Capítulo 20
¿Qué queréis que os cuente? Me desayunó como no lo había hecho nadie antes, ni siquiera él.
No fue un mero trámite antes de acostarnos, os lo aseguro. Puso todo su empeño en que disfrutara tanto como él y consiguió que me corriera en su boca sin apenas esfuerzo.
Acto seguido, se bajó el bóxer y me penetró tal y como estábamos, provocando que soltara un grito, tanto por la sorpresa como por el placer.
No sabría deciros cuánto tiempo estuvimos así, pero lo que sí puedo contaros es que tuvimos que tirar las tostadas y recalentar el café.
Tenía claro que, desde aquel momento, jamás volvería a mirar la cocina con los mismos ojos, pues siempre acudiría a mi mente aquel momento de pasión que habíamos vivido.
—Que sepas que me ha sabido a poco.
—¿El desayuno? Pero si has comido un montón. No sé cómo no estás como un tonel con todo lo que te metes entre pecho y espalda.
—No estoy hablando de eso, sino de ti.
Sentí que las mejillas se me encendían y, a juzgar por la carcajada que soltó Fabri, mi reacción le pareció muy graciosa.
Sin embargo, había llegado el momento de hablar en serio sobre nosotros. No quería dejarlo pasar ni un minuto más.
—Fabri, ¿qué somos?
—Un hombre y una mujer.
—No seas idiota, que te estoy hablando en serio.
—¿Qué quieres que seamos? Desde ya te digo que no me gusta poner etiquetas a las cosas, pero, si tú lo necesitas, estoy dispuesto a hacerlo.
—Me gustaría que fuéramos una pareja como cualquier otra y que no redujéramos todo a un rato de sexo.
—Estoy de acuerdo contigo, pero te advierto de una cosa: no quiero escenas de celos cuando alguna compañera tenga que acercarse más de la cuenta por exigencias del trabajo.
—A eso estoy acostumbrada, no te preocupes. Siempre que tú no me des motivos para pensar que entre vosotros ocurre algo.
—No lo haré, te lo prometo.
—También quiero exclusividad. No quiero que estemos con otras personas.
—Eso lo daba por hecho, porque no pienso consentir que ningún otro hombre vuelva a poner un solo dedo sobre tu cuerpo.
—Uy, ha salido el cromañón que llevas dentro.
—Y eso te gusta, no intentes negármelo.
—Yo no he dicho lo contrario.
Poco a poco volvimos a acercarnos, pero, en aquella ocasión, me tomó en brazos y me llevó hasta la ducha, donde dejamos que aquella pasión que nos consumía volviera a apoderarse de nosotros.
Después de una ducha de lo más ardiente, y no precisamente porque la temperatura del agua fuera elevada, fuimos a vestirnos.
Teníamos que ir a ver a sus padres. No les había avisado de su visita, aunque sí se había asegurado de que estuvieran en casa.
Abrí la maleta que había traído el amigo de Carlo la noche anterior y, como se suponía que sus padres eran una familia de lo más elegante y distinguida, opté por un vestido camisero azul marino, de manga corta, que combiné con unas cuñas de esparto y un bolso a juego.
Me recogí el cabello en una coleta baja, con la raya en medio y los rizos definidos. Me apliqué máscara de pestañas, me pinté los labios de rojo y salí al encuentro de mi chico, porque sí, ya podía llamarlo así.
—No se puede ir más sencilla y elegante que tú.
—Tú tampoco estás nada mal.
Fabri se había decantado por unos pantalones chinos de color gris claro, una camisa blanca de cuello mao y unas deportivas del mismo color.
Salimos de casa y noté que mi chico se ponía cada vez más nervioso. Por eso, cuando estábamos cerca de la mansión de sus padres, le pedí que se detuviera a un lado de la carretera.
—Fabri, tienes que tranquilizarte. Si te ven así, descubrirán cuál es tu punto débil y no pararán hasta destrozarte.
—No puedo evitarlo, te lo prometo.
—Pues tienes que conseguirlo o nos damos la vuelta. No voy a permitir que te vean en este estado y lo aprovechen para hacerte daño.
—Tienes razón. Dame cinco minutos para tranquilizarme y continuamos.
—Tómate todo el tiempo que necesites.
—No puedo. Seguramente ya les habrán avisado desde la garita de seguridad de que estamos de camino.
Respiró hondo varias veces hasta que volvió a ponerse al volante y retomó el camino hacia la mansión de sus padres, porque aquello no podía llamarse simplemente casa.
Cuando llegamos, un empleado ya nos esperaba junto a la verja para abrirla y permitirnos acceder a la zona de aparcamiento.
