Capítulo 18
Fabrizzio
Salí de aquella fiesta de forma casi automática, sin pararme a pensar en nada ni en nadie.
Aquella mujer. Otra vez ella. Y ahora la presentaban como una modelo recién descubierta, cuando no encajaba en absoluto con el perfil habitual, ni por la edad ni por su físico.
Sí, era una mujer preciosa, pero las modelos revelación solían tener entre quince y diecisiete años, no cerca de treinta, como calculaba que tendría ella.
Además, no contaba con ninguna experiencia en aquel mundillo. Ni siquiera se había hecho un simple book de fotografías y aquello solo podía tener una consecuencia: que bajaran mi caché y entorpeciera mi trabajo.
Me había desconectado por completo del mundo exterior, como solía ocurrirme cuando sufría una crisis de ansiedad. En esos momentos, podían llevarme a cualquier parte o hacer conmigo lo que quisieran, porque apenas era consciente de lo que sucedía a mi alrededor.
—Fabri, vamos a mi casa. ¿Te parece bien? —me preguntó Saúl.
—No, mejor vamos a la mía.
—¿Estás seguro? Creo que sería preferible ir a la mía. La tuya podrían tenerla vigilada.
—Yo también pienso que lo que dice mi hermano es lo mejor, Fabri —intervino Ainoa.
—No pienso pasarme la vida huyendo. Cuanto antes descubra qué está ocurriendo, mejor.
—Está bien, pues iremos todos contigo y no te dejaremos solo hasta que estés más tranquilo —respondió Saúl.
Solté una carcajada, pero no porque hubieran dicho o hecho algo que me resultara gracioso. Era la única manera que encontré de enmascarar el dolor.
—Llevo toda mi puta vida solo. Si no llega a ser por mi abuela… Y ni siquiera llevaba mi sangre.
—¿De qué estás hablando? —me preguntó mi amigo.
—Fabri, no cuentes nada que no quieras que sepan, por favor. Después podrías arrepentirte —me advirtió Arturo.
Ninguno de los presentes, a excepción de Arturo, conocía mi verdadera historia, por lo que todos parecían desconcertados.
—No, quiero que sepan la verdad. Me han demostrado que son las personas más leales de las que podía rodearme.
—Está bien, pues vayamos a tu casa —aceptó Saúl.
—¿Y nuestras cosas? Están en el hotel y no podemos quedarnos con esta ropa toda la noche —señaló Valeria.
—No os preocupéis. Ya he llamado a un amigo que tengo allí y se encargará de recogerlo todo y llevarlo hasta casa de Fabri —dijo Carlo.
—Joder, mis equipos. Por favor, dile que tenga muchísimo cuidado con ellos —le pidió Ainoa.
—Pierde cuidado. Ha sido lo primero que le he dicho cuando lo he llamado —la tranquilizó Carlo.
Saúl aparcó delante de mi casa. Mi coche se encontraba dentro del garaje y no había espacio suficiente para guardar los de todos.
Bajamos y entramos. Lo primero que hicimos fue quitarnos la ropa de la fiesta y ponernos algo más cómodo.
Los chicos cogieron varios pantalones de algodón de mi vestidor, mientras que las chicas se hicieron con un par de camisetas que, debido a mi altura, les quedaban como vestidos.
Cuando estuvimos todos sentados en el porche trasero, con una cerveza en la mano, empecé a contarles mi historia.
—Mis padres no son mis padres biológicos, aunque la historia no es tan sencilla.
—¿Cómo dices?
—Será mejor que empiece por el principio. Veréis…
Descubrí la verdad cuando ya era adulto, porque mi abuela no quiso morir llevándose aquel secreto con ella.
Mis padres no podían tener hijos, por lo que se pusieron en manos de un equipo de reproducción asistida, aunque ninguno de los tratamientos funcionó.
Después de varios intentos, en la misma clínica les propusieron otra opción que, supuestamente, nadie llegaría a descubrir.
Había una mujer politoxicómana que estaba embarazada y no quería quedarse con el bebé, por lo que estaba dispuesta a entregarlo a cambio de dinero.
En la clínica le dijeron a mi padre que se encargarían de todo para que pareciera que mi madre había sido quien había dado a luz. Incluso le proporcionaron una barriga falsa para que, a ojos de los demás, el embarazo resultara creíble.
