A dos anuncios de conquistarte Capítulo 19
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Capítulo 19

Aquella noche no hicimos nada más. Nos limitamos a dormir abrazados, dejándonos vencer por el sueño sin pensar en nada.

Estaba claro que teníamos que hablar largo y tendido, pero no era el momento. Ya lo haríamos cuando Fabrizzio se encontrara más relajado y dispuesto a expresar sus sentimientos.

A las siete de la mañana ya no podía dormir, así que me levanté, fui hasta la cocina y me senté en uno de los taburetes de la isla para pensar qué podía hacer con el fin de poner un poco de orden en todo aquello.

Mi primera idea fue contratar a un detective privado, pero no tenía suficiente dinero.

No es que me fuera mal ni que no tuviera ahorros, ni mucho menos, pero no podía permitirme afrontar un gasto de aquella envergadura y continuar viviendo como hasta entonces.

También podía pedírselo a mi hermano o incluso a mi mejor amiga, porque ambos me ayudarían encantados, pero no era eso lo que quería.

Aquello era cosa mía y, como tal, sería yo quien tendría que encontrar la forma de descubrir la verdad y salir airosa.

Lo primero que hice, aparte de comprobar que todo mi material estuviera allí y en perfecto estado, fue coger el ordenador portátil.

Me lo llevé hasta la isla junto con una taza de café que acababa de prepararme y entré en internet para ver qué encontraba sobre aquellos dos.

El primer nombre que tecleé fue el de Moisés Velasco y, nada más pulsar la tecla de intro, apareció una gran cantidad de información sobre él.

No podía memorizarla toda, por lo que fui hasta mi maleta y saqué un bloc de notas y un bolígrafo que siempre llevaba conmigo.

Fabri tenía razón. Aquel hombre estaba relacionado con sus padres, pues era uno de los principales clientes de la empresa vitivinícola de los Benetti.

Sí, Fabri también me había contado por qué había tenido que cambiarse el apellido.

Sin embargo, me di cuenta de algo. Si Giovanni Benetti no era el padre biológico de Fabrizzio, ¿cómo era posible que se parecieran tanto?

Por favor, era mirar a aquel hombre y ver a Fabri con unos cuantos años más. Anoté aquella duda en la libreta para intentar averiguarlo.

Seguí leyendo y confirmé que Fabrizzio no se había equivocado al decir que lo conocía. Moisés había empezado a trabajar con Giovanni Benetti en sus inicios y había aprendido de él todo lo relacionado con el negocio.

Cuando regresó a España después de pasar mucho tiempo en Italia, fundó su propia empresa. Por eso, el principal vino italiano que importaba a nuestro país procedía de la bodega de los padres de Fabri.

Después de anotar toda la información en la libreta, pasé al siguiente nombre: Francesca Valenti.

No encontré demasiado sobre ella, tan solo que, muchos años atrás, había aparecido en la portada de una conocida revista de coches.

No era modelo de pasarela ni de campañas publicitarias, como las demás chicas contratadas, sino que se había dedicado a posar para revistas dirigidas al público masculino. Vamos, que su mayor logro había sido aparecer desnuda en un calendario.

—Veo que estás entretenida. ¿Puedo ayudarte en algo?

—Sí, mira. Tenías razón. Ese hombre que ha aparecido de la nada en nuestras vidas fue uno de los hombres de confianza de tu padre.

—¡Lo sabía! Cuando yo era un niño, ya acompañaba a mi padre de reunión en reunión.

—Es cierto, aparece aquí.

—¿Cómo he podido ser tan idiota y no darme cuenta antes?

—No has sido idiota, Fabri. Hacía muchísimo tiempo que no lo veías.

—Por eso, el día que os encontré en el restaurante, se puso nervioso, aunque yo lo achaqué a la conversación que estabais teniendo.

—Claro. Y se marchó muy rápido en cuanto llegaste porque no quería que descubrieras quién era.

—Ahora sí tengo claro que mis padres están detrás de todo esto. Me apuesto lo que sea a que esa mujer tampoco es trigo limpio.

—Toma, juzga por ti mismo.

—La revista en la que apareció pertenecía al grupo editorial que tenía mi padre en sus comienzos, antes de venderlo cuando se hizo con el control de la empresa familiar.

—Pues nada, blanco y en botella.