—Buenas tardes, señorito Benetti.
—Buenas tardes. Llámeme Fabrizzio o, si lo prefiere, señor Di Luca.
—Lo siento. Sus padres lo esperan en el salón.
—Gracias. Ahora mismo vamos.
—No me ha entendido, señor Di Luca. Me han indicado que lo esperan solo a usted.
—¿Perdone?
—Yo únicamente cumplo órdenes.
—No importa, Fabri. Llamaré a Saúl para que venga a recogerme. Creo que no vive demasiado lejos. También puedo pedir un taxi…
—No. Vas a entrar conmigo como mi pareja. Que no se les olvide que esta también es mi casa.
Empezábamos bien y eso que todavía no me conocían.
No quería dejar a Fabri solo, mucho menos en aquellos momentos, cuando le hervía la sangre, pero tampoco deseaba entrar en un lugar en el que no me querían.
Si ponía ambas cosas en una balanza, estaba claro cuál pesaba más, al menos para mí.
Sabía que tendría que morderme la lengua en más de una ocasión, pero haría todo lo posible por no saltar.
—Buenas tardes —dijo su madre, que tenía una pinta de estirada que no podía con ella.
—Buenas tardes, señora Benetti —le respondí con toda la educación del mundo.
—¿No te han dicho que no queríamos extraños en esta reunión? —le preguntó a su hijo.
—Ainoa no es ninguna extraña. Es mi pareja.
—¿Tu pareja? ¿No podías haber elegido a alguien de tu mismo nivel?
—¿Usted pertenece a la realeza, señora? —le pregunté, y vi cómo mi chico contenía la risa.
—No pertenezco a la realeza, pero tengo más educación que todas las de tu clase juntas.
—Que yo sepa, no la he insultado ni le he faltado al respeto.
—¿Qué es lo que ocurre aquí? —preguntó el señor Benetti al entrar en el salón.
—Mi madre, que pretende darnos lecciones de moral y educación cuando sois vosotros quienes más tenéis que callar.
—No voy a consentir que me hables de ese modo, y mucho menos en mi propia casa.
—Tú te vas a callar y me vas a escuchar, porque, como esto salga en la prensa, será el final de tu carrera.
—¿De qué estás hablando, Fabrizzio? —preguntó su madre.
Por primera vez, no vi que mi chico corrigiera la manera en que se había dirigido a él. Tampoco parecía nervioso.
Había cogido la sartén por el mango y sus padres lo observaban con inquietud, como si estuvieran deseando saber qué iba a decir y, al mismo tiempo, temieran escucharlo.
—¿Podéis decirme quién es mi madre biológica?
—¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Yo soy tu madre!
—No, mamá. Tú no me llevaste en tu vientre ni me diste a luz, y quiero saber toda la verdad ahora mismo.
—¿Cómo te atreves a venir aquí haciendo ese tipo de preguntas, Fabrizzio? No te echo a la calle porque…
—Y esa es solo la primera de las cuestiones que he venido a aclarar. Todavía me quedan muchas preguntas.
—No pensamos abrir la boca.
—En ese caso, tendré que contratar a un detective privado para que encuentre todas las respuestas que vosotros no os atrevéis a darme, con el consiguiente riesgo de que todo termine llegando a la prensa.
—Está bien, pero hablaremos nosotros solos —dijo su padre.
Quise soltarme de la mano de Fabrizzio, salir de allí y decirle que lo esperaría en casa de mi hermano, pero mi chico no me lo permitió.
Me apretó con más fuerza, adelantándose a lo que pretendía hacer, y yo correspondí a aquel gesto de la misma manera.
—Ainoa no se va. Sería absurdo, porque ella ya lo sabe todo.
—Fabrizzio, como una sola palabra de esto llegue a la prensa, te juro por mi vida que os hundo en la miseria a los dos —amenazó su padre con rabia.
—Señor Benetti, espero que no vuelva a atreverse a amenazarme porque, si lo hace, tendrá que vérselas conmigo. Y no en la prensa, sino en un juzgado.
—¿Perdona? ¿Cómo te atreves a decirme eso?
—Tengo pruebas de lo que está haciendo. Moisés Velasco, ¿le suena de algo?
El rostro de aquel hombre adquirió un tono blanco nuclear, por lo que no pude evitar que una sonrisa apareciera en mis labios.
—Veo que empezamos a entendernos, señor Benetti.
No tenía ni puta idea de qué estaban planeando, pero acababa de acojonarlo y no pensaba moverme de allí hasta que descubriéramos absolutamente toda la verdad. Eso lo tenía más que claro.