—También intentaron ocultárselo a mi abuela, pero un día descubrió el engaño. Mi madre debía de haber salido de casa y, sin embargo, la encontró bañándose en la piscina interior sin la barriga.
—No me lo puedo creer. ¿Qué te dijeron tus padres? Porque supongo que te enfrentaste a ellos, ¿no? —me preguntó Ainoa.
—Pues no. Todavía no lo he hecho. Entre otras cosas, porque no he vuelto a verlos desde que abandoné su casa.
—¿Ni siquiera en el funeral de tu abuela?
—No acudieron. Estaban de viaje de negocios.
—Continúa, por favor.
—Como os decía, mi abuela me explicó cómo había descubierto la verdad y también me reveló el nombre de mi madre biológica.
—¿La has buscado?
—Siendo sincero, no. Me da miedo encontrar algo que no me guste.
—Eso es inevitable, Fabri. Es posible que encuentres cosas que no te gusten.
—¿Y si mi madre biológica no era como me la han descrito?
—Si no la buscas, nunca lo sabrás.
—El caso es que…
Continué contándoles todo lo que mi abuela me había revelado antes de morir. Por lo visto, el día que aquella mujer se puso de parto, mi madre también ingresó en la misma clínica y, cuando salió, lo hizo conmigo en brazos.
Según mi abuela, los primeros meses fueron muy duros porque yo lloraba durante todo el día y toda la noche. Mi padre empezó a desesperarse y terminó llevándome a un especialista, que les explicó que sufría síndrome de abstinencia.
Cuando terminé de relatarles aquella parte de mi vida, todos se habían quedado sin palabras.
—Por eso no entiendo qué quiere esa mujer de mí. No sé si pretende sacar toda mi vida a la luz, revelar quiénes son mis padres o arruinar mi carrera…
—Está claro que quiere algo y debes extremar las precauciones.
—Además, ese hombre… El que estaba cenando con Ainoa. Estoy seguro de que lo he visto antes y de que pertenece al entorno de mis padres.
—¿Lo dices en serio? —me preguntó Saúl.
—Completamente. Solo tengo que recordar dónde lo he visto exactamente, pero ahora mismo no tengo la cabeza para eso.
Justo en ese momento sonó el timbre. Era el amigo de Carlo, que había traído desde el hotel sus maletas, el equipo de fotografía de Ainoa y el resto de sus pertenencias.
Entre todos lo ayudaron a dejarlo todo en el recibidor. Ainoa comprobó por encima que estuvieran el portátil, las maletas y las fundas del equipo, aunque dijo que lo revisaría todo con más calma luego.
—Perfecto, ya están aquí todas vuestras cosas —dijo Saúl—. Será mejor que nos marchemos y te dejemos descansar. Cada uno que coja lo suyo, por favor.
Ainoa me miró y luego se acercó a su hermano y a su mejor amiga. No entendía por qué Valeria estaba tan cerca de Saúl, pero ya me enteraría más adelante.
—Yo no me voy. Me quedo con él —anunció.
—¿Estás segura? No quiero que después me llames para pedirme que venga a recogerte.
—Completamente. Además, vosotros dos tenéis que resolver esa tensión sexual que existe entre los dos.
—Amiga, te aseguro que la resolveremos estés tú delante o no —respondió Valeria.
—Ya, pero no me gusta imaginarme a mi hermano ahí, dale que te pego. Prefiero quedarme.
—Di la verdad. Te quedas porque tú también vas a darle un repaso al modelo.
Una débil sonrisa se dibujó en mis labios, pues ni siquiera tenía fuerzas para reírme.
La ansiedad era una puta tortura. Por fuera podías parecer perfectamente bien, pero por dentro sentías como si te estuvieras muriendo.
Y, una vez que la crisis pasaba, llegaba el agotamiento, que te dejaba sin fuerzas ni ganas de hacer nada, justo como me encontraba en aquellos momentos.
Cuando todos se marcharon, vi que Ainoa entraba en mi habitación y, poco después, escuché correr el agua de la bañera.
Me levanté y llegué hasta allí como pude, pues todavía me encontraba bastante mareado.
—Ainoa, no es necesario, de verdad.
—Sí que lo es. El agua caliente te ayudará a relajar los músculos y después podrás dormir mejor.
—Estoy pensando en llamar para cancelar la sesión de mañana, aunque me cueste el dinero.
