sabe que sigo vivo.

—Ni lo sabrá nunca. Tú eres un Benetti y lo serás hasta la muerte.

—No, papá. Yo soy un Di Luca, aunque no me corresponda por sangre, porque mi abuela tampoco compartía la mía.

—Y no por eso te quiso menos.

—No, eso es cierto. Fue la única persona que me ofreció un amor incondicional hasta el final de sus días.

El salón entero empezó a darme vueltas, pero no podía marcharme sin obtener el resto de las respuestas.

Tenía que mantenerme fuerte y la presencia de Ainoa me proporcionaba la fuerza necesaria para continuar, aunque todo aquello me estuviera destrozando por dentro.

—¿Por qué has colocado a Francesca Valenti en mi campaña? —me atreví a preguntarle.

—¿Sigues teniendo contacto con esa mujer? Me prometiste que no volverías a verla después del desliz que tuviste con ella —dijo mi madre, bastante enfadada.

—No he incumplido mi promesa. No la he visto. Contacté con ella a través de otra persona, que ha sido quien ha movido todos los hilos —respondió mi padre, nervioso.

—Claro, para eso está Moisés Velasco, ¿no?

—Hijo, envié a Moisés con un solo propósito: separarte de esta mujer, que no está a la altura de lo que te espera.

—Espero que no estés hablando en serio.

—Por supuesto que sí. ¿Qué pinta una fotógrafa al lado del futuro dueño y gerente de una de las empresas vitivinícolas más importantes del país?

—No sé cómo decirte que no pienso hacerme cargo de la empresa. No quiero seguir tus pasos ni convertirme en alguien como tú. Además, a qué se dedique mi pareja no es asunto tuyo.

—Claro que me interesa. Es más, desde ahora mismo te vaticino que la campaña que estáis realizando será un fracaso, aunque a mí me da exactamente igual.

—¿No te has parado a pensar en todas las familias que dependen de ese trabajo? Hay una empresa entera que necesita los beneficios de campañas como esta.

—Sinceramente, me da lo mismo. Para mí, esa empresa no es más que un entretenimiento. Que gane dinero o no me resulta indiferente, porque mis verdaderos beneficios proceden del vino.

—Espera, espera… ¿Me estás diciendo que has comprado esa empresa?

—Sí. ¿Acaso creías que iban a contratarte como modelo principal si yo no lo hubiera exigido? Además, la agencia de publicidad en la que trabaja esta mujer también me pertenece.

—Mire, señor Benetti, le he consentido que se dirija a mí de manera despectiva en dos ocasiones, pero no habrá una tercera —le advirtió Ainoa antes de que pudiera intervenir.

—¿Me estás amenazando en mi propia casa?

—No, lo estoy advirtiendo.

—Eso ahora no importa, papá. Eres tan egocéntrico que no eres capaz de mirar más allá de tu propio ombligo.

—¿Por querer que mi hijo llegue a ser alguien importante en la vida?

—Su hijo ya es alguien importante. No necesita nada de lo que usted pueda ofrecerle, y no por su profesión ni por el dinero que gana. Es importante porque está rodeado de personas que lo quieren, aunque ustedes no sean capaces de verlo —le dijo Ainoa.

No pude sentirme más orgulloso de ella.

—De momento, creo que voy a hacer una reestructuración de la plantilla de la agencia —dijo mi padre, como si a ella pudiera importarle su amenaza.

—No se preocupe. Desde este mismo momento tiene mi renuncia. No me gusta trabajar para personas como usted.

—¿Y cómo se supone que soy?

—Un cacique convencido de que puede comprarlo todo con dinero. Pero lo siento, amigo, mi dignidad no está en venta.

—Eso habría que verlo. Seguro que, si te ofreciera un millón de euros para que dejaras a mi hijo, tardarías muy poco en despedirte de él.

Ainoa lo miró y, acto seguido, una sonrisa apareció en sus labios. En aquel instante supe que iba a soltarle una de las suyas, y no me equivoqué.

—Veo que durante toda su vida se ha rodeado de mujeres sin personalidad, dispuestas a hacer lo que usted quisiera a cambio del lujo y el dinero que les proporcionaba…

—No continúes si no quieres que te eche de mi casa.

—No hará falta. Me marcharé por mi propio pie y ahora mismo, pero no sin decirle antes que yo no me vendo y mi amor tampoco. Coja ese millón de euros y páguese un buen tratamiento estético para la mujer con la que se está acostando, porque tiene bastantes cosas que arreglarse.