—¿Cuántos años puede tener esa mujer?

—No lo sé, pero intuyo que los cuarenta ya los ha cumplido.

—Y tanto. Y yo, como un imbécil, pensando que tendría unos treinta.

—Lo que no entiendo es cómo ha conseguido que la contraten para esta campaña…

—Todavía no has comprendido hasta dónde llega el poder de mi padre.

—¿Crees que ha sido él quien la ha colocado ahí?

—No tengo ninguna duda. Lo que no entiendo es por qué lo ha hecho.

—Hay otra cosa que no me cuadra, Fabri.

—Dime, aunque supongo que sé cuál es.

—Si Giovanni Benetti no es tu padre biológico, ¿cómo es posible que os parezcáis tanto?

—No tengo ni la más remota idea.

—Joder, se nos acumulan las preguntas, pero no conseguimos responder ninguna.

—Eso mismo pienso yo, aunque tiene fácil solución. Eso sí, necesito que me acompañes.

—¿Adónde?

—A hablar con mis padres.

—¿Estás seguro de que eso es lo que quieres?

—Completamente seguro.

—Entonces, ten claro que estaré contigo, sosteniéndote de la mano y dándote todo mi apoyo.

—No sabes lo que eso significa para mí, te lo prometo.

—Pero antes vamos a desayunar, que luego se nos cierra el estómago y pasamos todo el día sin probar bocado.

Eso hicimos. Quise levantarme para preparar algo para los dos, porque yo solo había tomado una taza de café, pero no me dejó y se encargó él de todo.

Mientras yo seguía revisando información y tomando notas, preparó café para ambos, tostadas con mantequilla y mermelada y zumo de naranja.

También cortó fruta en un cuenco, sirvió yogur griego en dos tazones y añadió frutos secos.

—¿Viene alguien más a desayunar con nosotros?

—No, ¿por qué lo preguntas?

—Porque has preparado un desayuno como si fueras a invitar a toda la urbanización.

—Esto es lo que desayuno todas las mañanas. Solo he preparado el doble para que tú también comas.

—Si me como todo esto, tendrás que sacarme de aquí rodando como si fuera un hula hoop.

—¿Qué coño es eso?

—No tengo ni idea, pero mi madre siempre me decía que se me estaba poniendo el contorno como uno de esos cacharros.

—¿Y nunca se te ocurrió averiguar qué era?

—Pues no, fíjate. Mi vena detectivesca se ha desarrollado ahora, con todo lo que te ha ocurrido.

Fabri soltó una carcajada, pero no estaba dispuesto a quedarse con la duda, así que cogió el móvil y escribió «hula hoop» en el buscador para descubrir qué era.

Resultó ser un juego que se había hecho muy popular durante los años ochenta y que consistía en mantener un aro girando alrededor de la cintura mediante el movimiento de las caderas.

—Hala, pues ya sabemos qué es el dichoso cacharro.

—Ahora que lo pienso, mira que tenía maldad mi madre al decirme eso. Está claro que tengo las caderas anchas, pero tampoco era para tanto.

—Tus caderas tienen el tamaño perfecto para encajar con las mías.

Se colocó a mi espalda y me hizo girar hacia él con la clara intención de demostrarme lo bien que encajábamos. Sin embargo, había algo entre nosotros, duro como el mármol, que impedía que pudiéramos acercarnos más.

Nos miramos a los ojos y aquello fue suficiente para que nos besáramos. Un beso que no tardó en despertar en los dos las ganas de ir más allá.

Me cogió en brazos y me sentó sobre la isla mientras apartaba con una mano lo poco que había encima.

Por suerte, el desayuno continuaba en la encimera y yo había dejado el portátil sobre uno de los taburetes, por lo que solo tuvo que retirar la libreta y el bolígrafo.

—Eres el mejor desayuno que podría tener ahora mismo.

—Joder, Fabri, no me digas esas cosas tan temprano.

—¿Por qué? ¿Acaso no te apetece ser mi desayuno?

—Me apetece ser tu desayuno, tu comida y hasta tu cena.

—Así me gusta, que disfrutes de la comida tanto como voy a hacerlo yo ahora.

Lo tuvo fácil porque, al levantarme de la cama, solo me había puesto la camiseta del día anterior, que había quedado abandonada sobre una silla cuando nos acostamos, y no llevaba ropa interior.