—No será necesario. Acabamos de recibir un correo en el que comunican que, debido a la fiesta y para que los modelos se encuentren en perfectas condiciones, se suspende la sesión.
—Nunca me habían sonado mejor unas palabras, te lo juro.
—Venga, ven, que te ayudo.
—Ainoa, yo…
—Chist. Ya hablaremos cuando te encuentres mejor. Ahora métete en la bañera.
La miré. Aunque continuaba agotado y mareado, era plenamente consciente de lo que estaba haciendo y de lo que necesitaba en aquel momento.
—Métete conmigo, por favor. Necesito tenerte cerca.
No sé qué me llevó a pedírselo. Solo quería sentirme arropado y querido por una vez en mi vida.
No tenía nada que ver con el sexo. Sentirme deseado era algo que me ocurría a menudo, pero, en aquella ocasión, necesitaba algo completamente diferente.
Ainoa no se lo pensó. Se quitó la camiseta y las braguitas y se metió en la bañera. Se sentó a mi espalda, dejándome entre sus piernas, con la cabeza apoyada cerca de su pecho.
Cogió una esponja, la mojó y comenzó a dejar caer el agua sobre mí. Primero por la cabeza y después por los hombros, consiguiendo que mi cuerpo fuera perdiendo poco a poco toda la tensión acumulada.
Al cabo de un rato, vertió champú en sus manos y empezó a masajearme el cuero cabelludo, proporcionándome un alivio que no había sentido nunca.
Hizo lo mismo con el resto de mi cuerpo, despacio y sin prisas. Entonces sentí la necesidad de cuidarla de la misma manera y le pedí que intercambiáramos las posiciones.
Mi cuerpo reaccionó a su cercanía y, cuando me puse de pie frente a ella, Ainoa tomó mi erección entre los dedos.
Me dejé hacer. El placer que experimentaba era demasiado intenso como para negármelo.
No sé cómo lo consiguió, pero terminó sentándome en el borde interior de la bañera mientras ella permanecía de rodillas frente a mí.
Cuando su lengua rozó mi glande, un gemido escapó de mi garganta, y eso pareció animarla a continuar.
Me introdujo en su boca y empezó a jugar conmigo a su antojo, alternando las caricias de sus labios y su lengua.
Cada vez que notaba que estaba a punto de correrme, se detenía y centraba su atención en acariciarme los testículos. Lo repitió en varias ocasiones, llevándome al límite una y otra vez.
—Me estás matando, ¿lo sabes?
—Ya será menos.
—No, no lo es. Si no te penetro ahora mismo de una sola embestida es porque no me quedan fuerzas, no por falta de ganas.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Follar conmigo?
—No. Quiero hacerte el amor, que es muy diferente.
Durante unos segundos pareció no saber qué hacer, hasta que una sonrisa apareció en sus labios y lo comprendí. Tal vez yo no tuviera fuerzas para hacérselo a ella, pero Ainoa estaba dispuesta a hacérmelo a mí.
Se colocó a horcajadas sobre mi regazo, con los pechos a la altura de mi boca, tomó mi erección con una mano y la guio hasta la entrada de su cuerpo.
Una vez que estuvo situada como quería, empezó a dejarse caer sobre mí, lenta y tortuosamente, hasta acogerme por completo.
—A esto te referías, ¿no?
—Por Dios, ahora mismo estoy en el paraíso.
—No, estamos en tu bañera, pero todo se andará.
Continuó moviendo las caderas con aquel ritmo pausado, subiendo y bajando sobre mí, hasta que sentí que apenas podía resistir un poco más.
No quería dejarla a medias, pero, después de llevar más de media hora jugando conmigo, haber conseguido aguantar hasta aquel punto ya era toda una proeza.
Ella se dio cuenta y aceleró el movimiento, buscando también su propio placer.
Quería que llegara al orgasmo y que lo hiciera al mismo tiempo que yo, por lo que llevé los dedos hasta su clítoris y comencé a dibujar círculos sobre él.
Poco después, ambos alcanzamos uno de los orgasmos más intensos que había experimentado en mi vida.
—Creo que será mejor que volvamos a lavarnos —dijo ella.
—Sí, pero esta vez me toca a mí.
Me llené las manos de jabón y recorrí todo su cuerpo. Cuando llegué a su sexo, decidí que no permitiría que se fuera a la cama con un solo orgasmo, así que me empeñé en proporcionarle otro.
Y lo conseguí.